Año V
La Habana
23 - 29 de SEPTIEMBRE
de 2006

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Los motivos de un homenaje
Víctor Fowler Calzada La Habana


"Un país sin imagen es un país que no existe"

Julio García Espinosa

Cuando le pregunté el sitio en el cual originalmente había pronunciado la anterior frase, el cineasta Julio García Espinosa dudó; un poco porque no recordaba con exactitud y otro porque suele repetir la proposición bajo las más diversas maneras, como algo que está por entero integrado a su personalidad y no como una simple frase que pronuncia o escribe. Es difícil justificar los homenajes de figuras que extienden su quehacer intelectual en campos diversos y en todos ellos realizan aportes. En el caso de García Espinosa habría que identificar el trabajo del creador de obras cinematográficas, el pensador de los medios audiovisuales y el pedagogo que se ha dedicado a transmitir su experiencia a los más jóvenes. En lo primero, el arco abierto con la realización de esa obra fundacional que es El mégano, documental de 1955 que marca el inicio de un nuevo modo de entender el acto de hacer cine en nuestro país, se extiende hasta esa vuelta y reescritura del neorrealismo italiano que fue Reina y Rey (1994). En el interior de esos poco más de treinta años se encuentra una obra creativa ineludible dentro del cine cubano y latinoamericano del último medio siglo, acaso una de las que con mayor insistencia ha perseguido el riesgo estético antes que la comodidad de cualquier éxito fácil.
 

García Espinosa afirma que, luego del éxito de taquilla que significó su Aventuras de Juan Quinquín (1967), película que todavía hoy integra la lista de las diez películas cubanas con mejor respuesta de público, bien pudo repetir los hallazgos formales y el tipo de humor con el que trabajó entonces, para de ese modo seguir cosechando halagos: puesto que ya sabía cómo hacerlo se podía copiar a sí mismo. En lugar de ello, cuando en 1978 dirige esa ficción-ensayo (o tal vez docu-ensayo ficcionado) que es Son o no son, sus seguidores quedaron por entero desconcertados e imagino que hasta sus enemigos. Todavía hoy, más de un cuarto de siglo después, Son o no son clasifica como una de las muy pocas películas cubanas que invitan al espectador a abandonar la ilusión del cine y a no buscar una identificación emocional con lo que sucede en la pantalla, sino intelectiva. La aplicación del extrañamiento brechtiano, que en Aventuras de Juan Quinquín interceptaba el relato (que mantendría una entera coherencia narrativa sin tales insertos), en Son o no son es tan inseparable de lo narrado que es la historia misma. Después de esto, con La inútil muerte de mi socio Manolo (1989), en esta película voluntariamente "fea", despojada de encanto escénico, que se anuncia desde el título mismo, llega al límite la confrontación con la ilusión del cine por parte del cineasta (durante la hechura y en la propuesta conceptual) y del espectador (en la sala y la decodificación)... La publicación en 1969 de Por un cine imperfecto, documento de inspiración gramsciana y uno de los más discutidos manifiestos del cine latinoamericano en cualquier tiempo, abrió las puertas a posibilidades que entonces, en su fecha de formulación, ni siquiera podíamos entender. Han tenido que pasar casi cuarenta años para que, con el abaratamiento de las técnicas de producción en formato digital, la aparición de ese escenario insólito que es Internet y la intensificación de las batallas por el fortalecimiento de la sociedad civil en el continente (incluyendo aquí fenómenos tan diversos como el surgimiento de la radio y televisión comunitaria, o la creación de circuitos alternativos de exhibición o distribución), adquieran su verdadero sentido estas frases que entonces confundieron a tantos: "Hoy en día un cine perfecto técnica y artísticamente logrado es casi siempre un cine reaccionario." o "Al cine imperfecto no le interesa más la calidad ni la técnica. El cine imperfecto lo mismo se puede hacer con una Mitchell que con una cámara de 8mm. Lo mismo se puede hacer en estudio que con una guerrilla en medio de la selva".  Si las credenciales de García Espinosa como pensador del cine y de aquello a lo que antes llamábamos "el papel del creador", habían sido establecidas desde años antes, este texto particular significa un salto dentro de un pensamiento que, hasta el presente, destaca por su inquietud. De hecho, hoy día, tal vez sea el único de los cineastas cubanos que ha extendido su reflexión sobre el cine hacia el terreno de la televisión y las nuevas tecnologías. En este sentido, y sin entrar a considerar el contenido de su reflexión (cosa que dejo para que el hipotético lector lo disfrute o contradiga) se trata de un hombre del futuro por el sencillo hecho de haber avizorado el proceso de cambio que atraviesa hoy día la producción audiovisual en el mundo entero.  Junto a todo lo anterior, hablamos de una de las figuras que fundara en 1959 el ICAIC y que, durante casi 30 años, se mantuviera entre sus directivos, de modo que no poco de las políticas de producción y exhibición en el país a lo largo de ese tiempo ha de haber pasado por sus manos. Cuando pasábamos horas hablando, para lo que terminó siendo el libro-entrevista, Conversación con un cineasta incómodo, me encantó saber que había sido quien favoreció la puesta en las salas de aquellas películas de samurai japoneses que vi durante mi niñez y que recuerdo ahora como algo mágico. El más reciente empeño pedagógico de García Espinosa ha sido su labor al frente de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños. Allí puede cumplir su sueño de transformar al cine y al espectador del continente, esta vez mediante el estímulo al nuevo talento. Por cierto que fue en uno de los documentos de la Escuela en donde quedó escrita la frase que utilizo como exergo: "Un país sin imagen es un país que no existe". A dotarnos de imagen ha estado dedicada la vida de Julio García Espinosa y se supone que ahora sus alumnos rieguen la semilla.

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