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“And beauty draws us with a single hair…”
Alexander Pope, The Rape of the Lock
Uno
—La vas a reconocer por el pelo. Lo
tiene muy largo.
No había dicho “muy largo”, sino “muy
largo” y el énfasis pareció deberse a algo más. La noche
estaba cayendo con rapidez sobre el corredor que llevaba
recto a la entrada y no pude ver la expresión de sus
ojos.
Salí de la ciudadela y sentí que en la calle aún
sobrevivía un poco de luz. No era la claridad de la
tarde cuando pasan de las siete y todo se pone gris. Más
bien se trataba del umbral de la noche, o de una especie
de azul emborronado por el polvo de los camiones y los
automóviles que recién encendían sus luces. Sólo que en
la ciudadela, y especialmente en el corredor, las cosas
se densificaban un poco más, como si el ladrillo pelado
y las tablas pintadas de lechada sucia no admitieran
otro resplandor que el de los rescoldos a punto de
morir.
El hombre, un tal Leocadio,
arreglaba computadoras y sonreía con facilidad. Madame
Meurent ya me lo había dicho, como a tientas: El que
sabe dónde vive es el técnico que arregla mi
computadora. Se llama Leocadio y le dicen Leo.
En el papel de Madame las señas
escuetas se dejaban leer con la dificultad de su letra
pequeña y ajustada. San Nicolás 401, frente a una
carnicería con rejas azules. Allí vas a preguntar por
Leo, el técnico. Tienes que ser discreto. Él no trabaja,
se la busca como puede. Es la primera puerta después que
atraviesas el pasillo. Si vas de noche lleva una
linterna, o una caja de fósforos, o un encendedor, o un
quinqué, o una vela. Y cuídate de tropezar. Allí siempre
es oscuro y hay cosas innombrables en el suelo.
Una de aquellas tardes de
crepúsculo bruñido, Leo y otras personas muy silenciosas
y pálidas condujeron a Madame Meurent a una casa de
suntuosidad extraña. Habían usado un mórbido carrazo —un
Mercedes del 87 o del 88— empapelado de verde Veronés.
Madame se acordaba del sitio, pero no de su ubicación.
Había salido de allí medio mareada, de noche ya, sin
pensar demasiado en la arrobadora experiencia que dejaba
atrás.
La revelación provenía de un chat
abotargado y escrupuloso donde todos —unos seis
perorantes internacionales— se dejaban llevar por una
vida de palabras, pero que acaso era más cierta y
equilibrada que la vida real. Seis perorantes que
desdoblaban sus identidades para reconocerse en los
otros y escapar del monótono delirio de sus casas, sus
trabajos, o sus sueños incompletos. Una madrugada en que
Madame Meurent sostenía un diálogo casi venéreo con un
ente llamado Reina, este, sin saber del sobresalto que
iba a ocasionarle a Madame —porque ella decía vivir en
Tegucigalpa y respondía al obvio nombre de Divo—,
escribió de súbito: Me recuerdas a Rapunzel, que vive
en La Habana. Madame Meurent pensó durante un minuto
antes de inventar su frase: No conozco La Habana,
pero quisiera visitar a esa hada cochambrosa que te hizo
vibrar.
Habían practicado un poco de sexo
digital donde los dedos finos de Madame lustraban, con
un imaginario aceite de almendras, el no menos
imaginario y enfebrecido sexo de Reina. En Divo, que
portaba la máscara de una masculinidad ambigua, la boca
de Reina funcionaba bien: Ahora te estoy comiendo la
polla, escribió en un español peninsular del peor
gusto. Pero Madame Meurent no sabía lo que era tener una
polla (¡Dios mío, cómo sonaba esa palabreja!) y se
aburrió del asunto: Acabo de venirme y ahora tengo
sueño, chica.
Pero en su cabeza quedó bailoteando
otra palabra que sí sonaba bien. Un nombre, unas sílabas
como de oros y cristales entrechocados: Rapunzel. Leo la
escuchó de sus labios cuando vino a instalar unas
memorias para que el ordenador, un espécimen
antediluviano, funcionara un poquitín mejor. Leo lo
sabía casi todo. Rapunzel... Rapunzel, silabeó
entonces mientras insertaba con esmero las memorias.
¿Rapunzel? Jejeje. Había mirado rápidamente a Madame
y había musitado: Yo conozco a una Rapunzel.
Madame me llamó por teléfono una de
aquellas tardes donde el sol declina y comprendemos de
pronto que no hay nada verdaderamente importante que
hacer, salvo el cultivo de la amistad o el amor. Se
sentía algo enferma, en su casa había mosquitos y quería
consultarme un asunto de la mayor urgencia. Vivía sola,
pero no sentía temor de las sombras.
—¿Puedes venir? Ven, anda. Corre...
—Ahora mismo no puedo, Madame. Dame
unos días —supliqué luego de pensar en la revisión de mi
más reciente novela.
Entonces me lanzó uno de esos
anzuelos que no puedo dejar de morder:
—Es un asunto de sexo, con una
jovencita virgen y una madre que no sabe a quién acudir.
Para desprendernos de la perversión
del mundo, lo primero que hay que hacer es ceder a sus
tentaciones. Soy así, muy perverso. Y lo disimulo bien.
Durante el trayecto, y sin sentir
ya los reclamos de mi novela, pensé en la vida
enigmática y hasta cierto punto atractiva de Madame. Una
vida entre el deseo y la espera, o entre la realidad y
su ilusión. Vestía un salto de cama de ese dieciochesco
color apulgado que tienen algunos tapices antiguos. Como
su piel era muy blanca, el contraste se hallaba lejos de
deslucirla.
—Entra, tengo té de rosas y un
brazo gitano de coco —soltó al abrir el portón.
Me acomodé en el viejo sofá
norteamericano, que doblaba por la pared siguiendo su
curva, y le dije:
—Una taza de té mientras me haces
el cuento de la virgencita.
—Lo siento, pero no hay tal
virgencita. Necesitaba verte para tratar un asunto...
Estuve a punto de insultarla, pero
me dio vergüenza. Sonreía con levedad y pena.
—Bien, ya estoy aquí. Suelta lo que
sea.
Se marchó rápidamente a la cocina,
trajo el té en unas tazas blancas y se sentó a
contemplarme durante unos segundos. Después, sin apartar
los ojos de los míos, articuló aquella frase tremenda:
—Mira lo que me han hecho.
Decir aquello y decir nada era lo
mismo, pero Madame Meurent aflojó con lenta teatralidad
el lazo del pañuelo que llevaba graciosamente alrededor
del cuello y, por un instante, logró engañarme. Rió en
silencio:
—Caíste en la trampa. No fue en el
cuello.
Yo fruncí el ceño y ella se abrió
el salto de cama y me mostró la parte interior del muslo
izquierdo, justo donde ya podía verse, descorrido el
blúmer uno o dos centímetros, la periferia del pubis.
—¿Las ves?
Al principio no entendí nada;
Madame mantenía la firmeza de su carne y la noble
distinción de su vello (ahora inexplicablemente
omitido), que era como el oro rojizo de los Nibelungos.
El resto del blúmer se pegaba a su sexo con glotonería.
Me sentí incómodo.
—No sé qué quieres que vea
—protesté nervioso—. Pero si te ha dado por enseñarme
eso...
—Qué animal... ¿te estás burlando?
Mira aquí, aquí.
Al lado del dedo índice vi dos
marcas, dos agujeritos enrojecidos y secos, como puntos
que se inscribían en la elipse irregular de una huella
fina y azulosa. Era evidente que algún amante se había
excedido.
—Te mordieron fuerte —atiné a
decirle en voz muy baja, como si alguien estuviera
escuchándonos.
Y empezó a contarme una extraña
historia, la increíble y bella historia de Rapunzel.
Dos
Las señas que Leo me había
suministrado me llevaron recto a una casa irregular, con
dos patios llenos de flores sembradas en macetas
grandes. La casa estaba en la calzada de Diez de Octubre
y la gobernaban dos negros y dos negras que enseñaban a
una docena de europeos algunos bailes africanos
tradicionales. Una música elemental y pasada de volumen
apenas dejaba oír los muchos diálogos que entre todos
iban entablando. Me detuve en el umbral y noté que la
edificación crecía hacia lo alto en una maraña de
barbacoas y escalerillas de madera basta. Uno de los
negros se acercó y me invitó a pasar. Antes de hacerlo
examinó mi cuerpo de una ojeada.
—Ponte en el segundo grupo
—precisó.
—No he venido a bailar —expliqué—.
¿Por casualidad vive aquí una chica llamada Rapunzel?
El negro se cruzó de brazos y me
miró a punto de sonreír.
—Coge por allí —señaló hacia la
pared— y busca la reja del patio de la derecha. Es la
puertecita más nueva.
Me dio la espalda y le dijo algo al
grupo de europeos que estaba bajo su mando. Dio una
palmada y el baile cambió de una manera que acentuaba el
ridículo y la desenvoltura.
La puertecita más nueva era blanca
y estaba resguardada por una verja costosa. Toqué.
Dentro una voz me ordenó esperar. Una mariposa amarilla
me rozó la cara. Sentí el ruido de un cerrojo.
—Diga, señor.
El rostro era el de una de esas
adolescentes sin remilgos, con una educación cebada en
la astucia; su estatura consentía en ser más bien baja,
pero el conjunto revelaba buen porte y una agradable
insistencia en parecer cortés. Su bata de flores me
impedía examinarla completamente.
—¿Rapunzel?
—Soy la asistente de Rapunzel.
¿Ella lo espera a usted?
—No, en realidad no. Yo soy
escritor y periodista, pero dígale que no tema.
El rostro rió por lo bajo:
—Aquí nadie teme, señor periodista.
Y se lo advierto: si no te espera, no vas a poder verla.
¿Por qué no llamaste por teléfono?
—¿Teléfono? No me dieron ningún
teléfono —alcé las manos—. Mira, mi niña, es que...
Ella, una Ninfa Receptora a quien
los cambios del usted por el tú no le habían costado
ningún esfuerzo, hizo dos señas fuertes a través de los
barrotes y se perdió en la relativa oscuridad del
apartamento. La música de los negros se expandía con una
liberalidad cuidadosa, como si darla a conocer fuera una
necesidad absoluta. A un costado se alzaba el baño
colectivo, de donde salían los pálidos y sudorosos
europeos. Una fila de botellitas de agua vacías se
alineaba junto a un rodapié desnudo, hecho con esos
azulejos ornamentales que tienen algo de Grecia y algo
de Versalles. Unas abejas borrachas se obstinaban entre
las begonias y más allá, del otro lado, cuatro hombres
ambiguos y medio desnudos practicaban lucha libre hasta
sangrar.
La chica abrió la verja y entré. La
sala, con gruesas cortinas corridas, estaba cuajada de
muebles de madera oscura. El sofá me pareció muy cómodo.
—Dice Rapunzel que la esperes aquí.
Pero si quieres pasar...
Miré tras ella y no vi nada salvo
la sombra del fondo, donde se disolvía el resplandor de
un bombillo barato.
—No me gusta violar ningún tipo de
intimidad. Las personas tímidas
—recordé un epigrama de Oscar Wilde—
somos demasiado desenvueltas.
—Pero ella te está esperando
—advirtió con rara incongruencia.
Tres
—Tienes razón, me mordieron fuerte.
Ojalá no me enferme.
Madame decía aquello como si nada,
moviendo los hombros mientras hablaba de Rapunzel. Pero
yo sabía que tras esa despreocupación iba naciendo la
angustia de los hipocondríacos.
—¿Hay una lupa por ahí? Me gustaría
ver eso con una lupa —dije al señalar los agujeritos.
—No tengo lupa. Tendrás que
acercarte. O usar mis espejuelos.
Se los quitó y los puso en mi mano.
Abrió el salto de cama otra vez.
Una película sonrosada, con
pequeñísimos capilares de color violeta, cubría cada
agujerito. La huella de la mordida los circunvalaba de
manera irregular y grosera.
—¿Te dolió?
—Bastante. Pero es un dolor
soportable.
Al ver que no estaba convencido
agregó:
—Ella me mordía y al mismo tiempo
me daba un masaje en el clítoris.
Madame bajó los ojos. Pero sabía
que hay palabras sin las cuales el sentido de lo real se
pierde.
—Parece una buena combinación
—apunté.
Ella estaba complacidísima. Me
miraba como diciendo: no sabes lo contenta que estoy,
al fin mi vida sale del aburrimiento. Le devolví los
espejuelos.
—Bueno —recapitulé mediante un
gesto—. ¿Realmente crees que se trataba de un vampiro?
—Una vampira.
—Con colmillos largos y todo.
—Colmillos largos la verdad es que
no tenía. Pero eran muy puntiagudos. Lo pude comprobar
cuando me besó. Los toqué con la lengua y me pincharon.
—¿Durante el beso? —dudé.
—Durante el beso.
—¿Y no sería un diente cariado?
—Qué va. Ella tiene una dentadura
maravillosa...
El juego había comenzado cuando
Madame entró en la habitación de Rapunzel y vio que el
pelo de la joven, de una negrura intolerante, se
remansaba en su sexo ocultando también una zona de su
pecho. Aunque muy larga, la cabellera no dejaba de ser
rizosa, y esta condición la convertía en una masa sin
forma definida y tan vehemente como una pequeña selva en
estado virgen. Rapunzel sonreía con delicadeza y
placidez, e infundía una confianza de la que no era
posible sospechar un instante.
—Ven aquí —le había indicado a
Madame con la mano—. A mi lado.
Madame se acercó y la joven apartó
su cabellera. Tenía la piel de una indígena que se
hubiera tratado largo tiempo con Elizabeth Arden.
—Me dicen que eres escritora.
—Sí. Escribo. Pero publico muy
poco.
—Si yo fuera escritora me dedicaría
a escribir sobre temas sociales.
A Madame aquello de los temas
sociales le supo mal.
—¿A qué te refieres?
—Las minorías. Lesbianas,
bisexuales como tú y yo, gays, lisiados, adictos de toda
clase… Los monstruos. Por ejemplo, me fascinan los
parapléjicos y las parapléjicas. Me encantan los
vampiros y las vampiras. Y me encanta ser una mujer, lo
cual es ya una rareza.
—¿De veras? —le preguntó.
—Si tienes una vagina y un punto de
vista propio la combinación es mortífera.
Al hablar (y era de suponer que lo
hacía como Sharon Stone) dejaba la impresión de haberse
adueñado de una madurez impropia. Tendría veintidós o
veintitrés años. Madame pasaba de los cuarenta.
—Las minorías —se ajustó los
espejuelos— son un tema muy interesante.
Temblaba. El sexo de Rapunzel había
sido depilado con minuciosidad y su postura tendía a
abrirlo.
—¿Por qué no te quitas la ropa?
Vamos a estar más cómodas.
El vestido de Madame era muy
sencillo.
—Ya está —sonrió.
—Ven, no te dé pena conmigo. ¿No
íbamos a jugar un poco?
La tomó por el brazo y la atrajo
hacia sí.
—Nunca había visto a alguien
resplandecer de ese modo. Será que te lo afeitas...
Parecía que se había untado una
crema hidratante de aroma ligero.
—El pelo suele molestar. Cuando
alguien se apasiona y te chupa aquí abajo —se tocó el
sexo con levedad, lentamente— es mejor que todo no sea
más que piel y epitelios con los jugos que ya conoces.
Madame pensó: Dios mío, ¿será
que esta pequeña es una loca? Después rectificó:
Pero claro: es una loca. Y de atar.
Se anduvo con prudencia:
—Nunca he probado.
—¿Qué es lo que nunca has probado?
¿Chupar o afeitarte?
—Afeitarme. Es decir, las dos
cosas… Se nota, ¿no?
Rapunzel miró el bosquecillo
cobrizo (un tanto despeinado) de Madame.
—Tengo aquí lo necesario, ¿te
atreves a ponerte en mis manos?
En realidad se comportaba como una
verdadera experta. Sus manos se movían con una precisión
muy pausada. Le temía al filo de la tijera. Y si no
hubiera sido por la frialdad de la espuma y el rasgueo
un poco lúgubre de la maquinilla, Madame habría
reverenciado el episodio con palabras de celebración. Al
final ambas mujeres estaban tan excitadas que casi no
dio tiempo al enjuague.
—Aguántate, por favor... ¿no ibas a
ponerme crema? —le dijo Madame a Rapunzel con los ojos
brillantes de gozo.
—Estás a punto de tener un orgasmo,
escritora.
La voz le temblaba.
—Es verdad... ¡Pero ponme la crema,
que me pica!
Le puso la crema. El masaje se
hacía insoportable porque Rapunzel no intervenía
directamente en la médula abrillantada y viscosa de
Madame.
—Creo que no vamos a demorarnos
—rió la joven.
Se besaron en la boca y en el
cuello. El 69 no tardó.
Cuatro
—Gracias —le dije a la Ninfa
Receptora—. ¿Es por ahí?
Mi mano y mi brazo apuntaban hacia
el corredor.
—Debajo del bombillo hay una
puerta. Toca y empuja.
Avancé por las sombras hasta la
luz. Mis nudillos golpearon sobre una madera
extremadamente dura y que parecía muy pesada.
La vas a reconocer por el pelo.
Lo tiene muy largo.
—Hola —saludé mientras empujaba.
—Pasa. Puedes sentarte.
No me sorprendió que Rapunzel
habitara la penumbra. Revolvía, de espaldas a mí, el
interior de un cofrecito de mimbre. Había una silla
llena de ropas. Olí el perfume y su ligero sudor. La
mezcla no era desagradable.
—Estos lentes de contacto...
—protestó.
—La joven de la entrada me dijo que
pasara —me excusé.
—No te preocupes. De pronto he
sentido la necesidad de ponérmelos.
Se volvió y la vi por primera vez,
aunque borrosamente. Estaba desnuda.
—Te hacía más viejo —reconoció.
—Tus lentes brillan, Rapunzel —dije
ante su mirada cerúlea.
—Los compré en Brasil. De allí
traje muchas cosas. Hasta enfermedades.
No vi la sonrisa, pero sí el
pestañeo, o el guiño. Supuse que se burlaba.
—Nunca he estado en Brasil.
—Me quedé dos semanas en un pueblo
que está a medio kilómetro de la selva. Por las noches
todo era muy extraño. Se hacía un silencio fantástico y
Ellas aparecían…
Me sentía dispuesto a escucharla,
pero Rapunzel no estaba de humor para las narraciones.
—Bien —dije en medio de una pausa
repentina—. He venido hasta aquí por pura curiosidad.
—Si es así, puedes empezar por
quitarte esa ropa.
—¿Vamos a tener sexo?
Mi pregunta debió de sobresaltarla.
—¿Y no viniste a tener sexo?
—En principio, no. Quería conocer a
Rapunzel. Tan sólo eso.
—Pues aquí estoy. ¿Satisfecho?
En ese momento saqué mi arma
secreta. En el bolsillo de mi camisa había un papel
doblado. Era la fotocopia de una ilustración que
figuraba en un libro maravilloso, Plaisirs d’ Amour,
de Elizabeth Nash. Había llegado a mí desde Toronto como
regalo de cumpleaños. Luego de haberlo examinado mucho
corrí a prestárselo a Madame Meurent. Después lo dejé en
su sitio durante meses, sin tocarlo apenas. El libro,
una edición de gran formato, llevaba un subtítulo: An
Erotic Guide to the Senses. No tengo que decir que
Madame, memoriosa y sibarita como es con los libros que
a veces me mandan de otros países, fue quien me hizo
recordar la existencia de éste por medio de una de
aquellas suposiciones suyas que jamás deben desoírse.
Porque Rapunzel estaba definitivamente allí, en la
página 98.
Desdoblé con cuidado el papel.
—¿Qué es? —chilló.
—Un dibujo. Se llama como tú:
Rapunzel.
—Déjame verlo.
—No. Primero enciende la luz.
Quería comprobar si la sospecha de
Madame era cierta. Necesitaba saber si la Rapunzel de la
habitación donde me hallaba era la Rapunzel de un dibujo
a tinta de un tal Rudolf Keller, muerto en 1890.
—Lo lamento, pero en eso no puedo
complacerte.
—¿Por qué?
Reptó por encima de la cama hasta
situarse a medio metro de mí.
—Mis lentes no se llevan bien con
la luz. ¿Te daría igual si enciendo una vela?
No esperó mi contestación. Sentí el
chasquido de una fosforera y una pequeña llama horadó
trabajosamente las tinieblas.
—Las velas tienen algo de
eternidad. No son ordinarias y sin arte como el neón o
el bombillo incandescente, y proyectan la Luz de las
Luces. Espero que hayas leído a Bachelard.
La impertinencia no hizo mella en
mí. Miré a Rapunzel. La del papel y ésta (de carne y
hueso irrebatibles) eran idénticas.
—Con esa luz creo que bastará. A mí
tampoco me gusta...
—Igual que Madame Meurent.
—¡Ah! Madame ama la oscuridad y lo
táctil. Supongo que...
—Quítate la ropa y ven aquí —me
interrumpió—. No te afligen los pipis afeitados,
¿verdad?
Alargó un brazo y me arrancó el
papel de la mano. Lo llevó hacia la vela.
—El joven de la izquierda es un
actor —explicó—. Se llamaba Marcus y tenía un priapismo
muy gracioso.
—¿Priapismo? Vaya...
Me miró a través de una mueca.
—Hmm… Creo que no sabes lo que es
el priapismo.
—Claro que lo sé.
—Entonces dime. A ver... —exigió
desafiante, sentada en el lecho, el espinazo recto, las
piernas cruzadas y la cabeza alta. Casi en la posición
del loto.
Empecé a quitarme la ropa. Quedé
desnudo delante de Rapunzel.
—¿Podrías devolverme el dibujo?
—Me parece —observó mientras
agitaba el papel— que tú también tienes cierto
priapismo.
Agarró la vela (perfumada, creo,
con vainilla) y la acercó a mí. Quedó en silencio por un
largo minuto, el tiempo que usó para inspeccionar mi
cuerpo. Aproveché la pausa y me atreví a decirle desde
mi inmovilidad:
—No sabes nada.
Abrió los ojos relucientes:
—¿Quieres apostar?
Cinco
La mordida, un lento esmero, era
como esos dolores lejanos que intentan hacerse presentes
cuando algo los convoca; bajo el pubis desguarnecido de
Rapunzel, los ojos cerrados de Madame parecían el
preludio de una espera; Rapunzel trabajaba en su
picada (midamos las palabras, que al cabo nada nos
cuesta) con mucha concentración mientras Madame se
mantenía absolutamente quieta, tan sólo tocando, con la
punta de la lengua y sin ritmo alguno, el clítoris de la
joven. O estaba a punto de desvanecerse hacia el ensueño
de un placer nunca antes experimentado, o de veras se
desvanecía a causa de la pérdida de sangre.
Rapunzel alzó la cabeza y después
irguió todo el cuerpo.
—Cuando una hace esto —le dijo a
Madame muy seria—, el mundo de afuera empieza a perder
esa importancia que antes le habíamos concedido.
Madame observó el enrojecimiento de
los dientes de la otra, pero sin alarma. Sabía a qué se
había expuesto y lo aceptaba. Se miró las pequeñas
heridas.
—¿Tienes algo para ponerme ahí?
—señaló.
—Despreocúpate. Cuando te marches
ya habrán cicatrizado.
—Me gustaría lavarme un poco.
—Vamos, no me hagas dudar de tu
refinamiento...
—¿No me lavo?
—Claro que no. El olor que tienes
ahora es legítimo y primordial. Tus glándulas...
Hizo una pausa. Se llevó las manos
al vientre.
—Ingerir sangre me fastidia a veces
el estómago, no creas.
—Pero habrá sido poca. Yo me siento
como si nada —exclamó Madame.
—Ya se me pasará. Ven.
—¿Otra vez? No creo que pueda
soportarlo —temió Madame.
—No es lo que te figuras,
escritora. Acércate, tómalo...
Abrió las piernas bocarriba, frente
a Madame, y ésta quedó como aturdida.
—Bueno —aceptó.
—Muérdelo y tira de él. Pero suave,
no vayas a arrancármelo.
—Podría escribir páginas y páginas
sobre esto sin cansarme, Rapunzel —exclamó con emoción.
La joven apretó los labios y arqueó
las cejas:
—No seas tonta. Escribir sobre esto
no tiene la menor gracia. Hacerlo sí la tiene. Llega el
momento en que las palabras ya no te hacen falta.
—Pero al final las palabras son lo
único que queda...
—Estás equivocada. Al final no
queda nada. Nada de nada.
Dejó descansar la cabeza sobre la
almohada y se abandonó, sin decir más, a la fuerte
caricia de Madame Meurent.
Seis
La herida, practicada en la base
del pene, era pulcra y ya estaba escociéndome un poco.
Una señal de cicatrización, había dicho Rapunzel.
Ella no usaba la palabra PENE (sin sabor ni distinción),
sino la palabra FALO. Solía pronunciarla así, fffffalo,
y la f se oía como el basso continuo de una pieza
de Bach. Rapunzel me acariciaba allí con ambas manos,
como si entre los dedos guardase algo inmaterial, o un
objeto de carácter simbólico.
—¿Quieres apostar? —recuerdo que
dijo.
No había esperado respuesta alguna.
Me arrastró al lecho y con el extremo de sus cabellos me
ató el sexo, apretándome el pene y los testículos dentro
de un mismo lazo que olía a ámbar. Le hice notar el
origen de aquel olor.
—Tengo ámbar en una cajita de
plata. Figúrate: ámbar de verdad. Ese olor que sientes
tiene mil años por lo menos.
Empezó a lamer mi glande
devotamente. A veces me arañaba.
—Ten cuidado —le pedí.
—Tendré cuidado.
—En realidad eres muy vieja.
Desocupó su boca muy a su pesar:
—No tanto. No llego a trescientos
años. ¿Conoces a Louis, has leído sobre él?
Yo había leído sobre Louis, el
maravilloso joven de New Orleans, pero no podía creer en
lo que Rapunzel estaba a punto de revelarme.
—No vayas a decirme que fue ese
Louis quien...
—Fue él. Y aquí mismo, en La
Habana.
Dio por terminado el diálogo y
volvió a ceñir el lazo de pelo en torno a mi sexo.
Ahora verás, susurró. No sé qué me hizo, pero cuando
ya empezaba a eyacular, su boca descendió a la base del
pene y sentí los alfilerazos. Cuando chupó, la sensación
de placer creció de tal manera que mi semen se disparó
enloquecido, con una abundancia de la que pude
enorgullecerme.
Cerré los ojos, envuelto en una
estupefacción saturada de imágenes. La masa del pelo le
sirvió para limpiarse la cara y limpiarme a mí, que
estaba hecho un desastre.
—Leche rica... —señaló mi erección,
que persistía dentro del nudo de cabellos—. Cuando
piensas en eso, estás pensando también en la belleza de
las cosas que has decidido tener y junto a las cuales
has deseado vivir. Afuera no hay nada que valga la pena,
salvo cierta belleza que te alimenta y a la que tú
también podrías alimentar si la fuerza de lo bello se
acumula dentro de ti, semejante a los latidos del
corazón.
Desató el nudo. La totalidad del
pelo cayó sobre mí, como un azote suave.
—Despierta, lindo. Ya acabamos.
Tienes un falo agraciado.
Abrí los ojos y establecí contacto
con la realidad inmediata.
—¿No voy a poseerte? —le pregunté
mientras sentía aún una lejana pulsión de deseo.
Su mano se cerró sobre el falo y me
miró a través del cabello, con la burla pegada a los
ojos:
—Poseerme... quieres metérmela,
¿eh? Está bien. El lenguaje es nada y es todo para
volver a ser nada... A ver, métemela...
Me levanté. Estaba medio mareado,
pero no era nada por lo que valiera la pena preocuparse.
Busqué el pantalón y saqué un preservativo. Rompí el
envase aceitado y empecé a descorrerlo un poco, lo
suficiente para...
—No me digas —escuché. Era una
vocalización silbante, serpentina.
—¿Sí? —alcé las cejas.
—¿Tú usas eso? ¿Condones?
—¿No te parece que deberíamos?
—vacilé. Me daba miedo afincársela al pelo, sin
resguardo.
—Un condón. Qué vulgar...
—Pero...
—Escúchame —me pidió con los ojos
cerrados—: la vida es otra cosa y se encuentra en otra
parte. Todavía tienes que aprender mucho de tu propia
sangre. La sangre se mueve siempre en la dirección
correcta, y cuando llega a su destino algo se cumple
dentro de ti. El refinamiento jamás es aséptico. Y si lo
fuera, esa asepsia tendría en cualquier caso una raíz
tan profunda, sería una asepsia tan separada de la
falsedad...
Se detuvo un instante, confundida
por su propio razonamiento.
—Después sigo explicándote. Ven.
La vagina jugosa de Rapunzel en el
primer plano de mis percepciones. En el segundo, un
ardor realista: el de mis pequeñas heridas.
Siete
Madame observaba mis movimientos al
beber el té. Esta vez era de melocotón.
—¿Me quedó bien?
—Perfecto —le dije con
agradecimiento. Las infusiones le salían bien, pero no
siempre.
—Cuén-ta-me —se relamió.
—Olía a ámbar, Madame. ¿Te
imaginas?
—Ámbar... es como oler a siglos...
Se puso ámbar para ti, no para mí. Qué cabrona.
—Me mordió en la base del pene —le
expliqué a punto de pronunciar la palabra falo, que en
mí habría sonado a falso—. Fue una experiencia
maravillosa.
—Bueno, Milord —el tono de Madame
era de puro regocijo—, ahora tienes que enseñarme esa
mordida tuya...
El suspiro que se me escapó debió
de parecerle muy cómico porque empezó a reír.
—Dale, enséñamela... —insistió
pueril— ¡No te dará pena conmigo!
Le enseñé la mordida.
—Pero casi no se ve —protestó al
ver las dos pequeñas postillas—. Qué raro.
—Ay, Madame... —estaba haciéndose
la boba y eso me incomodaba— ¿No te das cuenta de que
cuando me mordió la tenía muy parada? Y con aquel
nudo de pelo...
—Bien, bien. Pero en ese caso —dijo
antes de señalar mi sexo—, espero que seas lo
suficientemente gráfico.
Y fui lo suficientemente gráfico.
Ella vio el esplendor de la mordida y le agradecí que no
expresara, en torno a mi rústica erección, ninguno de
los pensamientos que se agazapaban bajo su lengua.
—Rapunzel sabe —dije después de
transcurrida la ambigüedad de la escena— cómo vivir
fuera del mundo sin renunciar a él. Sin humillarse a él.
Sometiéndose sólo a sí misma, a sus propios deseos. Ha
fabricado para sí un territorio donde subsistirá hasta
el fin de los tiempos.
—Su refinamiento es hijo de su odio
por la ciega grosería del mundo —completó Madame un
tanto aparatosa—. Le interesa el mundo como reserva
ocasional de belleza y como despensa. Nada más.
—Me parece extraordinario
—entrecerré los ojos, como todo un soñador.
—Extraordinario y muy justo
—reafirmó Madame—. Iremos a verla otra vez.
—Su libertad es perfecta —razoné
con una gota de envidiosa pesadumbre.
—Su libertad es precisamente la que
no tenemos ni tú ni yo.
Salté a la realidad, tocado en lo
más hondo. ¡Pero yo soy un escritor libre!, me
dije, pensando en la suprema verdad de mi arte. Y añadí,
atrapado por una pizca de angustia: Aunque no soy más
que eso, un escritor.
Observé el rostro afilado de mi
interlocutora:
—¿La libertad que no tenemos?
—dudé, lleno de ilusiones—. Eso está por verse, Madame.
Nos despedimos en silencio.
Alberto Garrandés: Narrador y
ensayista. Autor de varios libros de ensayo, entre
los que se puede citar Los dientes del dragón;
de cuento: Cybersade y novela: Fake,
todos publicados en la editorial Letras Cubanas. Ha
obtenido en cuatro oportunidades el Premio Nacional
de la Crítica. |