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I
Preferiría imaginar que estamos aquí
por un motivo menos formal que el que indican los
primeros veinte años de un grupo esencial. Preferiría,
en verdad, que nos estuviéramos mirando ahora en este
espejo de memorias con la naturalidad de quien,
sencillamente, agradece un hecho que nos conmueve más
allá de una celebración fechada. Durante dos décadas, es
cierto, hemos recorrido una y otra vez los vericuetos
que nos conducen a una antigua iglesia ortodoxa, quién
sabe si ubicada a la vera del cementerio capitalino para
recordarnos el lazo fantasmal que existe entre los
escenarios y la muerte, en esa condición inasible que el
Más Allá deja como estela de invocación en cada
espectáculo. El Teatro Buendía es uno de esos núcleos
que bebe del misterio que fluye entre esas dos esencias:
la muerte y el juego mismo de las máscaras, con las que
el hombre burla la desaparición del cuerpo para
reinventarlo. En veinte años esas máscaras han sido las
de Las perlas de tu boca, y el denso maquillaje
que convertía a sus intérpretes en espectros
garciamarquianos, shakespeareanos, etc. Una casa teatral
atrapada en la memoria que mira al cementerio. Límite de
vida fabulada y transgresión, el cardinal Buendía nos
repite todo eso, a su modo, tanto tiempo después. Hoy
esos veinte años nos dicen otras cosas. Entre las menos
elegantes, que hemos envejecido, que ya no somos
aquellos casi adolescentes que se apiñaban en los
escalones de esa iglesia-teatro, y que algunos han
conseguido pasar al inefable rango de «invitados», o lo
que es lo mismo, han logrado burlar la cola de los otros
casi adolescentes que, repitiendo un gesto que nosotros
imaginamos inventar, esperan en esa escalera y, cómo no,
también a la usanza de nosotros, se molestan cuando ven
entrar más y más «invitados», haciéndonos sospechar que
si algo de espacio quedará dentro del atrio será un
simple pedazo de suelo en el que mal que bien
acomodarnos. Repiten nuestros gestos, nos miramos en
ellos para descubrir una señal que ya no haremos más.
Son, como lo fuimos nosotros, hijos del Buendía.
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La octava
puerta, dirección de José Antonio Alonso |
II
Digo «hijos del Buendía» y he aquí que salta la
metáfora. Acaso ningún grupo cubano haya alcanzado esa
calidad, la de levantarse ante nosotros como imagen
familiar. Una familia cubana y tebana: con sus tragedias
y sus dioses particulares, con su mitología y su
cosmogonía, con su mundo propio de figuraciones, ante la
cual habrá que ganar la habilidad de un iniciado.
Recuerdo que esa impresión ganó en mí escala de reflejos
cuando vi por vez primera La cándida Eréndira.
Flora Lauten, después de tantos años, volvía a ser el
centro visible de una puesta teatral, y a su alrededor,
interpretando máscaras que ella misma había soñado,
estaban sus discípulos. Sus colegas. Sus hijos. Era un
tiempo todavía probable donde esa familia empezaba a
desplegarse, y aquel espectáculo, que giraría por medio
mundo, incluía entre sus más hermosas imágenes la del
espejo que era traído al escenario para que los
espectadores vieran, siquiera por un minuto, sus rostros
en aquella bruñida superficie (años más tarde, una
imagen similar me sorprendió en Los libros de
Próspero, la insólita película de Peter Greenaway).
Ahí estaba una familia nutrida y poderosa, ceñida en el
espacio tenebroso y retador de un escenario. Flora
Lauten, luego de esa puesta, ya no se dejaría ver en ese
punto tan expuesto nunca más.
Una
familia es una metáfora que se deshace para ser
recombinada. La familia del Buendía está dispersa hoy
por el mundo. Felipe Dulzaides en California, Lillian
Vega en Miami, Orestes Pérez va y viene de Turquía.
Antonia Fernández, Carlos Celdrán, Nelda Castillo,
imaginan otra Habana teatral en la que sus puestas
coinciden con las del núcleo del cual alguna vez se
desgajaron. No creo en una experiencia real que no sepa
multiplicarse en distintas circunstancias, ramificarse
hacia direcciones inesperadas en las que, sin embargo,
volverse a explicar. Dondequiera que haya hoy un
Buendía, esa familia se amplifica, incluso como negación
de sus primeros presupuestos. Eso aprendimos leyendo la
historia atomizada y desgarrada del teatro cubano.
Teresa María Rojas repite a Morín en la Florida, Morín
repite el recuerdo de Piscator, ya sin hacer teatro, en
New York. Miriam Acevedo, en Italia, repite el eco de
Vicente Revuelta que la dirigiera en La noche de los
asesinos. Antonia Rey y Carucha Camejo, también en
New York, repiten y transpiran el eco de sus
tradiciones. El cubano parece condenado a negar su raíz
para aprender a amarla. José Martí firmaba las palabras
más calurosas y decisivas sobre el destino cubano desde
el exilio, pero sólo al retornar a la tierra de su
nacimiento pudo cifrar ese misterio del idioma y el
espíritu que es el Diario de campaña. En esos
otros hijos, ansiosos de crear otra familia, el Teatro
Buendía se afirma como tradición.
III
Durante un tiempo que ha sido la mayor parte de esos
veinte años que ahora nos invitan a reflexionar sobre el
Buendía, la sola mención de su nombre significó un
espacio diferenciado entre nosotros. Laboratorio,
taller, asunción de fuentes culturales desde una
voluntad de poderosa reescritura, el trabajo del actor
en su calidad de actante más que de intérprete, la
vuelta a la máscara como el rostro original del actor,
etc. Si Lila la mariposa (espectáculo que no
llegué a ver) puso en crisis nuevamente, como en su
instante lo hizo el estreno mundial de Electra
Garrigó, la reacción acomodaticia del público cubano
ante sus clásicos y el modo en el cual podía el teatro
replantearse la necesidad de una revolución interna;
Las perlas de tu boca, que aplaudí en la iglesia de
Loma y 39 y en una extrañísima temporada que desplegó el
Buendía en la sala Covarrubias, alteraba las nociones de
reaprendizaje con la cual un joven espectador podía
reconocer sus propios patrimonios. Volver a leer la
familia proponía esa puesta en escena. Sin apenas
palabras, a partir de un trabajo de búsqueda en la piel
otra que eran las hermosas máscaras, anunciadoras de la
belleza museable de las que, años más tarde, luciría la
puesta de Otra tempestad. Las máscaras de Las
perlas de tu boca no eran tan hermosas como
funcionales, estaban creadas desde la perspectiva de la
proyección de aquella figura que el actor creaba
mediante una sucesión de improvisaciones, de las cuales
emergerían personajes inolvidables: La Negra, La Loca,
El Mambí. Y El Chivo.
IV
Confieso que no podría recordar mucho de Las perlas
de tu boca si se me arrebatara el recuerdo de El
Chivo, creado por Nelda Castillo dentro de la galería de
figuraciones que componía el espectáculo. Allí estaba,
anulada por su propia creación, y por ende, crecida
hasta asombrosos alcances interpretativos, una actriz
fabulosa, una mujer capaz de hacer palpable, incluso en
una puesta donde ese grado de virtuosismo tal vez no
fuera la prioridad, el sentido real de una vieja y
manoseada palabra teatral: caracterización. Su canto, su
baile, su presencia, daban una brújula al espectáculo
que conducía firmemente al espectador hacia los mejores
momentos. Sí, es cierto, recuerdo muchos otros detalles
de la puesta, por ejemplo, aquel coro que se empecinaba
en cantar: «Usted es la vergüenza de una familia
intachable». Pero la calidad entrañable de ese logro
actoral con el que Nelda Castillo marcó la puesta hizo
distinto en mí el acento de la familia Buendía.
Hoy, los propios espectáculos de Nelda Castillo, al
frente de su grupo El Ciervo Encantado, trazan una nueva
latitud desde aquellas búsquedas. Anclada en el lejano
teatro de la Facultad de Artes Plásticas del ISA, Nelda
insiste en crear imágenes de elevado rango teatral.
Junto a Carlos Díaz, la propia Flora o Berta Martínez,
es una de los pocos creadores de la escena nacional
capaces de producir imágenes narrativas, de firme
progresividad dramatúrgica, desde un sentido del diseño
que se reactiva sólo y esencialmente a partir de una
lectura de teatralidad concisa y autoargumentada
mediante una proyección estética cada vez más
personalizada. Lo que, desde el Buendía mismo, alcanzó
como código en Las ruinas circulares y Un
elefante ocupa mucho espacio o Monigote en la
arena, se ha individualizado en un trabajo de
profundo taller sobre las bases de una reapropiación de
lo Cubano en tanto misterio que puede ser leído también
desde la periferia: su propio emplazamiento en un
entorno no teatral pareciera una analogía de sus
indagaciones. De ahí sus lecturas de Sarduy, Cabrera
Infante, Lydia Cabrera, recombinados en una voluntad
barroca que fue aprendida bajo el hechizo concurrente de
una Raquel Carrió, sabia en esas fórmulas de poderoso
remix cultural. Sus puestas resemantizan esas
referencialidades, pero a su modo proyectan una
estructura dramatúrgica que va atomizándose, a riesgo de
que sea la imagen quien narre y no el acontecimiento
teatral representado, como si se prefiriese el impacto
visual del performance y se desdibujara ex
profeso la naturaleza literaria de esas fuentes, el
entramado argumental que lucha contra esos nuevos
tratamientos. Las puestas de Nelda Castillo amplifican
el sentido de taller y ritual que alimentó determinada
vida del Teatro Buendía: ahí esa arista ha alcanzado un
estado de indagación que produce vibraciones
inquietantes. Sus espectáculos, me gusten más o me
gusten menos –y confieso que no todos me han gustado–,
activan una oscilación que rara vez encuentro en otros
ámbitos de la escena teatral cubana. Pájaros de la
playa, De donde son los cantantes,
Visiones de la Cubanosofía, rehuyen el pálpito de
una Cuba externa (baile, carnaval, oropel festivo) que
el Buendía también reapropió. La visión de El Ciervo
Encantado es una afirmación de todo ello, pero desde la
negación, en una terca actitud piñeriana, la de una voz
que repite: «¿Qué puede el sol en un pueblo tan triste?»
V
A
esa interrogante piñeriana intenta responder, acaso, la
posibilidad desatada por Antonia Fernández desde el
Estudio Teatral Vivarta, un núcleo que surgió dentro del
propio Buendía y luego acabó desprendiéndose hacia un
cardinal independiente. Historia de un caba-yo,
su primera entrega, se convirtió en uno de los más
premiados y celebrados montajes de la última década del
siglo, y sobrepasó con creces las expectativas que su
directora, una de las actrices emblemáticas de la
familia teatral habanera, pudo proponerse ante los
primeros espectadores. En realidad, el montaje era el
resultado de diversas conjunciones: la de una puesta
firmada por Vicente Revuelta a mediados de los ochenta,
el recuerdo de la misma a través de uno de sus
intérpretes: Félix Antequera, la voluntad pedagógica de
Antonia Fernández desplegada en las aulas del ISA, y la
tozuda necesidad de hacer a la que debemos, contra
tantas contingencias, algunos de los mejores momentos de
nuestra escena. Del ISA mismo brotó el árbol Buendía, de
esa vuelta al origen nacía un camino que también
extendía un ramaje propio. La herencia formativa del
grupo madre se reconsideraba en el nuevo empeño de
Antonia Fernández, que ponía en juego su carrera para
apelar a estudiantes, actores no profesionales y gente
hasta ese momento ajena al mundo propiamente escénico
para levantar una pieza que, como dijese una joven
crítica «asombraba por su ausencia de cinismo», en un
momento en el cual el sarcasmo ha venido a revestir
nuestro teatro de una conciencia cada vez menos utópica.
Historia de un caba-yo, como Las perlas de tu
boca o Lila la mariposa, apelaba al
levantamiento de una estructura de pensamiento no sólo
teatral donde los jóvenes ocuparan el centro de
reflexión, y a la manera del célebre dibujo de Da Vinci,
pudieran entenderse como proporción de un nuevo mundo.
Historia de un caba-yo, en su metafuncionalidad
de metáfora múltiple, era también una relectura de toda
la Historia Buendía: la mezcla de esos nuevos
intérpretes con figuras fundadoras de su tradición
alteraba y catalizaba una química que reajustó parte de
sus coordenadas. El espectáculo, sin embargo, sufrió las
pomposas consecuencias de esa oleada de premios y
reconocimientos; empezó, creo yo, a tomar en serio
preguntas que abría y protegía en su valor de
incertidumbre, transformándolas en sentencias al parecer
ya resueltas. Cuando Fernández acomete ya, desde el
Estudio Teatral Vivarta, un nuevo proyecto, Muertes
de amor en Verona, sus presupuestos estaban
formalizados en un acento que no sólo no superaron los
de Historia de un caba-yo, sino que además
plantaron en un orden regresivo los alcances de la
puesta precedente. Fuera de la célula protectora,
Vivarta ha debido enfrentar los avatares de producción y
sobrevivencia que toca a todo colectivo naciente en las
duras condiciones de trabajo y persistencia que marcan
al teatro cubano de hoy. De eso también hay trazos en
sus nuevas entregas, y sospecho que el prometido
Galileo Galilei opere como señal que beba en ese
crecimiento en soledad. La directora insiste en trabajar
textos de alta exigencia para la mayor parte de sus
jovencísimos actores, y por ende, el empeño debe
resolverse en una doble senda: activar esos textos desde
la labor propia del organizador que concibe la puesta en
escena al tiempo que motivar a sus fieles en un
desempeño actoral que haga del escenario un espacio de
real laboratorio interpretativo. En esa tierra de
transición se encuentra ahora Antonia Fernández:
herencia del Buendía como un aula teatral, una clase
viva que puede aún, como hizo en Historia de un caba-yo,
volver de revés el acomodo tradicional de las gradas de
la vieja iglesia para entregarnos su punto de vista. Un
Buendía que siendo el mismo, también lo fuera, como
espacio creativo al revés. Alicia en el espejo. El
espejo en Alicia. Claro que ya, unos años antes, ese
mismo juego lo había intentado, allí mismo, Carlos
Celdrán.
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La cándida
Eréndira, dirección de Flora Lauten y Carlos
Celdrán |
VI
No
dejo de recordar aquella pregunta que un crítico me hizo
a la salida de la función de Roberto Zucco que,
aún en el Buendía, dirigió Carlos Celdrán. ¿Qué aporta
una obra como esta al panorama teatral cubano?, me
interrogó. He debido madurar un poco, envejecer también,
para tener una respuesta ante esa duda. Por suerte,
parte de esa misma respuesta la aporta el propio Carlos
Celdrán, hoy al frente de su Argos Teatro, capacitado
para dar por cerradas discusiones tan obvias. Mirar en
progresión al pasado es siempre una actitud deseable,
porque permite comprender de un mejor modo los errores y
hallazgos, las pérdidas y sus consecuencias. Aquel
Roberto Zucco cerraba el espacio del Buendía a la
inversa, utilizaba el escenario como espacio de
gradería, colocaba a los intérpretes dentro de la cabina
de sonido: inventaba un parque, una cárcel, una estación
del metro en un sitio que se volatilizaba. Años más
tarde el espacio iba a cerrarse aún más, y éramos pocos
los que, noche a noche, podíamos entrar al sótano de la
vetusta iglesia para sorprendernos de la energía que
emanaba de Baal. Antes, Carlos Celdrán había
firmado El rey de los animales, Safo (un
unipersonal que no perdono a Antonia Fernández el no
seguir representándolo, cosas mías, ya sé, pero también
mi derecho de espectador deslumbrado), y codirigido
La cándida Eréndira… Baal recomenzaba la galería de
antihéroes que han sido, para Celdrán, el asesino
francés, el Segismundo de Calderón, la Shen Te de Brecht,
y el Pasolini que lo consagra. Despojándose de los
acentos espectaculares que han sido el gesto manierista
del Buendía más celebrado, su visión se confabula con un
vacío donde el actor irradia una calidad diversa, un
anhelo de convicción que le exige sucesivos retos
interpretativos. Una línea que profundiza en las
búsquedas progresivas alrededor de Stanislavski, donde
se funden el nombre de Vicente Revuelta, la propia
escuela de Teatro Estudio y sus herederos (Flora Lauten,
claro está), desde un corte que reubica esos estamentos
en una Habana del nuevo milenio.
Poco a poco Celdrán ha ido encontrando sus actores. El
intenso trabajo alrededor de Zulema Clares ubica un
primer momento que hoy parece trasvasado a la
observación minuciosa de un talento tan particular y
múltiple como el de Alexis Díaz de Villegas. La
conjunción de esos talentos y la confianza creciente en
ese rol activo del intérprete les permiten a sus puestas
alcanzar una factura donde la espectacularidad es otra,
donde el orden de inteligencia teatral es otro, donde la
realidad escénica alza una cuarta pared que quiere
saberse de algún modo transparente: invisible como
Roberto Zucco. Esa inteligencia teatral es también, por
qué no, intelligentsia: Celdrán ha organizado en
un gesto programático parte de su pensamiento teatral
mediante ensayos que son una rareza entre sus propios
contemporáneos, no digamos ya de sus antecedentes: los
libros muertos del teatro cubano son aquellos que no
firmó Roberto Blanco, que no dictó Berta Martínez, que
el propio Vicente apenas avistó. Leeremos esos ensayos,
dentro de otros veinte años, para reaprender cómo el
legado Buendía puede volverse su aparente negativo: su
opuesto de color, su sobriedad elocuente desde la
vitalidad de otro estallido.
VII
Imagino que el mapa teatral es
mucho mayor que el mapamundi que nos enseñaban en los
primeros días de la escuela: en ese mapa estará el
castillo de Elsinor, la Moscovia de La vida es sueño,
la Arcadia misma donde tantas piezas renacentistas
parecen representarse. Y que lejos de ayuntamientos o
alcaldías, sus edificios más importantes serán, claro
está, los teatrales. Entre esos estará una Iglesia. La
Iglesia Buendía, con sus fieles agnósticos y sumisos a
un credo que no es sino el de la escena: blasfemo en su
belleza permanente. Hijos del Buendía no son únicamente
estos que aquí he mencionado. Hablo de ellos porque son
una línea de avance que prolonga, más allá de angustias
personales, de razones humanas incluso en ese arte
doloroso de la convivencia, lo que el Buendía mismo
inauguró como código. Porque en ellos la imprescindible
futuridad de todo proyecto se justifica y se crece.
Hijos del Buendía, dispuestos a recorrer ese otro mapa,
somos todos los que hemos crecido a la sombra de esa
Iglesia que es Teatro y es Fe y es Familia. Nuestra idea
misma del teatro, nuestros paradigmas, están
contaminados por el conocimiento de lo que bajo ese
techo se concibe y anuncia con cada estreno. Buendía es,
nadie puede negarlo, un punto y aparte de nuestro
momento escénico, la célula a la que invocamos para que,
aún en los momentos de mayor sequía creativa, nuestras
carteleras se dignifiquen con un empeño de rango
internacional. Lo que vemos en otros teatros, en esos
otros teatros del mapa imaginario, lo juzgamos a partir
de las dimensiones de lo confrontado dentro del Buendía.
Idealizamos un universo de alta teatralidad en el que la
tropa de Flora y sus hijos han creado ya determinadas
referencias imborrables. Mejor que, peor que, igual que…
Son frases ingenuas que, sin embargo, vuelven a nuestra
mente una y otra vez. Confieso que las últimas puestas
del Buendía siguen pareciéndome loables y dignas, si
bien no encuentro en ellas el acento investigativo y
estremecedor, desde su propio corazón de taller de la
trasescena, que aplaudí bajo ese techo hasta el estreno
de Otra tempestad. Ahora mismo esperaba que tras
la suntuosa envoltura de Charenton, esa
Revolución Francesa nos dijera claves más incisivas
acerca del destino de esta otra Revolución no menos
acosada de fantasmas: eso es la Historia. Pero esto no
quita ni da brillo a esas entregas: son como son y yo
soy como soy. Un hijo del Buendía. Un hijo incómodo, no
sé bien si deseado, pero que se forjó viendo a esa
madre, a esa familia, intercambiar risas y lágrimas,
sangres y deseos, máscaras y rostros. El Teatro existe
en mí porque existe en mí también ese Buendía: esa
Iglesia teatral, casa de espejos, cuyas puertas seguirán
abriéndose con cada nuevo espectáculo para mí, para los
que estuvieron, para los que siguen enlazados al Buendía
donde quiera que se les pida una carta de identidad. |