Año V
La Habana
2006

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La primera iglesia presbiteriana:
una joya de la arquitectura habanera
Francisco D. Morillas Valdés La Habana


INTRODUCCI
ÓN

Las primeras noticias sobre el presbiterianismo las encontramos en Escocia en el siglo XVI, que sigue rígidamente el calvinismo, sosteniendo que la suprema autoridad eclesiástica reside en el sínodo o presbiterio de laicos y ministros delegados de las varias Iglesias, esta se difunde rápidamente por Europa, hasta llegar a los EE.UU., mediante las sucesivas olas migratorias que a este país van llegando, y así a Cuba, por medio de los asentamientos norteños en la Isla en el año 1890, y el esfuerzo de Evaristo Collazo, obrero tabacalero que contribuyó a la fundación de otros templos en La Habana y Santa Clara.

Con la intervención norteamericana en Cuba, llegaron los primeros misioneros conjuntamente con los que venían atraídos por las posibilidades de comercio que giraba en torno al puerto de La Habana.   La población residente  de esta clase se contaba por miles,  y se calcula que durante la estación de invierno venían cincuenta mil turistas de EE.UU., lo cual brindaba nuevas oportunidades comerciales, a la vez, una razón para la creación de un templo donde poder dar razón de su fe.

LA HABANA EN LOS PRIMEROS AÑOS DEL SIGLO XX

Durante el siglo XIX La Habana era prácticamente una ciudad detenida en el tiempo. A pesar de que había recibido desde muy temprano algunas mejoras de la civilización moderna, estaba estancada, aplastada por la escasa visión del colonialismo español.  A lo largo del mismo siglo XIX, la Ciudad de La Habana, había sufrido un proceso de expansión en que a la estructura en cuadrícula del casco antiguo se opuso una organización territorial basada en el trazado de las calzadas, algunas calles fueron pavimentadas con macadán, sistema que entonces representaba un avance con relación a otros utilizado en la misma capital, los cuales mantenían las calles en mal estado. 

La Zanja Real construida en el siglo XVI,  que era la fuente principal para el abastecimiento de agua de la población habanera, fue sustituida por el acueducto de Albear, además se produjeron mejoras en el transporte con la instalación de la línea de ferrocarril entre La Habana y Bejucal y su paulatina multiplicación. Esto favoreció a las comunidades con las zonas productivas aledañas y contribuyó al surgimiento y desarrollo de grupos poblacionales a lo largo de su recorrido.

En el orden económico, la ciudad se caracterizaba por el desarrollo agrícola en sus primeros tiempos, además de que ya para los años iniciales del siglo XVII se contaba con verdaderos latifundios ganaderos.

Así, en la zona apareció gran cantidad de árboles que facilitaron la explotación comercial. Al igual que las canteras de San Lázaro se constituyeron en una inapreciable fuente de materiales de construcción.   Asimismo, con la esclavitud urbana y la presencia de los chinos contratados, apoyados en la legislación vigente, propiciaron un acelerado desarrollo económico que condujeron a la Isla a la participación de un mercado capitalista.

Entre los años 1833 y 1862, con el auge de la industria del tabaco y del cigarro en la capital, los chinos comenzaron a desarrollar sus propios mecanismos de subsistencia, lo cual dio origen a lo que se conoce como el Barrio Chino en las calles de Zanja, Dragones, San Nicolás y Rayo, y a una nueva comunidad cultural y económica en la ciudad.

A finales del siglo XIX, ante los cambios acaecidos y la permanente demanda de fuerza de trabajo para el desarrollo socioeconómico de la Isla, arribaron al país oleadas de norteamericanos, quienes tras la frustración de la independencia de Cuba se fueron estableciendo en nuestro territorio e invirtiendo sus capitales. Aunque los primeros registros historiográficos plantean que desde décadas anteriores de los rebeldes norteamericanos liderados por Georges Washington contra el dominio británico, ya Cuba era visitada y conocida por quienes habitaban las trece colonias, así por distintos motivos, criollos de la Isla frecuentaban el territorio norteamericano también desde antes de la guerra de independencia, entre 1775 y 1783;  hubo cubanos que combatieron en esta y en la guerra civil entre el Norte y el Sur (1861-1865), y oficiales y soldados estadounidenses que lucharon por la libertad de Cuba durante las gestas de 1968-1895[1].

Desde el punto de vista de sus componentes estéticos, La Habana del siglo XIX se caracterizó por el uso indiscriminado de recursos formales neoclásicos y barrocos mezclados con los elementos aportados por los constructores locales en respuesta a los requerimientos del clima y a las actividades económicas propia de la colonia, y que convertidas en tradicionales fueron sancionadas en las propias ordenanzas de construcción.

En las primeras décadas del siglo XX, La Habana se convirtió en una de las ciudades más activas y cosmopolitas de América, fue el período propicio para el desarrollo de un espíritu de renovación e inversión arquitectónica y urbanista dentro del marco de los estilos que caracterizó la arquitectura del período del  cual participó toda la nación, propio del anhelo de todos los cubanos de evidenciar los cambios que traería la modernidad en el nuevo siglo con el nacimiento de la República de 1902.

ESTILO Y ARQUITECTURA DE LA EDIFICACIÓN

Los más grandes impulsos en la construcción del templo, estuvieron a cargo del Rev. Dr. Joseph Milton Greene, quien en 1905 solicitó al departamento de arquitectura municipal la licencia de construcción.

El proyecto estuvo a cargo de Board  of firs underwriter of America y el contratista T.L. Huston Press, y el maestro de obras Benjamín  de las Vegas, los cuales colocaron la primera piedra el 8 de enero de 1906, en la calle Salud No. 40 (más tarde Salud No. 218), siendo inaugurada esta en el mes de diciembre de 1906.

Las características eran del estilo gótico muy cercano al desarrollado de los países nórdicos, caracterizado por las naves altas, impresión de verticalidad, grandes ventanales, con las torres terminadas en puntas, presentando abortantes y contrafuertes lo que provoca el efecto de ligereza al paso del transeúnte.

La fachada está limitada por dos torres, y su parte central formada por una gran ventana ojival, subdividida y rematada por una gran roseta.   Las fachadas laterales están embellecidas por diez ventanas ojivales, entre los contrafuertes que refuerzan el muro, elemento repetitivo que modula la estructura.

La torre de la derecha es de menor altura y la de la izquierda termina en una punta cuadrada y su revestimiento con tejas galvanizadas. La cubierta de la nave es a dos aguas, de tejas francesas, el techo está formado por veinticuatro armaduras y forros de tablas machihembrado, además un cielo raso en toda la nave de la iglesia con tabloncillos machihembrado.

La fachada mide 12.5 m de frente y la longitud 30.35 m, la nave del templo 11.90m de longitud, la altura hasta el caballete es de 15.40m y la altura de la torre mayor es de 24m, una construcción sencilla en cuanto a ejes y trazos, sin sobrecarga en la decoración, con techos sencillos de madera, siendo la carpintería la que marca la verticalidad de los contrafuertes.

CONCLUSIONES

Dentro del tránsito de los distintos movimientos arquitectónicos que caracterizaron la arquitectura nacional y en particular de La Habana, es válido observar del período republicano, los códigos de interpretación, propio de las distintas clases sociales y sus intereses expresados en el arte.

Así la arquitectura llega a ser exponente de estos y expresión de identidad, no solo como rechazo al poder colonial, sino por el deseo manifiesto de dejar atrás los lastres coloniales y entrar en la modernidad, en la gran empresa capitalista que fue la que desarrolló las nuevas urbanizaciones de la ciudad, en particular en la arquitectura civil-pública, expresada en el eclecticismo, el Art Nouveau y el Art Decó, importantes elementos de integración facilitada por la continuidad, que nació de la arquitectura de autor, costeada por las elites y creada por ella, y que fue la que caracterizó el paisaje urbano nacional.

Hoy se hace necesario una nueva valoración de esta arquitectura como documento para el conocimiento de nuestras tradiciones constructivas y su significación en el paisaje urbano, en los imaginarios colectivos expresados en la significación-resignificación de los espacios identidarios, y la capacidad del asumir el cubano el desarrollo técnico-urbanístico de la ciudad, cuando hoy conspira en su contra la falta de mantenimiento, la vejez y los cambios de uso, entre otros factores.

Ejemplo de conservación lo constituye la Primera Iglesia Presbiteriana de La Habana, la cual preserva su arquitectura original, única en la ciudad, expresión de identidad y cubanía en el imaginario urbano-arquitectónico del centrohabanero.

[1] Vega Suñol, José.  Norteamericanos en Cuba. Estudio etnohistórico.  Colección La Fuente Viva.   Fundación Fernando Ortiz.   La Habana, 2004. P. 6

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