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Me
había preparado para verlo, pero la realidad fue mucho
más fuerte. Incluso le llevaba de regalo un ordenador de
viaje. Es decir una suerte de cartuchera de cuero
argentino, que en su interior tiene espacios
predeterminados para papeles, tarjetas, pasaje,
pasaporte, anotaciones varias, todo lo que necesita un
viajero. Sé muy bien que Fidel Castro no lleva tarjetas
de crédito ni dinero en sus travesías por el mundo, pero
el modesto presente encerraba un mensaje subliminal:
“Espero que pronto esté bien para volver a viajar”.
Pero una cosa es lo que uno imagina, teme, desea, y otra
bien distinta el hecho en sí. De pronto el llamado
telefónico: “Esté a tal hora en tal lado”. Y nada más.
Podía ser que lo viera personalmente o podía ser que me
encontrara con algunos de sus hombres de confianza en
una reunión preparatoria. No podía creer en mi buena
suerte: era el primer invitado a la Cumbre del
Movimiento de los No Alineados que tenía el privilegio
de ver al Comandante en su recuperación, como ya lo
habían visto antes de la Cumbre Hugo Chávez y Evo
Morales.
Estaba tan aturdido que olvidé hasta una elemental
libreta de notas por si tenía la suerte suplementaria de
que me hiciera una declaración.
Pero al llegar a la cita supe que lo vería. Con sus
colaboradores más cercanos recorrí el pasillo como en un
travelling cinematográfico donde el visitante ve
intensificarse la realidad a medida que avanza: al
comienzo los hombres de su custodia vestidos de verde
oliva, luego su médico personal siempre derrochando
bonhomía, al final del largo corredor un trío compuesto
por dos mujeres y un hombre alto, los tres de
guardapolvo blanco. ¿Médicos, enfermeros? Por fin una
señora muy amable que me introdujo en la habitación. Un
cuarto austero, blanco, totalmente despojado de adornos.
Fidel, que estaba sentado en una cama, con una mesa
blanca y móvil por delante, se puso de pie para darme un
abrazo.
Vestía una bata color vino y un pijama haciendo juego y,
por suerte, era el Fidel de siempre. Más delgado, es
verdad, pero no tanto como lo habían mostrado unas fotos
recientes.
“Perdí cuarenta y un libras –me recordó–, pero estoy
recuperando peso. Ya casi la mitad de lo que perdí.”
Muchos kilos para quien ya parecía un hidalgo español de
prosapia cervantina y ostenta ahora un perfil
quijotesco.
Nos sentamos para charlar. Eran las once y media de la
mañana habanera de ayer y afuera reverberaba la
canícula. El nudo que yo traía en la garganta se aflojó
de golpe: puede sonar increíble, pero Fidel estaba tan
lúcido y filoso como siempre. El mismo tono confidencial
de conspirador que el oyente debe desentrañar, las
mismas señas misteriosas o las acentuaciones gestuales
de algún hallazgo verbal, alguna orden a sus
colaboradores en voz bien alta, para demostrar que puede
regresar a la oratoria en cualquier momento.
“Ves”, subrayó. “Puedo hablar en voz bien alta si
quiero.”
Pasó un rato largo antes de que me hiciera la confesión
que carga de peso existencial esta nota. Arrancó como
siempre, apasionado por los hechos colectivos,
políticos, poniendo lo personal en un tercer o cuarto
plano de sombra. Estaba entusiasmado con el hecho de que
Venezuela gane la batalla para ocupar un sitial en el
Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. “Genio y
figura”, pensé. El tránsito por la enfermedad y la
presencia cierta de la muerte no han disminuido un ápice
la intensidad de sus sueños y obsesiones.
“No van a poder bloquear el ingreso”, aseguró. Y subrayó
que su gran amigo Hugo Chávez Frías se ha convertido en
un líder mundial. “Chávez ha ido creando un modelo
indestructible. No es portador de un socialismo extremo,
sino realista. Indiscutiblemente va a tener éxito en
crear un gran partido que reúna y represente a todos los
revolucionarios venezolanos. Los diversos partidos que
lo apoyaban han respondido bien a su convocatoria para
lograr la unidad. Además –agregó– ha prometido realizar
todos los cambios democráticamente, consultando al
pueblo. No es extremista. Ha prometido cooperar con las
capas medias y el respeto y la colaboración con las
empresas privadas que acaten los principios de la
revolución. Además ha desarrollado programas sociales
que no tienen paralelo en el mundo y que lo convierten
en un líder imbatible. Pienso que un pueblo tan saqueado
como el venezolano merece este cambio. Y veo con alegría
el impulso hacia la integración de América latina, en la
que Venezuela será un ejemplo de lo que se puede hacer
cuando un país pone sus recursos al servicio del pueblo.
Chávez no sólo usa bien esos recursos sino que los
multiplica con medidas fiscales que antes no se
tomaban.”
Después abordó el tema de la “Operación Milagro”, uno de
los programas de salud que más lo apasiona. Y lo hizo
con la misma intensidad de siempre. Como si no hubiera
pasado por el filo de la navaja dejando en terrible
suspenso a millones de personas. Recordó que en apenas
dos años, unos 400 mil latinoamericanos habían sido
operados de cataratas, pterigium y otras enfermedades de
la vista con la nueva técnica oftalmológica desarrollada
por los médicos cubanos. Y que todas esas operaciones,
muchas de las cuales se habían llevado a cabo en Cuba,
habían sido gratuitas, en beneficio de los
latinoamericanos más pobres.
Al
rato Fidel me ofreció más café, mientras nos sacaban un
montón de fotos. Con su sempiterno entusiasmo, me
comentó admirado: “Son increíbles estas cámaras
digitales”.
Nos íbamos acercando a la confesión. Sobre la mesa había
un libro voluminoso. La portada sobria, bien realizada,
anunciaba Cien horas con Fidel. Y abajo: “Conversaciones
con Ignacio Ramonet. Segunda edición. Revisada y
enriquecida con nuevos datos”.
Algunos meses antes había visto con inocultable envidia
la primera edición de esa megaentrevista en la que el
líder cubano pasa revista a su vida y a la historia
mundial que lo destaca como uno de sus principales
protagonistas. En junio último, el Comandante me había
mostrado sus correcciones manuscritas a las respuestas
de la primera edición. Las preguntas de Ramonet,
obviamente, habían sido respetadas por el entrevistado.
A fines de julio, cuando volví a verlo en Córdoba,
viajaba acompañado por las pruebas de página, en pleno
proceso de revisión y aumento. Pero nunca hubiera
imaginado lo que ocurrió tras la operación del 27 de
julio.
“Lo seguí corrigiendo en los peores momentos –musitó–.
No paré de corregirlo. No creas que lo hice cuando
mejoré. Desde los primeros días. Y lo hice no sólo por
su contenido sino porque le había prometido al pueblo
que lo revisaría antes de publicarlo. Así que pasé
muchas horas dictándole a Carlitos (Valenciaga, su
secretario). Muchas horas.”
Entonces me miró, con los ojos muy abiertos y esa
expresión como de asombro que le redondea la boca cuando
tira un dardo decisivo, para aclarar en un tono
profundo, pero despojado de énfasis y dramatismo:
“Quería terminarlo porque no sabía de qué tiempo
dispondría”.
La
sombra del gran límite, de la imposibilidad de toda
posibilidad, anidaba todavía en el fondo de la mirada
como un fondo de café. Comenté:
“Otra gran batalla”.
Asintió en silencio y agregó:
“Estas cosas te las cuento como amigo y escritor”.
Después se excusó de no poder regalarme el libro por
razones protocolares, hasta entregar una copia a los
jefes de Estado que concurren a la reunión del
Movimiento de No Alineados. A nuestro lado, el
infatigable Carlitos Valenciaga –el joven colaborador
que leyó la histórica proclama sobre el traspaso de
poderes– ponderaba algunas incorporaciones a esta nueva
edición aumentada:
“Hay cartas inéditas a Sadam Hussein recomendándole que
se retire de Kuwait. Las cartas a Nikita Kruschev
contextualizadas”.
Sobre la mesa blanca había también un folleto
reproduciendo la portada del libro con la siguiente
leyenda: “Capítulo 24 - Los sucesos de abril de 2002 y
otros temas de América latina”.
“Está traducido a nueve idiomas”, aclaró Valenciaga.
Pedí uno para reproducirlo como anticipo en Página/12,
después que se le entregara a los jefes de Estado. En
particular a dos amigos fieles que el Comandante aguarda
con impaciencia: Chávez y Evo Morales. En ese capítulo
24, además de las intimidades del fallido golpe contra
Chávez, el lector encontrará interesantes reflexiones
sobre los militares nacionalistas y progresistas de
América latina, como Omar Torrijos, Juan Velasco
Alvarado o el propio Juan Domingo Perón. Y referencias
agudas a la derrota de Carlos Menem y el triunfo de
Néstor Kirchner en 2003.
Se
acercaba el momento de la despedida. La charla se había
prolongado durante hora y media. Fidel señaló el modesto
televisor que tenía frente a la cama (nada de plasma ni
equipo estereofónico) y comentó:
“La tele está cada vez más violenta. Todo es de una
violencia extrema. Todo es publicidad y violencia. Desde
las ficciones hasta los noticieros internacionales”.
Le
dije, con total sinceridad, que me iba muy contento de
verlo tan bien.
“Todo en su justo medio”, advirtió, mientras me daba un
apretón de manos. “No hay que olvidar que la máquina a
reparar ya tiene ochenta años.”
Tomado de Página/12 |