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Alfarjes cubanos
Josefina Ortega La Habana


En el empeño por rescatar la memoria arquitectónica cubana, nuestros modernos alarifes, mezcla de maestros de cantería- herreros-carpinteros y artistas, terminan por ser escultores del tiempo y el espacio, al  hacer gala de la técnica con el mismo rigor con que hacen gala de sus dotes artísticas.

Y La Habana —como en otras ciudades cubanas— posee campo abierto para tales lucimientos. Uno de esos campos son los techos, en su armazón interior, conocidos como alfarjes, los que hasta el siglo XIX fueron característicos de nuestras construcciones.

El famoso arquitecto cubano Joaquín Weiss se lo explica de este modo: “En los constructores hispano-cubanos se conservaba  la memoria de estos techos, pero al adoptarlos en nuestras obras, los simplificaron a tenor de las condiciones laborales y económicas insulares, según los habían hecho en otros aspectos de sus construcciones. La simplificación alcanzó mayormente a la decoración, sin mengua de la técnica constructiva, sobre la cual nuestros carpinteros mostraron un completo dominio. Para ello tuvieron la suerte de contar con las mejores maderas del mundo y con una gran experiencia en la construcción de navíos, cuya técnica guardaba mucha afinidad con la de los alfarjes. Estos son los dos factores en que se asienta el éxito de estas techumbres en Cuba y que explican su persistencia hasta mediado del siglo XIX”.

En las edificaciones de dos pisos, la llamada planta baja se cubría con un techo plano de vigas de madera que tendían a una sección cuadrada, las cuales descansaban sobre una solera o tablón que distribuía la carga sobre los muros.

El techo del piso superior se constituía en verdadera obra de arte “de abolengo mudéjar”, según el estilo que los árabes introdujeron en la península —este tipo de artesonado tuvo un gran desarrollo entre los siglos XIII y XV en España, durante el periodo de los reinos de taifas, por ejemplo—, y en donde “hicieron en la metrópolis alardes de pericia funcional y fantasía artística, de tal modo que estos techos, contemporáneos de los del Renacimiento en Italia, constituyen con estos los más altos ejemplos, cada cual de su clase, de techos de madera que jamás se hayan construido”.

 

En Cuba, los alfarjes elaborados, tanto en las construcciones civiles como en las religiosas, es el de par y nudillo, en el cual las vigas inclinadas o pares se enlazan a cierta altura con otras horizontales o nudillos formados a modo de una A, de manera que la parte visible interior tiene forma trapecial; el plano superior es el almizate o harneruelo y los planos rampantes los faldones.

Se conservan de esta época alfarjes de dos, cuatro y ocho faldones; estos, empleados generalmente en cuartos esquineros y en el presbiterio de las iglesias, forman prácticamente una cúpula de carpintería.

“En todos los casos —dice Weiss— los pares se apoyan en un marco de gruesas vigas —soleras—, asentadas sobre los muros (estribados) y enlazados de trecho en trecho a través de las crujías por otras en función de tirantes —que en Cuba suelen ser dobles (pareados)—, al paso que otras vigas diagonales (cuadrales) arriostran los ángulos”. De este modo la techumbre quedaba completamente engarzada, logrando funcionar como un gran complejo arquitrabado.

El harneruelo, el espacio entre los tirantes pareados y los triángulos determinados por los cuadrales, eran puntos propios para la decoración, y allí los artesanos criollos introdujeron discretas figuras geométricas en evocación de las magníficas lacerías mudéjares.

Las propias vigas, así como el friso correspondiente a las soleras, eran igualmente objetos de pequeñas tallas. Por otra parte, los tirantes y cuadrales se apoyaban por sus extremos en sendos mensulones o zapatas empotrados en los muros.

“Es rasgo típico de los alfarjes cubanos —asegura Weiss—presentar otras ménsulas en los ángulos y a lo largo del friso como elementos decorativos, cual acentos rítmicos de aquel; práctica que no hemos podido comprobar en los alfarjes mudéjares o sus imitaciones en otros países hispanoamericanos”.

Y ahí están los techos armados con alfarjes, en sus maravillas interiores, en algunas casas de las ciudades de Trinidad o Sancti Spiritus; en el presbiterio y la nave parroquial de Remedios; en La Habana, en las iglesias del Santo Cristo del Buen Viaje —el hermosísimo alfarje del crucero—, o en Espíritu Santo, en el Convento de Santa Clara —abundantes y muy bien conservados—, en casas de las calles Tacón, Obispo o Teniente Rey, en La Casa de Justiz, entre otras muchas.

Y ahí está la memoria conservada o en restauración, en el espacio y en el tiempo que nos pertenece.

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