Año V
La Habana
2006

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Rapunzel
Alberto Garrandés


“And beauty draws us with a single hair…”
Alexander Pope, The Rape of the Lock

Uno

—La vas a reconocer por el pelo. Lo tiene muy largo.

No había dicho “muy largo”, sino “muy largo” y el énfasis pareció deberse a algo más. La noche estaba cayendo con rapidez sobre el corredor que llevaba recto a la entrada y no pude ver la expresión de sus ojos.

Salí de la ciudadela y sentí que en la calle aún sobrevivía un poco de luz. No era la claridad de la tarde cuando pasan de las siete y todo se pone gris. Más bien se trataba del umbral de la noche, o de una especie de azul emborronado por el polvo de los camiones y los automóviles que recién encendían sus luces. Sólo que en la ciudadela, y especialmente en el corredor, las cosas se densificaban un poco más, como si el ladrillo pelado y las tablas pintadas de lechada sucia no admitieran otro resplandor que el de los rescoldos a punto de morir.

El hombre, un tal Leocadio, arreglaba computadoras y sonreía con facilidad. Madame Meurent ya me lo había dicho, como a tientas: El que sabe dónde vive es el técnico que arregla mi computadora. Se llama Leocadio y le dicen Leo.

En el papel de Madame las señas escuetas se dejaban leer con la dificultad de su letra pequeña y ajustada. San Nicolás 401, frente a una carnicería con rejas azules. Allí vas a preguntar por Leo, el técnico. Tienes que ser discreto. Él no trabaja, se la busca como puede. Es la primera puerta después que atraviesas el pasillo. Si vas de noche lleva una linterna, o una caja de fósforos, o un encendedor, o un quinqué, o una vela. Y cuídate de tropezar. Allí siempre es oscuro y hay cosas innombrables en el suelo.

Una de aquellas tardes de crepúsculo bruñido, Leo y otras personas muy silenciosas y pálidas condujeron a Madame Meurent a una casa de suntuosidad extraña. Habían usado un mórbido carrazo —un Mercedes del 87 o del 88— empapelado de verde Veronés. Madame se acordaba del sitio, pero no de su ubicación. Había salido de allí medio mareada, de noche ya, sin pensar demasiado en la arrobadora experiencia que dejaba atrás.

La revelación provenía de un chat abotargado y escrupuloso donde todos —unos seis perorantes internacionales— se dejaban llevar por una vida de palabras, pero que acaso era más cierta y equilibrada que la vida real. Seis perorantes que desdoblaban sus identidades para reconocerse en los otros y escapar del monótono delirio de sus casas, sus trabajos, o sus sueños incompletos. Una madrugada en que Madame Meurent sostenía un diálogo casi venéreo con un ente llamado Reina, este, sin saber del sobresalto que iba a ocasionarle a Madame —porque ella decía vivir en Tegucigalpa y respondía al obvio nombre de Divo—, escribió de súbito: Me recuerdas a Rapunzel, que vive en La Habana. Madame Meurent pensó durante un minuto antes de inventar su frase: No conozco La Habana, pero quisiera visitar a esa hada cochambrosa que te hizo vibrar.

Habían practicado un poco de sexo digital donde los dedos finos de Madame lustraban, con un imaginario aceite de almendras, el no menos imaginario y enfebrecido sexo de Reina. En Divo, que portaba la máscara de una masculinidad ambigua, la boca de Reina funcionaba bien: Ahora te estoy comiendo la polla, escribió en un español peninsular del peor gusto. Pero Madame Meurent no sabía lo que era tener una polla (¡Dios mío, cómo sonaba esa palabreja!) y se aburrió del asunto: Acabo de venirme y ahora tengo sueño, chica.

Pero en su cabeza quedó bailoteando otra palabra que sí sonaba bien. Un nombre, unas sílabas como de oros y cristales entrechocados: Rapunzel. Leo la escuchó de sus labios cuando vino a instalar unas memorias para que el ordenador, un espécimen antediluviano, funcionara un poquitín mejor. Leo lo sabía casi todo. Rapunzel... Rapunzel, silabeó entonces mientras insertaba con esmero las memorias. ¿Rapunzel? Jejeje. Había mirado rápidamente a Madame y había musitado: Yo conozco a una Rapunzel.

Madame me llamó por teléfono una de aquellas tardes donde el sol declina y comprendemos de pronto que no hay nada verdaderamente importante que hacer, salvo el cultivo de la amistad o el amor. Se sentía algo enferma, en su casa había mosquitos y quería consultarme un asunto de la mayor urgencia. Vivía sola, pero no sentía temor de las sombras.

—¿Puedes venir? Ven, anda. Corre...

—Ahora mismo no puedo, Madame. Dame unos días —supliqué luego de pensar en la revisión de mi más reciente novela.

Entonces me lanzó uno de esos anzuelos que no puedo dejar de morder:

—Es un asunto de sexo, con una jovencita virgen y una madre que no sabe a quién acudir.

Para desprendernos de la perversión del mundo, lo primero que hay que hacer es ceder a sus tentaciones. Soy así, muy perverso. Y lo disimulo bien.

Durante el trayecto, y sin sentir ya los reclamos de mi novela, pensé en la vida enigmática y hasta cierto punto atractiva de Madame. Una vida entre el deseo y la espera, o entre la realidad y su ilusión. Vestía un salto de cama de ese dieciochesco color apulgado que tienen algunos tapices antiguos. Como su piel era muy blanca, el contraste se hallaba lejos de deslucirla.

—Entra, tengo té de rosas y un brazo gitano de coco —soltó al abrir el portón.

Me acomodé en el viejo sofá norteamericano, que doblaba por la pared siguiendo su curva, y le dije:

—Una taza de té mientras me haces el cuento de la virgencita.

—Lo siento, pero no hay tal virgencita. Necesitaba verte para tratar un asunto...

Estuve a punto de insultarla, pero me dio vergüenza. Sonreía con levedad y pena.

—Bien, ya estoy aquí. Suelta lo que sea.

Se marchó rápidamente a la cocina, trajo el té en unas tazas blancas y se sentó a contemplarme durante unos segundos. Después, sin apartar los ojos de los míos, articuló aquella frase tremenda:

—Mira lo que me han hecho.

Decir aquello y decir nada era lo mismo, pero Madame Meurent aflojó con lenta teatralidad el lazo del pañuelo que llevaba graciosamente alrededor del cuello y, por un instante, logró engañarme. Rió en silencio:

—Caíste en la trampa. No fue en el cuello.

Yo fruncí el ceño y ella se abrió el salto de cama y me mostró la parte interior del muslo izquierdo, justo donde ya podía verse, descorrido el blúmer uno o dos centímetros, la periferia del pubis.

—¿Las ves?

Al principio no entendí nada; Madame mantenía la firmeza de su carne y la noble distinción de su vello (ahora inexplicablemente omitido), que era como el oro rojizo de los Nibelungos. El resto del blúmer se pegaba a su sexo con glotonería. Me sentí incómodo.

—No sé qué quieres que vea —protesté nervioso—. Pero si te ha dado por enseñarme eso...

—Qué animal... ¿te estás burlando? Mira aquí, aquí.

Al lado del dedo índice vi dos marcas, dos agujeritos enrojecidos y secos, como puntos que se inscribían en la elipse irregular de una huella fina y azulosa. Era evidente que algún amante se había excedido.

—Te mordieron fuerte —atiné a decirle en voz muy baja, como si alguien estuviera escuchándonos.

Y empezó a contarme una extraña historia, la increíble y bella historia de Rapunzel.

 

Dos

Las señas que Leo me había suministrado me llevaron recto a una casa irregular, con dos patios llenos de flores sembradas en macetas grandes. La casa estaba en la calzada de Diez de Octubre y la gobernaban dos negros y dos negras que enseñaban a una docena de europeos algunos bailes africanos tradicionales. Una música elemental y pasada de volumen apenas dejaba oír los muchos diálogos que entre todos iban entablando. Me detuve en el umbral y noté que la edificación crecía hacia lo alto en una maraña de barbacoas y escalerillas de madera basta. Uno de los negros se acercó y me invitó a pasar. Antes de hacerlo examinó mi cuerpo de una ojeada.

—Ponte en el segundo grupo —precisó.

—No he venido a bailar —expliqué—. ¿Por casualidad vive aquí una chica llamada Rapunzel?

El negro se cruzó de brazos y me miró a punto de sonreír.

—Coge por allí —señaló hacia la pared— y busca la reja del patio de la derecha. Es la puertecita más nueva.

Me dio la espalda y le dijo algo al grupo de europeos que estaba bajo su mando. Dio una palmada y el baile cambió de una manera que acentuaba el ridículo y la desenvoltura.

La puertecita más nueva era blanca y estaba resguardada por una verja costosa. Toqué. Dentro una voz me ordenó esperar. Una mariposa amarilla me rozó la cara. Sentí el ruido de un cerrojo.

—Diga, señor.

El rostro era el de una de esas adolescentes sin remilgos, con una educación cebada en la astucia; su estatura consentía en ser más bien baja, pero el conjunto revelaba buen porte y una agradable insistencia en parecer cortés. Su bata de flores me impedía examinarla completamente.

—¿Rapunzel?

—Soy la asistente de Rapunzel. ¿Ella lo espera a usted?

—No, en realidad no. Yo soy escritor y periodista, pero dígale que no tema.

El rostro rió por lo bajo:

—Aquí nadie teme, señor periodista. Y se lo advierto: si no te espera, no vas a poder verla. ¿Por qué no llamaste por teléfono?

—¿Teléfono? No me dieron ningún teléfono —alcé las manos—. Mira, mi niña, es que...

Ella, una Ninfa Receptora a quien los cambios del usted por el tú no le habían costado ningún esfuerzo, hizo dos señas fuertes a través de los barrotes y se perdió en la relativa oscuridad del apartamento. La música de los negros se expandía con una liberalidad cuidadosa, como si darla a conocer fuera una necesidad absoluta. A un costado se alzaba el baño colectivo, de donde salían los pálidos y sudorosos europeos. Una fila de botellitas de agua vacías se alineaba junto a un rodapié desnudo, hecho con esos azulejos ornamentales que tienen algo de Grecia y algo de Versalles. Unas abejas borrachas se obstinaban entre las begonias y más allá, del otro lado, cuatro hombres ambiguos y medio desnudos practicaban lucha libre hasta sangrar.

La chica abrió la verja y entré. La sala, con gruesas cortinas corridas, estaba cuajada de muebles de madera oscura. El sofá me pareció muy cómodo.

—Dice Rapunzel que la esperes aquí. Pero si quieres pasar...

Miré tras ella y no vi nada salvo la sombra del fondo, donde se disolvía el resplandor de un bombillo barato.

—No me gusta violar ningún tipo de intimidad. Las personas tímidas

—recordé un epigrama de Oscar Wilde— somos demasiado desenvueltas.

—Pero ella te está esperando —advirtió con rara incongruencia.

 

Tres

—Tienes razón, me mordieron fuerte. Ojalá no me enferme.

Madame decía aquello como si nada, moviendo los hombros mientras hablaba de Rapunzel. Pero yo sabía que tras esa despreocupación iba naciendo la angustia de los hipocondríacos.

—¿Hay una lupa por ahí? Me gustaría ver eso con una lupa —dije al señalar los agujeritos.

—No tengo lupa. Tendrás que acercarte. O usar mis espejuelos.

Se los quitó y los puso en mi mano. Abrió el salto de cama otra vez.

Una película sonrosada, con pequeñísimos capilares de color violeta, cubría cada agujerito. La huella de la mordida los circunvalaba de manera irregular y grosera.

—¿Te dolió?

—Bastante. Pero es un dolor soportable.

Al ver que no estaba convencido agregó:

—Ella me mordía y al mismo tiempo me daba un masaje en el clítoris.

Madame bajó los ojos. Pero sabía que hay palabras sin las cuales el sentido de lo real se pierde.

—Parece una buena combinación —apunté.

Ella estaba complacidísima. Me miraba como diciendo: no sabes lo contenta que estoy, al fin mi vida sale del aburrimiento. Le devolví los espejuelos.

—Bueno —recapitulé mediante un gesto—. ¿Realmente crees que se trataba de un vampiro?

—Una vampira.

—Con colmillos largos y todo.

—Colmillos largos la verdad es que no tenía. Pero eran muy puntiagudos. Lo pude comprobar cuando me besó. Los toqué con la lengua y me pincharon.

—¿Durante el beso? —dudé.

—Durante el beso.

—¿Y no sería un diente cariado?

—Qué va. Ella tiene una dentadura maravillosa...

El juego había comenzado cuando Madame entró en la habitación de Rapunzel y vio que el pelo de la joven, de una negrura intolerante, se remansaba en su sexo ocultando también una zona de su pecho. Aunque muy larga, la cabellera no dejaba de ser rizosa, y esta condición la convertía en una masa sin forma definida y tan vehemente como una pequeña selva en estado virgen. Rapunzel sonreía con delicadeza y placidez, e infundía una confianza de la que no era posible sospechar un instante.

—Ven aquí —le había indicado a Madame con la mano—. A mi lado.

Madame se acercó y la joven apartó su cabellera. Tenía la piel de una indígena que se hubiera tratado largo tiempo con Elizabeth Arden.

—Me dicen que eres escritora.

—Sí. Escribo. Pero publico muy poco.

—Si yo fuera escritora me dedicaría a escribir sobre temas sociales.

A Madame aquello de los temas sociales le supo mal.

—¿A qué te refieres?

—Las minorías. Lesbianas, bisexuales como tú y yo, gays, lisiados, adictos de toda clase… Los monstruos. Por ejemplo, me fascinan los parapléjicos y las parapléjicas. Me encantan los vampiros y las vampiras. Y me encanta ser una mujer, lo cual es ya una rareza.

—¿De veras? —le preguntó. 

—Si tienes una vagina y un punto de vista propio la combinación es mortífera.

Al hablar (y era de suponer que lo hacía como Sharon Stone) dejaba la impresión de haberse adueñado de una madurez impropia. Tendría veintidós o veintitrés años. Madame pasaba de los cuarenta.

—Las minorías —se ajustó los espejuelos— son un tema muy interesante.

Temblaba. El sexo de Rapunzel había sido depilado con minuciosidad y su postura tendía a abrirlo.

—¿Por qué no te quitas la ropa? Vamos a estar más cómodas.

El vestido de Madame era muy sencillo.

—Ya está —sonrió.

—Ven, no te dé pena conmigo. ¿No íbamos a jugar un poco?

La tomó por el brazo y la atrajo hacia sí.

—Nunca había visto a alguien resplandecer de ese modo. Será que te lo afeitas...

Parecía que se había untado una crema hidratante de aroma ligero.

—El pelo suele molestar. Cuando alguien se apasiona y te chupa aquí abajo —se tocó el sexo con levedad, lentamente— es mejor que todo no sea más que piel y epitelios con los jugos que ya conoces.

Madame pensó: Dios mío, ¿será que esta pequeña es una loca? Después rectificó: Pero claro: es una loca. Y de atar.

Se anduvo con prudencia:

—Nunca he probado.

—¿Qué es lo que nunca has probado? ¿Chupar o afeitarte?

—Afeitarme. Es decir, las dos cosas… Se nota, ¿no?

Rapunzel miró el bosquecillo cobrizo (un tanto despeinado) de Madame.

—Tengo aquí lo necesario, ¿te atreves a ponerte en mis manos?

En realidad se comportaba como una verdadera experta. Sus manos se movían con una precisión muy pausada. Le temía al filo de la tijera. Y si no hubiera sido por la frialdad de la espuma y el rasgueo un poco lúgubre de la maquinilla, Madame habría reverenciado el episodio con palabras de celebración. Al final ambas mujeres estaban tan excitadas que casi no dio tiempo al enjuague.

—Aguántate, por favor... ¿no ibas a ponerme crema? —le dijo Madame a Rapunzel con los ojos brillantes de gozo.

—Estás a punto de tener un orgasmo, escritora.

La voz le temblaba.

—Es verdad... ¡Pero ponme la crema, que me pica!

Le puso la crema. El masaje se hacía insoportable porque Rapunzel no intervenía directamente en la médula abrillantada y viscosa de Madame.

—Creo que no vamos a demorarnos —rió la joven.

Se besaron en la boca y en el cuello. El 69 no tardó.

 

Cuatro

—Gracias —le dije a la Ninfa Receptora—. ¿Es por ahí?

Mi mano y mi brazo apuntaban hacia el corredor.

—Debajo del bombillo hay una puerta. Toca y empuja.

Avancé por las sombras hasta la luz. Mis nudillos golpearon sobre una madera extremadamente dura y que parecía muy pesada.

La vas a reconocer por el pelo. Lo tiene muy largo.

—Hola —saludé mientras empujaba.

—Pasa. Puedes sentarte.

No me sorprendió que Rapunzel habitara la penumbra. Revolvía, de espaldas a mí, el interior de un cofrecito de mimbre. Había una silla llena de ropas. Olí el perfume y su ligero sudor. La mezcla no era desagradable.

—Estos lentes de contacto... —protestó.

—La joven de la entrada me dijo que pasara —me excusé.

—No te preocupes. De pronto he sentido la necesidad de ponérmelos.

Se volvió y la vi por primera vez, aunque borrosamente. Estaba desnuda.

—Te hacía más viejo —reconoció.

—Tus lentes brillan, Rapunzel —dije ante su mirada cerúlea.

—Los compré en Brasil. De allí traje muchas cosas. Hasta enfermedades.

No vi la sonrisa, pero sí el pestañeo, o el guiño. Supuse que se burlaba.

—Nunca he estado en Brasil.

—Me quedé dos semanas en un pueblo que está a medio kilómetro de la selva. Por las noches todo era muy extraño. Se hacía un silencio fantástico y Ellas aparecían…

Me sentía dispuesto a escucharla, pero Rapunzel no estaba de humor para las narraciones.

—Bien —dije en medio de una pausa repentina—. He venido hasta aquí por pura curiosidad.

—Si es así, puedes empezar por quitarte esa ropa.

—¿Vamos a tener sexo?

Mi pregunta debió de sobresaltarla.

—¿Y no viniste a tener sexo?

—En principio, no. Quería conocer a Rapunzel. Tan sólo eso.

—Pues aquí estoy. ¿Satisfecho?

En ese momento saqué mi arma secreta. En el bolsillo de mi camisa había un papel doblado. Era la fotocopia de una ilustración que figuraba en un libro maravilloso, Plaisirs d’ Amour, de Elizabeth Nash. Había llegado a mí desde Toronto como regalo de cumpleaños. Luego de haberlo examinado mucho corrí a prestárselo a Madame Meurent. Después lo dejé en su sitio durante meses, sin tocarlo apenas. El libro, una edición de gran formato, llevaba un subtítulo: An Erotic Guide to the Senses. No tengo que decir que Madame, memoriosa y sibarita como es con los libros que a veces me mandan de otros países, fue quien me hizo recordar la existencia de éste por medio de una de aquellas suposiciones suyas que jamás deben desoírse. Porque Rapunzel estaba definitivamente allí, en la página 98.

Desdoblé con cuidado el papel.

—¿Qué es? —chilló.

—Un dibujo. Se llama como tú: Rapunzel.

—Déjame verlo.

—No. Primero enciende la luz.

Quería comprobar si la sospecha de Madame era cierta. Necesitaba saber si la Rapunzel de la habitación donde me hallaba era la Rapunzel de un dibujo a tinta de un tal Rudolf Keller, muerto en 1890.

—Lo lamento, pero en eso no puedo complacerte.

—¿Por qué?

Reptó por encima de la cama hasta situarse a medio metro de mí.

—Mis lentes no se llevan bien con la luz. ¿Te daría igual si enciendo una vela?

No esperó mi contestación. Sentí el chasquido de una fosforera y una pequeña llama horadó trabajosamente las tinieblas.

—Las velas tienen algo de eternidad. No son ordinarias y sin arte como el neón o el bombillo incandescente, y proyectan la Luz de las Luces. Espero que hayas leído a Bachelard.

La impertinencia no hizo mella en mí. Miré a Rapunzel. La del papel y ésta (de carne y hueso irrebatibles) eran idénticas.

—Con esa luz creo que bastará. A mí tampoco me gusta...

—Igual que Madame Meurent.

—¡Ah! Madame ama la oscuridad y lo táctil. Supongo que...

—Quítate la ropa y ven aquí —me interrumpió—. No te afligen los pipis afeitados, ¿verdad?

Alargó un brazo y me arrancó el papel de la mano. Lo llevó hacia la vela.

—El joven de la izquierda es un actor —explicó—. Se llamaba Marcus y tenía un priapismo muy gracioso.

—¿Priapismo? Vaya...

Me miró a través de una mueca.

—Hmm… Creo que no sabes lo que es el priapismo.

—Claro que lo sé.

—Entonces dime. A ver... —exigió desafiante, sentada en el lecho, el espinazo recto, las piernas cruzadas y la cabeza alta. Casi en la posición del loto.

Empecé a quitarme la ropa. Quedé desnudo delante de Rapunzel.

—¿Podrías devolverme el dibujo?

—Me parece —observó mientras agitaba el papel— que tú también tienes cierto priapismo.

Agarró la vela (perfumada, creo, con vainilla) y la acercó a mí. Quedó en silencio por un largo minuto, el tiempo que usó para inspeccionar mi cuerpo. Aproveché la pausa y me atreví a decirle desde mi inmovilidad:

—No sabes nada.

Abrió los ojos relucientes:

—¿Quieres apostar?

 

Cinco

La mordida, un lento esmero, era como esos dolores lejanos que intentan hacerse presentes cuando algo los convoca; bajo el pubis desguarnecido de Rapunzel, los ojos cerrados de Madame parecían el preludio de una espera; Rapunzel trabajaba en su picada (midamos las palabras, que al cabo nada nos cuesta) con mucha concentración mientras Madame se mantenía absolutamente quieta, tan sólo tocando, con la punta de la lengua y sin ritmo alguno, el clítoris de la joven. O estaba a punto de desvanecerse hacia el ensueño de un placer nunca antes experimentado, o de veras se desvanecía a causa de la pérdida de sangre.

Rapunzel alzó la cabeza y después irguió todo el cuerpo.

—Cuando una hace esto —le dijo a Madame muy seria—, el mundo de afuera empieza a perder esa importancia que antes le habíamos concedido.

Madame observó el enrojecimiento de los dientes de la otra, pero sin alarma. Sabía a qué se había expuesto y lo aceptaba. Se miró las pequeñas heridas.

—¿Tienes algo para ponerme ahí? —señaló.

—Despreocúpate. Cuando te marches ya habrán cicatrizado.

—Me gustaría lavarme un poco.

—Vamos, no me hagas dudar de tu refinamiento...

—¿No me lavo?

—Claro que no. El olor que tienes ahora es legítimo y primordial. Tus glándulas...

Hizo una pausa. Se llevó las manos al vientre.

—Ingerir sangre me fastidia a veces el estómago, no creas.

—Pero habrá sido poca. Yo me siento como si nada —exclamó Madame.

—Ya se me pasará. Ven.

—¿Otra vez? No creo que pueda soportarlo —temió Madame.

—No es lo que te figuras, escritora. Acércate, tómalo...

Abrió las piernas bocarriba, frente a Madame, y ésta quedó como aturdida.

—Bueno —aceptó.

—Muérdelo y tira de él. Pero suave, no vayas a arrancármelo.

—Podría escribir páginas y páginas sobre esto sin cansarme, Rapunzel —exclamó con emoción.

La joven apretó los labios y arqueó las cejas:

—No seas tonta. Escribir sobre esto no tiene la menor gracia. Hacerlo sí la tiene. Llega el momento en que las palabras ya no te hacen falta.

—Pero al final las palabras son lo único que queda...

—Estás equivocada. Al final no queda nada. Nada de nada.

Dejó descansar la cabeza sobre la almohada y se abandonó, sin decir más, a la fuerte caricia de Madame Meurent.

 

Seis

La herida, practicada en la base del pene, era pulcra y ya estaba escociéndome un poco. Una señal de cicatrización, había dicho Rapunzel. Ella no usaba la palabra PENE (sin sabor ni distinción), sino la palabra FALO. Solía pronunciarla así, fffffalo, y la f se oía como el basso continuo de una pieza de Bach. Rapunzel me acariciaba allí con ambas manos, como si entre los dedos guardase algo inmaterial, o un objeto de carácter simbólico.

—¿Quieres apostar? —recuerdo que dijo.

No había esperado respuesta alguna. Me arrastró al lecho y con el extremo de sus cabellos me ató el sexo, apretándome el pene y los testículos dentro de un mismo lazo que olía a ámbar. Le hice notar el origen de aquel olor.

—Tengo ámbar en una cajita de plata. Figúrate: ámbar de verdad. Ese olor que sientes tiene mil años por lo menos.

Empezó a lamer mi glande devotamente. A veces me arañaba.

—Ten cuidado —le pedí.

—Tendré cuidado.

—En realidad eres muy vieja.

Desocupó su boca muy a su pesar:

—No tanto. No llego a trescientos años. ¿Conoces a Louis, has leído sobre él?

Yo había leído sobre Louis, el maravilloso joven de New Orleans, pero no podía creer en lo que Rapunzel estaba a punto de revelarme.

—No vayas a decirme que fue ese Louis quien...

—Fue él. Y aquí mismo, en La Habana.

Dio por terminado el diálogo y volvió a ceñir el lazo de pelo en torno a mi sexo. Ahora verás, susurró. No sé qué me hizo, pero cuando ya empezaba a eyacular, su boca descendió a la base del pene y sentí los alfilerazos. Cuando chupó, la sensación de placer creció de tal manera que mi semen se disparó enloquecido, con una abundancia de la que pude enorgullecerme.

Cerré los ojos, envuelto en una estupefacción saturada de imágenes. La masa del pelo le sirvió para limpiarse la cara y limpiarme a mí, que estaba hecho un desastre.

—Leche rica... —señaló mi erección, que persistía dentro del nudo de cabellos—. Cuando piensas en eso, estás pensando también en la belleza de las cosas que has decidido tener y junto a las cuales has deseado vivir. Afuera no hay nada que valga la pena, salvo cierta belleza que te alimenta y a la que tú también podrías alimentar si la fuerza de lo bello se acumula dentro de ti, semejante a los latidos del corazón.

Desató el nudo. La totalidad del pelo cayó sobre mí, como un azote suave.

—Despierta, lindo. Ya acabamos. Tienes un falo agraciado.

Abrí los ojos y establecí contacto con la realidad inmediata.

—¿No voy a poseerte? —le pregunté mientras sentía aún una lejana pulsión de deseo.

Su mano se cerró sobre el falo y me miró a través del cabello, con la burla pegada a los ojos:

—Poseerme... quieres metérmela, ¿eh? Está bien. El lenguaje es nada y es todo para volver a ser nada... A ver, métemela...

Me levanté. Estaba medio mareado, pero no era nada por lo que valiera la pena preocuparse. Busqué el pantalón y saqué un preservativo. Rompí el envase aceitado y empecé a descorrerlo un poco, lo suficiente para...

—No me digas —escuché. Era una vocalización silbante, serpentina.

—¿Sí? —alcé las cejas.

—¿Tú usas eso? ¿Condones?

—¿No te parece que deberíamos? —vacilé. Me daba miedo afincársela al pelo, sin resguardo.

—Un condón. Qué vulgar...

—Pero...

—Escúchame —me pidió con los ojos cerrados—: la vida es otra cosa y se encuentra en otra parte. Todavía tienes que aprender mucho de tu propia sangre. La sangre se mueve siempre en la dirección correcta, y cuando llega a su destino algo se cumple dentro de ti. El refinamiento jamás es aséptico. Y si lo fuera, esa asepsia tendría en cualquier caso una raíz tan profunda, sería una asepsia tan separada de la falsedad...

Se detuvo un instante, confundida por su propio razonamiento.

—Después sigo explicándote. Ven.

La vagina jugosa de Rapunzel en el primer plano de mis percepciones. En el segundo, un ardor realista: el de mis pequeñas heridas.     

 

Siete

Madame observaba mis movimientos al beber el té. Esta vez era de melocotón.

—¿Me quedó bien?

—Perfecto —le dije con agradecimiento. Las infusiones le salían bien, pero no siempre.

—Cuén-ta-me —se relamió.

—Olía a ámbar, Madame. ¿Te imaginas?

—Ámbar... es como oler a siglos... Se puso ámbar para ti, no para mí. Qué cabrona.

—Me mordió en la base del pene —le expliqué a punto de pronunciar la palabra falo, que en mí habría sonado a falso—. Fue una experiencia maravillosa.

—Bueno, Milord —el tono de Madame era de puro regocijo—, ahora tienes que enseñarme esa mordida tuya...

El suspiro que se me escapó debió de parecerle muy cómico porque empezó a reír.

—Dale, enséñamela... —insistió pueril— ¡No te dará pena conmigo!

Le enseñé la mordida.

—Pero casi no se ve —protestó al ver las dos pequeñas postillas—. Qué raro.

—Ay, Madame... —estaba haciéndose la boba y eso me incomodaba— ¿No te das cuenta de que cuando me mordió la tenía muy parada? Y con aquel nudo de pelo...

—Bien, bien. Pero en ese caso —dijo antes de señalar mi sexo—, espero que seas lo suficientemente gráfico.

Y fui lo suficientemente gráfico. Ella vio el esplendor de la mordida y le agradecí que no expresara, en torno a mi rústica erección, ninguno de los pensamientos que se agazapaban bajo su lengua.

—Rapunzel sabe —dije después de transcurrida la ambigüedad de la escena— cómo vivir fuera del mundo sin renunciar a él. Sin humillarse a él. Sometiéndose sólo a sí misma, a sus propios deseos. Ha fabricado para sí un territorio donde subsistirá hasta el fin de los tiempos.

—Su refinamiento es hijo de su odio por la ciega grosería del mundo —completó Madame un tanto aparatosa—. Le interesa el mundo como reserva ocasional de belleza y como despensa. Nada más.

—Me parece extraordinario —entrecerré los ojos, como todo un soñador.

—Extraordinario y muy justo —reafirmó Madame—. Iremos a verla otra vez.

—Su libertad es perfecta —razoné con una gota de envidiosa pesadumbre.

—Su libertad es precisamente la que no tenemos ni tú ni yo.

Salté a la realidad, tocado en lo más hondo. ¡Pero yo soy un escritor libre!, me dije, pensando en la suprema verdad de mi arte. Y añadí, atrapado por una pizca de angustia: Aunque no soy más que eso, un escritor.

Observé el rostro afilado de mi interlocutora:

—¿La libertad que no tenemos? —dudé, lleno de ilusiones—. Eso está por verse, Madame.

Nos despedimos en silencio.


Alberto Garrandés: Narrador y ensayista. Autor de varios libros de ensayo, entre los que se puede citar Los dientes del dragón; de cuento: Cybersade y novela: Fake, todos publicados en la editorial Letras Cubanas. Ha obtenido en cuatro oportunidades el Premio Nacional de la Crítica.

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