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Los
pobres
Los pobres son muchos
y por eso
es imposible olvidarlos.
Seguramente
ven
en los amaneceres
múltiples edificios
donde ellos
quisieran habitar con sus hijos.
Pueden
llevar en hombros
el féretro de una estrella.
Pueden
destruir el aire como aves furiosas,
nublar el sol.
Pero desconociendo sus tesoros
entran y salen por espejos de sangre;
caminan y mueren despacio.
Por eso
es imposible olvidarlos.
De
niño a hombre
Es fácil dejar a un niño
a merced de los pájaros.
Mirarle sin asombro
los ojos de luces indefensas.
Dejarle dando voces entre una multitud.
No entender el idioma
claro de su medialengua.
O decirle a alguien:
es suyo para siempre.
Es fácil,
facilísimo.
Lo difícil
es darle dimensión
de un hombre verdadero.
Los
claustros
Nuestros cazadores
—casi nuestros amigos—
nos han enseñado, sin equivocarse jamás,
los diferentes ritmos
que conducen al miedo.
Nos han amaestrado con sutileza.
Hablamos,
leemos y escribimos sobre la claridad.
Admiramos sus sombras
que aparecen de pronto.
Oímos
los sonidos de los cuernos
mezclados
con los ruidos suplicantes del océano.
Sin embargo
sabemos que somos los animales
con guirnaldas de horror en el cuerpo;
los cercenados a sangre fría; los que se han dormido
en un museo de cera
vigilado
por maniquíes de metal violento.
El
viejo Pontiac
A Diana y Leonor.
A la altura de su propia medida el viejo Pontiac es un
jardín
que se abre.
Antes,
de esto hace ya muchísimo,
fingía un tigre manso deslizándose blanco entre mujeres
bellas.
Hoy por hoy
el noble bruto envejece dignamente y sin prisa
hasta la consumación de los siglos... y le salen
de puertas y ventanas
florecillas del campo.
Bajo un árbol
A Ramón Custodio
Este hombre sin pan, ese sin luces y aquel sin voz
equivalen al cuerpo de la patria,
a la herida y su sangre abotonada.
Contemplen el despojo:
nada nos pertenece y hasta nuestro pasado se llevaron.
Pero aquí viviremos.
Con la linterna mágica del hijo que no ha vuelto
abriremos de par en par la noche.
De la nostalgia por lo que perdimos
irmeos construyendo un sueño a piedra y lodo.
Guardamos, los vencidos, ese sabor del polvo que
mordimos.
Junto a esto
que a veces es algo menos que triste,
bajo un árbol,
desnudos si es preciso, moriremos.
La
eternidad y un día
A Francisco Salvador
Se hace tarde, cada vez más tarde.
Ni el viento pasa por aquí y hasta
la Muerte
es parte
del paisaje.
Bajo su estrella fija Tegucigalpa es una ratonera.
Matar podría ahora y en la hora en que ruedan sin amor
las palabras.
Solo el dolor llamea
en este instante que dura ya la eternidad
y un día.
¿Qué hacer?
¿Qué hacer?
Alguien que siente y sabe de qué habla
exclama, por mejor decir, musita - hagamos algo pronto,
hermanos míos, por favor muy
pronto.
De "El llanto de las cosas"
Recuerdos número 1-2
A Roberto Armijo y
Alfonso Quijada Urías
Mi primer recuerdo
parte de un farol a oscuras y se detiene
frente a un grifo público goteando hacia el interior de
una calleja muerta.
Mi segundo recuerdo
lo desborda un muerto,
una procesión de muertos violentamente muertos.
Nació en
1930, en Yoro, (Departamento de Yoro, Honduras) tiene
una distinguida trayectoria poética. Entre sus poemarios
más destacados se incluyen Un mundo para todos dividido
(1971), Los pobres (1969), Secreto militar (1984) y El
llanto de las cosas (1984). En 1995, la Editorial
Universitaria Centroamericana (EDUCA) publicó la
Antología personal de sus poemas predilectos.
Actualmente Sosa reside en Tegucigalpa, donde tiene una
participación muy activa en la vida literaria y cultural
de Honduras. Esta entrevista fue realizada en abril de
1997 en la casa del autor y revisada con él en la Ciudad
de Panamá en marzo de 1998, durante el VI Congreso
Internacional de Literatura Centroamericana, y en abril
de 1999, en Flagstaff, Arizona, durante una visita que
hizo el poeta a la Universidad del Norte de Arizona.
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