Año V
La Habana
30 de SEPTIEMBRE -
6 de OCTUBRE de 2006

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La consagración de la primavera
(fragmento)

Alejo Carpentier


La música popular, tal y como se cantaba y tocaba en el lugar de origen, no interesaba a nadie, fuera del ambiente propio. (“No hay quien se sople una hora de quenas andinas, a no ser que surja un Louis Armstrong de la quena —y en ese caso, la quena ya no es folore”). La música cubana se difundía en todas partes, gracias a la calidad de sus intérpretes profesionales. —“¿Y la danza?” —“Lo mismo. La danza folórica, vista en su ambiente, es magnífica. Pero la llevas a un escenario, y te resulta larga, repetida, monótona. Para encaramarla en un teatro, hay que repintarla, encuadrarla, ponerla en condiciones de que le echen los focos encima. Entonces, deja de ser folore. Se hace un arte interpretado a nivel de arte. Y sus mismos bailadores, si es que los fuiste a buscar a casa del carajo, donde nacieron y se criaron, se te vuelven profesionales, y entonces todo es distinto... No se puede bailar en un teatro como se baila allá”. Y señalaba hacia la otra orilla del puerto, refiriéndose, con tono algo misterioso, a ciertas ceremonias de religiones sincréticas, ceremonias musicales y danzarias que se celebraban, de tiempo en tiempo, en los pueblos de Regla y de Guanabacoa en los días de San Lázaro, de Santa Bárbara, y de la Virgen de la Caridad del Cobre, muy especialmente. También existían los abakúas, con sus fabulosos “diablitos” de prosapia yoruba, cuyos trajes extraordinarios había visto Vera en grabados de dos artistas del siglo pasado. —Miahle y Landaluce— que yo le hubiese enseñado. Ella hubiera querido asistir a algunas de esas ceremonias para iniciar un estudio de nuestro folklore coreográfico. —“No sacarás nada con ir a una de ellas” —opinaba Gaspar: “Tanta gente se apretuja en eso que apenas si verías a los bailadores. Es un empuja-empuja de todos los demonios. Además, la presencia de una blanca, como tú, de tipo medio polaco...” —“Gracias”... —“quiero decir —¡vamos!— que no es de aquí, los pasmaría. Hay un solo lugar donde podrías ver algo...” Y a ese lugar llegamos, una noche, después de cruzar la bahía en la lancha “Nicolás Lenin”, y de tomar un autobús en Regla, frente a una taberna mexicana pintada con colores de sarape, oliente a tequila y guacamole, cuya rocola patriotera y jingoísta alzaba voces de mariachis en jipíos de corridos a la gloria de Jalisco o de Pénjamo... El lugar era la casa de un músico negro, cantante y pianista —lo llamaban “Bola de Nieve”— ahora en gira por América del Sur, y que, en su ausencia, dejaba sus puertas abiertas a quienes en su patio querían armar holgorios de tipo familiar, bajo la nada engorrosa vigilancia de una madre anciana, ahora atareada frente a sus anchos fogones, en una preparación de olletas de “rabo encendido”, que la tenía andando a lo largo y ancho de la cocina, a paso de baile, añadiendo percusiones de cucharón sobre cazuelas y sartenes a la concertante batería que afuera se estaba organizando. Porque, aunque todo hubiese empezado como cualquier fiesta un poco aldeana, con las mujeres modosamente sentadas en círculo en torno al espacio de danza, ya los tambores empezaban a tronar, golpeados por hombres de una rara corpulencia que, durante el día, trabajaban en la estiba de barcos. Y pronto se estableció un contrapunto de golpes secos, espaciados o repetidos, redoblados, sincopados, tremolantes, simétricos en intensidad, asimétricos en ritmo, y sin embargo integrados en una unidad, que se adicionaban como las voces de una fuga, en un todo coherente y estructurado por un instintivo sentido del equilibrio. Poco a poco se formaron parejas, saliendo al ruedo, pero para gran asombro de Vera, esas parejas no se abrazaban, ni trataban los hombres de restregarse a las mujeres —con alguna añadidura de cheek-to-cheek como ocurría en los dancings europeos. Aquí —y esto la maravillaba— las gentes bailaban por bailar, por el placer de bailar, por el júbilo de bailar, con una tal ausencia de malicia que los mismos movimientos de hombros, de caderas, las ondulaciones de los cuerpos, las intencionadas persecuciones a la hembra que a tiempo, con ágil escamoteo de sí misma, esquivaba en pícara voltereta un excesivo acercamiento del varón a las cadencias de su grupa, conservaban la honestidad de ciertos ritos antiguos, donde los simulacros eróticos de la fecundación obedecían a las leyes de una armonía corpórea que era, a su vez, acción significante de una cierta sacralidad primordial. Hubo un descanso en que de la cocina salieron, olorosas y realzadas por un ají del infierno, las olletas del “rabo encendido”, y, después de un conciliábulo de Gaspar con los tamboreros, Vera fue sentada en un taburete de honor, frente a las mujeres agrupadas en el fondo del patio. —“Párate” —advirtió Gaspar. “Se va a hacer lo que no se hace para nadie: te van a sacar un diablito abakuá, aunque no con el traje —el saco—, porque eso es para otra clase de fiesta”. Sonaron los tambores otra vez —aunque con ritmos enteramente distintos a los anteriores— y, de repente, como llevado por un prodigioso impulso giratorio, rotando sobre el pie izquierdo, mientras el derecho, a ras del suelo, trazaba vertiginosos molinetes, un danzante cruzó el patio a pasmosa velocidad, irguiéndose repentinamente ante Vera, vertical e inmóvil como estatua, de piernas juntas, de manos agarradas a sus propias muñecas. Y, luego, fueron fingidas agresiones a los presentes, carreras amenazadoras contra éste o aquél, para pararse en seco ante quien no había retrocedido un paso, haciendo gestos de golpearle la cabeza con un bastón imaginario, hasta que, volviendo a su posición inicial, regresó el bailador al cuarto de donde había salido, desapareciendo —como sorbido por el torbellino de su propia sombra. Vera, estupefacta por la fuerza de lo visto, empezó a aplaudir. —“Deja eso” —dijo Gaspar: “Que esto no es un show. Ahora viene lo mejor: lo que se ve ya muy poco: un baile arará”... Cuatro hombres se situaron en los puntos cardinales del ámbito. Y, de súbito, empezaron a saltar, a saltar sin prisa, uno tras del otro, sin prisa, como sin esfuerzo, como levantados por un trampolín invisible, y cada salto era más alto que el anterior, acompañándose de un gesto de codos y antebrazos proyectados hacia adelante. Los saltos verticales eran ahora cada vez mayores, con recaídas cada vez más breves, en tal suerte que, apenas tocaban el suelo, volvían a dispararse hacia arriba. Y llegó el instante milagroso, increíble, en que los cuatro hombres flotaron, literalmente, en el espacio, sin contacto aparente con el piso. —“¡Esto es elevación, carajo!”, gritó Vera, usando por vez primera de una mala palabra en mi presencia. De frente encendida, de mejillas rojas, sacada de sí misma, maravillada, miraba el espectáculo, llevándose a veces las manos a las sienes, en un gesto que sólo suscitaba en ella una suprema admiración. Y hubiese querido que aquello prosiguiese toda la noche, si los danzantes, habiendo alcanzado la cima posible de sus levitaciones, no hubiesen regresado, de pronto, a nuestro nivel, agotados por el esfuerzo, y pidiendo ron del fuerte, del blanco, del recio, pero no para beberlo, sino para frotarse el pecho y las espaldas relucientes de sudor. Y volvió la fiesta a su estilo normal de alegre reunión familiar y un tanto provinciana, sin que nada nuevo se ofreciese a nuestras miradas. —“Vámonos” —me dijo Vera: “Esto ya no tiene interés después de lo otro. Al lado de lo que vimos, el salto famoso del Espectro de la rosa es una mariconada; los Ícaros de Lifar, una miseria”... Y, cuando volvimos a cruzar la bahía a bordo de la “Nicolás Lenin”: “Si Nijinsky hubiese contado con bailarines así, su coreografía primera de La consagración de la primavera no hubiese sido el fracaso que fue. Era esto lo que pedía la música de Stravinsky: los danzantes de Guanabacoa, y no los blandengues y afeminados del ballet de Diaghilev”...

Fragmento de La consagración de la primavera de Alejo Carpentier.

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