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La música popular,
tal y como se cantaba y tocaba en el lugar de origen, no
interesaba a nadie, fuera del ambiente propio. (“No hay
quien se sople una hora de quenas andinas, a no ser que
surja un Louis Armstrong de la quena —y en ese caso, la
quena ya no es folore”). La música cubana se
difundía en todas partes, gracias a la calidad de sus
intérpretes profesionales. —“¿Y la danza?” —“Lo
mismo. La danza folórica, vista en su ambiente,
es magnífica. Pero la llevas a un escenario, y te
resulta larga, repetida, monótona. Para encaramarla en
un teatro, hay que repintarla, encuadrarla, ponerla en
condiciones de que le echen los focos encima. Entonces,
deja de ser folore. Se hace un arte interpretado
a nivel de arte. Y sus mismos bailadores, si es que los
fuiste a buscar a casa del carajo, donde nacieron y se
criaron, se te vuelven profesionales, y entonces todo es
distinto... No se puede bailar en un teatro como se
baila allá”. Y señalaba hacia la otra orilla del
puerto, refiriéndose, con tono algo misterioso, a
ciertas ceremonias de religiones sincréticas, ceremonias
musicales y danzarias que se celebraban, de tiempo en
tiempo, en los pueblos de Regla y de Guanabacoa en los
días de San Lázaro, de Santa Bárbara, y de la Virgen de
la Caridad del Cobre, muy especialmente. También
existían los abakúas, con sus fabulosos
“diablitos” de prosapia yoruba, cuyos trajes
extraordinarios había visto Vera en grabados de dos
artistas del siglo pasado. —Miahle y Landaluce— que yo
le hubiese enseñado. Ella hubiera querido asistir a
algunas de esas ceremonias para iniciar un estudio de
nuestro folklore coreográfico. —“No sacarás nada con ir
a una de ellas” —opinaba Gaspar: “Tanta gente se
apretuja en eso que apenas si verías a los bailadores.
Es un empuja-empuja de todos los demonios. Además, la
presencia de una blanca, como tú, de tipo medio
polaco...” —“Gracias”... —“quiero decir —¡vamos!— que no
es de aquí, los pasmaría. Hay un solo lugar donde
podrías ver algo...” Y a ese lugar llegamos, una noche,
después de cruzar la bahía en la lancha “Nicolás
Lenin”, y de tomar un autobús en Regla, frente a una
taberna mexicana pintada con colores de sarape, oliente
a tequila y guacamole, cuya rocola patriotera y
jingoísta alzaba voces de mariachis en jipíos de
corridos a la gloria de Jalisco o de Pénjamo... El lugar
era la casa de un músico negro, cantante y pianista —lo
llamaban “Bola de Nieve”— ahora en gira por América del
Sur, y que, en su ausencia, dejaba sus puertas abiertas
a quienes en su patio querían armar holgorios de tipo
familiar, bajo la nada engorrosa vigilancia de una madre
anciana, ahora atareada frente a sus anchos fogones, en
una preparación de olletas de “rabo encendido”, que la
tenía andando a lo largo y ancho de la cocina, a paso de
baile, añadiendo percusiones de cucharón sobre cazuelas
y sartenes a la concertante batería que afuera se estaba
organizando. Porque, aunque todo hubiese empezado como
cualquier fiesta un poco aldeana, con las mujeres
modosamente sentadas en círculo en torno al espacio de
danza, ya los tambores empezaban a tronar, golpeados por
hombres de una rara corpulencia que, durante el día,
trabajaban en la estiba de barcos. Y pronto se
estableció un contrapunto de golpes secos, espaciados o
repetidos, redoblados, sincopados, tremolantes,
simétricos en intensidad, asimétricos en ritmo, y sin
embargo integrados en una unidad, que se adicionaban
como las voces de una fuga, en un todo coherente
y estructurado por un instintivo sentido del equilibrio.
Poco a poco se formaron parejas, saliendo al ruedo, pero
para gran asombro de Vera, esas parejas no se abrazaban,
ni trataban los hombres de restregarse a las mujeres
—con alguna añadidura de cheek-to-cheek como
ocurría en los dancings europeos. Aquí —y esto la
maravillaba— las gentes bailaban por bailar, por
el placer de bailar, por el júbilo de bailar, con una
tal ausencia de malicia que los mismos movimientos de
hombros, de caderas, las ondulaciones de los cuerpos,
las intencionadas persecuciones a la hembra que a
tiempo, con ágil escamoteo de sí misma, esquivaba en
pícara voltereta un excesivo acercamiento del varón a
las cadencias de su grupa, conservaban la honestidad de
ciertos ritos antiguos, donde los simulacros eróticos de
la fecundación obedecían a las leyes de una armonía
corpórea que era, a su vez, acción significante de una
cierta sacralidad primordial. Hubo un descanso en que de
la cocina salieron, olorosas y realzadas por un ají del
infierno, las olletas del “rabo encendido”, y, después
de un conciliábulo de Gaspar con los tamboreros, Vera
fue sentada en un taburete de honor, frente a las
mujeres agrupadas en el fondo del patio. —“Párate”
—advirtió Gaspar. “Se va a hacer lo que no se hace para
nadie: te van a sacar un diablito abakuá, aunque no con
el traje —el saco—, porque eso es para otra clase
de fiesta”. Sonaron los tambores otra vez —aunque con
ritmos enteramente distintos a los anteriores— y, de
repente, como llevado por un prodigioso impulso
giratorio, rotando sobre el pie izquierdo, mientras el
derecho, a ras del suelo, trazaba vertiginosos
molinetes, un danzante cruzó el patio a pasmosa
velocidad, irguiéndose repentinamente ante Vera,
vertical e inmóvil como estatua, de piernas juntas, de
manos agarradas a sus propias muñecas. Y, luego, fueron
fingidas agresiones a los presentes, carreras
amenazadoras contra éste o aquél, para pararse en seco
ante quien no había retrocedido un paso, haciendo gestos
de golpearle la cabeza con un bastón imaginario, hasta
que, volviendo a su posición inicial, regresó el
bailador al cuarto de donde había salido, desapareciendo
—como sorbido por el torbellino de su propia sombra.
Vera, estupefacta por la fuerza de lo visto, empezó a
aplaudir. —“Deja eso” —dijo Gaspar: “Que esto no es un
show. Ahora viene lo mejor: lo que se ve ya muy
poco: un baile arará”... Cuatro hombres se
situaron en los puntos cardinales del ámbito. Y, de
súbito, empezaron a saltar, a saltar sin prisa, uno tras
del otro, sin prisa, como sin esfuerzo, como levantados
por un trampolín invisible, y cada salto era más alto
que el anterior, acompañándose de un gesto de codos y
antebrazos proyectados hacia adelante. Los saltos
verticales eran ahora cada vez mayores, con recaídas
cada vez más breves, en tal suerte que, apenas tocaban
el suelo, volvían a dispararse hacia arriba. Y llegó el
instante milagroso, increíble, en que los cuatro hombres
flotaron, literalmente, en el espacio, sin
contacto aparente con el piso. —“¡Esto es elevación,
carajo!”, gritó Vera, usando por vez primera de una mala
palabra en mi presencia. De frente encendida, de
mejillas rojas, sacada de sí misma, maravillada, miraba
el espectáculo, llevándose a veces las manos a las
sienes, en un gesto que sólo suscitaba en ella una
suprema admiración. Y hubiese querido que aquello
prosiguiese toda la noche, si los danzantes, habiendo
alcanzado la cima posible de sus levitaciones, no
hubiesen regresado, de pronto, a nuestro nivel, agotados
por el esfuerzo, y pidiendo ron del fuerte, del blanco,
del recio, pero no para beberlo, sino para frotarse el
pecho y las espaldas relucientes de sudor. Y volvió la
fiesta a su estilo normal de alegre reunión familiar y
un tanto provinciana, sin que nada nuevo se ofreciese a
nuestras miradas. —“Vámonos” —me dijo Vera: “Esto ya no
tiene interés después de lo otro. Al lado de lo que
vimos, el salto famoso del Espectro de la rosa es
una mariconada; los Ícaros de Lifar, una
miseria”... Y, cuando volvimos a cruzar la bahía a bordo
de la “Nicolás Lenin”: “Si Nijinsky hubiese
contado con bailarines así, su coreografía primera de
La consagración de la primavera no hubiese sido el
fracaso que fue. Era esto lo que pedía la música
de Stravinsky: los danzantes de Guanabacoa, y no los
blandengues y afeminados del ballet de Diaghilev”...
Fragmento de
La consagración de la primavera de
Alejo Carpentier. |