Año V
La Habana
7 al 13 de OCTUBRE
 de 2006

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

LIBRO DIGITAL

GALERÍA

LA OPINIÓN
LA CARICATURA
LA CRÓNICA
MEMORIAS
APRENDE
POESÍA
EL CUENTO
LETRA Y SOLFA
EL LIBRO
POR E-MAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
FUENTE VIVA
REBELDES.CU
PALABRA VIVA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

El factótum cultural del dictador
Pedro de la Hoz La Habana


"Panorama social: la gran boda del domingo. La hermosa residencia del ex ministro de Estado, doctor Miguel Ángel de la Campa, actual embajador de Cuba en Washington, fue marco propicio el domingo para la boda de su encantadora nieta, Mickies de Zéndegui y Campa, y el joven abogado, doctor Antonio Fernández Rubio Catasús. La novia es hija del estimado amigo, doctor Guillermo de Zéndegui y Carbonell, director de Cultura del Ministerio de Educación, y de la señora María Teresa Campa.

"'Frente a la piscina de la residencia se iniciaba la senda nupcial, construida en madera y tapizada a todo lo largo por hermosa alfombra de color gris perla. En su inicio se destacaban dos pequeñas columnas tapizadas con follaje cubierto en su parte alta con macizos de gladiolos blancos, extendiéndose a ambos lados de la misma canteros rectos, cuajados también de gladiolos blancos. El altar fue levantado sobre la gran plataforma a dos niveles, sirviéndole de fondo gran paredón de follaje verde con columnas cuadradas, adornadas en sus extremos con el mismo follaje, terminados en forma esférica, avalorados por gladiolos blancos.  Se destacaba allí la imagen de Nuestra Señora del Carmen.

"La mesa de oficiar quedó cubierta con paño de encaje de Bruselas, adornada con grandes candelabros de plata con tres cirios cada uno.  Frente a la misma quedaron dispuestos los reclinatorios para los novios, los padrinos, el presidente mayor general Fulgencio Batista Zaldívar”.

El 28 de septiembre de 1961, en la concentración que reunió al pueblo para conmemorar el primer aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución, Fidel Castro leyó los pasajes de la crónica social, publicada en el Diario de la Marina, que encabeza esta nota.

Ridiculez estilística aparte, Fidel, con ese y otros ejemplos, mostró ante el masivo auditorio los agudos contrastes entre la vida frívola de la oligarquía nacional y la realidad de la Cuba de 1957. Esa crónica vio la luz apenas unos días después del baño de sangre que siguió al asalto al Palacio Presidencial por los jóvenes del Directorio Revolucionario. Mientras la dictadura tildaba de forajidos a los insurgentes en la Sierra y el Llano, los personeros del régimen vivían días de vinos y rosas.

Al repasar el texto citado se repara en un nombre, el de Guillermo de Zéndegui, y de un maridaje que no es precisamente el que atañe al enlace de los novios, sino al que vincula en la intimidad del jolgorio a este personaje con su dueño y señor: el sátrapa Batista.

Zéndegui, ya se sabe, como factótum de la cultura oficial de la dictadura, fue el ejecutor de la orden de suprimir los exiguos fondos estatales al Ballet de Cuba, encabezado por la legendaria Alicia Alonso, acto en stricto sensu miserable respondido por la FEU con un hermoso y digno acto de desagravio en septiembre de 1956.

Aunque en una oportunidad Alicia dijo que prefería borrar de la memoria el nombre de quienes habían tratado de hacerle daño, conviene refrescar algunos rasgos del perfil del personaje. No se trata de una pesquisa con ribetes arqueológicos sino de recordar, a la luz de circunstancias y amenazas actuales, cómo la mendacidad, la manipulación, el cipayismo y la mediocridad atentan contra la cultura.

Cuando nadie o casi nadie se prestaba a respaldar a un régimen que por su propia naturaleza era la negación de la vida espiritual del país, De Zéndegui (La Habana, 1912 - Miami, 1998), historiógrafo de escaso vuelo y escritor diletante, vio las puertas abiertas a su ambición. Obtuvo el nombramiento de director de Cultura del Ministerio de Educación, cargo que aún en la República mediatizada contó la estatura intelectual y la vocación de servicio de figuras como José María Chacón y Calvo, Dulce María Borrero y Raúl Roa, y concibió al gusto de Batista un denominado Instituto Nacional de Cultura que sirvió de fachada para limpiar las impurezas de un gobierno gangsteril.

Una anécdota bastante escabrosa contó el maestro de la pintura y el grabado mexicanos José Luis Cuevas al escritor y crítico cubano, en La Gaceta de Cuba, sobre su primera exposición en La Habana, en plena dictadura:

“Fue el primer día que, llegado a La Habana, me presento en el Palacio de Bellas Artes porque tenía que entregar materiales para el catálogo que ya debía estar en prensa, le faltaban unas fotografías de unas reproducciones de obra y una foto personal, y voy a ver al doctor Guillermo de Zéndegui que era el director de Bellas Artes y veo a la secretaria y ella me dijo: ‘Qué barbaridad, el doctor te está esperando y quiere tener el material para el catálogo que se va a imprimir y me dijo que si llegaba sin que él estuviera lo fuera a buscar a esta dirección’, y me da una tarjeta con la dirección. Me voy con Camacho hacia esa dirección en la Habana Vieja, llegamos y nos abre la puerta una mujer en refajo con las tetas al aire..., me causa una extrañeza muy grande, pues íbamos a hablar con el doctor De Zéndegui, director de Bellas Artes. Pensamos que nos habíamos equivocado de casa y Camacho dice: ‘Venimos a buscar al doctor De Zéndegui y nos dieron esta dirección’. ‘Ah, sí, cómo no, pase’. Entramos y dijo: ‘¡Guillermito, aquí te buscan!’ ‘Coño, no me dejan tranquilo, estoy follando’. Estaba con una puta en el segundo piso. ‘Oye es un mexicano que está aquí y quiere hablar contigo’. Al rato aparece el director de Bellas Artes envuelto en una toalla, nos sentamos alrededor de una mesa que estaba en la sala y así es que se habló de mi catálogo”.

No está muy lejos esta imagen prostibularia de los afanes del doctor por dotar de falsas apariencias la vida cultural de la nación. Cuando refundó la Revista de Cultura, la llenó de artículos ditirámbicos y huecos en su mayoría. Al crear la Orquesta de Cuerdas del INC, a cuyo frente situó a Alberto Bolet, quiso remedar las misiones culturales de la época de Roa. Pero en lugar de enviar a los músicos a lugares apartados, los hizo girar por los locales que detentaba la pandilla mujalista usurpadora del movimiento obrero.

De Zéndegui fue siempre un hombre de los americanos, como se nombraban a los norteamericanos en ese tiempo. Antes, durante y después de Batista, itineró por diversas posiciones en el sector cultural de la Organización de Estados Americanos.

En el código genético llevaba el anexionismo. Bastaría leer uno en el número 24 de la revista Américas (1977) su artículo “Welcome Intervention”, en el que llega a decir que Estados Unidos a fines del siglo XIX era “la única nación en el hemisferio en aquella época capaz de enfrentar a España con la fuerza y de imponer una solución satisfactoria a la causa cubana”. Allí defiende a capa y espada la resolución del Congreso de EE.UU. que trató de legitimar la intervención y calificó al período de la ocupación yanqui en la Isla como “un capítulo ejemplar en la historia de Estados Unidos”.

Y, por supuesto, siempre fue batistiano. En 1992 publicó, en el refugio que las autoridades norteamericanas le dieron en Miami, el libro Todos somos culpables, en el que se lamenta de la falta de ayuda y comprensión de “las clases vivas” para modificar moderada y gradualmente el régimen, lo cual, según él, facilitó el ascenso al poder de las fuerzas de Fidel Castro.

¿Puede dudarse, a estas alturas, de la diligente capacidad de este factótum de la dictadura para articular la siniestra maniobra contra Alicia Alonso y su Ballet?

Lamentablemente la saga de los De Zéndegui no está extinguida. Cuando en las tareas de la llamada Comisión de Ayuda a una Cuba Libre, eufemismo que disfraza el programa neoanexionista de la administración de George W. Bush, se lee que “el Gobierno de los Estados Unidos también estaría dispuesto a ayudar a los cubanos en la formación de diversas instituciones representativas, como partidos políticos, grupos de interés, sindicatos y otras instituciones políticas libres, y asociaciones cívicas, profesionales y comerciales”, es muy posible que los De Zéndegui que viven agazapados en Miami o Madrid, México o París, se afilen los dientes a la espera de resucitar el Instituto Nacional de Cultura e ignorar, perseguir, descalificar o desterrar a los miles de escritores y artistas cubanos que identifican a la Patria con el sueño de belleza y justicia por el que trabajan. 

SUBIR

 


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

© La Jiribilla. La Habana. 2006
 IE-800X600