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España bajo las bombas
Alejo Carpentier |
1
1937
HACIA LA GUERRA
Preámbulo
Dada la gravedad de
los acontecimientos que ocurren actualmente en España,
dada la importancia que adquirió —en razón de esos
mismos acontecimientos— el Segundo Congreso
Internacional de Escritores celebrado en Madrid por
representantes de 26 países de Europa, América y Asia,
me había parecido improcedente, a primera vista, ofrecer
a los lectores de Carteles un reportaje como el que hoy
comienza a publicarse. Mi intención primitiva era
destinarles algunos artículos de observación y
comentarios de orden político, así como una fiel
relación —tal vez austera— de los trabajos realizados
por el Congreso. Nunca un reportaje(...) ya que el
«reportaje» implica ciertas concesiones a un
pintoresquismo descriptivo y anecdótico que se me
antojaba fuera de lugar en momentos tan dramáticos, tan
patéticos, como los que está viviendo la España de hoy.
Sin embargo, apenas
atravesado el túnel de Port-Bou, mis decisiones primeras
comenzaron a modificarse. Me di cuenta de que para
hablar de la España que contemplaban nuestros ojos de
hombres, era imposible permanecer en un plano meramente
crítico o especulativo. Pascal decía que existían dos
lógicas: una lógica del pensamiento, y otra del corazón.
Y ante espectáculos tan humanos —tan pletóricos de
sangre y alma, de lágrimas e intensidad— como los que
hemos presenciado en estos veinte días de viaje a una
tierra sometida a imperativos telúricos y agentes de
muerte, a fuerza de terror y fuerzas de júbilo y amor a
la vida, nuestra «lógica del pensamiento» se ha roto
ante nuestra «lógica del corazón». Por ella sentimos y
vibramos, por ella lloramos ante los niños de
Minglanilla y supimos dormir a pierna suelta bajo los
feroces bombardeos de Madrid. ¡Porque hace falta mucho
más valor para resistir a los espectáculos conmovedores
que nos presenta la España de hoy, que para vivir, con
sus hijos, momentos de intenso peligro!
Modificando, pues, mi
proyecto primero, trataré de haceros vivir conmigo la
emoción profunda de un viaje a España en estos días de
tormenta; trataré de haceros sentir el crescendo de esa
emoción, que se amplifica como un regulador de partitura
musical, hasta alcanzar el Fortissimo gigantesco,
inhumano y tan humano, de Madrid. Menos me interesa que
conozcáis «hechos» a que conozcáis «hombres» —hombres
que he conocido en tiempos de paz, en cinco viajes
consecutivos a España, y que hoy he visto
transfigurados, modificados en su íntima esencia, por su
apego a un ideal o por su contacto cotidiano con las más
tremendas voluntades de aniquilamiento.
Trataré, pues, de
hacer un historial del Segundo Congreso Internacional de
Escritores, llevando paralelamente una especie de cámara
fotográfica destinada a fijar lugares y gentes, así como
un micrófono para recoger palabras y sonidos. Citaré
frases enteras de escritores o de poetas que supieron
plasmar, mejor que yo, una frase o una emoción. Trataré
de llevaros conmigo al frente de Madrid y a los campos
de batalla de Guadalajara; a la sede de las Brigadas
Internacionales y a los sótanos de la iglesia de San
Francisco el Grande; citaré poemas y contaré anécdotas,
porque nada de lo que se refiera a la España de hoy
resulta exento de contenido humano.
Y si hoy me
enorgullezco de haber poseído siempre, en mi carrera de
escritor, una cierta probidad intelectual, es para
poderos decir que todo lo que os narre «lo he visto, lo
he oído» con mis propios ojos, con mis propios oídos
(sin utilizar jamás una referencia)... y con esa «lógica
del corazón» que es, al fin y al cabo, la única eficaz
en circunstancias como las que hemos conocido.
Ante todo, para
explicar los motivos de nuestro viaje a España, quiero
citar un simple párrafo del escritor francés André
Chamson, compañero nuestro y director del semanario
Vendredi de París: Hace dos años, la Asociación
Internacional de Escritores por la Defensa de la Cultura
había resuelto celebrar su próximo congreso en Madrid. A
pesar de la guerra, el Gobierno de la República ha
tenido a bien darnos la hospitalidad que nos había
brindado en tiempos de paz. No debe verse en nuestro
viaje el menor gesto de alarde u ostentación. No se
demuestra valor yendo a visitar amigos desdichados,
cualquiera que sea la causa de su desdicha. Pero sería
una cobardía evidente el no hacerlo... Añado que nuestra
función de escritores nos obligaba a realizar ese
viaje...
Por tales razones
llegamos a Cérbère una hermosa mañana de julio.
Unas cuantas colinas
adustas, hijas de los Pirineos, servían de límite al
último paisaje francés.
EL TÚNEL DE PORT-BOU
Una de las emociones
más profundas de nuestro viaje a la España ensangrentada
la hallamos al surgir del túnel que lleva de Cérbère a
Port-Bou.
Viaje enorme... que
dura dos minutos escasos. Pero viaje enorme, porque nos
hace trasponer la frontera insignificante —y tan
dramática— que delimita dos realidades. Atrás han
quedado los alegres cafetines mediterráneos, donde gente
poco nerviosa saborea interminables bebidas anisadas; en
Collioure hemos visto innumerables pintores, cazando
destellos luminosos con sus pinceles... Y se ha
presentado, en tierras francesas aún, un pequeño
ferrocarril de enlace... que ya huele a guerra.
Tren destartalado, con locomotora de tipo antiguo, con
vagones viejos, de ventanillas incompletas, cuyas ruedas
gimen lamentablemente a lo largo de los rieles. Y el
tren ha desaparecido bajo tierra. Dos minutos de
oscuridad. Dos minutos de silencio. Rodamos hacia un
mundo donde los factores vida y muerte
cobran nuevas categorías, nuevos significados; donde la
facultad de existir se exalta hasta lo dionisíaco en un
juego prodigioso y abominable contra las voluntades de
aniquilamiento. Vida que se hace más palpable,
precisamente, porque la presencia de la muerte la hace
imperativamente dinámica; vida que adquiere, por
constantes posibilidades de no ser, una
conciencia total de sí misma.
¡Luz deslumbradora!
Cortina que se ha abierto brutalmente sobre un
espectáculo nuevo. ¡Estamos en España!... Y son los
mismos árboles, las mismas piedras, las mismas playas de
arenas finas que lamen las olas musicales del
Mediterráneo. En la oscuridad del túnel presentíamos el
paisaje; nuestros ojos, fijos en tinieblas de humo, lo
conocían de antemano.
Pero lo que aún no
conocían nuestros ojos era lo que le habían añadido los
mensajeros de la muerte: aquel enorme agujero abierto en
la roca por una bomba de mil kilogramos; aquel puente de
piedra, destruido por obuses nocturnos; los cristales
rotos de la estación del ferrocarril; los techos
transformados en pobres esqueletos de vigas
resquebrajadas... ¡Estamos en España! A cualquier hora,
en cualquier instante, los aviones pueden dejar caer
sobre estas viejecitas, sobre estos niños, sobre estos
modestos empleados ferroviarios, feroces cargas de
explosivo. Aldea fronteriza, Port-Bou conoce un terrible
privilegio: el de poseer una estación terminal
importante. Los franquistas han tratado de destruirla
varias veces. Hasta ahora no lo han logrado.
En el interior de la
estación, un cartel nos muestra un cadáver de niño:
Defended Madrid. La dramática atmósfera comienza a
afirmarse.
...Los más intensos
bombardeos vividos en Madrid no podrán hacernos olvidar
la emoción de esta llegada a Port-Bou.)
HACIA GERONA
Los maravillosos
choferes del Servicio de Aviación nos llevan a toda
velocidad por una carretera de ensueño. Adelante van
Juan Marinello, Nicolás Guillén, Octavio Paz, José
Mancisidor y Carlos Pellicer. Detrás, nosotros —Delia
del Carril, André Malraux, Claude Aveline, Pablo Neruda
y yo— acompañados por un alto funcionario de la
Generalidad de Cataluña (salimos de París con un día de
retraso y tenemos que alcanzar a los miembros de las
otras delegaciones en Valencia). La ruta dibuja
caprichosas ondulaciones a lo largo de una costa
sinuosa. Escala montañosa. Desciende a las playas. Se
pierde en bosquecillos de pinos para reaparecer al borde
de un precipicio. Hace calor. Brilla el sol. Casi
olvidamos que hemos entrado en tierras de guerra. Los
problemas menores, las preocupaciones personales vuelven
a la superficie. Malraux nos habla de John Dos Passos.
Marinello descubre nuevamente la tierra de sus padres...
Los nidos de ametralladoras que vigilan la costa se
hallan tan bien ocultos entre las rocas, que no se les
divisa a cincuenta metros de distancia. La silueta de un
acorazado se dibuja apenas sobre el filo del
horizonte... «¿Será nuestro?...» De pronto, los autos se
detienen al borde de un acantilado que acuesta el mar a
nuestros pies, doscientos metros más abajo. El panorama
es realmente espléndido. Y, en el silencio de nuestra
contemplación, suena la voz del funcionario
responsable (pronto aprenderíamos a conocer la
importancia que cobra en la España actual la palabra
«responsable») de nuestra caravana:
—¡Qué hermosa es
España! ¿No comprenden ustedes que se quiera
dar la vida por
defender tierra tan bella?
GERONA
Los intelectuales de
Gerona, reunidos en la sala principal del Ayuntamiento,
nos hacen una recepción encantadora por su sencillez y
cordialidad. Eruditos, historiadores, amorosos lectores
de manuscritos e incunables, restauradores y
clasificadores de obras de arte. Representantes de esa
noble casta de intelectuales provincianos españoles, que
prolongan y renuevan las disciplinas clásicas con una
modestia admirable.
Nos llevan a la
catedral. Majestuoso edificio que se alza en lo alto de
una escalinata de piedra blanca, con su inmensa nave
gótica y su fachada de un academicismo austero. Un
edificio lateral, transformado en museo público, guarda
las pinturas y piezas de orfebrería del tesoro ritual.
Admirables tablas catalanas de los siglos XIII y XIV,
lacas policromas, retablos de una prodigiosa invención
pictórica, estatuas y detalles de escultura, vestimentas
episcopales, cálices, relicarios, báculos cubiertos de
piedras preciosas... Un restaurador trabaja
minuciosamente, con sus oros y barnices, entregado a la
tarea de hacer revivir una cabeza de virgen descolorida
por el tiempo... ¿Dónde hay huellas aquí de ese
vandalismo de masas enloquecidas de que tanto hablan los
periódicos de derecha del mundo entero?...
—¿Gerona ha sido
bombardeada alguna vez? —pregunta uno de nuestros
compañeros.
—El martes cayeron
setenta bombas sobre la ciudad —responde
el historiador que
nos guía.
¡Hoy veremos una vez
más el espectáculo que nos espera en tantas ciudades y
pueblos de España! Edificios abiertos sobre la calle,
como casas de muñeca. Edificios sin techo. Montones de
ladrillos erizados de vigas calcinadas. Una mujer
amamantando su niño entre las ruinas de lo que fue su
cocina hogareña...
(Quince días después.
Gerona habría de sufrir otro bombardeo, mucho más
mortífero que el anterior.)
HABLA ANDRÉ CHAMSON
Lo que más me ha
impresionado durante este viaje es la realidad total, es
el contraste formidable establecido entre las fuerzas de
la vida y de la alegría y las potencias del odio y de la
destrucción. Sobre esa alegría serena se ciernen en
todas partes las amenazas de la muerte. No hay una
ciudad, una aldea, un núcleo humano, por pequeño que
sea, que no haya de temer, a cada segundo, el ataque de
los aviones, de los cruceros en alta mar o, si el frente
está próximo, los martilleos de la artillería.
La amenaza está en
todas partes, tan presente que el hombre reaprende a
vivir sin tomar en cuenta esta presencia. «¿No has
estado en la guerra?», me pregunta un carabinero. «Si
oyes las sirenas, acuéstate contra una pared.»
Abandonado a los horrores de la guerra, el hombre se
acomoda con ellas. Durante nuestro viaje hemos hallado
la guerra en todas partes... En Gerona las casas
derruidas nos indican que acaban de pasar aviones
dejando caer sus cargamentos de bombas...
BARCELONA
Anunciada por un
prólogo de arrabales interminables, Barcelona va
afirmándose en sus edificios crecientes, en sus vías que
se ensanchan cada vez más a medida que nos acercamos al
corazón de la ciudad. Ya se divisan las torres de la
iglesia increíble de Gaudí. Ya se presiente el
hormiguero humano de las ramblas. Nada, aquí, hace
sentir la presencia de la guerra. Nada aún, porque sólo
son las cinco de la tarde..., y porque todavía no hemos
visitado ciertos barrios.
Las avenidas están
llenas de gente. En las ramblas, las muchachas compran
flores y canarios enjaulados. Las mujeres, bonitas,
elegantes, están maravillosamente bien peinadas, como
sus hermanas de Madrid. «Todo aparece viviente,
laborioso [nos dirá Chamson]. Crecen los andamios; en
todas partes se yerguen construcciones nuevas. Los
tranvías desfilan sin tregua, los cafés están
repletos...» Sin embargo, reina el peligro. Esta mañana
voló sobre la ciudad un avión enemigo, causando la
consiguiente alarma, aunque sin dejar caer bombas.
¿Constituirá su paso el signo precursor de un próximo
ataque nocturno? ¡Quién sabe!... Porque Barcelona ha
conocido también la angustia del despertar sobresaltado,
al ritmo de explosiones que parecen venir de abajo,
arando el asfalto y la tierra. El último raid le
ha costado ciento cincuenta vidas; ciento cincuenta
cadáveres alineados en las mesas frías del necrocomio.
Pronto veremos las viviendas de donde fueron retirados
los restos humanos; pobres casas en que las bombas
enemigas abrieron tremendos boquetes negros, respetando
—¿por qué?— una leve cortina de muselina azul. Balcones
con los barrotes torcidos. Ventanas absurdamente
ensanchadas por la explosión. Vigas metálicas
enmarañadas como alambre de florista... ¡La guerra
también ha pasado por aquí! Lo comprenderemos una vez
más, a las diez de la noche, cuando se apaguen todos los
focos de las calles, cuando los tranvías velen sus
luces, cuando los transeúntes se transformen en un
desfile de fantasmas, de sombras levemente alumbradas
por bombillas mortecinas con reflejos de luciérnaga.
ANTE EL MICRÓFONO
Miravilles, el joven
ministro de la Propaganda, nos lleva a la estación de
radio instalada en sus oficinas. Es hombre enérgico y
cordial.
En pocos instantes ha
sabido captarse nuestra simpatía.
Nos trata con esa
sencillez sin afectación que es atributo de todos los
dirigentes de la España republicana. Sus palabras, sus
gestos, respiran juventud y dinamismo. Una emoción viril
matiza su voz cuando, instalado ante el micrófono, habla
de su patria a millares de oyentes.
Juan Marinello
pronuncia algunas palabras, mensajes de fe y esperanza.
Concluye su discurso con unos párrafos dichos en
perfecto catalán, causando la sorpresa sonriente de
Miravilles y de los empleados de la estación emisora.
Nicolás Guillén recita poemas de José Ramón Cantaliso.
Luego cede su puesto a André Malraux, el formidable
autor de La condición humana, Los conquistadores y La
vida real.
Fino, nervioso,
estrujando entre sus largos dedos un eterno cigarrillo,
Malraux —uno de los más altos valores de la literatura
mundial— comienza su discurso por una anécdota.
Un día en que los
obuses caían sin tregua sobre Madrid [nos dice], me
encontré en la Gran Vía con un individuo que llevaba un
largo rollo de papel debajo del brazo, y andaba
tranquilamente por los lugares más expuestos sin pensar
en el peligro. Intrigado, lo seguí. ¡Un manuscrito de
metro y medio de ancho es cosa que siempre ha de
interesar a un escritor! Le pregunté lo que era aquello.
Me respondió: «¡Es papel encolado, pues quiero cambiar
los papeles que tapizan mi habitación!...»
En este momento
[comenta Malraux] en que los acontecimientos de España
plantean ante el escritor problemas que afectan su
propia razón de existir con imperativos ineludibles, hay
demasiados intelectuales que sólo piensan en cambiar los
papeles que tapizan sus habitaciones...
Y lanzado sobre este
tema, el novelista lo desarrolla en una serie de
variaciones deslumbradoras, con esa dialéctica
incomparable y nada oratoria que tantas veces nos había
admirado en conversaciones particulares o en actos
públicos. (¡Cómo olvidar aquella luminosa sobremesa, en
Castellón de la Plana, en que Malraux nos exponía, a
Marinello y a mí, su teoría sobre el destino político
del escritor, estableciendo los fundamentos de una ética
intelectual que calificaba de «antimaniqueísta»!)
—Si oyen sirenas de
noche, no se inquieten. ¡Quiere decir que el bombardeo
ha terminado!
Confieso que esta
declaración del botones del hotel nos deja estupefactos,
a Guillén y a mí. ¡Yo había creído siempre que las
sirenas de alarma, respondiendo a su definición, servían
para poner a los habitantes de una ciudad sobre
aviso!...
Raúl González Tuñón,
poeta argentino que lleva meses viviendo en España, nos
explica esta inevitable acción retrospectiva de las
sirenas de alarma en Barcelona y en Valencia. Los
aviones italianos, procedentes de las islas Baleares,
ponen en juego una técnica de bombardeo singularmente
peligrosa y artera. Vienen volando a una altitud
extraordinaria y, al llegar a las inmediaciones de las
ciudades, detienen el motor y descienden planeando hacia
los lugares que intentan bombardear. Los aparatos de
señales acústicas no pueden, por lo tanto, revelar su
presencia. Al encontrarse sobre la zona elegida los
aviones ponen el motor en marcha, dejan caer sus cargas
de explosivos y huyen a toda velocidad. Es este el
momento en que las sirenas pueden avisar que todo
peligro ha pasado. «¡A dormir!»
Esta noche en
Barcelona será una de las pocas noches tranquilas que
conoceremos en tierras de España. No sospechamos que
mañana, en Valencia, nos espera nuestro bautismo de
fuego.
(Carteles, 12
de septiembre de 1937.)
2
AVIONES SOBRE
VALENCIA
Hacia Valencia
Un arte de nueva
índole distraerá nuestra atención cada vez que
atravesemos uno de los múltiples pueblos que jalonan la
carretera de Barcelona a Valencia. Arte abstracto o
anecdótico, según los casos, y que se manifiesta en los
escaparates y vitrinas de las tiendas. Su técnica es
bien sencilla: consiste en pegar tiras de papel claro
sobre cualquier superficie de vidrio para que pueda
resistir a la conmoción de aire producida por la
explosión de una bomba u obús. Pero lo interesante del
caso está en que los comerciantes españoles han querido
que esas tiras de papel estén dispuestas de manera
armoniosa y decorativa. Han realizado con ellas
composiciones de auténtica inspiración popular, que se
escalonan, por géneros, entre el simple grafismo
geométrico y la alegoría republicana... Estas
exposiciones imprevistas florecen, con mayor o menor
prodigalidad, si la población en que se hallan está más
o menos amenazada...
Hay pocas vitrinas
artísticas de este género en Tortosa. Hay muchísimas en
Tarragona. La razón es elocuente: ayer un crucero
fantasma lanzó cuarenta obuses sobre la ciudad...
SIGNOS ANUNCIADORES
Después de atravesar
Tortosa, con su sorprendente jardín tropical, llegamos a
una población donde la atmósfera de guerra nos empuña
brutalmente. Ciudad de hospitales militares y
residencias de convalecientes... Hasta ahora no habíamos
visto más uniformes que los de milicianos encargados de
visar nuestros salvoconductos o de soldados
pertenecientes a cuarteles locales. Porque —bien lo dijo
Chamson— «el país está en orden y la decoración heroica
y desordenada de los primeros meses de guerra civil, con
sus hombres armados, ha desaparecido totalmente». Pero
aquí en este pueblo, cuyo nombre no quiero mencionar,
estamos en la antesala de los frentes. Hombres con la
cabeza vendada, con los brazos entablillados, con la
pierna encogida entre dos muletas, llevan todavía en el
uniforme huellas de un duro bregar en los frentes del
Jarama o de Aragón.
—La trayectoria de
las balas de ametralladora es algo curiosísimo —nos
cuenta un herido mostrándonos sus piernas resguardadas
por un andamio de yeso—. Fíjese que me ha entrado por la
rodilla y me ha salido más abajo del tobillo...
Hay aquí hombres de
las Brigadas de Choque y de las Brigadas Mixtas,
castellanos, catalanes, gallegos, hay hombres de las
Brigadas Internacionales que poseen, en su Villa
Dombrowsky, en su Teatro Henri Barbusse, estupendos
periódicos murales redactados en varios idiomas. Para
burlar el tedio de una larga convalecencia, escriben,
dibujan, representan comedias o, sencillamente, se
entregan a la lectura o la ociosidad reconfortante que
les brinda la cercanía de una linda playa. Nada, esta
comunidad de heridos recuerda la melancolía dolorosa que
reina en los hospitales civiles. Una serenidad viril y
esperanzada anima a estos combatientes que han pagado su
heroico tributo de sangre a un ideal. En la casa ocupada
por convalecientes franceses, se respira la atmósfera
ruidosa y nicotinizada de cualquier Café du Commerce
provinciano. Muchos milicianos, casi curados, nos hablan
con satisfacción de su próximo regreso al frente. Están
quemados por el sol del Mediterráneo, tienen voces duras
y decididas; producen una singular sensación de solidez
moral y física. Nos enteramos de que hay un cubano en
uno de los pabellones. Herido en una pierna por la
metralla.
—Ya estoy casi bueno
—nos dice—. Aunque todavía puedo descansar un mes,
dentro de dos semanas volveré al frente. ¡Cuando uno se
acostumbra a la vida de campaña, esta vagancia resulta
una lata!...
Nos habla de la
guerra, del combate en que, herido, la cabeza hundida en
la tierra, sentía el ruido leve, de abanico, de los
trigos segados por las ametralladoras.
«¡Arma horrenda! ¡La
única salvación está en que no puede tirar muy bajo!»...
Por su charla pasan evocaciones de Pablo de la Torriente
Brau y de los comisarios políticos del frente que han
sabido captarse no ya la admiración, sino el amor de sus
soldados.
¡Nunca podrá alabarse
bastante a los comisarios políticos, esos ingenieros de
las conciencias, esos apóstoles laicos, que han sabido
crear en hombres de veinte nacionalidades, en hombres
procedentes de todas las capas sociales, un espíritu de
heroísmo sereno, de tranquila abnegación, capaz de
mantener su salud moral en medio de los horrores de la
guerra moderna!
Pronto os hablaré del
papel desempeñado por los comisarios políticos en los
distintos frentes de la España republicana.
VALENCIA. UN INSTANTE
DE EMOCIÓN.
Después de atravesar
las huertas pletóricas de fragancias, nuestros autos se
detienen en una calle añeja, frente al edificio ocupado
por la Alianza de Intelectuales.
Arturo Serrano Plaja,
que hace dos años formó parte de la Delegación española
invitada al Congreso de París, no nos concede un minuto
de tregua. La sesión inaugural del Congreso tendrá lugar
dentro de dos horas en el paraninfo del Ayuntamiento.
Antes, tenemos que reunirnos con los miembros de las
otras delegaciones, que almuerzan en el restaurante de
una playa cercana.
Se abre una puerta...
Y, de pronto, caemos en brazos de amigos, de entrañables
amigos que no veíamos desde hacía meses, desde hacía
años: María Teresa León, esa bellísima mujer, de una
energía extraordinaria, que ha puesto todas las fuerzas
de su inteligencia al servicio de la causa republicana;
Corpus Barga, que fue nuestro compañero de andanzas por
La Habana, hace nueve años; Rafael Alberti, vestido de
«mono azul», y que me califica, como siempre, de «viejo
relajo»; Julio Álvarez del Vayo, tan sencillo, tan
cordial, como cuando cenábamos en Montparnasse en el
restaurante de La Poule au Pot; José Herrera
Petere, hoy combatiente y poeta, que tan bien me hizo
sentir el viejo Madrid en mi primer viaje a la Villa del
Oso; León Felipe, visitante reciente del trópico, y
Gabriel García Maroto, que tantos recuerdos dejó en
pueblos de nuestra Isla; José Bergamín y Luis
Araquistain, mi editor; Manolo Altolaguirre, que está
dirigiendo las representaciones de Mariana Pineda,
de Federico García Lorca; Rodolfo Halffter, el gran
compositor. Ahí están Acario Cotapos y Vicente Huidobro,
César Vallejo y Córdova Iturburu.
Ahí están los
franceses Tristán Tzara y Georges Pillment, que se nos
anticiparon en el viaje... También Ilya Ehremburg.
Y todos los que aún
no conocíamos personalmente: Anderson Nexo, el decano de
las letras dinamarquesas que, como el filósofo francés
Julien Benda, ha venido a este congreso desafiando los
achaques de la edad; Ludwig Renn, el admirable novelista
alemán, que mañana volverá a tomar el mando de su
batallón, en el frente de Madrid; la dulce Anna Seghers,
el belga Denis Marión, el francés René Blech, el poeta y
combatiente holandés Jef Last; los rusos Alexis Tolstoi,
Koltzov, el enérgico, Fadeev y Teodoro Kelyin, mi
traductor al ruso; los norteamericanos Malcolm Cowley y
Anna Louise Strong (Langston Hughes debe llegar de un
momento a otro). El valiente escritor costarricense
Vicente Sáenz. El prosista chino Seu, que siempre se
asombrará de lo ruidosos que son los
hispanoamericanos... Y otros muchos que sería largo
enumerar, ya que este congreso reúne más de ciento
cincuenta escritores de veintiséis naciones distintas...
(Desde ahora podrá comenzar el trabajo de las
delegaciones de países hispanoamericanos, ya que éstas
se hallan completas con la presencia de Raúl González
Tuñón, Córdova Iturburu, Pablo Rojas Paz, Pablo Neruda,
Vicente Huidobro, Alberto Romero, Vicente Sáenz, Juan
Marinello, Nicolás Guillen, Alejo Carpentier, Félix Pita
Rodríguez, José Mancisidor, Octavio Paz, Carlos Pellicer
y César Vallejo. Marinello es nombrado, por unanimidad,
presidente de todas las delegaciones nuestras.)
Pero antes de
abandonar esta enumeración que por sí sola explica el
«momento de emoción» que acompañó esta entrada en
Valencia, quiero recordar que ahí se encontraban también
dos de los más jóvenes poetas españoles de la época
presente, cuyos nombres pueden citarse como símbolos de
una voluntad creadora en acción: Miguel Hernández y
Antonio Aparicio. Ambos son milicianos.
APERTURA DEL CONGRESO
Sobre esta sesión de
apertura tengo poco que decir por ahora.
Hoy sólo quiero
enumerar los temas de discusión propuestos a los
congresistas: 1) la actividad de la Asociación de
Escritores por la Defensa de la Cultura; 2) el papel del
escritor en la sociedad; 3) dignidad del pensamiento; 4)
el individuo; 5) humanismo; 6) nación y cultura; 7) los
problemas de la cultura española; 8) herencia cultural;
9) la creación literaria; 10) refuerzo de lazos
culturales.
...Para llegar al
anfiteatro en que se celebraba esta sesión habíamos
ascendido por la escalera principal del Ayuntamiento,
situado bajo una ancha cúpula cuya sombra domina el
célebre Mercado de las Flores... Pulverizada por una
bomba aérea, esa cúpula acaba de ser reconstruida.
Todavía se evidencian, en las murallas, en las columnas,
en los mármoles de los barandales, las huellas de la
formidable explosión que dejó medio edificio al aire
libre...
CIUDAD EN ESTADO DE
GUERRA
A las ocho de la
noche no queda una luz visible en Valencia. Las
tinieblas más densas se apoderan de las calles, de las
plazas. En Barcelona quedaban todavía algunos mecheros
velados, algunos tranvías fantasmagóricos.
Aquí nada... Cenamos
en el comedor del Hotel España, con una temperatura
africana, detrás de ventanas herméticamente cerradas.
Algunos teatros y
cines permanecen abiertos, pero hay que saber dónde se
encuentran para concurrir a ellos, pues ninguna luz,
ninguna claridad, revela su existencia. Todos los cafés
han corrido sus cortinas metálicas desde la puesta del
sol. En la oficina de Correos, abierta hasta las doce,
los empleados se agitan detrás de sus ventanillas
envueltos en luces de velorio. Los pocos transeúntes que
se encuentran en las calles se guían por medio de
linternas de bolsillo, esporádicamente encendidas en
lugares donde el pie puede encontrar un obstáculo... A
partir de la medianoche reina en Valencia un silencio
profundo, silencio de ciudad sin habitantes, aunque
millares y millares de evacuados de Madrid han venido a
agregarse a su ya numerosa población.
Pienso que es éste el
aspecto que debe haber presentado París durante los
meses en que era bombardeado por las Bertas y los
Gothas...
PRIMER BOMBARDEO
Pasan
negros aviones.
Están hechos de lamentos,
de luto llevan las alas,
de luto se queda el suelo.
(Romancero de la
guerra de España)
Serían las cuatro de
la madrugada. En el medio sueño precursor del despertar
percibo un ruido anormal, ruido que hiere mis oídos por
primera vez. Zumbido de motores de aeroplanos,
acompañado de un extraño silbido intermitente, como
notas picadas de un flautín agudísimo. Quejas del aire
desgarrado por las balas de los cañones antiaéreos... No
he comprendido aún de lo que se trata. De pronto, una
explosión sorda, subterránea, formidable golpe de ariete
en la corteza del suelo, hace temblar las paredes del
hotel... Sacudo a Pita Rodríguez, mi compañero de
habitación, que duerme como un bendito:
—¡Vamos!... ¡Los
aviones!...
Una explosión... Dos
explosiones... Nos reunimos con los otros inquilinos del
hotel bajando apresuradamente al hall. Precaución
inútil, dicho sea de paso, ya que el hecho de refugiarse
en una planta baja, en caso de bombardeos aéreos, es
resguardo ilusorio. Es eficaz, a veces, en bombardeos de
artillería, ya que los obuses caen principalmente en los
pisos altos de las casas... Pero bien veremos en Madrid,
en la Puerta del Sol, que una bomba de avión, cayendo
sobre un edificio, lo reduce a cuatro paredes vacías de
todo contenido...
Nuevo estampido.
—¡Ésta ha caído
cerca! —comenta un habituado.
Instintivamente, cada
cual se acerca a una muralla, como si la comunión de la
carne con piedra pudiese hacer más sólida nuestra pobre
arquitectura de nervios y venas. Algunos se miran
silenciosamente. Otros hablan de cosas sin importancia,
con animación excesiva, para olvidar el reloj intangible
que cuenta los minutos en el centro de cada pecho... El
suelo retumba y se estremece. Terremoto fugaz, seguido
de bofetadas de aire en todos los cristales... ¡Ésta ha
caído más cerca todavía!...
Vuelve a oírse el gorjeo incisivo de los cañones
antiaéreos. Un zumbido de motores más rápidos, más
regulares que los anteriores, irrumpe en la noche.
—¡Son los nuestros!
Nos asomamos a la
calle. En el cielo claro del Levante, los haces
luminosos de los reflectores se cruzan, se entretejen,
barriendo la noche. Una escuadrilla de aviones de caza,
republicanos, se dirige hacia el mar con una velocidad
increíble. Suena otra explosión, más lejana (sabremos
mañana que esta bomba ha caído en el patio de un
hospital, hiriendo de nuevo a cincuenta heridos).
—Parece que ya se
marchan...
Suenan sirenas
anunciadoras de paz. Los inquilinos del hotel se dirigen
a la escalera para regresar a sus habitaciones. El
bombardeo ha durado hora y media. Ya apunta el alba.
Una linda muchacha,
envuelta en un kimono claro, se dirige a una amiga.
—Ya es muy tarde para
dormir. ¿Si nos fuéramos a la playa?
La voluntad de vivir
recobra sus derechos después de esta incursión de
Capronis venidos de las islas Baleares.
REFLEXIONES
Acostado nuevamente,
reconstruyo en mi memoria los instantes nada placenteros
que acabamos de vivir... Y simultáneamente se define en
mí una convicción que el próximo viaje a Madrid no podrá
sino reafirmar con pruebas indiscutibles: estos
bombardeos de poblaciones civiles son, además de crueles
y sangrientos, absolutamente inútiles para aquellos
que los promueven. Diré más: son
contraproducentes.
Se me objetará que en
una guerra cualquiera la retaguardia tiene tanta
importancia como la vanguardia, y que si el ánimo de la
retaguardia está en condiciones excelentes, ello influye
favorablemente en el espíritu de combatividad de las
tropas... Por lo tanto, debe tratarse, por todos los
medios, de desmoralizar y amedrentar la retaguardia.
Admisible a priori,
este argumento se desmorona ante los hechos. Los
habitantes de una ciudad como Madrid o Valencia se
agrupan en dos categorías: 1) los que no han querido
marcharse; 2) los que no han podido marcharse.
Los que no han querido marcharse porque sus opiniones,
sus ideales, sus intereses, su carácter, los impelían a
permanecer en una zona de peligro, no son individuos
aptos para dejarse desmoralizar ni amedrentar. Saben lo
que les espera y no temen el riesgo. Están decididos a
ser testigos de la guerra, en su integridad, sin
abandonar sus puestos, sus casas, sus posesiones morales
o materiales. (¡Cuántas veces nos hemos sentido
conmovidos ante el heroísmo tranquilo de ciertos vecinos
del barrio de Argüelles, en Madrid, que no han
querido ser evacuados de sus domicilios, a pesar de
que la muerte ronda por sobre sus techos!)
Hablemos ahora de los
habitantes que hubieran querido marcharse y no han
podido hacerlo. Éstos se sitúan, inmediatamente, en la
categoría de víctimas del adversario. Para ellos, los
aviones enemigos cobran forzosamente un carácter de
fatalidad. No hay más remedio que contraer los músculos
y soportar el cataclismo bélico, como se soporta un
terremoto o una operación quirúrgica. Son los que más
interés tienen en no dejarse desmoralizar, porque de su
ánimo, de su facultad de convivencia con las fuerzas de
aniquilamiento, depende su mayor o menor posibilidad de
resistencia física. Cada avión republicano, cada cañón
antiaéreo es, para ellos, un genio bueno, destinado a
defenderlos y a velar sobre su descanso. Por su ausencia
de heroísmo, esta categoría de habitantes apacibles es
precisamente la que más se indigna, la que más se
enfurece, cuando los aeroplanos alemanes o italianos
hacen su trágica aparición en el cielo de España...
Llevemos este
razonamiento más lejos. Supongamos que en el hall del
hotel en que me hallaba la noche del bombardeo de
Valencia, un falangista disfrazado, un vago simpatizador
de los insurgentes... ¿No estaba también jugándose un
número, con nosotros, en la misma lotería de vida y
muerte? ¿No estaba expuesto, como nosotros, a no ver más
la luz del alba, o a ser herido o víctima de un shock
traumático?... ¿Cuál sería, entonces, su reacción
íntima, fisiológica, muscular, al ver aparecer los
aviones republicanos? ¡Hubiera aplaudido, como aplaudían
los demás!
Podéis estar
convencidos de esto: muchos apolíticos, muchos hombres
tibios, irresolutos, sin convicciones definidas, han
sido conquistados por la ideología republicana...,
gracias a los aviones de Franco. En Madrid he visto
gentes (antiguos vecinos de mi amigo Francisco Pita
Rodríguez) que antes de la guerra tenían ideas levemente
conservadoras, y que hoy son las primeras en alzar los
puños y en proferir palabras de odio cuando comienzan
los bombardeos cotidianos y sistemáticos de Madrid...
¡La carne grita!
¡No! ¡Mi
convencimiento es absoluto! Creer que puede vencerse la
retaguardia en España por medio de bombardeos de
poblaciones civiles, es desconocer el pueblo español...
Esta acción destructora de los artefactos de guerra es,
además de inútil desde el punto de vista estratégico,
absolutamente, totalmente contraproducente en lo que se
refiere a su posible acción moral...
Las muertes de millares de mujeres y niños, de ancianos,
de adolescentes, no han quebrantado el sereno heroísmo
de los habitantes de Madrid. Una canción ha surgido
—canción escrita con sangre. Y esta canción la saben
cantar hoy todos los hombres que viven en el territorio
de la España republicana:
Madrid, qué
bien resistes,
Madrid, qué bien resistes,
Madrid, qué bien resistes,
mamita mía,
los bombardeos,
los bombardeos.
(Carteles, 26
de septiembre de 1937.)
3
EN LA CIUDAD MÁRTIR
La ruta de Valencia
Carretera de
Valencia,
la más valiente de
España,
la que sales de
Madrid
cruzando el puente
de Arganda,
en Tarancón pisas
Cuenca
y entre pinares
cabalgas
a entrar por
Puerto Contreras,
sobre sus colinas
blancas,
a las tierras de
Levante,
donde el arroz, de
sus charcas,
levanta mojado al
sol
y encendido de
naranjas.
EMILIO PRADOS
(Romancero de la
guerra de España)
«No formen caravana.
Cada automóvil, a novecientos metros del otro. ¡Si se
detienen, resguarden el auto debajo de un árbol!»
Tales son las órdenes
formuladas por nuestro «responsable», Rafael Alberti,
ante el edificio de la Alianza de Intelectuales, punto
de reunión de los delegados al congreso... Hace un día
maravilloso. Valencia parece haber olvidado el bombardeo
de anoche. El mercado de Trinquete de Caballeros está
lleno de caseras afanosas. Los hombres hacen cola en la
puerta de un estanco de tabacos. Una muchacha descorre
las cortinas de su ventana cantando el Vito con
palabras nuevas que aluden a la gesta del Quinto
Regimiento. En las paredes, los carteles que ostentan el
ya clásico «¡Defended Madrid!» avecindan con otros que
anuncian representaciones de la Mariana Pineda de
García Lorca, así como un concierto sinfónico dirigido
por Bacarisse, Halffter y el Maestro Sanjuán. Después de
la tormenta todo respira alegría y voluntad de vivir...
Ya hemos aprendido a olvidar el «buenos días» y el
«adiós» en beneficio del viril «¡salud!», acompañado de
un gesto seco, que constituye la fórmula de saludo
adoptada por todos en territorios de la España
republicana.
Ya los autos han
salido del centro de la ciudad. Antes de tomar la
carretera de Madrid, pasaremos delante de las
formidables torres de Serrano —baluarte macizo,
construido en piedra de talla—, en cuyos sótanos
inexpugnables se encuentran guardadas las pinturas más
importantes del Museo del Prado... Ahí duermen Las
Meninas de Velázquez y el Carlos V a caballo
del Ticiano, sustraídos por los milicianos a la acción
de las bombas incendiarias lanzadas por los aviones.
HACIA LA GUERRA
Hasta ahora hemos
encontrado el orden y la paz en todas partes. Nunca
hemos visto escenas parecidas a las que llenaban aún, en
otros países, innumerables rotograbados
sensacionalistas. Ni ruinas de iglesias quemadas, ni
obras de arte destruidas, ni huellas de disturbios. (Las
únicas ruinas que hemos visto se deben a la obra de los
cañones y aviones.) En todas las ciudades y pueblos las
tiendas están abiertas. Los servicios públicos funcionan
con una regularidad perfecta. Las catedrales, los
monumentos, los edificios del pasado que habíamos
admirado en otros viajes o que conocíamos por
fotografías, están en el lugar en que siempre se
hallaron... Y me parece importante insistir sobre este
particular, porque es increíble hasta qué punto ciertos
relatos pueden llegar a extraviar el inicio de hombres
que no son perfectamente tontos. En un artículo
reciente, Paul Claudel, nada menos, afirmaba
intrépidamente —sin haber estado en España— que todas
las iglesias, sin excepción, habían sido incendiadas
en el territorio republicano... Si yo fuese miembro del
Gobierno de Valencia, invitaría al señor Claudel a darse
un paseo por estas regiones. Se convencería de que el
único crimen cometido con ciertas iglesias —¡bien
pocas!— ha consistido en transformarlas en hospitales de
sangre o en museos públicos... Se convencería de que el
más ardiente defensor y conservador del tesoro religioso
español es el padre Lobo, sacerdote republicano.
A derecha e izquierda
de esta magnífica carretera de Valencia, que realiza
ascensiones vertiginosas en los flancos de las sierras,
los campos labrados se extienden hasta el infinito. Las
exigencias de la guerra han intensificado más aún, si
cabe, el trabajo de las tierras. Como nos dirá más tarde
André Chamson:
Si el hombre
pudiera tener el don a la vez despreciable y magnífico
de no percibir sino un aspecto de la realidad, sólo
vería en España un inmenso jardín, lleno de las promesas
de una cosecha fecunda. Desde las viñas de Cataluña,
desde los naranjos de Valencia, hasta los trigales de la
Mancha y de Castilla, sólo se ven hojas, frutas y
flores. Nunca, desde hace siglos, ha sido cultivado con
tanto amor el suelo de España...
¿Y por quiénes está
cultivado el suelo de España? ¿Únicamente por campesinos
oriundos de las regiones que atravesamos? ¡No! ¡Hay
aquí, compartiendo el trabajo de campesinos castellanos,
manchegos, conquenses, valencianos, innumerables
labradores venidos de otras partes. Evacuados de
Badajoz, prófugos de Andalucía, hombres de Extremadura o
de la provincia de Toledo... Hombres sencillos, para
quienes este viaje significa un acontecimiento
considerable, un verdadero cambio de latitudes, y que
vuelven a hallar, en su comunión con la tierra, una
nueva razón esencial y profunda de vivir, de oponerse,
con su labor humilde y heroica, a las fuerzas de la
guerra... En Alcalá de Henares, a pocas leguas de
Madrid, estos campesinos se han visto obligados a tallar
cavernas artificiales en los montes —verdaderas guaridas
de topos— para resguardarse de continuos bombardeos.
Terminada su labor, llevan una vida troglodítica, mil
veces preferible a la del pueblo, ya que sus casas han
dejado de ser techo y amparo cuando aparecen, en el
cielo constelado de estrellas, negros aviones portadores
de muerte...
En todas partes nos
espera el gesto augusto del segador, el perfil
fecundante y viril del arado, la silueta de la aguadora
llevando su cántaro en la cabeza con el mismo garbo que
conocieron las aldeanas de Sagunto y de Numancia. Pero
ya la guerra se precisa. Los hospitales de sangre se
multiplican. Las consignas se hacen más severas.
Nuestros salvoconductos son examinados por milicianos
apostados en las bifurcaciones de la carretera. Hacia
Madrid suben interminables caravanas de camiones
cargados de cajas y barriles. Algunos llevan hombres que
cantan alegremente. Soldados que van. Heridos que
vienen.
A tres kilómetros de
Minglanilla encontramos un primer tanque.
MINGLANILLA, PUEBLO
INOLVIDABLE
Si preguntáis a los
ciento cincuenta escritores que asistieron a este
congreso dónde sintieron, en España, su más intensa
emoción, todos os responderán sin vacilar: «¡En
Minglanilla!»
Os dije ya, en
artículo anterior, que «en España hacía falta mucho más
valor para soportar momentos de enternecimiento que para
vivir momentos de peligro». Al decirlo pensaba en ese
pueblo blanco y ardiente, lleno de cal y de sol, donde
nuestros nervios fueron vencidos, rotos, en guerra de
emoción, por mujeres y niños... Ahí, los hombres más
endurecidos, los filósofos más habituados a considerar
elementos humanos como factores de especulación, los
escritores más decididos a no dejarse conmover,
sintieron correr por sus mejillas las lágrimas
reprimidas durante años.
Estábamos reunidos en
un vasto comedor aldeano, con muros y pilares de madera
enjalbegados con cal. Tres ventanas daban a una perfecta
plazuela de pueblo castellano: plazuela polvorienta y
resplandeciente de luz, guarnecida de unos pocos árboles
sedientos, envidiosos del relativo frescor de los
soportales... Sobre los techos, llanuras hasta el
infinito. Trigales maduros y perfumados bajo un cielo
sin nubes. Calma. Bochorno. Silencio roto tan sólo por
el rasgueo metálico de esa mandolina que cada cigarra
lleva prendida en la cintura. De pronto, sentimos que
aquella paz de siesta se iba poblando de voces. Voces
frescas, de niños, cuyo timbre cristalino se armonizaba
con el manso correr de una fuente. Veinte niños.
Cincuenta niños que, esperando la hora de regresar a la
escuela, venían a jugar sobre la plaza. Inmediatamente,
su atención fue atraída por los automóviles que nos
aguardaban a la sombra de los árboles. Preguntaron.
Inquirieron. Y vinieron a cantar debajo de nuestras
ventanas. Por un milagro de espontaneidad, un coro
infantil quedó constituido en unos pocos minutos...
Nunca [escribe
André Chamson] el júbilo de España había venido a
nuestro encuentro con tanta fuerza y cándida lozanía.
Bajamos a la plaza para acariciar esos rostros jóvenes.
En la quietud de España, en su austera soledad, los
niños cantaban como si estuvieran participando en la más
bella fiesta del mundo. Nunca la alegría de vivir se
hizo tan evidente para nuestros sentidos.
¿Y sabéis quiénes
eran esos niños?
Huérfanos, evacuados
de Badajoz. Unos habían perdido padre y madre. Otros, la
madre. El padre estaba peleando en las trincheras.
En aquel instante
parecían llenos de gozo. Pero en sus rostros sonrientes
se percibían los signos de una madurez prematura, de una
precocidad del dolor, cuya evidencia nos acongojaba.
Adivinábamos que después de la puesta del sol, cuando la
noche inmensa de Castilla se hubiese tendido como un
palio de constelaciones, muchos de estos niños
llorarían, con la cara hundida en la almohada... Y
pensamos que también ellos, ellos que encarnaban ante
nuestros ojos la infancia, toda la infancia de España y
del mundo, estaban amenazados por las bombas enemigas,
por el fuego de los aviones, como sus hermanitos caídos
en las calles de Madrid...
...Yo también he llorado [confiesa André Chamson] sin
pensar siquiera en taparme los ojos con las manos...
UN GESTO SIMBÓLICO
Toda la plaza estaba
llena de gente. Campesinas renegridas, llevando negros
pañuelos en la cabeza, aldeanas con los rorros en
brazos, que habían venido a sumarse a nuestro grupo. Y
seguíamos oyendo, con el corazón desgarrado, los cantos
de los niños... Uno de ellos, inolvidable, se había
escrito sobre la piel del brazo, con tinta azul, las
palabras: «¡No pasarán!» ¡Toda su familia había muerto
en Badajoz!
Una anciana, arrugada
en grado increíble, con un pañuelo oscuro plegado sobre
canas bien peinadas, se me acercó, y me dijo estas
palabras que no olvidaré jamás:
—¡Defiéndannos,
ustedes que saben escribir!...
¡Nunca me sentí tan
humillado como en aquel instante, dándome cuenta de lo
poco que significa el «saber escribir» ante ciertos
desamparos profundos, ante ciertas miradas de fe, ante
el oscuro anhelo de mundos mejores que palpita en el
alma de estos campesinos castellanos, para quienes —debo
afirmarlo categóricamente— su adversario cobra figura de
Anticristo...!
Antes de abandonar
este prodigioso pueblo de Minglanilla asistiríamos
todavía a una escena destinada a grabarse en nuestra
memoria. Corpus Barga la ha narrado con frases
admirables:
Una mujer castellana,
toda de negro, desde el pañuelo de la cabeza hasta los
zapatos (porque se había puesto zapatos como los días de
fiesta), estaba abrazada a una escritora inglesa y le
contaba al oído, dulcemente, su pena. El marido
fusilado, los hermanos muertos en la guerra. Detrás de
la mujer enlutada, un niño se escondía en sus faldas. La
escritora inglesa, sin conocer el castellano, la
comprendía y la consolaba, la estrechaba cada vez más en
su abrazo. Acabaron las dos mujeres paseándose
abrazadas, en silencio, llorando sin lágrimas bajo el
sol implacable como el destino.
El niño seguía
detrás, no soltaba las faldas de su madre mientras otras
vecinas que contemplaban la escena hacían comentarios.
—No es propiamente de
aquí, es una refugiada —decían de la mujer vestida de
luto, y añadían por la escritora inglesa:
—Sin duda ha
encontrado a una de su pueblo, que la está consolando.
Decían verdad las
vecinas de Minglanilla y mienten los gobiernos de
Europa. La castellana analfabeta había encontrado a una
de su pueblo en la escritora inglesa, la cual había
tenido que subir ya al automóvil y sacando su busto
seguía abrazada, no queriendo separarse de su «paisana».
Pero el automóvil arrancó; entonces, la mujer analfabeta
de Castilla tuvo uno de esos gestos naturales que son la
inspiración de un pueblo secularmente culto, con la
cultura transmitida de viva voz en gesto vivo. Cogió al
niño que se escondía en sus faldas y lo alzó en ademán
de saludo. El sol, blanco de fuego, esculpía aquella
estatua dinámica.
El niño tendía las
manos como un Jesús de Montañés. Hijo de cien
generaciones de uno de los pueblos más fértiles en
humanidad: la castellana alzaba cara al sol una
encarnación del futuro que —al igual de este niño poco
después en el regazo de su madre— duerme en el seno de
la victoria.
PRIMER ENCUENTRO CON
LUDWIG RENN
Después de escuchar
un admirable discurso de Nicolás Guillén —el único que
tuvo el valor suficiente para dirigir la palabra al
público augusto y conmovedor de Minglanilla— volvimos a
rodar hacia Madrid. Poco antes de llegar al Jarama, la
aparición de un aeroplano sospechoso nos hizo formular
la pregunta, veinte veces repetida en días sucesivos:
—¿De quién será?
Dos horas antes de
llegar a Madrid, hicimos alto ante un diminuto cuartel
de milicianos, guarnecido de botijos llenos de agua
ligera y fresca. Lugar que se acompaña para mí de un
gratísimo recuerdo, ya que en él hablé por primera vez
con Ludwig Renn, el gran novelista alemán, jefe de un
regimiento de las Brigadas Internacionales.
Dotado de una
extraordinaria distinción física, Renn es uno de los
hombres más afables y sencillos que pueda imaginarse.
Habla el castellano con toda perfección y siempre tiene
una palabra cordial a flor de labios. Aquella tarde
andaba con el torso desnudo, musculoso y quemado por el
sol. Una extraordinaria juventud brillaba en sus ojos
azules, a pesar de que sus cabellos grises, cortados
casi a rape, revelaban una plena madurez.
—Ludwig Renn —le
dije—, no sabe usted cuánto lo admiro. Lo admiro porque
es usted uno de los pocos escritores de nuestros tiempos
que hayan sabido realizar paralelamente su vida y su
obra, haciendo de la vida obra, y de la obra vida.
Una sonrisa de niño
iluminó el rostro curtido del novelista:
—Vida y obra tienen
que estar íntimamente unidas. Realizar la una sin
realizar la otra es cosa estéril... Es aquí, en el suelo
de España, donde mejor he sentido que mi vida y mi obra
podían constituir un todo indivisible...
—¿El novelista lucha
y el combatiente escribe?...
—¡La vida no tiene
sentido si no se hace una con la obra!...
En aquel momento
veinticuatro aviones republicanos, en forma perfecta,
hicieron su aparición en el cielo de Castilla. Ocho
grupos de tres, en triángulo, abriendo sus alas ebrias
de sol, como grandes aves migratorias. La exquisita
cortesía de Ludwig Renn se manifestó una vez más,
aprovechando el azar de este encuentro:
—¡Vienen a darles la
bienvenida!...
ENTRADA EN MADRID
Madrid, corazón de
España,
late con pulsos de
fiebre,
si ayer la sangre
le hervía,
hoy con más calor
le hierve.
Ya nunca podrá
dormirse,
porque si Madrid
se duerme,
querrá despertarse
un día
y el alba no
vendrá a verle.
RAFAEL ALBERTI
(Romancero de la
guerra de España)
¡Por fin en
Madrid!... ¡Ciudad querida, ciudad acogedora como brazos
de mujer amada! ¡Ciudad que aún brindabas al viajero una
incomparable dulzura de vivir, al amparo de tus
cimborrios de Herrera, cerca de la silueta —tan goyesca—
de san Francisco el Grande! ¡Ciudad de contrastes;
ciudad de Plaza Mayor y género chico, de rascacielos y
tabernas arrabaleras, en que aún vaga —¡tan
evidentemente!— la vasta sombra de Federico García Lorca!...
¿Cómo penetrar en tus entrañas martirizadas sin sentir
el gran nudo de la congoja atravesándose en nuestra
garganta?...
Son las nueve. La
ciudad entera está sumida en la oscuridad, a pesar de
que las aceras están llenas de gente. Los tranvías
circulan lentamente, para evitar accidentes. Los
automóviles y motocicletas militares, conducidos por
milicianos, corren a una velocidad determinada por la
mayor o menor urgencia de la misión por cumplir; los
quepis de los oficiales, los uniformes azules del
Servicio del Aire, los kakis de las milicias, han hecho
su aparición definitiva. A lo lejos retumba el cañón. De
cuando en cuando, un seco tableteo de ametralladoras
desgarra la noche. Los reflectores exploran las
tinieblas... ¡Ya estamos en plena guerra!
...Y sin embargo,
algo que ya no me sorprenderá mañana me llena de estupor
por el momento: la animación de las conversaciones, el
sonido cabal de las risas, el rumor viviente y alegre
que se desprende de esta multitud que regresa a sus
casas amenazadas.
Comparadas con las de
Madrid, las noches de Valencia resultan mucho más
dramáticas. En Valencia se esperan sorpresas apenas se
pone el sol. En Madrid no hay sorpresas que esperar. El
cañoneo es constante. Se vive perennemente en el filo de
la muerte. En cualquier instante los obuses enemigos
pueden penetrar en vuestra casa, llevarse vuestro
balcón, abrirle un nuevo hueco a la torre de la
Telefónica —llamada por los madrileños «el colador»—,
matar al pobre empleado que sale de una estación del
metro, echar abajo una iglesia, llenar vuestra sopera de
cristales rotos... En tales circunstancias, los
madrileños han optado por la más heroica solución:
viven como si nada ocurriera. Han abolido el luto.
Concurren a sus
oficinas. Conservan su elegancia tradicional de otros
tiempos. Van al cine para aplaudir a Marlene Dietrich y
Greta Garbo. A la «hora de la cerveza» —pues la cerveza
es la única bebida que escasea algunas veces y su
expendio se verifica a horas fijas— se reúnen en sus
cafés habituales...
¿Inconciencia?
¡No! Tal actitud se
explica por la preexistencia en el carácter español de
esa forma superior de la conciencia y de la serenidad
que es el valor. Sin tener vocación de héroes, todos los
habitantes de Madrid han sido capaces de heroísmo cuando
las circunstancias lo han exigido.
Y para darse cuenta
de ello, basta echar una mirada sobre el espectáculo que
nos rodea. La Cibeles con sus leones rotos. La Gran Vía
y la Calle de Alcalá roídas por las explosiones. La
Puerta del Sol, con sus edificios de cuatro pisos
vaciados por las bombas aéreas. La habitación que yo
solía ocupar en el hotel Gredos —Plaza del Callao—
abierta sobre la calle por un obús que le llevó dos
metros de pared...
Frente a nuestro
hotel, situado en un costado de la Plaza de Santa Ana,
una iglesia deshecha por los bombardeos exhibe sus
heridas.
El botones que me
ayuda a subir mis maletas al quinto piso va cantando
distraídamente, a media voz:
Madrid, qué bien
te guardan,
Madrid, qué bien
te guardan,
Madrid, qué bien
te guardan,
mamita mía,
tus milicianos,
tus milicianos…
(Carteles, 10
de octubre de 1937.)
4
MADRID, 1937
Descubrimiento de una
ciudad
Rondan por tu
cielo halcones,
que precipitarse
quieren
sobre tus rojos
tejados,
tus calles, tu
brava gente.
RAFAEL ALBERTI
(Romancero de la
guerra de España)
Nuestra primera noche
en Madrid fue relativamente tranquila. No salimos del
hotel, ya que Corpus Barga nos advirtió que estábamos en
«ciudad en estado de guerra» y que no era oportuno
hacerlo después de las nueve, mientras no tuviésemos
nuestros salvoconductos debidamente extendidos y
legalizados... A las seis de la mañana fuimos
despertados por un cañoneo intenso aunque lejano y por
algunas salvas de ametralladora. Pero ya las tinieblas
de una noche más —¡cuántos dirán en Madrid: «ha pasado
una noche más»!— se habían disipado ante el sol
espléndido que tiñe de oro los celajes de la meseta
castellana. Ya podíamos emprender el segundo
descubrimiento de una ciudad transfigurada por la lucha.
En su aspecto
meramente humano, el despertar de Madrid se asemeja al
despertar de cualquier urbe en tiempos de paz. Los
trabajadores de obras públicas realizan su faena
habitual, haciendo rodar latas filarmónicas a lo largo
de las aceras. Los tranvías organizan el ritmo de su
periodicidad. Los últimos barrenderos desaparecen
misteriosamente, llevando su escoba en el hombro, como
brujos sorprendidos por el canto de un gallo. Los gatos
nocturnos, con las retinas contraídas, organizan su
retirada ante la aparición de los primeros perros.
Las ventanas se
abren, y en el aire fresco de la mañana nacen y crecen
risas de niños...
Sin embargo, estamos
en una ciudad martirizada, en una ciudad cuyas calles,
cuyas casas, cuyo suelo, han sido arados por la muerte.
Aunque los obreros madrileños renuevan cada día su labor
de Danaides, consistente en retirar escombros, apuntalar
murallas inestables o rellenar huecos tan profundos que
llegan hasta los túneles del Metro, no les ha sido
posible borrar totalmente las huellas de los bombardeos,
reconstituyendo el paisaje urbano en su integridad. La
Puerta del Sol, la Gran Vía, la calle de Alcalá, parecen
haber pasado por un terremoto. Los edificios presentan
resquebrajaduras de treinta metros de alto. Estatuas
decapitadas y caballos de bronce suspendidos en el
vacío. La torre de la Telefónica, milagrosamente
sostenida en equilibrio, está atravesada de parte a
parte por innumerables obuses. En la Puerta del Sol, dos
casas de varios pisos han quedado reducidas a cuatro
paredes negras plantadas en un yermo. Una fachada de la
casa de Correos está totalmente estropeada por una
explosión. El Museo del Prado ha sido herido por bombas
incendiarias. Sólo quedan ruinas del Café Cristina, en
la calle Mayor. Una bomba caída en los alrededores de
Atocha ha suprimido —¡la palabra es exacta!— la mitad de
un building de siete pisos, cuyas habitaciones quedan
abiertas sobre la calle como los cuartos de una casa de
juguete. La Carrera de San Jerónimo presenta idénticos
cuadros de devastación... ¡Hasta la histórica Cibeles ha
sido rota por los obuses!
—¡Esto no es nada!
—me dice Herrera Petere—. ¡Cuando vean ustedes el barrio
de Argüelles!...
...Estábamos en aquel
instante junto a la estación del Metro de Correos. Diez
días después un obús caería en aquel mismo sitio,
matando a quince personas.
LOS TRES COCHINITOS
Por una razón íntima
y sentimental quise ver la plaza del Mercado del Carmen
donde, en otras épocas, había venido varias veces al
alba, con una amiga, para comprar frutas recién traídas
del campo...
Las naves del mercado
han desaparecido, transformándose en unos cuantos
montones de escombros reunidos entre sí por cañerías
atirabuzonadas. Las casas que las rodeaban han perdido
hasta su aspecto de casas, asemejándose más bien a
terrones de azúcar que comenzaran a derretirse en una
taza de té hirviente. ¡Pobre Mercado del Carmen!...
Unos niños juegan
entre los escombros. Cantan. Me acerco para oír lo que
cantan... Y en medio del paisaje de guerra surgen,
conmovedores, increíbles, los tres cochinitos de Walt
Disney, primos del ratón Miquito y del gato Félix. La
música que popularizaron los tres héroes del dibujo
animado hace girar ahora una rueda de chiquillos asidos
de la mano. Es el tema que conocen todos los chiquillos
del mundo, pero con palabras nuevas. Palabras que hablan
del «lobo malvado» transformado en artefactos de muerte:
Cuando pasa la
aviación,
la aviación,
la aviación,
tira balas de
cartón,
de cartón,
de cartón,
ja, ja, ja, ja, ja,
ja, ja, ja.
...¿Creéis que a
un pueblo de este temple se le puede dominar por la
violencia?...
ALBERTO AGUILERA
A cien metros de la
Plaza del Callao se inicia una zona militar cuya visita
resulta más emocionante que la de los propios campos de
batalla —Guadalajara, Brunete— en terreno descubierto.
Más emocionante, porque constituye uno de los puntos
neurálgicos de la defensa de Madrid, y porque la
violencia de la lucha se hace más evidente aún sobre una
decoración casi irreal de casas y de calles arruinadas,
que conservan, a pesar de todo, algo de su aspecto
pasado.
Después de trazar
innumerables zigzags entre los enormes parapetos de
concreto, superpuestos y escalonados, que transforman
las calles en un laberinto de barricadas inexpugnables;
después de dejar a nuestra izquierda el Cuartel de la
Montaña, roído y ennegrecido como restos de ciudadela
asiria, penetramos en la calle Alberto Aguilera, cuyos
edificios horadados, acribillados, rotos, yerguen un
último biombo de piedra entre nosotros y las
ametralladoras falangistas.
Aquí no queda una
casa sana, un ladrillo sin herida, un árbol con las
ramas enteras. Las fachadas se han abierto, como tapa de
armario, dejando ver el interior de los departamentos,
la intimidad de las habitaciones. Intimidad que violamos
con un asomo de vergüenza, como quien leyera cartas que
no le fueran destinadas. Intimidad que nos conmueve, sin
embargo, porque conoció actos de vida y
llantos de muerte, y porque en ella nacieron sueños
de hombre. Cámara rosa, que debe haber sabido de júbilos
nupciales; cámara gris, que ha oído el último suspiro de
ancianos cuyos retratos adornan las paredes. Objetos
humildes, sin más valor que el conferido por un recuerdo
o una ternura humana: un cofrecillo de cobre repujado,
un óleo de poca alcurnia, una muñeca sonriente, una
cortina bordada por la niña amada, un caballito de
madera, sublime a pesar de su fealdad... Todos estos
objetos están ahí, donde los sorprendió el último
bombardeo, sin que nadie alzara la mano hacia lo que no
fuera suyo... Pablo Neruda, que se ha empeñado en
visitar su departamento de otros tiempos, hoy
acribillado por los cascos de obús y la metralla,
encuentra intactos, en casa habitada por los milicianos,
sus ediciones raras, sus máscaras javanesas, sus
souvenirs de poeta viajero. Su Góngora monumental sólo
ha sufrido un percance; está atravesado de parte a parte
por una bala. Un miliciano filósofo que nos acompaña
recoge el trozo de plomo al pie de la biblioteca:
—Es increíble que esto pueda matar a un hombre. ¿Qué
daño quieren ustedes que le cause al organismo un
pedacito de metal de esta clase?
—¿...?
—¡Lo terrible es la
velocidad que trae! ¡Lo que mata es la velocidad!...
EL FRENTE DE MADRID
Yo los vi sobre
las lomas
de Carabanchel un
día;
luego, en la Casa
de Campo,
entre arboledas
tranquilas.
Estaban lejos y
eran
como pequeñas
hormigas.
J. MORENO VILLA
(Romancero de la
guerra de España)
Al llegar a cierta
encrucijada se detiene nuestro guía, un miliciano amigo:
—Debo advertirles que si quieren salir al Paseo de
Rosales será por su cuenta y riesgo. Estaremos, en
pleno, a la vista de las avanzadas enemigas. Tengo,
pues, que declinar toda responsabilidad...
—¿Es interesante?
—¡Hombre!...
¡Interesante sí es, claro está!
Pita, Neruda,
Vallejo, Octavio Paz y yo nos concertamos con una
mirada.
—¡Vamos!
—¡Adelante, pues!
Centenares de
milicianos montan la guardia a lo largo de la calle
Alberto Aguilera. Están sentados —con el fusil
atravesado en las rodillas— en el borde de las aceras o
en muebles cojos que han caído de las casas: bancos de
cocina y butacas Luis XV, taburetes de piano y sillones
de mimbre. El centro de la vía está constelado de
cristales rotos, tejas quebradas, cazuelas agujereadas,
botellas truncas, maderos con clavos enmohecidos, asas
de ollas y tibores. En la esquina, un fogón de campaña
calienta un rancho apetitoso. El cocinero reparte panes
de libreta a los soldados. Como hace calor, los jarros
desfilan por el garfio de un barril de cerveza recién
traído de la ciudad.
—¡Salud!
—¡Salud!
Se escucha la voz de
nuestro guía:
—¡Doblar a la
izquierda!
Veinte metros de
calle fortificada. Paredones de concreto, detrás de
cuyas almenas aguardan las ametralladoras, mudas por el
momento.
Y, de pronto, la
inmensidad de la meseta castellana. Estamos en el Paseo
de Rosales, al borde de la cuesta histórica —uno de los
ejes de la defensa de Madrid— donde se rompieron siete
ofensivas moras desde el principio de la guerra.
—¡No formar grupo! ¡Y
si pasa algo, tirarse al suelo!...
Debe creerse, en
efecto, que el lugar es poco recomendable, a juzgar por
el aspecto de la trinchera que bordea al paseo a tres
metros de nosotros. Trinchera recubierta casi
íntegramente de bóvedas de tierra y piedra, o de sacos
de arena, donde los hombres sólo se hacen visibles
cuando asoman la cabeza por diminutos tragaluces y
huecos de aireación.
Nuestro guía nos
señala un bosquecillo cuyos árboles desgarrados se alzan
a menos de un kilómetro.
—¡Ahí están los
otros!
Nuestros ojos
comienzan a habituarse a la contemplación de un terreno
que parece haber sufrido una monstruosa convulsión
geológica. Terreno deshecho en agujeros y purulencias,
embudos y cráteres, con montones de tierra removida,
árboles con las raíces vueltas hacia el cielo, baldosas
hendidas que señalan que ahí se alzó una vivienda.
Nuestras miradas aprenden a discernir lo que aún vive en
medio de estos diagramas de muerte, lo que aún es
voluntad y premeditación en ese mapa de cataclismos.
¡Efectivamente! Ahí están los otros, en sus
trincheras desdibujadas por las obras de defensa y
camuflaje. Se les divisa a simple vista, fugazmente,
cuando algún centinela insurgente se escurre entre las
ruinas, lanza una ojeada sobre el no man’s land
del Manzanares, o se insinúa entre los árboles reducidos
a esqueleto. Parecen «pequeñas hormigas», como dijo
Moreno Villa, pero «pequeñas hormigas» que llevaran
turbante y embozo blanco de moro.
Seguimos andando
hacia la Moncloa.
EL QUIOSCO DE MÚSICA
A lo largo de este
«paseo» de Rosales reina hoy el silencio más absoluto
que hayan percibido nuestros sentidos: verdadero
silencio de muerte. Ha comenzado esta mañana la ofensiva
republicana sobre Brunete, lo cual significa tregua
momentánea en este frente. Los milicianos permanecen en
sus trincheras, que más bien parecen galerías de topos.
No se les oye. No se les ve. Cada diez o veinte metros
un centinela atisba el paisaje hostil por el hueco de
una atalaya, con la mano apoyada en el cañón de su
ametralladora. Expresión de voluntad, de concentración
de todos los sentidos en su tarea de vigilancia. No se
vuelve siquiera al sentir nuestros pasos. Silencio...
Silencio... Silencio...
La calzada está
cubierta de enormes cascos de obús, de formidables
virutas de hierro, de casquillos y balas. Tremendos
hongos de metal han ido a encajarse en el asfalto,
creando una horrorosa vegetación lunar. Las casas que
existían —hay que hablar en tiempo pretérito— a nuestra
derecha, no son ya sino cavernas informes, producto de
alguna caries monstruosa. ¿Y el quiosco de la Moncloa,
donde tantas veces oí ejecutar prestigiosamente el
Andantino de la Séptima Sinfonía? Está ahí,
hecho una maraña de alambres y de barrotes, en su media
plataforma donde las granadas hicieron carambolas de
fuego. A su alrededor yacen los postes del alumbrado,
como plantas derribadas por un ciclón.
—¡Y dirán que la
guerra es algo bonito! —comenta irónicamente nuestro
guía.
Suenan a nuestros
pies algunos golpes secos que levantan diminutas
polvaredas.
—No se inquieten...
Son balas perdidas... Vienen sin fuerza...
Vuelve a reinar el
silencio.
CLAVE DE SOL
Muchos vecinos del
barrio de Argüelles se han negado a abandonar sus casas,
a pesar del llamado de las autoridades. Conviven con los
milicianos, comparten sus momentos de alegría o de
necesaria despreocupación. Como sus viviendas han
perdido, en muchos casos, un piso o una pared, se han
habituado a entregarse a sus quehaceres domésticos al
aire libre. Cocinan en la calle. Comen debajo de los
árboles. Tienden su ropa de acera a acera. Todavía
quedan, en esa zona, algunos almacenes abiertos.
Durante un paseo por
el barrio de Argüelles he contemplado este espectáculo
increíble: en el medio salón de una media casa, bajo un
medio techo, junto a una media ventana, una muchacha
sonriente y linda hace sus ejercicios en un medio piano.
La parte del teclado
correspondiente a la clave de fa ha desaparecido.
Sólo quedan las notas
de la clave de sol.
Estamos a 7 de julio.
Esta tarde caerá Brunete en manos de los republicanos.
Esta noche viviremos el bombardeo más terrible que ha
conocido Madrid en un año de guerra.
Pero el estrépito
infernal de cuatrocientos obuses cayendo sobre la ciudad
no borrará de mi memoria el sonido conmovedor del pobre
piano herido —piano del barrio de Argüelles—, cuya
canción en clave sol ha sido para mí una expresión
simbólica de la resistencia de Madrid.
(Carteles, 31
de octubre de 1937.)
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