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Que Fidel
Castro se ha multiplicado definitivamente en su pueblo y
en millones de personas de los más diversos sitios del
mundo, lo prueban las hermosas muestras de solidaridad y
votos por su recuperación, que ha recibido desde que
anunció su retirada temporal de la vida pública.
Conmueve y regocija
el hecho de que resulte un familiar tan cercano, por
cuya salud y bienestar se desvelan en todas las
latitudes aquellos que le admiran inclusive, a pesar de
no haberle conocido personalmente. Un hombre tan
entregado al bienestar del ser humano merece esa
reciprocidad agradecida.
A Fidel se le quiere
bien —y dejemos a un lado a los adversarios que le
desconocen en su humanidad o le temen en su valentía
probada. Su ideario ha traspasado fronteras y límites de
tiempo porque para él el imposible de un mundo solidario
y justo, ese sueño preterido durante siglos, no es
utopía inalcanzable.
Para las cubanas y
cubanos, Fidel ha representado siempre la esperanza. En
un tiempo fue la esperanza de una Cuba independiente y
plena de justicia social. En nuestros días —ya que hemos
decidido en la Isla nuestro destino de nación libre como
una conquista irrevocable y hemos alcanzado los más
importantes derechos humanos—, Fidel sigue siendo la
esperanza de esas grandes mayorías del planeta,
abandonadas en el abismo de la pobreza y la marginación.
Estas reflexiones
nacieron inspiradas en el diálogo sostenido con uno de
esos hombres que ha “disfrutado del privilegio de
acompañarle” momentos definitorios para la nación
cubana. Su historia de relación con Fidel, el Jefe de
la Revolución, como suele nombrarle con sumo respeto,
resume de algún modo el sentir de miles de compatriotas
y nos revela a un Comandante cuya nobleza e hidalguía
nos sorprenden al escuchar el testimonio veraz de sus
contemporáneos.
¿Cuándo Eusebio Leal
tuvo la noción de que existía Fidel Castro?
Primero conocí de su
acción revolucionaria. Vivía en una zona de La Habana en
el barrio de Pueblo Nuevo, en Cayo Hueso, muy cerca del
Hospital de Emergencias. Las décadas del cuarenta y el
cincuenta fueron muy cruentas, el gangsterismo, el
asesinato de muchos dirigentes políticos, recuerdo el
alboroto en la cuadra cuando traían a algún herido o
muerto. Es toda la historia de un período en el que
viene como desvirtuándose en algunos esa corriente de
los que lucharon en la revolución gloriosa e inconclusa
del treinta y toman un camino equivocado.
Sin embargo, hay un
grupo de jóvenes que sigue la tradición del pensamiento
de la Liga Antimperialista, el sentimiento nacional, la
defensa de valores. Siendo niño ocurrieron los
acontecimientos del Moncada. Apareció de pronto ante mí,
la figura de Fidel. Tenía yo once años cuando se produjo
el asalto. No olvidemos que ese barrio popular atesoraba
muchas tradiciones patrióticas. Y allí tuve la
oportunidad de ver las imágenes que se publicaron en la
prensa y al mismo tiempo, escuchar hablar, no ya del
hombre que estaba preso en el Moncada, sino también de
los antecedentes de su lucha, de la defensa que había
hecho de gente muy pobre cerca del barrio, en los
terrenos aledaños a la actual Plaza de la Revolución, en
unos espacios que el estado había expropiado y por los
cuales los pobladores reclamaban una indemnización.
Cuando comienza la
lucha armada en la Sierra Maestra, yo dibujaba y
aspiraba a estudiar en San Alejandro –cosa que nunca
pude hacer—, preparé una colección de dibujos, con lo
que imaginaba del desembarco del Granma y de las
primeras acciones en la Sierra Maestra. Los guardaba en
una especie de carpetita y se los mostraba a las
personas que se asustaban en un período en que eso era
punible. Así me empecé a relacionar con personas que
tenían que ver con el Movimiento 26 de julio,
fundamentalmente en la iglesia a donde asistían algunos
dirigentes estudiantiles importantes que pertenecían no
a la Juventud Estudiantil Católica, sino a la Agrupación
Católica Universitaria (ACU) que había sido protagonista
de una importante indagación social sobre el estado real
de Cuba, que se siempre se utiliza entre las referencias
fidedignas de datos sobre esa época en el país.
Me ligué con los
muchachos de la ACU que impartían conferencias y
contaban con los adolescentes en un proceso de
captación. Detrás estaba la compañía de Jesús donde
apareció la leyenda porque Fidel estudió en las
escuelas las escuelas de los jesuitas en Santiago y en
La Habana.
Por lo general, entre
los jóvenes de aquella época era fácil constatar la
admiración hacia Fidel. El perfil, su imagen hablando,
las explicaciones que daban muchas personas sobre la
historia de su vida y las opiniones que escuché cerca de
la escalinata universitaria, en la zona donde se
encontraba Unión Radio, donde hoy se encuentra el Museo
Napoleónico, que era un espacio de intensa labor
estudiantil, fueron definitorias.
Por esa época estaba
yo realizando pequeños trabajos pues no podía seguir
estudiando. De ese modo debía visitar muchos sitios para
ofrecer ciertos productos que representaba. Así visitaba
la clínica León Uribe, el Hospital Calixto García donde
conocí las grandes batallas dentro del recinto y las
casas estudiantiles, entre ellas La bombonera, donde era
frecuente en una generación anterior la presencia de
Fidel y de muchos de los compañeros de su generación.
Por ahí empezó todo y
la primera visión acerca de él, fue la del niño y el
adolescente enfrentado a noticias escalofriantes como
fueron las del Moncada, con imágenes muy duras;
posteriormente, las noticias de la leyenda que rodea su
nombre y finalmente, la primera vez que le vimos de
cerca, el 8 de enero de 1959, cuando muchos jóvenes
—tenía entonces 16 años—, salimos a las calles para un
recibimiento en Infanta y Malecón. Pasaron los carros y
vimos por primera vez de cerca, relativamente de cerca,
a Fidel.
¿Y cuándo se produjo
el encuentro con el ser humano, con el hombre de carne y
hueso que tanto admiraban sus compañeros y usted?
Mucho tiempo después.
En agosto de 1959 comencé a trabajar en la
Administración Municipal Revolucionaria, llevado allí
por José Llanusa, en el mismo palacio donde hoy se ubica
el Museo de la Ciudad (el Palacio de los Capitanes
Generales), donde estaba muy lejos de suponer que se iba
a escribir mi propio destino. Allí entré en la educación
obrero campesina y fui a parar un día a la oficina del
Doctor Emilio Roig de Leuchsenring. Tenía gran avidez de
conocimientos, era como una esponja y metido en la
efervescencia revolucionaria que se vivía por entonces
en aquél lugar donde uno de los entes más corrompidos
del pasado, el Ayuntamiento, se estaba desmoronando y
dejando paso a una administración revolucionaria, empecé
a conocer a los que estaban más cerca de Fidel.
Cuando comenzó la
obra de restauración del palacio en 1967, resultó que
una noche, los jeeps en que Fidel se movía en aquella
época, se pararon cerca de la calle Tacón porque había
obras en construcción. Él le preguntó a uno de los
guardianes de la puerta, qué estaba pasando y el
guardián le respondió que se estaba haciendo una labor
para instalar allí un museo.
Él visitó por vez
primera el Palacio de los Capitanes Generales, después
de 1973. Había triunfado la Unidad Popular en Chile y el
alcalde de Iquique, Mariano Quiroga Soria estaba de
visita en La Habana y él lo acompañó. Vino al museo y el
mismo portero que lo vio aquella noche le explicó que yo
estaba en la Unión Soviética y él le dijo: no importa,
yo volveré.
Por esa época conocía
ya a otros hombres de la Revolución: a Jesús Montané,
quien me llevó a ver a Celia Sánchez, ella me llevó a
René Rodríguez y más tarde a Faustino Pérez y Manuel
Piñeyro. Este grupo de compañeros se reunían
habitualmente en el periódico Granma, tarde en la
noche. Yo había a empezado a publicar mis primeros
trabajos. Acostumbraba a ir a Granma de madrugada
y hasta que no revisaba mis trabajos impresos no me iba
del periódico.
Celia me fue
preparando en las conversaciones para un eventual
encuentro con Fidel y también Montané. Pero ese
encuentro se produjo sorpresivamente, porque estaba
conociendo el Palacio de los Capitanes Generales una
delegación del Movimiento por la Paz que iba hacia
Europa y en medio de aquella visita, de pronto, apareció
él. Recuerdo el molote que se formó en la puerta con la
gente, los flashes de las cámaras… fue la primera vez
que nos dimos las manos, nos vimos y hablamos sobre
muchas cosas, personales y también de La Habana Vieja,
de las cosas que se podían hacer.
Después volvió una
segunda vez cuando vino una delegación de Venezuela para
develar el busto de El Libertador Simón Bolívar, en el
Palacio de los Capitanes Generales. Llegó al acto
sorpresivamente. Acababa de hacer uso de la palabra Juan
Marinello. Ese encuentro fue muy decisivo porque se pudo
hablar de historia y de sueños. Que si la calle de
madera, que si la restauración de la Plaza de Armas, que
si El Templete… Se reía mucho con mis explicaciones y me
tomaba por los hombros y me enderezaba para que le
hablase a los venezolanos y no a él. Porque yo
deslumbrado con lo que no había visto y con la
posibilidad que tenía delante, comencé a hablarle
vehementemente como quien tiene una sola oportunidad que
no se va a repetir nunca.
¿Cuánto puede haber
influido Fidel y su voluntad política en que el Centro
Histórico de La Habana se haya rescatado?
Primero debo pensar
en cuánto influyó en mí su pensamiento. Habiendo tenido
yo una formación martiana y cristiana, lo que me atrajo
de Fidel fue precisamente la coherencia y amplitud de su
pensamiento. Me sentí dentro, incluido en el proceso que
él encabezaba. No olvides que era un tiempo difícil,
cuando todavía no se había asentado la sociedad cubana
actual. Estábamos en plena ebullición, luchas y
contradicciones. Sin dudas, la orientación de su
pensamiento fue la que me hizo, por sobre todas las
cosas, fidelista. Creo que fui un admirador de su
persona desde el primer momento y un seguidor de la
Revolución, gracias a él.
A partir de ese
razonamiento se puede comprender lo que vino después: el
compromiso que surgirá cuando, leyendo y observando
cosas suyas que lo traían por una razón u otra al Centro
Histórico o a tratar temas históricos, me encentró en lo
que sería mi propia vocación. Nunca olvido lo que
representó su gran discurso del 10 de octubre de 1968,
la conmemoración del centenario del alzamiento de Carlos
Manuel de Céspedes. Entonces se estaban abriendo las
primeras salas del Museo de la Ciudad y su discurso fue
para mí medular, a tal extremo que la sala que
preparamos se llamó Cuba heroica y era como un reflejo
de lo que aquellas reflexiones habían significado.
Después hubo otro
discurso monumental y muy importante para mí, que fue el
del 15 de marzo de 1978, al conmemorarse el centenario
de la Protesta de Baraguá. Sus ideas le dieron al museo
que estábamos levantando, con el espíritu de mi
predecesor, el Doctor Emilio Roig, un contenido más
cubano que localmente habanero. La propia Sala de las
Banderas va a expresar ese momento histórico de Cuba,
esa reafirmación y esa búsqueda.
Fui muchas veces a
buscar ayuda de Celia Sánchez en su casa. Tanto ella,
como sus hermanas, el capitán René Pacheco y otros
amigos, me ayudaron mucho buscando piezas para el museo,
contándome las historias. Después Celia instituyó que
celebrásemos siempre el 10 de Octubre y el 24 de
Febrero, en la sede del Museo de la Ciudad, a donde
llegaban y llegan aun puntualmente las flores enviadas a
nombre de Fidel.
Celia jugó un papel
muy grande en esa aproximación a Fidel. Sin Celia no
podríamos escribir tampoco esta historia de restauración
del Centro Histórico y de rescate de nuestras
conmemoraciones históricas.
De ella recuerdo
también con especial afecto el día en que recibí mi
carné del PCC luego de una gran batalla de ideas debido
a mi formación cristiana, lo que obligó a llevarle el
tema a Fidel. Y la respuesta de Fidel fue la que tenía
que ser. Un día me llamó ella y me dijo: para allá va
Guillén Celaya, el mexicano que vino en el Yate Granma,
quien te lleva un encargo de nosotros: era un sobre y
dentro tenía el carné del Partido. Entonces él estaba ya
muy cerca, extraordinariamente cerca.
¿Y cuán cerca estuvo
después en el período en que esta obra del Centro
Histórico habanero fructificó?
La obra tuvo muchas
contradicciones como todas las buenas obras que se
encaminan en la vida; es la ley de unidad y lucha de
contrarios del pensamiento filosófico. Esa ley se
manifestó de forma tremenda entre viejas ideas y nuevas
concepciones, y también nuestros propios errores debido
a insuficiencias en la formación que estaba gestándose.
No olvidemos que muchos de nosotros somos hijos de esa
Revolución de Fidel. A mí me sorprendió el triunfo con
un cuarto grado de escolaridad, siendo un adulto de
dieciséis años. Lo primero que tuvimos que hacer fue
sentarnos en las aulas de la educación obrero campesina
que fue un imperativo de los centros de trabajo; era
donar sangre, ir a alfabetizar, cosa que me enseñó
muchísimo… Todo eso nos dio una gran fortaleza.
Más tarde vino la
batalla de la zafra de los Diez Millones y trasladamos
los objetos de los museos en una expedición que fue
desde Sandino en Pinar del Río hasta los confines de
Villa Clara, por donde venía una columna “invasora”.
Allá llevamos el machete de Maceo —eso era muy
desacralizador.
Cuando el Comandante
comenzó a visitar con más frecuencia La Habana Vieja con
varias delegaciones, debíamos atender incluso a Jefes de
estado mostrándoles el Palacio, la calle de madera, El
Templete… y aprovechábamos la ocasión para conocer de
cerca sobre las luchas de la Generación del Centenario.
Recuerdo que durante una de sus visitas le pregunté:
¿dónde se ubica ese caserón oscuro que usted menciona en
La Historia me absolverá cuando vino a presentar
el documento de inconstitucionalidad contra el régimen
de Batista? Y nos señaló el Palacio del Segundo Cabo.
Nos narró el incidente de la querella frente a la
embajada norteamericana.
Hubo un momento,
durante una de esas visitas que nos apartamos y él me
dijo: ¿En qué puedo ayudar, qué puedo hacer, qué
necesitas? Y le respondí: nada, porque si empiezo a
pedirle usted no volverá nunca.
Debo decir también
que a esa altura conocía también a Raúl cuya
personalidad fue determinante junto a Vilma Espín. En
una visita que se produce al Museo de la Ciudad en
ocasión de la Revolución del 68 en el Perú, del general
Velazco Alvarado, Raúl vino por vez primera a La Habana
Vieja y surgió entre nosotros una relación de mucha
simpatía. Estábamos acercándonos a los dos astros de la
Revolución, faltaban dos, uno a quien nunca conocí, el
Che y Camilo, que se había ido muy pronto. El ministro
siempre estaba interesado en las cuestiones históricas:
la historia del arte militar, del mambisado, de los
generales desconocidos, las grandes luchas…
Fidel se apasionaba
con los temas de la historia americana y con temas de la
historia de Cuba, como lo que significó Céspedes. Celia
era profundamente cespediana y Fidel también. Fue él
quien puso en su lugar al Padre de la Patria acallando
la voz de las ratas que trataban de disminuir la gloria
del gran fundador; lo consideraba la piedra clave y eso
nos unió mucho.
Finalmente llega un
gran momento, cuando me escoge para acompañarlo en el
viaje para la toma de posesión de un presidente en
América del Sur y después visitamos Cartagena de Indias.
Por esos días estábamos en la profunda crisis que
culminaría con la destrucción del campo socialista y a
pesar de los grandes desafíos que se nos avecinaban, me
preguntó a la salida de esa ciudad histórica: ¿Qué más
podemos hacer por La Habana? Nuestra idea fue consolidar
el principio de autoridad, trabajar en una sola
dirección uniendo a todos los elementos que tenían
matices distintos en la concepción de cómo preservar la
Habana antigua.
Estaban presentes
otros compañeros que no se pueden dejar de mencionar:
Carlos Lage, Felipe Pérez Roque y el Dr. José M. Millar.
Comenzamos a compartir aquellas noches con Fidel en los
momentos más difíciles y duros. Reflexionábamos de
conjunto y aprendimos de sus palabras, de su silencio y
de su confianza en el futuro.
¿Cuál fue el más duro
de esos momentos que recuerda junto a Fidel?
El del cinco de
agosto de 1994, cuando la marginalidad y la canallada
pretendían subvertir el orden de cosas en el corazón de
la Habana. Fidel ha contado en varias ocasiones que
cuando le comunicaron que nos aprestábamos a defender
con las armas en la mano la integridad del Museo de la
Ciudad y de nuestras instalaciones, decidió venir para
acá. En un momento debí salir a una reunión a la que me
convocaron y cuando iba regresando y todas las calles se
cerraban, Galeano, Carlos III, Belascoaín, Malecón… subí
como quien va para la Universidad para buscar otra vía y
de pronto, veo delante de mí los tres carros de combate
de él que iban buscando el camino. En un momento
determinado abandoné el automóvil y subí al tercer
carro. Ahí me contó que había salido para La Habana
Vieja porque le dijeron que yo estaba sitiado.
En medio de aquella
batalla, cuando la multitud patriótica, colérica y
enfebrecida contra lo que estaba ocurriendo lo rodeó, se
viró y me dijo: ¿qué hacer ahora? Y le respondí: seguir
la corazonada. Y afirmó: la corazonada es esta, vamos
para allá. Entonces llegamos al Malecón.
Al año siguiente me
dio cita: espérame en el parque frente al monumento de
Maceo y allí nos encontramos bajo un aguacero torrencial
e hicimos la marcha histórica. En ese período en que
compartimos juntos momentos importantes de la
Revolución, bebí mucho de su espiritualidad, de su
sentido de la justicia, del carácter caballeresco de su
persona: si queda un caballero en el mundo ese es Fidel,
de su generosidad aun con sus adversarios, porque muchos
que escriben ahora, de haber sido él implacable, no
podrían contar la historia. Por eso siempre dijo que de
todas las revoluciones esta había sido la más generosa y
es cierto.
A lo largo de toda
esta historia conoce también la historia de una mujer
que hoy tiene 96 años, mi madre. Y esa historia que es
la de muchas mujeres y madres cubanas en el período
prerrevolucionario, le impresionó mucho. Para verla a
ella y no a mí, ha subido tres veces las escaleras de mi
casa. Y una de las pruebas mayores de su sensibilidad,
no sólo con ella, sino con personas infinitas, es
siempre su recuerdo.
¿Cuánto le ha
preocupado a Fidel el patrimonio cubano?
Mucho. Gracias a él,
por ejemplo, está restaurado el Palacio Nacional de
Bellas Artes y el Centro Asturiano que se convirtió en
Museo de Arte Universal. Fue él quien aprobó que se
completara el monumento a José Martí en la Plaza de la
Revolución con una exposición memorial del Apóstol, en
una obra digna de nuestro tiempo.
Su preocupación ha
sido siempre salvar el patrimonio sin venderlo. Se ha
opuesto a eso porque existieron los que creyeron que
vendiendo una joya, una moneda o un cuadro podrían
salvar a Cuba. Y Cuba se salvaba de otra manera. Y él lo
demostró.
Fue una de las cosas
más importantes que señaló respecto a La Habana Vieja,
cuyo proyecto de restauración él delineó y estudió
personalmente, durante las semanas en que estuvo sobre
su mesa la redacción del Decreto Ley 143, de octubre de
1994.
La noche en que se
aprobó ese Decreto en el Consejo de Estado, en una
reunión presidida por él, estaba danto el paso más
avanzado que a mi juicio se ha dado en país alguno, para
proteger el patrimonio cultural, creando un mecanismo
sustentable —en años de gran pobreza y dificultad—, que
garantizara, sin vender una pulgada del territorio del
Centro Histórico, su salvaguarda.
Más allá de ese ser
entrañable y cercano, cuando evalúa el papel que juega
Fidel en el mundo contemporáneo ¿cuál nos diría que es?
Fidel es un ser
humano ante todo, un ser humano de sentimientos y
pasiones, que en un momento determinado puede
encolerizarse como sólo puede hacerlo un ser humano.
Ahora bien, es ante todo un maestro de generaciones
porque escucha mucho. Cuando le interesa un tema lo
lleva hasta el final. Es más, si hablas delante de él,
que sea con criterio y con base, porque de lo contrario
en tres minutos estarás desnudo, porque él va hasta el
final. Y hace eso no para demostrar una suficiencia en
el conocimiento, sino para decir este es el camino.
Muchas veces le he
escuchado decir: “Todo está escrito. No hay nada que
ocurra ni antes ni después”; porque tiene un sentido
providencial y claro de aquello que llamamos el destino.
Entre todos sus
valores debo resaltar que Fidel ha sabido sacrificarse
junto a su pueblo. Nunca pidió sangre prestada a nadie;
la que se ha derramado por amor a Cuba y por seguirlo a
él, la ha compensado poniendo en riesgo siempre la suya
propia. |