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Miembro de
Línea de la Real Academia de Foot Ball Intercolegial
del Club Atlético de Cuba. Decano de la Sociedad de
Empleados del Bufete Giménez, Ortiz y Lanier con
prestación de servicio del Dr. Fernando Ortiz.
Mecanógrafo de Mérito. Taquígrafo graduado. Alumno de
Dibujo de la Escuela Libre dirigida por el pintor Víctor
Manuel y domiciliada en cualquier café de La Habana.
Exredactor anónimo de periódicos desconocidos. Socio de
Pro Arte Musical, de la Hispano Cubana de Cultura, del
Centro de Dependientes y de Gonzalo Mazas, etc., etc.
Confieso que después de ver cuánto título tengo,
yo mismo me asombro de ser tan perfectamente
desconocido.
Con
estas palabras se presentaba Pablo de la Torriente Brau
en el prólogo de su libro de cuentos Batey,
escrito a cuatro manos con su amigo Gonzalo Mazas y
publicado en 1930.
[i]Hoy Pablo no es, para los
cubanos, aquel autor perfectamente desconocido
que su humor anunciaba y a sus títulos personales
habría que agregar otros muchos: luchador
antidictatorial y antimperialista, huésped prolongado de
las cárceles machadistas; cronista de la revolución del
30, exiliado neoyorquino, novelista y precursor del
género testimonial, corresponsal y comisario en la
guerra civil española.
A esos
dos últimos oficios citados, complementarios en el caso
de Pablo, voy a referirme ahora aquí, siguiendo sobre
todo el hilo de la memoria, que es una manera mayor y
mejor de hacer justicia a este hombre que “escribía
naturalmente, como sudaba o respiraba”, para definirlo a
la manera nerviosa y precisa de Raúl Roa, su hermano de
siempre.
Durante años he seguido y perseguido el hilo de esa
memoria apasionada y apasionante.[ii]
En cuartillas o en celuloide, a través de entrevistas o
revolviendo y organizando papeles, he tratado de dibujar
algunos rasgos de aquella personalidad creadora en la
que convivían el humor y el amor, el entusiasmo y la
capacidad de reflexión.
Al
remontar ahora esa corriente de recuerdos reunidos y
llegar con ustedes hasta los últimos días del cronista
en tierra española, voy a adelantar y a compartir, al
mismo tiempo, algunos de los resultados de una
investigación que está por concluir y que parte de un
impresionante material inédito: los cuadernos de apuntes
de Pablo en la Guerra Civil.
Esos
textos, como tantos otros de Pablo, fueron conservados
celosamente durante muchos años por Raúl Roa. Se trata
de cuatro libretas de taquigrafía en las que el
corresponsal anotó datos e impresiones desde el 19 de
septiembre hasta el 11 de noviembre de 1936.
A
través de esos apuntes puede seguirse su rastro. Los
pasos de Pablo van de Barcelona, a Madrid, a Buitrago de
Losoya, a Madrid nuevamente, a Alcalá de Henares y a
Pozuelo de Alarcón, en cuya zona, exactamente en
Majadahonda, moriría siete días después de cumplir los
35 años de edad.
Resumido así, aquel período de tiempo se nos revela con
ritmo de torbellino, de movimiento vital, de fuerza
indetenible. Todo eso hubo en la vida de este cubano
nacido en Puerto Rico, que creció y luchó en la Habana,
pasó frío en el exilio neoyorquino y decidió ir a
contemplar y a contar lo que ocurría en la España de
entonces, pensando en "aprender para lo nuestro algún
día”.
Todo
eso hubo en aquellos escasos tres meses en que Pablo
vivió la experiencia de la guerra civil y escribió
cartas y crónicas que han quedado como un conmovedor
documento literario, un testimonio humano y emocionante
en el que no faltan, como en la vida de su autor, ni el
humor ni la pasión indispensables.
“LA
EMOCION DEL IMPULSO QUE ME DICE...”
Para
llegar a España, Pablo tuvo que reunir centavo a centavo
--casi literalmente-- el costo del pasaje y solicitar y
obtener la corresponsalía de dos importantes
publicaciones: la revista New Masses, editada en
Estados Unidos y el diario mexicano El Machete. Y
tuvo, sobre todo, que decidir un rumbo para su vida,
desde el exilio neoyorquino en que se encontraba desde
principios de 1935. Cuando varios compañeros de
entonces le insistieron para que regresara a la Isla,
aprovechando el espacio precario que otorgaba una
reciente amnistía, Pablo les respondió, desde la
sinceridad y el humor --componentes imprescindibles de
su estilo epistolar y vital-- en una carta memorable:
Ustedes me han confundido un poco con un organizador o
algo por el estilo. Muy lejos estoy de ello, a mi más
profundo y sincero juicio. A España tal vez vaya en
busca de todas las enseñanzas que me faltan para ese
papel, si es que alguna vez puedo dar de mí algo más que
un agitador de prensa. Y no me arrastra ninguna
aspiración de mosquetero. Voy simplemente a aprender
para lo nuestro algún día. Si algo más sale al paso, es
porque así son las cosas de la revolución. Como si me
vuelve cojo una granada.
No
vayas a creer tampoco que estoy encabronado.
Sencillamente, trato de darte a comprender el secreto de
mi impulso hacia allá. Y hay, como siempre en mí, la
emoción del impulso que me dice que allá está mi lugar
ahora. Porque mis ojos se han hecho para ver las cosas
extraordinarias. Y mi maquinita para contarlas. Y eso
es todo.[iii]
Cuando
esa frase --mis ojos se han hecho para ver las cosas
extraordinarias. Y mi maquinita para contarlas. Y eso
es todo-- apareció, diáfana y rotunda, dentro de la
papelería de su exilio que luego tomaría el nombre de
Cartas Cruzadas, pensé que todos los testimoniantes
que en el mundo han sido, somos y serán habíamos
encontrado una hermosa declaración de principios para
nuestra labor de rescatar, aquí o allá, la memoria
impredecible del hombre.
Por lo
pronto, la memoria y el espíritu de aquel hombre que
definió magníficamente nuestro oficio habían encontrado
su camino en las calles de Nueva York. Después de
conversar, a su paso por la ciudad, con Miguel Angel
Quevedo —”director de la revista Bohemia de La
Habana, de carácter liberal y democrático, donde algunas
veces he escrito”—, Pablo se fue a las manifestaciones
de Union Square, donde recordó que era periodista, que
su gusto era ir por entre el pueblo, buscando su
emoción, para expresar sus anhelos. Días después
narraría en una carta el impacto de aquellas jornadas:
He
tenido una idea maravillosa, me voy a España, a la
revolución española. Allá en Cuba se dice, por el canto
popular jubiloso: “no te mueras sin ir antes a
España”. Y yo me voy a España ahora, a la revolución
española, en donde palpitan hoy las angustias del mundo
entero de los oprimidos. La idea hizo explosión en mi
cerebro, y desde entonces está incendiado el gran bosque
de mi imaginación.
Cómo no se me ocurrió antes la idea? Ya estaría yo en
España. La culpa es de Nueva York. Aquí, en año y medio
de exiliado político, no he hecho otra cosa que cargar
bandejas y lavar platos. Me puse estúpido. Me volví
tornillo. He sido uno de los diez millones de tuercas.
Algún día me vengaré de Nueva York.[iv]
La
carta está fechada el 6 de agosto de 1936. Antes de que
terminara aquel mes, Pablo estaría navegando hacia
Europa.
UN
ADELANTADO EN TIERRA ESPAÑOLA
Hace
unos quince años, cuando investigaba para realizar un
largometraje documental sobre la vida de Pablo,
entrevisté a un compañero que había vivido aquella
época, y le pregunté cómo había ido Pablo a España. Me
contestó sin titubear que Pablo había sido enviado por
el Partido —refiriéndose al partido marxista-leninista
cubano de aquellos años. El paso del tiempo o, quizás
más exactamente, una manera equivocada de recordar y
reanalizar los hechos del pasado, invirtió en aquella
respuesta el orden —y el valor— de los acontecimientos.
El temprano gesto internacionalista de Pablo
—que alcanza dimensión más alta y calado más profundo
cuando lo vemos en su justa complejidad humana— es aún
más hermoso porque se trató de una decisión apasionada y
lúcida al mismo tiempo, que tuvo que ser llevada a la
práctica reuniendo trabajosamente los recursos
materiales que la hicieran posible, cuando aún no
existía un aparato movilizador y de apoyo creado para
ello.
La
acción precursora de Pablo —subrayada de manera tremenda
por su muerte, ocurrida sólo tres meses después— sirvió
precisamente como ejemplo para la campaña que —entonces
sí— se desarrollaría ampliamente en la Isla, en favor de
la incorporación de voluntarios para luchar en defensa
de la república y contra el fascismo. La cifra de
combatientes cubanos que participaron en la guerra junto
al pueblo español es una de las más altas, en términos
proporcionales, entre tantas manifestaciones similares
de solidaridad provenientes de otros países.
La
pasión y la vitalidad de Pablo lo hizo un adelantado en
tierra española, en aquellas jornadas de defensa de la
república agredida. Su intuición y su talento lo harían
también un adelantado en el terreno del periodismo y de
las letras: su impactante Presidio Modelo lo
convierte en un evidente precursor del testimonio
moderno en nuestra literatura. A ese libro, finalizado
en los días del exilio en Nueva York, se sumarían
póstumamente las crónicas de España, reunidas por sus
amigos y publicadas en México en 1938 bajo el título de
Peleando con los milicianos.
Las
crónicas que integran ese libro fueron vividas y
escritas por el cronista sobre todo en Barcelona, Madrid
y sus alrededores y el pueblo de Buitrago de Losoya.
Pablo
llega a Madrid el 25 de septiembre. En la libreta de
apuntes ha dejado las impresiones de su viaje en tren
desde Barcelona, vía Valencia: un conjunto de apuntes
donde la agudeza para la recepción del entorno popular
se mezcla con el disfrute del paisaje que va
descubriendo durante el trayecto.
Ya en
Madrid, el primer apunte del cuaderno es el siguiente:
(Cubanos en el frente)
Pedro Vizcaíno, Columna de Galán,
Somosierra - 1 mes - Transporte de
heridos
del Escorial - Milicias Cívicas de las
F.U.A.A.
(María Luisa Lafita - Socorro Rojo,
enfermera, Hospital de Sangre
-Sanitaria Milicias Populares-
Alberto Sánchez 2
hermanos Grenet
Esteban Larrea
Herminio Oropesa
Moisés
Raigorovski Ramón de la Campa
Radio Este F. Maidagán H
Hidalgo
Pedro Pablo Porras
Se
trata del primer encuentro con algunos de los cubanos
que ya estaban en España en el momento del levantamiento
contra la república el 18 de julio y que se habían
sumado a su defensa desde los primeros momentos.
El
interés de Pablo por marchar rápidamente al frente para
iniciar su labor de corresponsal, se hace evidente en
este dato que los cuadernos de apuntes revelan con
exactitud: el mismo día 25 parte hacia Buitrago de
Losoya, un pequeño pueblo, 76 kilómetros al norte de
Madrid, donde había sido detenido, desde fecha muy
temprana, el intento de tomar la capital.
Buitrago se convirtió en el centro militar de la zona,
bajo el mando del General Francisco Galán. Entre los
milicianos venidos de Madrid desde los primeros momentos
para cerrar el paso a los sublevados surgieron jefes
populares e intuitivos como Valentín González, "El
Campesino", a quien Pablo descubrió como testimoniante
imaginativo y fecundo desde su llegada a Buitrago y
quien sería después el Jefe de la Unidad donde Pablo
trabajó como comisario hasta su muerte.
[v]
Buitrago fue también el centro de la actividad
periodística de Pablo. Allí compartió el frío y las
guardias en los parapetos con los improvisados
defensores del agua de Madrid. Allí vio cómo traían sin
vida, desde trinchera cercana, a Lolita Máiquez, una
miliciana de 17 años, y allí polemizó con el enemigo
desde La Peña del Alemán.[vi]
Allí comenzó a hacerse carne y realidad aquel incendio
de la imaginación que le asaltó la vida a Pablo de la
Torriente Brau en el mitin de Union Square un mes atrás.
En la Sierra de Guadarrama, pocos días después de llegar
a la guerra, nos deja en unas de sus crónicas la
dimensión humana de la experiencia que está viviendo, y
lo hace con la sinceridad y la sencillez de su lenguaje,
ajeno a toda retórica:
Me
acosté a cielo abierto, porque no había más espacio en
las pocas chabolas que aún se habían hecho. Había una
clara luna remota, de menguante. Y las estrellas, mis
viejas amigas del cielo del Presidio. Tanto tiempo sin
verlas. De pronto me entró una duda. Era Casiopea la
constelación que brillaba sobre mi cabeza? El cuerpo me
temblaba por el frío, como si fuera un flan. Tendré yo
miedo —pensé— que no me acuerdo bien de lo que sé? Me
acordé de Cuba, de Teté Casuso, de mis perros y de mis
árboles en Punta Brava. Yo me dije: a lo mejor, en la
guerra cuando uno tiene un recuerdo es porque se tiene
miedo. Pero no estaba convencido.[vii]
Desde
Madrid continúa enviando a sus publicaciones las
crónicas y cartas donde narra las experiencias
extraordinarias que está viviendo. Y las vive con esa
intensidad para la que están hechos precisamente sus
ojos: Yo asisto a la vida con el hambre y la emoción
con que voy al cine, dice en una de sus cartas.
Y ahora Madrid es todo él un cine épico, concluye.
Pablo es a la vez espectador jubiloso y protagonista
cotidiano. Si la estructura de su libro Presidio
Modelo había incorporado estructuras narrativas de
moderna vocación cinematográfica, ahora el autor
incorpora la mirada del arte más joven a su propia
pupila indagadora: No me canso de ver todo esto.
Como no tengo tiempo de ir al cine, el cine lo encuentro
en la calle. Todo es espectáculo para mí.[viii]
Las
descripciones de sus crónicas encuentran muchas veces
este tono gozoso que juega con las comparaciones
sonrientes hacia el paisaje de la Isla lejana:
Ahora las manifestaciones tienen un sello especial.
Sobre ese cielo limpio y fino, que parece el cutis de
una muchacha azul, brilla una luna que casi parece la de
la bahía de la Habana, donde la tanta luz no deja dormir
a los tiburones. Las manifestaciones recorren las
calles bajo esa luna, y tiene algo de fantástico el
desfile de los rostros serios, barbudos o imberbes,
iluminados por la lívida luz transparente, con ese modo
de marchar a la española en el que lo importante no es
el paso, como en los alemanes, sino la decisión de los
brazos que enérgicamente cruzan el pecho, con el puño
cerrado, hasta llevarlo al hombro.[ix]
El
hombre que ve y narra con agudeza y color esas
manifestaciones ha sido cronista y participante de
eventos similares. En una de aquellas movilizaciones de
estudiantes habaneros —que el lenguaje popular bautizaba
sonora y sabiamente como tánganas— había
estrenado su vocación de luchador social el 30 de
septiembre de 1930.[x]
Aquel había sido el año de su iniciación política y de
su carrera literaria: la calle Infanta y el libro
Batey, de portada rojinegra y cuentos imaginativos,
podrían ser los símbolos de ambas aproximaciones que
desde entonces se fundieron espléndidamente en la vida
de Pablo.
Vida,
por otra parte de una intensidad impresionante: estamos
ahora con él, contemplando esas manifestaciones, faltan
sólo escasos tres meses para su muerte en los
alrededores de Madrid y se maravilla uno de pensar que
la parte más intensa y fecunda de su vida y de su obra
ha transcurrido en los últimos seis años. De esa
intensidad, de los acontecimientos históricos y
personales por los que atravesó su acción y su palabra,
viene, sin dudas, este párrafo macizo:
Yo
he visto demostraciones del primero de Mayo en New
York. Yo he visto los mítines de Union Square y el
Madison Square Garden. Yo he visto las demostraciones
populares de la Habana, en contra de la presencia de los
acorazados americanos en aguas cubanas. He visto a un
hombre bajo el paroxismo revolucionario, disparar con su
revólver contra los barcos de guerra yankees, en la
bahía de la Habana. He visto a un hombre, bajo el
pánico, huir del linchamiento de una multitud justamente
furiosa. He visto la cara de un policía acobardado
delante de mí. Y he visto sonreír a un compañero
moribundo. Mi memoria es un diccionario de recuerdos
indelebles.[xi]
A esos
recuerdos comenzarían a pertenecer, por derecho propio,
las imágenes de las calles madrileñas. Algún día nos
emocionaremos recordándolas, escribe Pablo a un
amigo en carta del mes de octubre, proponiendo un
ejercicio de la memoria que ya no podrá cumplir. Pero
igualmente evoca aquel momento en que:
comienza un crepúsculo largo, bello, pendiente, de una
profundidad tirante como un arco, sin la exuberancia
cromática y fulminante de nuestras tardes inolvidables,
pero lleno de majestad y grandeza. A esa hora se van
agrupando las mujeres y los hombres, engrosando las
filas, cantando sus canciones, y en la sombra ya de la
noche, con los faroles cubiertos de azul oscuro, los
manifestantes se van a disolver por los barrios, cuando
los estandartes rojos son ya negros, como la sangre que
se ha puesto vieja. No creas, el pueblo es siempre
emocionante para mí.[xii]
LA MÁS
CONCRETA DE LAS COSAS HUMANAS
Gentes
de ese pueblo, tozudos sobrevivientes de aquellos
tiempos, gentes que eran muy jóvenes cuando Pablo los
encontró en Buitrago, en Madrid o en Alcalá de Henares,
y les hizo una entrevista, les pidió una opinión para su
libreta de apuntes; gentes que después de la guerra
vivieron vidas disímiles y duras, a veces en el exilio
cercano y lejano, otras en el mismo pueblo que
defendieron hasta que pudieron; gentes con sus memorias
poderosas o fallidas, con sus recuerdos luminosos y
tristes, con sus vidas rehechas o deshechas y vueltas a
hacer; estas gentes, digo, han sido la alegría
para mi insistencia en seguir el hilo de la memoria de
Pablo desde los días temporalmente remotos de la guerra
civil española.
Alegría fue encontrar a Victorina Rodrigo, la hija del
alcalde republicano de Buitrago, asomada a la puerta de
la misma casa donde Pablo la vio entrar vestida de
enfermera, casi una niña, una mañana de octubre de
1936. Alegría fue filmarle la sonrisa suya, que no
tiene edad a estas alturas, mientras miraba una foto de
Pablo y decía: Sí, tenía cara de listo.
Alegría fue que José Cañizares y Manuel Alguacil me
contaran cómo llegó Pablo a la imprenta donde hacían, a
mano, el periódico No pasarán, en plena Sierra de
Guadarrama, y escribió, de un tirón, mientras conversaba
con ellos, la crónica "Vengo de América”, donde expuso
los mismos argumentos de su célebre “Polémica con el
enemigo”, y que recordaran, al unísono, la
asombrosa velocidad de Pablo en la máquina de escribir y
el dominio de su oficio periodístico, asumido casi como
un juego por aquel cronista formidable.[xiii]
Alegría fue hallar en su casa de Béjar, tras una vida de
exilios y retorno, a Eloy Castellano, que era el oficial
más joven de la República en aquellos días de 1936
cuando Pablo le propuso hacerle una entrevista para un
trabajo que ya no podría escribir; y escucharle ahora,
más de cincuenta años más tarde, la descripción
emocionada de aquel momento, que se confunde en nuestra
memoria con la voz de Pablo que precisa este detalle en
la carta a un amigo:
Porque, claro, el pueblo, además de ser en sí, por
grande, como el mar, una cosa abstracta, es una cosa
concreta, la más concreta de todas las cosas humanas,
sin duda. Y no se moviliza por obra de ningún misterio,
sino por el movimiento de sus propios resortes, de sus
órganos vitales.[xiv]
La
actividad profesional desplegada por Pablo desde su
llegada a España a mediados de septiembre era
seguramente alimentada por aquella explosión magnífica
que le escuchamos confesar en una de sus últimas cartas
del exilio neoyorquino. La Imaginación incendiada iba
del Buitrago atrincherado al tenso Madrid. Una larga
lista de nombres puebla las páginas de sus libretas de
apuntes: figuras de la política y del gobierno,
funcionarios encargados de la prensa, colegas de otras
publicaciones, agitadores del teatros callejeros,
enfermeras, milicianos, militares de carrera, cubanos
residentes en Madrid, pintores y poetas.
En
Madrid Pablo se relaciona estrechamente con lo mejores
representantes de la cultura artística española que
defiende, con sus obras y su hacer, a la república
agredida. En la Alianza de Intelectuales Antifascistas
asiste a reuniones en que escritores y artistas de otros
países ofrecen su apoyo a la lucha del pueblo español.
Allí entrevista a Ludwig Renn y solicita un autógrafo de
Louis Aragon para New Masses, según comenta en
sus apuntes. En la calle descubre y testimonia las
expresiones visuales de la resistencia frente a la
agresión: las notas describen decenas de affiches y
consignas y recogen fragmentos de obras de teatro
popular presentadas por el grupo "La Tribuna".
Por
otra parte, Pablo conoce a Ramón Menéndez Pidal y
Gregorio Marañón, a través de su amigo José María Chacón
y Calvo, que entonces se desempeñaba como diplomático de
la Embajada cubana en Madrid. Juntos cenan en la casa
de Menéndez Pidal el 18 de octubre.
“ME
SEPARAN DE EL MUCHAS COSAS: ME ATRAEN...”
Es
interesante detenerse en esta zona de la experiencia
madrileña de Pablo durante la guerra porque arroja luz
sobre un elemento poco comentado de su personalidad y su
carácter: la capacidad para mantener relaciones cálidas
y sinceras con amigos que no tenían sus mismos puntos de
vista en cuestiones tan importantes de la vida como la
visión de la historia y la práctica personal dentro de
ella.
La
dirección de Chacón en Madrid es el primer apunte de
Pablo a su llegada a la capital española. Allí se
quedaría en otras ocasiones, a su regreso del frente.
Las notas de Pablo consignan otros momentos relacionados
con esa amistad, como el bombardeo al aeropuerto de
Barajas, que el cronista vive junto al diplomático que
viajaba hacia Cuba:
¿Te
conté que ayer presencié el bombardeo aéreo del
aeródromo de Barajas? Fui a despedir a Chacón y Calvo y
pasaron los pájaros soltando bombas incendiarias.
Volaron tan alto que no se utilizaron las antiaéreas. Y
naturalmente, las bombas, como cincuenta en fila,
cayeron muy lejos e incendiaron los rastrojos y un
montecito. Al caer se iluminaban contra la tierra, como
cuando se pisa un fósforo y se enciende.[xv]
Creo
que bajo esa misma luz hay que ver también este
testimonio inédito, tomado del diario personal de Chacón
y Calvo. Vale la pena reproducirlo con cierta amplitud
por la valoración que hace de Pablo y de aquel
encuentro.
2
de octubre
Voy
a resumir la emoción de estos días pasados. Llegó el
viernes último (25 de septiembre) Pablo de la Torriente
Brau, mi ahijado de matrimonio y autor de Presidio
Modelo. Es una fuerza de la Naturaleza. Me separan de
él muchas cosas: me atraen su cordialidad, su bondad
nativa, su sentido del deber. Ha sufrido mucho por sus
ideas. El 30 de septiembre de 1930 estuvo a punto de
morir, en aquella gran manifestación estudiantil contra
Machado. Allí murió Trejo y Pablo sufrió la fractura del
cráneo. Luego estuvo dos años en Isla de Pinos. Vino
la revolución cubana, cayó Machado, y Pablo siguió su
vida de periodista. Es un hombre que ha conocido los
más varios oficios. Cuando la huelga revolucionaria de
marzo le obligó a salir de Cuba, se fue a Nueva York.
Allí ha trabajado de camarero en el Restorante de la
Universidad de Columbia y ha seguido su campaña contra
el imperialismo yanki. Su mujer es Teté Casuso,
como siempre la llama. Pablo viene como periodista y
como militante.[xvi]
Sin
saberlo, Chacón estaba continuando con aquel apunte de
su diario personal, la autobiografía de Pablo en la
presentación de Batey. El hilo de la memoria de
Pablo pasa en este momento muy cerca de la imagen de
Chacón, lo toca casi, en la foto que se tomaron en el
patio de la Embajada cubana, trajeados, junto a Menéndez
Pidal y Gregorio Marañón. La foto es borrosa, pero
están allí, a pesar del tiempo.
“DE
ACUERDO CON LA ANGUSTIA Y CON LAS NECESIDADES DEL
MOMENTO...”
En su carta del 11 de noviembre Pablo escribe:
Por
lo pronto, mi cargo de comisario de guerra con
"Campesino" acaso sea un error desde el punto de vista
periodístico, puesto que tengo que permanecer alejado de
Madrid más tiempo del que debiera, pero, para
justificarme plenamente, comprenderás que en estos
momentos había que abandonar toda posición que no fuera
la más estrictamente revolucionaria de acuerdo con la
angustia y las necesidades del momento. Más adelante,
cuando mejore sensiblemente la situación, abandonaré
este cargo y podré maniobrar más libremente.[xvii]
Los
apuntes de Pablo ayudan a calcular el momento en que
tomó esa decisión, aunque no haya un dato explícito
sobre su designación como comisario. Ya el día 5 de
noviembre Pablo anota que ha ido con el Comandante
cubano Policarpo Candón al cerro de La Marañosa. Es
probable que para esa fecha el cronista ya estuviera
asumiendo sus nuevas funciones:
(...) Encuentro con Candón
Gestiones en el Cuartel General del 5º Regimiento sobre
la
posición del Cerro de los Angeles - Conversación con
Enrique
y
Carlos sobre el plano = Ordenes para hacer
una
exploración, descubrir y averiguar = Re-
greso a La Marañosa
La
decisión de Pablo remite a una disyuntiva (acción
vs. palabra) que ha sido vista en algunas
ocasiones de una manera demasiado simple: mostrándola
como una renuncia al segundo elemento, el de la
palabra, en favor del primero, el de la acción.
Creo que en Pablo, al igual que sucede con otros altos
ejemplos en que esos elementos se muestran como unidad
más que como dicotomía, el proceso es más rico y
profundo. Verlo complejamente enriquece, al mismo
tiempo, a los dos elementos que forman esa unidad.
Creo
que Pablo continuó siendo el cronista apasionado de
Union Square cuando asumió las responsabilidades de
comisario político en la Primera Brigada Móvil de
Choque, al mando de Valentín González, "Campesino". En
todo caso, estaba invirtiendo las prioridades
inmediatas, colocando en primer plano, justamente, la
situación creada por el nuevo hostigamiento a la
capital, iniciado a principios de noviembre por las
fuerzas enemigas que la rodeaban.
Sin
embrgo, es significativo que en su carta del día 15, en
el párrafo siguiente al comentario sobre su designación
como comisario, Pablo aborde, de entrada, la idea del
libro La leche de Buitrago, un proyecto
testimonial que aparece esbozado en su libreta de
apuntes y que toma como título una frase escuchada entre
los milicianos de Somosierra en los primeros días de
octubre. Esa hipótesis está también fuertemente
respaldada por la anotación hecha en el cuaderno el día
11: "Campesino me notifica que tiene un coche a su
disposición para que escriba todo lo que quiera”. En
todo caso —también lo declara en su carta—, más
adelante, “cuando la situación mejore”, podrá abandonar
ese cargo, y “maniobrar más libremente”.
Pero
hasta que ese momento llegue, no será otra vez el
corresponsal que comparte su tiempo y arriesga su vida
junto a los milicianos: será uno de esos milicianos. Me
parece, por tanto, más interesante y fecundo acompañarlo
ahora en su nueva condición y valorar esa diferencia,
bullente de vida y de humanidad, que se aprecia
claramente en las anotaciones siguientes:
Ayer, por casualidad, sentí otra de las emociones de la
guerra: la de entrar en Madrid como un miliciano más.
La emoción de “venir a Madrid” a olvidarme de todo, a no
pensar ni en mí, como vienen los hombres del frente, que
tanto quieren esa oportunidad de estar aquí unas horas;
ver los ojos brillantes de las mujeres y tomar en las
tabernas, entre amigos irresponsables, un poco de vino
rojo y luminoso como el farol de las prostitutas; o unas
cañas de cerveza, dorada y espumosa, como deben ser las
novias alemanas de los alemanes de la Brigada
Internacional. Allá nos fuimos, a la Hostería de
Laurel, sin apenas dinero, después de bebernos una
cantimplora del viejo vino de marqués, a comer platos
distintos, cosas raras que hace tres meses que no
comíamos, un grupo de compañeros.
Había vino antiguo, mujeres de brillante pelo negro,
figuras plenarias de la vida; sonrisas blancas; ojos
misteriosos como las piedras antiguas y manos suaves y
blancas, pero quién se acuerda de las mujeres ahora!
Sólo yo que te escribo y los novios que andan por los
rincones al anochecer. Te digo que es bello vivir. Y
el vino de España pone la imaginación alegre y no
emborracha. Por lo menos a mí.
De
allí me fui a ver la destrucción y el otro rojo que no
es más que la sangre. Por allá, por la plaza de España,
había un caballo muerto. Unos niños con la imprudencia
del pueblo que está jugando a la vida o a la muerte como
con ese escepticismo con que se juega a la lotería, se
explicaban unos a otros la guerra.[xviii]
DEL
VINO ROJO AL ROJO ENNEGRECIDO DE LA SANGRE
Ese
tránsito casi imperceptible de la vida a la muerte es
uno de los rasgos que marcan, sin dudas, la realidad de
la capital por aquellos días tensos y angustiosos.
España toda, en realidad, está siendo atravesada por
esos vientos terribles. Pablo vive cada día ese
tránsito en su propia labor y ante su propia pupila.
¿Cómo
narró el cronista, en sus cartas, la experiencia bélica
que había deseado tan ardientemente vivir?
La
presencia de la guerra atraviesa las cartas de Pablo,
que son como conversaciones inquietas con sus amigos
lejanos. El intercambio epistolar era ciertamente el
único vínculo directo que conservaba con su reciente
pasado americano. En alguna ocasión se queja de que no
recibe respuestas a sus cartas: no le llegan las
noticias sobre Cuba que tanto le interesan. No se
siente solo ante tanto espectáculo que lo rodea y lo
solicita. Pero añora.
Por
ese carácter plenamente conversacional, las cartas
constituyen quizás un conjunto de testimonios más
vibrante aún que sus formidables crónicas, escritas al
ritmo de los acontecimientos violentos en los que está
envuelto su autor, pero en todo caso construidas dentro
de las estructuras eficaces del periodismo innovador.
Las cartas son más libres aún que sus crónicas,
entrevistas y reportajes de libérrima estructura. Las
cartas pueden ser dejadas por un momento, para que su
remitente se asome a la ventana a ubicar en la distancia
un cañoneo; pueden resumir textos tomados de la prensa
del día; pueden adelantar aquella frase que veremos
estallar después en uno de los reportajes que vendrán.
Pablo está, por ejemplo, escribiendo una carta y
anota:
(Y
el cañoneo va aumentado con el día. Tiemblan las
ventanas, como cuando un caballo se sacude las moscas.)[xix]
O se maravilla con el entorno sonoro de la
guerra:
Si
oyeras cómo truena el cañoneo! Parece que están
sacudiendo todas las alfombras de Madrid.[xx]
O
compara los sonidos estremecedores que le llegan a su
cuarto con la furia de la naturaleza que tanto ama, que
tanto amó en la Isla recordada. Hay un eco del Realengo
18 en la memoria del cronista cuando comenta, casi
jubiloso:
Cómo truena la artillería! Es digno de oírse esto,
aunque sea alguna vez en la vida. Parece una tempestad
de truenos y rayos, allá en las montañas de Oriente.[xxi]
O
termina una conversación, cerrando la carta con esta
frase, que es la expresión de la doble condición que lo
define, lo realiza y lo marca:
Te
dejo, porque no tengo ganas de estar escribiendo
mientras ladra tanto cañón por ahí.[xxii]
En la
medida en que transcurren los días y las semanas, se
acumulan en sus apuntes y sus cartas las referencias a
las imágenes terribles que la guerra disemina a su
alrededor. Un día cuenta que “una insolente escuadra de
15 trimotores italianos, con sus correspondientes
aparatos de caza, temprano voló sobre Madrid y descargó
de manera brutal y despiadada”. “Esa canalla —comprueba
Pablo— está matando más mujeres y niños en Madrid que
hombres en los frentes de combate”.
El
cine, esa expresión tan irrefutable de la memoria, que
Pablo ponderaba sin cansancio en sus textos, ha dejado
seguramente el testimonio más impactante de aquellos
hechos. A fuerza de verlas repetirse, en ocasiones,
copiadas y recopiadas, de documental en documental, de
filme en filme, algunas escenas han alcanzado casi la
condición de imágenes emblemáticas. Así me parece, al
menos, en aquel plano que he visto en tantos
documentales donde una mujer atraviesa corriendo la
calle bajo un bombardeo, y un hombre mira, mientras
corre también, fugazmente hacia el cielo, hacia lo alto,
hacia los aviones que rugen o hacia Dios, a quien está
pidiendo quizás llegar a salvo al edificio tan cercano
pero tan angustiosamente lejano al mismo tiempo.
Las
imágenes literarias, testimoniales, de Pablo me han
remitido muchas veces, durante su re-lectura, a esos
fogonazos de la memoria que palpitan, a pesar de su uso
repetido —¿o por ello mismo?--, en las pantallas
cinematográficas. El horror no parecía tener más límite
que su propia desgarradora capacidad de destruir. Eso
es lo que Pablo parece resumir con esta noticia y este
comentario incluidos en una carta de noviembre:
Sobre Madrid lanzaron, con un paracaídas, una caja que
contenía el cuerpo horriblemente descuartizado de un
aviador que cayó en sus filas. Nada comparable en
horror a esto. Ni las tribus de antropófagos hacen
esto, pues no hay en ellas el exhibicionismo de la
barbarie.[xxiii]
¿Cómo
tocaban, en lo hondo de su humanidad, a aquel muchacho
enorme, los horrores de la guerra? Creo que para
asomarse a una dimensión verdaderamente compleja, justa
y justiciera. de la imagen de Pablo hay que indagar,
desde sus propias palabras, en esa imprescindible
vertiente humana de sus experiencias, sus actos y sus
visiones.
Quedémonos entonces ahora, solos por un momento con
Pablo de la Torriente Brau, en la tarde del 21 de
noviembre, para escuchar cómo nos cuenta, a través del
tiempo y de una carta, esta anécdota estremecedoramente
humana:
Qué
me falta ya por ver, palpar y sentir de la guerra?
Bueno, sentir no. No se siente nada en la guerra.
Terminó con ella la sensibilidad humana. Anoche
regresábamos en el carro y traía en la mano el diario de
un desertor que acababa de ser ejecutado. Y bromeábamos
con absoluta naturalidad, del frío que estaría pasando
su cadáver, bajo la noche inclemente, de un fino e
interminable lloviznar helado. Con su diario en la mano
cabeceé un poco en tanto llegamos a Madrid. Comenzaba en
francés; luego seguía en español.
Mientras cenaba iba leyendo y en esto me lo pidió otro
con la promesa de devolvérmelo. Probablemente se
perderá. Sin embargo, yo era un hombre sensible y acaso
lo vuelva a ser. La otra noche, mientras se resolvía un
asunto, López, el ayudante de Pepe Galán, abrió el radio
del coche en mitad de un campo silencioso, cerca del
enemigo. Tocaba una de las sensitivas baladas de Chopin
que tantas veces he oído en medio de públicos recogidos,
casi angustiados de emoción.
Yo,
mientras ponía más atención a los posibles ruidos
cercanos, recordé con cierta pena el tiempo en que la
música tenía para mí horizontes más diversos que el de
los himnos de la revolución desacordemente entonados por
las compañías en marcha, estrafalarias, soñolientas y
animosas. Pero así es la guerra de inhumana e
insensible. Por eso nadie podrá jamás pintarla bien.
Cuando se pone a escribir es que, por un momento
siquiera, le ha vuelto a uno su capacidad de emocionar
el recuerdo. Y ya es falso todo. (...) Cuando yo
recordaba otros tiempos, mientras el radio sonaba la
balada de Chopin, López me dijo: “Te gusta eso, no?” Me
acuerdo porque a la noche siguiente, por el mismo
camino, desapareció, probablemente para siempre.[xxiv]
“Y NI
ME INTERESA NI CREO EN EL ‘HOMBRE PERFECTO’”
Ahora
que tenemos delante de nosotros, creo, con esa anécdota,
en su dimensión más alta y compleja, a este cronista que
puede ser, al mismo tiempo o sucesivamente, apasionado,
reflexivo, humorístico, jubiloso o desgarrador, me
gustaría comentar y compartir con ustedes algunos
fragmentos de otro texto en el que Pablo, un año antes,
había adelantado cómo concebía la imagen del héroe. Su
definición se basaba precisamente en la imprescindible
presencia de esa complejidad a la hora de evaluar las
conductas del ser humano.
El artículo se titula "Hombres de la
revolución", y fue publicado por Pablo en las páginas
de El Machete, en el primer aniversario de
la caída de Antonio Guiteras y Carlos Aponte.
Aquellas muertes de El Morrillo constituyeron, después
del fracaso de la huelga de marzo de 1935, las
actas de cancelación de la revolución del 30—
dramáticamente ida a bolina, según la gráfica definición
de Raúl Roa. Pablo había tenido que marchar a su
segundo exilio para salvar la vida después de la
represión desatada tras el fracaso de la huelga. En
este artículo, como en muchas de sus cartas cruzadas
de aquellos meses, se mezclan la reflexión con la furia,
la memoria con el humor, a veces amargo por lo ocurrido,
y sobre todo por lo que rodeaba al autor en aquellos
momentos: la vertiginosa y fría (en más de un sentido)
arquitectura de la ciudad de Nueva York.
Después de caracterizar la figura de su “hermano”, el
venezolano Carlos Aponte, que había sido coronel de
Sandino en las Segovias (“Carlos Aponte tuvo culpa sin
duda, porque no concibió sino la línea recta, ni creyó
en otra cosa que en la justicia revolucionaria, ni en
su imaginación entraron para nada razones científicas, o
de familia”. (...) "Fue un hombre de avalanchas. Fue un
turbión. Fue un hombre de la revolución. No tuvo nada
de perfecto"), Pablo esbozó en su artículo la dramática
personalidad de Antonio Guiteras, una de las figuras más
extraordinarias de aquel período:
Antonio Guiteras cometió errores graves. En su
apasionante carrera política hay páginas buenas para que
un historiador sin miedo diga la verdad y la angustia de
un hombre honrado en la encrucijada de los dilemas
terribles. (...)
Y
por eso tuvo delirios terribles, alucinaciones potentes,
hermosas fantasías y sueños maravillosos e irrealizables
para él. (...) Y muchas veces no conoció a los hombres,
e hizo confianza en quien no la merecía y llamó su amigo
a quien sería traidor y supuso talento en algún
cretino. Tuvo, arrastrado por su fiebre, el impulso de
hacerlo todo. E hizo más que miles. Y tenía el secreto
de la fe en la victoria final (...) Tuvo también
defectos. El día del castigo no hubiera conocido el
perdón. Era un hombre de la revolución. Tampoco tuvo
nada de perfecto.[xxv]
Ayudado por el arma del humor, Pablo resume su
definición del héroe revolucionario, alejándolo de toda
sospechosa canonización:
Ellos fueron hombres de la revolución. Y ni me interesa
ni creo en el "hombre perfecto". Para eso, para
encontrar eso que se llama "el hombre perfecto", basta
con ir a ver una película del cine norteamericano.[xxvi]
Creo
que los homenajes de evocación a Pablo pueden alcanzar
su dimensión más honda si los colocamos bajo su propia
pupila, ajena a toda sacralización, e indagadora en los
verdaderos valores que definen al héroe dentro de su
complejidad humana. Este año, cuando se está
conmemorando el sexagésimo aniversario de su muerte en
Majadahonda, habrá posibilidad de traer hasta nosotros
su memoria en toda su esplendorosa riqueza, sin
mutilaciones esterilizantes ni simplificaciones
paternalistas. Amigos: Pablo es un héroe que se lo
merece.
Se lo
merece por esa vocación de adelantado, de pionero, de
precursor en la vida y en las letras. Se lo merece por
ese diáfano ejercicio de la ética que nos regala en sus
libros, sus cartas y sus acciones.[xxvii]
Quizás se dirá que no podía esperarse menos de un niño
nacido en San Juan, de padre santanderino y madre
puertorriqueña, nieto de Don Salvador Brau; de un joven
formado en Cuba que confesó haber aprendido a leer en
las páginas de La Edad de Oro de José Martí; de
un hombre que pasó por luchas, cárceles y exilios, que
analizó con cabeza propia los problemas de su país y de
su tiempo. Y será sin duda cierto.
Pero
de todos modos habría que añadir, para completar ese
acto de justicia histórica, humana y poética, que Pablo
realizó todas esas cosas desde la pasión y desde el
humor, claves de su personalidad fascinante.
Pablo
fue un hombre felizmente ajeno a los rituales vacíos y
las solemnidades innecesarias. Eso se había comprobado
en sus crónicas de las cárceles cubanas, en sus “105
días preso”, en sus cuentos y en su novela y aún en su
libro de testimonios Presidio Modelo. Para la
terminología al uso --a veces de moda-- en nuestros
días, Pablo fue un transgresor. En primer lugar, fue
más allá del orden establecido, analizó las causas
esenciales de la dependencia neocolonial de la Isla;
imaginó, soñó y luchó por cambiar aquella realidad, y
fue consecuente con ello a lo largo de su relampagueante
vida.
En
segundo —pero no menos importante— lugar, fue también
un luchador contra la retórica de las letras y de la
vida. Su sensibilidad humana —afilada por los rasgos de
su carácter y su formación, donde convivían lo culto y
lo popular, lo cubano y lo universal— hicieron de Pablo
no sólo “el más talentudo mozo de su generación”, como
lo calificara Raúl Roa, sino también unas de esas
figuras que nos enseñan de manera ejemplar el valor de
las mixturas y los matices.
No es
necesario recorrer muchas páginas de sus apuntes, sus
cartas y sus crónicas de España para encontrar esa
visión de la realidad que incluía sus costados
humorísticos o grotescos. Aún en los momentos difíciles
de la guerra, en medio de situaciones tensas o
peligrosas, el cronista ejercía esa saludable
aproximación a las cosas que le estaban sucediendo.
Desde
las primeras cartas, por ejemplo, cuando solicita ayuda
a un amigo en Nueva York de esta manera:
Bien, otro problema es el del puñetero frío. En Madrid
dicen que no hace tanto como en Nueva York, pero ya ayer
la sierra estaba nevada por las cumbres. Si te es
posible consígueme por allá una capa-abrigo, bien
chula. Porque no es justo que un corresponsal de mi
categoría, representante de “New Masses” y “El Machete”,
ande por ahí por las montañas con su sencillo
lumberjacket, temblando más que un condenado a muerte, a
pesar de no tener miedo. Pero eso sí, si la consigues,
tiene que pertenecer a la categoría de las cosas chulas
de primera categoría. Y te advierto que yo no soy de
los que admito cajas de muerto usadas.
Otro asunto (y entre paréntesis, si no consigues la
capa-abrigo, pues cualquier cosa: un sweater, un jersey,
etc.)...[xxviii]
Y a
mitad de otra misiva, cuando la interrumpe para acotar
entre paréntesis:
(Parece que suenan de nuevo las sirenas. Es una coña
escribir así, y si esta gente se propone joder tanto,
voy a pedir que me instalen una antiaérea en la azotea.)[xxix]
Y
volviendo a veces a temas recurrentes de su
cotidianidad, como la temperatura o la comida:
Y
de frío, nada te digo. Moriré no de bala sino de frío.
El termómetro aquí no tiene las temperaturas de allá,
pero la vida a la intemperie que allí no se hace,
gracias al
subway
y a las cafeterías con steam heat, y el dormir
dentro de máquinas que parecen neveras, me están
poniendo flaco, que no el hambre que no paso, gracias a
Rusia.[xxx]
El
tema de la comida y de la ayuda que se recibía, vuelven
a estar unidos también por el humor en este fragmento de
una crónica de Pablo:
“Campesino” dijo: “Si no es por Rusia nos morimos todos
de hambre”. La miliciana comentó: “Tenemos que hacernos
todos comunistas, aunque sea sólo por agradecimiento”;
uno de los enlace de las “Aguilas de Acero” dijo: “Y no
se cansan de mandar”.
El
otro no podía dejar de hablar y dijo: “Caray, esos rusos
son la hostia. Se están rompiendo la crisma por unos
jilipollas que habemos aquí”. Yo, ante la comida pierdo
todo concepto revolucionario y me limité a asegurar que
el salmón ruso, dulce, me gustaba más que aquel
americano, seco.
[xxxi]
Pablo
muestra la misma aguda mirada para la anécdota donde él
participa directamente que para los acontecimientos
tragicómicos, risibles o risueños que suceden a su
alrededor. Dentro de ellos se delinean los rasgos de
muchos personajes que el cronista —el escritor— iba
encontrando día a día. Creo que la agudeza de Pablo
para descubrirlos y para caracterizarlos después en sus
textos viene de dos fuentes principales: la pericia
periodística, afilada en el intenso ejercicio de la
profesión y su propio carácter, dado a la comunicación
rápida y fácil con la gente que lo rodea.
La
experiencia de España trajo para Pablo nuevos escenarios
y personajes, muchos de ellos, obviamente, dentro de las
filas del ejército y de las milicias donde se
desenvolvía la mayor parte de sus actividades. Además
de los excelentes retratos de Francisco Galán o Valentín
González, hay una galería de caracteres secundarios en
cuanto a su jerarquía, en ocasiones verdaderamente
anónimos, que el cronista rescata para la memoria de
mañana.
Muchas
veces, como estamos viendo, el filo del humor también
ayuda a dibujar el perfil de los personajes
principales:
“Campesino”, con la confianza de su vieja amistad con
los hermanos Galán, y con su prestigio de héroe popular,
con voz ronca y cortante, dijo: “La retirada es una
palabra que está retirada del diccionario. No existe”.
Pepe [Galán} siempre atento a todos los detalles, --y al
“Campesino hay que suavizarlo muchas veces-- hizo la
excepción: “Sólo hay retirada si yo la mando”. A lo que
”Campesino”, firme en su posición, argumentó: “En ese
caso no se llama retirada. Se llama repliegue táctico”.[xxxii]
“REIR
SIEMPRE, SIEMPRE”
A
través de su trabajo como comisario político, Pablo
conocería a otro hombre que vivía también esa pasión
doble, esa angustia necesaria compartida entre la
palabra y el hacer.
Descubrí un poeta en el batallón, Miguel Hernández, un
muchacho considerado como uno de los mejores poetas
españoles, que estaba en el cuerpo de zapadores. Lo
nombré jefe del Departamento de Cultura, y estuvimos
trabajando en los planes para publicar el periódico de
la brigada y la creación de uno o dos periódicos
murales, así como la organización de la biblioteca y el
reparto de la prensa. Además planeamos algunos actos de
distracción y cultura.[xxxiii]
Así
nos da Pablo la noticia, en una carta fechada el 28 de
noviembre de 1936, en Alcalá de Henares. La carta es
más bien extensa y la noticia, dentro de ella, ocupa
solamente el espacio que los múltiples, tensos
acontecimientos de la guerra y de la vida del cronista
le dejaron. Pero, en su sencillez, anuncia la amistad
que unió, en el fragor de aquellos días, a estos dos
hombres.
Miguel
Hernández relató, por otra parte, su primer encuentro
con Pablo, en una entrevista que le hiciera el poeta
cubano Nicolás Guillén en 1937, pocos meses después de
la muerte del cronista en Majadahonda.
Conocí a Pablo en Madrid, en la Alianza de Intelectuales
Antifascistas, esperando yo a María Teresa León, que no
venía. Recuerdo que fue en septiembre del año pasado.
Esa noche, recién amigos, bromeamos como antiguos
camaradas. El sentido humorístico de Pablo era
realmente irresistible. Quien estaba a su lado tenía
que reír siempre, siempre, porque él sabía encontrar
como pocos el costado grotesco de las cosas más
solemnes. Y lo hacía con una originalidad y una
fuerza...
Yo
le quise mucho. Después de aquella noche que les digo,
nos separamos durante varios meses. Nos volvimos a
encontrar en Alcalá de Henares, a pesar de que habíamos
estado juntos, sin saberlo, en los combates de Pozuelo y
Boadilla del Monte. “Qué haces?”, me preguntó
alegremente al abrazarnos. “Tirar tiros”, le contesté
yo riéndome también. Pablo era entonces Comisario
Político del Batallón del Campesino, hoy división. Me
ofreció hacerme también Comisario de Compañía, con lo
que estábamos juntos otra vez Pablo y yo.[xxxiv]
Juntos
trabajarían Pablo y Miguel Hernández en las semanas
siguientes, en las nuevas labores estrenadas por el
cronista. Sus cartas ofrecen apretadas síntesis de esas
actividades en las que está presente siempre una
sensible valoración de la circunstancia que vivía y de
las necesidades humanas de los hombres envueltos en
aquellos tensos acontecimientos.
Por
otra parte, tenemos unos cuantos discos entre los que
hay alguna rumba. Hay que divertir al hombre de la
guerra; hay que hacer que se olvide de ella, cuando por
casualidad, como ahora, se nos ha dado la oportunidad de
un relativo de un relativo descanso. Y aparte de todo
esto, hemos dotado a cada compañía de un maestro, con
una campaña intensiva para que todo el mundo sepa firmar
el próximo pago. Y muchos están aprendiendo ya a leer y
escribir.[xxxv]
(...)
Y
ayer tuvimos dos reuniones importantes en el cuartel:
una fue una reunión de todos los oficiales de la
brigada, tomándose importantes acuerdos sobre la
disciplina, organización, etc., y la otra una función
que improvisamos en la nave de la iglesia, con la
colaboración de María Teresa, Rafael Alberti, Antonio
Aparicio, Emilio Prados y Miguel Hernández, y en la que
participaron también varios milicianos y milicianas.
Fue una fiesta alegre, para levantar el ánimo a los
hombres que en esta ciudad, un poco gris siempre en este
tiempo de otoño, es un poco cansada y tristona.[xxxvi]
Resultan reveladores estos comentarios sobre sus nuevas
funciones. Por un lado, en su tono se refleja
claramente el carácter de Pablo, donde conviven el
humor, la humanidad y la autenticidad. Por otro lado,
arrojan luz sobre zonas poco conocidas dentro de las
tareas del comisario, a veces concebido rígidamente
dentro de los esquemas ideológicos existentes.
Lo
mismo sucede, según creo, con los acontecimientos que se
narran en la carta que citaré a continuación. En
primer término, es posible encontrar una valoración
crítica de las labores de reclutamiento que se llevan
adelante en aquellos momentos. Aquí Pablo enjuicia la
situación de ese importante aspecto de la reorganización
militar, valorando objetivamente los alcances y los
desaciertos de su realización, a partir de la
experiencia vivida en aquellos días:
Este reclutamiento nuestro ha habido que hacerlo un poco
desorganizadamente. Nosotros recibimos instrucciones,
con vistas a una disposición gubernamental que ordenaba
la movilización dentro de determinados límites de edad,
de reclutar hombres donde los hubiese. Por lo menos,
así interpretamos la orden (...) Nos hemos encontrado
con una resistencia sorda de los campesinos. En la mayor
parte de los casos ello ha sido debido a dos razones: a
una gran pobreza del trabajo político en los pueblos, y,
de otra, al hecho de que la revolución y la guerra les
ha ido quedando muy lejos desde el comienzo. Tampoco
nosotros en la mayor parte de los casos, hemos sabido
plantear los problemas. A donde yo he ido he tratado de
argumentar con habilidad, pero ya había mar de fondo en
contra de la medida, y los campesinos tienen una
extraordinaria habilidad para no hacer lo que no quieren
hacer. Ellos son los maestros del saboteo cuando no
comprenden el por qué de una cosa. En algunos casos han
ocurrido enojosas y hasta difíciles situaciones. Los
comités no siempre son revolucionarios, y, cuando lo
son, no siempre lo son conscientemente.[xxxvii]
En
segundo término, la carta muestra al cronista —incluso
al narrador de ficción— recreando los momentos
tragicómicos que se produjeron durante la gestión
reclutadora que llevó a cabo junto al poeta. Quiero
citar in extenso ese fragmento porque creo que
allí hay una pintura vívida, convincente y humana de los
avatares menores de la guerra, que es a menudo vista
sólo en clave de grandeza —o incluso de
grandilocuencia. En la narración también se menciona un
dato poco conocido, que tiene sin embargo sensible
resonancia afectiva en la vida de Pablo: el hallazgo de
Pepito, el niño huérfano que sería, a partir de ese
momento, su pequeño ayudante.
El
día 2 de este mes fui, en unión de dos oficiales y de
Miguel Hernández, a dar un mitin en Mejorada del Campo,
con el fin de hacer propaganda de reclutamiento. (...)
Allí me encontré un chiquito de trece años, asturiano,
sin padres, que iba a la aventura, hambriento, y con
frío. Subió al Comité a pedir alojamiento y comida y,
como tenía cara de gran inteligencia, me lo llevé para
enlace mío. (...) Bien, la cosa fue que cuando llegamos
al pueblo, al entrar la noche, nos encontramos con una
cantidad extraordinaria de hombres armados con escopetas
y con rifles, y, al dirigirnos a la casa del Comité, en
la escalera nos interceptó la gente, y ya en franca
situación de violencia, quisieron desarmarnos. Se
produjo una situación de escándalo y confusión que se
aumentó cuando violentamente, le pegué dos gritos al que
más chillaba y tuve la mala suerte de darle en la cara
con su propia arma. Nos salvamos de ser ametrallados
allí, precisamente por ser pequeño el espacio y mantener
nosotros nuestra decisión de conservar las armas. Esto
aparte de que ni un momento dejábamos la discusión, más
alta que ellos, para conservar la moral. (...) Un tipo
me estuvo hablando con la pistola en la barriga más de
un cuarto de hora, empeñado en que yo me cuadrara; al
fin no le hice caso y le di la espalda pero para pegarme
a otro suyo. Dos o tres intentaron desalojar la
escalera para dispararnos desde la puerta y estuvimos
encañonados por unos escopeteros enfurecidos; pero
valiéndome de nuevas violencias la gente volvía atrás a
gesticular y chillar. En la situación en que estábamos
esta era ya nuestra única salida. En definitiva, un
poco de
bluff,
ante la seguridad casi absoluta de que nos iban a
asesinar allí. Pero al cabo ganamos la primera parte de
la batalla, cuando un hipocritón miembro del Comité
apareció en lo alto y poco a poco logró que pudiéramos
subir con nuestras pistolas. Cuando me vi arriba, en el
cuarto del Comité, aunque la gente chillaba
estupendamente por fuera, consideré que ya todo era
cuestión de tiempo y de habilidad. (...) El hombre del
rifle, a quien le había golpeado al empujarlo, entró
asegurando que los cinco tiros no me los quitaba nadie
de la cabeza. Me le encaré y le dije que qué pensaría
él de una autoridad que se dejase desarmar sin
resistencia. Pero no se dejaba convencer. Sin embargo,
ya tenía aquellos cierto aspecto divertido para mí que
sé que cuando no se dispara pronto no se dispara
fácilmente. (...) Después, hasta un telegrama pasaron al
Comité de Guerra pidiendo que “evitaran un día de luto a
España”. Parece que el luto lo iban a guardar por mí,
que pocas veces las he visto más fea.[xxxviii]
“ME
QUEDARE EN ESPAÑA, COMPAÑERO...”
“Toda
la guerra se ha hecho para que el cine dé cuenta de
ella”.[xxxix]
Así
terminó caracterizando Pablo la relación activa,
perteneciente que encontraba entre los acontecimientos
violentos, terribles, grotescos o valerosos de la guerra
y el arte que podría darle rostro, emoción y
movimiento.
Por
ello mismo les propongo terminar estas palabras que
hemos compartido hoy con la imagen de Pablo, libreta en
ristre y chaqueta de cuero, en una torre de Buitrago,
mirando a la cámara, probablemente bajo el sol de 1936,
y en el fondo (y en la superficie de estos días que
ahora vivimos) la voz de Miguel Hernández diciendo, en
el cementerio de Chamartín, y en la Gran Vía madrileña,
y en la Peña del Alemán, y en la Rambla de Barcelona y
en el subway de Nueva York y en la ciudad de San Juan y
en las piedras de la Habana los cinco versos finales de
su “Elegía Segunda”:
Ante Pablo los días se abstienen ya y no andan.
No
temáis que se extinga su sangre sin objeto,
porque este es de los muertos que crecen y se agrandan
aunque el tiempo devaste su gigante esqueleto.[xl]
NOTAS
[i]
Pablo
de la Torriente Brau y Gonzalo Mazas Garbayo,
Batey, La Habana, Cultural. S. A., 1930.
[ii]
Pablo, largometraje
documental, ICAIC, La Habana, 1978; Pablo,
con el filo de la hoja (Premio de
Testimonio, Concurso Unión de Escritores y
Artistas de Cuba, 1979, Premio de la Crítica,
1983), La Habana, Editorial Unión, 1983;
Cartas cruzadas, La Habana, Editorial Letras
Cubanas, 1981; El periodista Pablo, La
Habana, Editorial Letras Cubanas, 1989; Me
voy a España, La Habana, Editorial Pablo,
1993.
[iii]
Carta a Raúl Roa, Nueva York, 18
de agosto de 1936, en Cartas Cruzadas.
pp. 426-427.
[iv]
En Peleando con los milicianos,
Barcelona, Editorial Laia, S. A., 1980, p. 83.
[v]
La primera edición de Peleando
con los milicianos fue hecha en México, en
1938. La primera edición cubana, que apareció
en 1962, no incluye la crónica “Campesino y sus
hombres”, y el nombre de ese jefe militar, que
comandó la unidad en la que Pablo trabajó como
comisario en el frente, fue eliminado de las
cartas y trabajos periodísticos. La segunda
edición hecha en Cuba en 1987 repitió, 25 años
después, el mismo error. La editorial
barcelonesa Laia publicó Peleando con los
milicianos en 1980 según la edición mexicana
de 1938. Las dos ediciones publicadas por el
Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau
en su sello editorial La Memoria, bajo el
título de Cartas y crónicas de España,
documentan amplia y fielmente la etapa final de
la vida de Pablo en la Guerra Civil Española,
incluyendo las versiones originales de sus
textos.
La compleja personalidad de
Valentín González, “Campesino” es analizada con
profundidad y acierto por Pedro Mateo Merino, en
su libro Por vuestra libertad y la nuestra,
publicado por la Editorial Disenso, Madrid,
1986.
Merino era teniente de milicias
en Buitrago de Losoya, donde Pablo le conoció a
principios de octubre de 1936; al finalizar la
guerra, Merino era teniente coronel del Ejército
Republicano.
“Valentín González era un jefe
popular de prestigio reconocido cuyos milicianos
se batían con heroismo como fuerza de choque”,
escribe Merino en su libro, subrayando la
intuición innegable de Campesino para los
métodos guerrilleros, eficaces en los primeros
momentos, pero que hicieron crisis en la medida
en que la contienda se complejizaba.
“Después de su destitución por
Líster y hasta el final de la guerra --quizás
hasta su propia agonía-- Valentín González ha
sido un hombre a la deriva”, resume Merino,
antes de entregar esta nítida y acertada
valoración del tema remitido también a sus
contextos:
“Nuestra guerra,como toda
verdadera tragedia, es una caprichosa mezcla de
lo sublime y lo ruín, de lo horrible y lo
grotesco, de lo heroico y lo bufonesco. En ella
están presentes todas las contradictorias
facetas de un magno acontecimiento histórico, en
los hombres y en los hechos (...) pero ello no
desdice la grandeza de su obra, sino que la
enmarca en contornos reales y concretos”.
[vi]
Pablo escribe en una carta
fechada en Madrid, el 10 de octubre de 1936:
Nuestro parapeto es uno que se
conoce por "La Peña del Alemán", y está frente a
uno de ellos al que llamaban "el parapeto de la
muerte". Estos puntos constituyen los dos
fuegos más próximos, al extremo de que, en
cuanto oscurece, empiezan, de parte y parte, los
discursos que concluyen con los insultos de
rigor. Yo tuve el honor de endilgarles tres
discursos en una sola noche. Y acabaron por
gritar: "Que hable el cubano". Ya ves tú qué
honor, que los "camaradas fascistas", como les
llamaba, tuvieron gusto en oirme. Claro que no
fueron discursos al estilo mío del "Mella", que
tanto indignaban la seriedad de la compañera de
Ramírez. Fueron en serio y después de cada uno
de ellos se quedaban en silencio, como pensando
qué contestar. Al fin se salían por la
tangente, planteando otros problemas, a los
cuales daba rápida contestación. Por último,
donde llegó mi elocuencia a la cúspide fue
cuando, recogiendo mi alusión de que les
disparábamos con balas mexicanas, me plantearon
el problema de cómo yo me atrevía a reprocharles
a ellos usar aviones italianos si empleábamos
balas mexicanas. Y he aquí que mi "poderosa"
dialéctica dejó definitivamente aclarada la
diferencia que existe entre un avión de
Mussolini y una bala de los trabajadores de
México.
Peleando con los milicianos,
p. 90.
[vii]
“En el parapeto”, ob. cit., p.
237
[viii]
Carta del 28 de octubre, ob. cit.
117.
[ix]
Carta del 28 de octubre de 1936,
ob. cit. p. 116
[x]
Al narrar las circunstancias de
su primero encuentro con Pablo de la Torriente
Brau, Raúl Roa diseñó también, con sus palabras,
el retrato del amigo entrañable:
Conocí a Pablo en el estío de
1930. Hacía una semana que andaba, a toda hora,
con un libro suyo bajo el sobaco. Ni que
agregar tengo que aludo a Batey, una colección
de cuentos cubanos, escritos una mitad por él y
la otra por su fraterno amigo Gonzalo Mazas
Garbayo. Inquirí la manera de encontrarlo. Me
había asombrado su imaginación fabulosa, su
estilo desenfadado, su pupila afiebrada, su afán
de servicio, su corazón trepidante y su generoso
amor a los que sufren, sueñan y pelean. Una
tarde le fui presentado en el bufete de don
Fernando Ortiz, donde trabaja como secretario
suyo. Era un mocetón alto, de musculatura
atlética, pelo oscuro, frente dilatada, voz
grave, mentón altivo, sonrisa franca, mirada
diáfana y jocundo talante. De vez en cuando
lanzaba una carcajada estruendosa que estremecía
los cristales de las ventanas. Le hablé de su
libro y me habló de Rubén Martínez Villena, el
pálido poeta de pulido temple. (...)
Nos despedimos con un vigoroso
apretón de manos. Anochecía. La ciudad se
enguirnaldaba lentamente de ascuas. Yo iba
silbando de júbilo. Había conocido a un hombre
entero y verdadero. Y había anudado, también,
la más limpia, alegre y honda amistad de mi
vida.
Raúl Roa: “Los últimos días de
Pablo de la Torriente Brau”, en La revolución
del 30 se fue a bolina, La Habana, Editorial
de Ciencias Sociales, 1973, p. 239.
[xi]
“We are from Madrid”, en
Peleando con los milicianos, pp. 220-221.
[xii]
Carta del 24 de octubre, ob.
cit., p. 110.
[xiii]
José Cañizares y Manuel Alguacil,
el impresor y el editor de aquel improvisado
diario de los milicianos en Somosierra, me
contaron así aquel momento:
Se presentó allí en la imprenta
del periódico que estaba en la calle central de
Buitrago, a mano izquierda, y nos contó que era
un periodista que venía de Cuba, de América, y
que había pasado por Bélgica y por Francia y
había visto la solidaridad de los pueblos con el
pueblo español. Dijo: ¿Quieren que les escriba
un artículo? y se sentó a la máquina y era una
ametralladora escribiendo: en mi vida yo he
visto escribir a esa velocidad. Me dijo que en
su casa escribía con la luz apagada: no
necesitaba luz para escribir. Y entonces hizo
una cosa que no he visto hacer nunca: según
escribía a máquina, seguía hablando. Hablaba y
escribía. Decía: ¿Está bien así o sigo
escribiendo?
[xiv]
Carta del 24 de octubre de 1936,
en Peleando con los milicianos, p. 111
[xv]
Carta del 4 de noviembre de 1936,
ob. cit. p. 132.
[xvi]
Diario de José María Chacón y Calvo, La Habana,
Instituto de Literatura y Lingüística.
[xvii]
Peleando con los milicianos,
p. 132-133
[xviii]
Carta del 17 de noviembre de
1936, ob. cit. p. 145-146
[xix]
Carta del 4 de noviembre de1936,
ob. cit. p. 130.
[xx]
Carta del 4 de noviembre, ob.
cit., p. 132.
[xxi]
Carta del 17 de noviembre, ob.
cit., p. 143-144.
[xxii]
Carta del 4 de noviembre, ob. cit., p.132
[xxiii]
Carta del 17 de noviembre, ob.
cit., p. 144.
[xxiv]
Carta del 21 de noviembre, ob.
cit. p. 149-150
[xxv]
“Hombres de la revolución”, El
periodista Pablo, p. 365-366.
[xxvi]
Ob. cit., p. 363
[xxvii]
Pablo definió claramente su
criterio sobre el tema en una carta a Raúl Roa
el 15 de enero de 1936:
No tengo nunca miedo de escribir
lo que pienso, con vistas al presente ni al
futuro, porque mi pensamiento no tiene dos filos
ni dos intenciones. Le basta con tener un solo
filo bien poderoso y tajante que le brinda la
interna y firme convicción de mis actos. No me
importa nada equivocarme en política porque sólo
no se equivoca el que no labora, el que no
lucha.
[xxviii]
Carta del 10 de octubre de 1936,
Peleando con los milicianos, p. 92.
[xxix]
Carta del 23 de octubre de 1936, ob.cit.,
p. 106.
[xxx]
Carta del 21 de noviembre de
1936, ob.cit., p. 155.
[xxxi]
Carta del 15 de noviembre de
1936, ob.cit., p. 138-139.
[xxxii]
Carta del 15 de noviembre de
1936, ob.cit., p. 136
[xxxiii]
Carta del 28 de noviembre de 1936, ob.cit.,
p. 160.
[xxxiv]
Nicolás Guillén: “Un poeta en
espardeñas; hablando con Miguel Hernández”,
revista Mediodía, nov. 1, 1937, pp. 11 y
18, ilust.
[xxxv]
Carta del 13 de diciembre de
1936, Peleando con los milicianos, p.
165-166
[xxxvi]
Carta del 28 de noviembre de
1936, ob.cit., p.162
[xxxvii]
Carta del 13 de diciembre de
1936, ob.cit., p. 167.
[xxxviii]
Carta
del 13 de diciembre de 1936, ob.cit., p.
167-170.
[xxxix]
“Francisco Galán, un general de
las milicias españolas”, ob.cit., p. 260.
[xl]
Miguel Hernández: “Elegía
segunda”, en Poesía, La Habana, Editorial
de Arte y Literatura, 1976, p. 272.
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