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NOSTALGIA DE POR LA TARDE
El que tenía costumbre de poner las manos
sobre
la mesa blanca
junto al pan y el agua,
traje rugoso de fervor y alpaca,
y aquella su esperanza filial en los domingos,
ya no conmueve nunca el suave pensamiento de la fronda
con el doblado consejo de su paso.
Y el taciturno banco entre los álamos dormido
y aquel campito hirsuto a quien las lluvias respetaban.
Qué tedio los sepulta como la muerte a los ojos
que no los cruza nunca la bendición de unas palomas,
que tengo que soñarlos, mi amiga, tan despacio
como quien sueña un grave color que nunca viera,
como quien sueña un sueño y eso es todo.
Porque quién vio jamás
pasar al viejecillo
de cándido sombrero bajo el puente
ni al orador sagrado en la colina.
Yo vi al lagarto de liviana sombra
distraerse de pronto entre su sangre,
quedar inmóvil, sí, tumbado,
pesando e incapaz de confundirse ya nunca con la tierra.
(El que tenía costumbre de cruzar las manos
sobre
la mesa blanca
para mejor mirarnos,
su mueca de morir cuándo la he visto,
su mueca parda.)
He visto al pez de indestructible púrpura,
en la mañana arde como criatura perpetua de la llama,
olvida los trabajos mugrientos de su sangre,
yace perfecto y la madera sagrada lo levanta.
Pero quién vio jamás
el ruedo misterioso de tu falda
mientras cortas las rosas en la tarde
ni el roce y la tristeza de la lluvia
como un ajeno llanto por mi cara.
Porque quién vio jamás las cosas que yo amo.
FOTO EN UN PUENTE DE
BELLA Y YO CUANDO NOVIOS
Contra el pretil estamos. Con mi brazo
tus hombros frágiles estrecho. Abajo,
muy abajo del puente, está el abismo.
Tú levantas tu rostro delicado
hacia mis ojos serios. Tú confías
en que puedo ampararte del vacío.
Muy estrecha conmigo, tú sonríes.
Pulcra y esbelta, qué feliz me miras.
Muy junta a mi costado, tú de blanco.
Nada te digo, amor, aunque ahora mismo
otra sima se ha abierto en el instante
donde fuimos los dos un hoy eterno.
Un poco más
—y todo es ya el pasado.
RETRATO DE BELLA CON
NUESTROS TRES HIJOS
Estás sentada entre tus hijos, todos,
sobre la fresca yerba del jardín.
En tu rostro hay el suave, tierno orgullo,
que sólo vemos cuando al fin desciende
sobre una joven su alta perfección.
No estoy allí contigo, mi señora,
porque es el tiempo de tu majestad.
¿Cómo es posible que me sobrecoja
sólo tu lindo rostro de mujer?
DESPEDIDA
a Bella
A despedirme voy poquito a poco
de mí mismo: primero de los lares
donde nací: después de los lugares
que con otros anduve, alegre o loco
de amor o de amistad: el muro invoco
de un vago Malecón, y un Almendares
que corre en ondas tan crepusculares
como los dedos con que el sueño toco.
Un minúsculo tigre que no viste,
mi muchacha, y más tarde la avenida
que es sólo de los dos —lejano el niño
primero con los otros que me diste.
La mesa al fin que a cinco nos fue vida
y es ya el último sol de mi cariño.
PARA BELLA
¿Cuántas son tus muñecas, niña mía?
¡Las mimas y las meces todo el día!
¿Una, dos, tres?… ¡Te llaman la “Condesa”
burlándose de tu delicadeza!
¿Con cuántos hijos sueñas, mi muchacha?
(yo vine, yo, el otoño, en una racha).
¡Son uno, dos y tres, esposa mía,
los mimas y los meces, tu alegría!
Pero, ya se están yendo… ¡miralós!
¿Quedamos, otra vez, solos los dos?
¡Nunca, nunca: un, dos, tres, ya llegan, ya,
buscando el mima y mece de mamá!
9 de mayo, 1976
CUADERNILLO DE BELLA SOLA
1
Cómo llevar a las
palabras
la sensación, el roce
de tu mano
por vez primera entre
la mía.
Su forma frágil,
delicada,
su ser, su estar en
mí, su suave entrega.
“Ésta es la mano, en
fin, de tu muchacha”,
me dices no sé cómo,
mientras siento
“ésta es la mano de
la niña mía”.
Mayor delicia habrá,
si tiempo y suerte
quieren.
Ninguna habrá tan
absoluta y pura.
2
Reverente imagino tus
muñecas
en tus brazos menudos
acunadas.
Cómo se llaman, digo.
Y me respondes
en una voz que la
distancia vela
desde el hondo del
patio. Deja. Mira,
tú estás feliz, eres
feliz, qué importa.
Tú estás hecha de
infancia, niña mía.
Tú eres toda de
niños. Vida sólo.
3
Ya te miro venir,
ligera y leve,
volando las escalas
del teatro,
la boina al sesgo de
tu pelo lacio,
radiante y feliz,
hecha de aromas.
Das a mi amigo un
libro, me sonríes,
después te vuelves y
tu esbelta espalda
escaleras abajo es
una música
y es una puertecilla
hacia la dicha.
4
Quién sabe cómo fue
ni cuándo y dónde
me dijiste que sí,
que me entregabas
el huerto de ti
misma, paraíso
de magias y delicias
y qué glorias.
Y yo ciego de mí te
acepto a ciegas
del esplendor
terrible de tu llama
tan frágil y menuda
entre mis brazos.
Pues tú eras tú y
eras la vida y todo
cuanto va desde el
júbilo a lo trágico,
desde el alba a las
fiestas de la tarde.
5
Y tus muñecas fueron
al fin hijos,
¡oh música del mundo,
oh maravilla,
mi cajita de
asombros, mi señora!
Y el dueño de tu
huerto florecido,
el taciturno, te
volvió la espalda,
te dejó a solas con
tus juegos mágicos,
los únicos que
importan, y lloraste.
¿Cómo pude yo hacer
que sollozaras?
¡La boina al sesgo
del cabello pulcro,
tú, la del rostro
terso, radiante,
quién pudo imaginarte
entonces lágrimas!
Y sin embargo fuimos
los dos uno,
no se puede ser más,
y tú has llorado.
6
Todo es al fin no más
un cuento mágico.
Quién sabe cómo, todo
cuento acaba.
Yo di su vida a los
muñecos tuyos
como un brujo
hechizado. Me embrujaste
con sólo ser tan niña
a vida pura.
Como a través de un
vidrio estoy mirándote.
Turbio vidrio mi
asombro de saberte
tal cual eres, mi
niña desdichada.
Me hechizaste, y en
cambio te hice daño.
Mas yo sólo te amé
porque tú eras. |