Año V
La Habana

23 - 29 de SEPTIEMBRE
de 2006

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Crónicas desde la mirada
Carina Pino Santos La Habana


De este lado del mundo: cinco visiones fotográficas latinoamericanas se suma a las celebraciones del décimo aniversario del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau. Esta exposición en la Sala Majadahonda es el resultado de una curaduría de Estrella Díaz, y de su iniciativa, apoyada por la museografía que ha diseñado Antonio Fernández Seoane.

Se trata esta vez de la conjunción de fotografías, obra de cinco fotorreporteros, los cubanos Daniel Hernández y Alain Gutiérrez; Pedro Guzmán (República Dominicana), Fuad Landívar (Bolivia) y Eduardo Valenzuela (Ecuador) quienes se han unido en un proyecto de exposición en la Sala Majadahonda hecho realidad, en primer término, por el llamado y la coordinación de Estrella Díaz, y asimismo motivado por la amistad que surgiera entre estos profesionales de la imagen, propiciada por el encuentro en cursos de fotografía que ofrece ese centro (concertador de voluntades para el periodismo de Latinoamérica y del mundo)  que es el Instituto Internacional de Periodismo José Martí en La Habana.

La muestra reúne aquellas instantáneas que han fijado momentos de la cotidianidad y  las tradiciones en estos tres países, con sus distintas geografías y contextos, ya sean urbanos o rurales, pero con una misma intención que los signa, aquella referente a una identidad común existente, pese a la economía de la globalización, y más allá de la internacionalización de los modos de vida y de las costumbres imperantes hoy.

“El museo de la memoria es ya sobre todo visual”, escribió Susan Sontag, y por cierto, ese registro de la memoria en cualquiera de sus manifestaciones y sus formas, y en la calidad de su mejor expresión es uno de los objetivos de la labor del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau (que ha hecho efectivo, además, tanto en las muestras de artes visuales, como en sus ediciones y su apoyo a las investigaciones históricas), es también esa exploración del devenir —que permanece nítidamente en la manifestación de la fotografía como indicio de realidad palpable—,  el que el espectador puede ver en la exhibición, por ejemplo, en los artesanos trabajando la imaginería religiosa en la iglesia local o el bailador con máscara del Carnaval que el boliviano Fuad Landívar retrata o el quehacer del ecuatoriano Eduardo Valenzuela. Ciertamente de este último su Talón de Aquiles es una de las mejores fotos de las que se hallan expuesta en el Centro Pablo, y no deja de recordarnos aquella fotografía de los 60 y 70, antológica en Cuba, de la que fue un protagonista excepcional Raúl Corrales.

La marginalidad, las condiciones de la pobreza, los instantes de la vida pueblerina, o incluso de la citadina en su cosmopolitismo, pero también en su belleza intrínseca, son algunas de las instantáneas que pueden apreciarse en la exhibición que, más que una exposición de obra personal de creadores, se hubiese apreciado en mayor concreción y realce, con una selección más reducida que mostrara más que la producción de los protagonistas del lente, un repertorio de sobresalientes  tomas. Aquellas que permitieran dentro del concepto de fotografía documental una mayor intensidad en la relación del espectador con la mirada del fotógrafo artista.

Salvar los estereotipos sobre Latinoamérica es también considerar que el fotorreportero puede realizar una obra artística en sí, ello no significa tampoco que deje de tener sentido este tipo de fotorreportaje que ofrece la documentación de la realidad misma, en un mundo como el actual, en el que la imagen es la dominante visual del entorno cotidiano de nuestras vidas.

El joven cubano Alain Gutiérrez  pasa por el ojo de su cámara a la ciudad cuyo confín último es el mar. Viejos pescadores y una muchacha en el malecón habanero, la ancianidad tras las rejas domésticas, una pareja de gays que se toma un alto en la avenida, son motivos suficientes para su producción que ya comienza a tomar una personalidad propia. El dominicano Pedro Guzmán parece tener sus más certeras tomas cuando logra composiciones en las que la realidad es vista por el hueco de una aguja, o más bien por los intersticios de la veracidad misma. Aberturas propiciadas por palos que conforman una posible puerta, a través de los que se ve a una mujer cocinando en un interior pobrísimo, o la panadera que se percibe por el entresijo de ese filo de luz entre dos columnas de casabes apilados, o más aún esa foto peculiar de la frontera con Haití, separación solo marcada por un viejo candado que une las puertas por una cadena no ajustada, apertura a través de la cual se ve un niño negro de pie, que nos mira desde fuera ¿o dentro? de la división política. Por su parte Fuad Landívar en Bolivia retrata a los niños que lavan oro o que deambulan, su trabajo con las etnias se percibe con más soltura cuando es menos didáctico. Valenzuela toma en Ecuador imágenes costumbristas en circunstancias también típicas.

Así, el desvelo de los organizadores de la muestra apunta, sobre todo pienso, a un camino interesante de alternativas expositivas en el Centro Pablo, aquel vinculado a crónica visual, al no olvido de un pasado y de un presente que constituyen también nuestra memoria salvadora para el futuro. 

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