|
Para formular cualquier razonamiento sobre la teleserie
La cara oculta de la luna, cuya segunda temporada
mantiene tan ocupados y hasta preocupados a millones de
cubanos, creo que debiera comenzar clasificándola de
acuerdo con sus valores audiovisuales, estéticos,
artísticos. Poco hay que exaltar o elogiar a este
respecto, más allá de las muy notables, incluso
extraordinarias, interpretaciones que descuellan en casi
todos los capítulos. Sobre todo, en primerísimo lugar,
Luisa María Jiménez y Tahimí Alvariño, a las cuales se
les confirieron los personajes más ricos, conflictuados,
redondos y complejos. En otras vertientes, poco que
decir. Intenciones machaconamente didácticas, diálogos
pobres, situaciones dramáticas resueltas con una pereza
e impericia notables, conflictos que no se desatan ni se
desarrollan, y avanzan penosamente sin llegar apenas a
ser enunciados, lugares comunes de toda laya y
procedencia, y una esencia deudora de programas
orientadores para toda la familia estilo Nuestros
hijos, Para la vida, y muchos otros que no
estoy afirmando sean innecesarios, pero su índole
redundante está reñida con los valores alusivos, de
sugerencia incitante para el pensamiento y los sentidos
que se asocia con el arte.
Entonces, ¿a qué
tanto revuelo con una teleserie que abusa de su
contingencia y utilitarismo, limitada por la
obligatoriedad de sus moralejas, y por el
“revelador” imperativo de alertar sobre los peligros
del sexo practicado sin protección ni
responsabilidad? Reconozcamos que la aparición de
esta segunda etapa de La cara oculta de la luna
no ha provocado precisamente, entre nosotros, un
rebrote de madurez analítica y comprensión del tema
de la homo(bi)sexualidad a todos los niveles, como
tal vez se esperaba. A diario se escuchan en la
calle, a toda hora del día y de la noche,
expresiones mordaces, despectivas y agraviantes (por
parte de un sector del público que intenta así
conjurar su desconcierto) aplicadas no solo a los
personajes, lo cual expresa ya de por sí suficiente
dosis de homofobia, sino incluso a los actores, que
solo cumplen con su oficio. ¿Será que Cuba es el
país más homofóbico de la tierra, poblado por los
machistas más radicales, que incluso se niegan a que
sea visto en sus casas tan depravada constatación de
que merecen respirar algunos varones distintos a
ellos? ¿O será que el sacrosanto espacio estelar del
principal canal de televisión, tradicionalmente
ocupado por la telenovela, no era el espacio para
presentar tales personajes y provocaciones? ¿Será
que nuestros medios no se han ocupado de educar
paulatina y pacientemente al público masivo sobre el
respeto a la diversidad de opciones individuales, a
la aceptación de la diferencia, a la tolerancia que
no significa necesariamente complicidad ni
participación?
Quienes me han leído
con cierta frecuencia saben que no soy yo de los
periodistas que abren interrogaciones sin aportar
algunas respuestas, por muy erradas que estas puedan
ser. Cuba, a pesar de pertenecer a la civilización
occidental de matriz latina y judeo-cristiana (con todo
lo que ello implica en cuanto al desprecio y condena
ancestrales de la homosexualidad), a pesar de las
fuertes raíces y retoños del machismo compartido por
hombres y mujeres que lo heredaron de sus padres y
madres, a pesar de muchos otros pesares —como los
innegables vilipendios y discriminaciones que han
padecido en esta zona del mundo las personas inclinadas
hacia otras de su mismo sexo— no es el paraíso de
quienes odian a los homosexuales y, trabajosamente, como
probablemente ocurriera antes en Dinamarca y Holanda,
como tal vez suceda algún día en Afganistán y Colombia,
los homosexuales conquistan un espacio, un lugar, el
respeto y la aceptación de la sociedad, si es que lo
merecen en virtud de cualidades que no tienen nada que
ver con su preferencia sexual.
Lo que ha ocurrido,
el repunte de ira, las manifestaciones perennes de
burlas maliciosas e insultos desembozados, proviene de
que la fábula relativa al bisexual que abandona su
esposa, hogar e hija, por mantener una relación gay, ha
sido colocada en el espacio de la telenovela, en ese
tiempo suspendido que es la hora elegida en toda
Latinoamérica, y buena parte del mundo, para recrear las
ilusiones románticas (predominantemente heterosexuales,
por supuesto), para alimentar el imaginario colectivo
con espejismos consoladores sobre el sempiterno triunfo
del bien, la bondad y la belleza, virtudes que
regularmente asisten a los seres humanos blancos,
bonitos, “normales”, jóvenes (a lo sumo mediotiempos) y
bien acomodados en la escala social y económica que
suelen protagonizar estos culebrones de mayor o menor
significación cultural. No recuerdo yo, ni he oído
hablar, en la larga e importante tradición audiovisual
latinoamericana, de una teleserie, y mucho menos
telenovela, que haya conquistado la aclamación general
valiéndose de un conflicto principal donde los, o las,
protagonistas entren en conflicto a propósito de la
definición de su inclinación sexual predominante. Este
ha sido un paso arriesgado, progresista y valioso de la
televisión cubana.
Pero entonces de
sopetón, sin que exista una cultura de la convivencia
con estos temas entre el público masivo (porque el
asunto prolifera y ocupa cierto lugar en el arte y la
literatura cubanos, y se presenta sin mayores
sobresaltos en la literatura, la radio, las galerías y
museos, los teatros, los cines de arte y ensayo, o los
Festivales del Nuevo Cine Latinoamericano) aparece nada
menos que en el medio masivo por excelencia, y en su
horario más popular, La cara oculta de la luna,
en la misma televisión donde nunca se ha exhibido, y a
todas luces no se exhibirá próximamente, Fresa y
chocolate, la más significativa apuesta del
audiovisual cubano, junto con Video de familia,
en pro de la tolerancia y la aceptación del diferente,
en particular los homosexuales.
En nuestra televisión
habían predominado, hasta ahora, en la perspectiva de
los dramatizados nacionales, dos actitudes, dos
direcciones generadoras de significados, en consonancia
con los modos en que lo hace el cine y la televisión
globalizados y multiculturales: el malditismo o la
parodia; el homosexual se presenta cual monstruo de
inmoralidad infinita, resulta la víctima propicia de
toda violencia y vejación, o se convertía en máscara
risible, la tradicional “loca” sujeta a toda suerte de
chanzas, situaciones grotescas y caricaturescas. En este
último acápite clasifican casi todos los personajes
gays que han aparecido en los programas humorísticos
de nuestra televisión —Pateando la lata, ¿Jura
decir la verdad? y muchos otros—, así como en la
mayor parte de las comedias costumbristas del cine
cubano que se atrevieron a rozar el tema: Kleines
Tropicana, Las noches de Constantinopla, y
algunas otras.
Si bien no podía
pedírsele demasiado a esta teleserie en términos de
complejidad expositiva y sutileza en el discurso, habida
cuenta de sus propósitos obviamente aleccionadores y
moralizantes, sí podía reclamársele al guionista y a los
realizadores mayor profundidad y apertura mental ante el
tratamiento de un tema que se sabe resulta sensible,
todavía escandaloso, grave y demasiado inédito en los
medios masivos, y que por tanto requería extrema
delicadeza a la hora de proponer héroes y villanos,
valores positivos y negativos, conflictos y resoluciones
finales. Porque, aparte de toda la moralina manipulación
de conciencias que recorre este dramatizado, se presenta
la inclinación de los dos personajes como algo desviado,
azaroso y ofensivamente pudibundo (los actores se
mantienen a distancia, y hablan, hablan y hablan, sin
que una sola mirada o gesto insinúe más allá o más acá
de los diálogos). No estoy solicitando pornografía,
estoy exigiendo las evidencias de algo tan sencillo como
el amor posible y deseable. De modo que hasta
incomprensible ha sido para muchos esta relación
fortuita y vana, hasta el punto de que algunos
espectadores se preguntan, sin encontrar respuestas
satisfactorias, qué es lo tan importante y arrasador
ocurrido entre ellos para que uno de los dos decida
renunciar a su categoría de padre de familia ejemplar, y
correr detrás de un tipo francamente insoportable, que
le sirve como refugio (¿por qué?) y única solución (¿a
qué conflicto?).
Por supuesto, aunque
a esta misma hora no ha concluido la teleserie, ya
podemos saber que ambos personajes serán castigados
—como mismo le ocurría a los cristianos en Roma, a los
herejes durante la Inquisición, y a los comunistas
durante el macartismo— y tendrán que pagar el más alto
precio posible, como le corresponde en todo melodrama
que se respete, a los malvados, falsos, desintegrados y
traidores. La guinda en el helado, la corona en el
desfile, la proveen sentimientos como la admiración,
piedad e identificación irrestricta que provoca el
personaje de Luisa María Jiménez, la esposa sufriente y
traicionada, la heroína melodramática sin discusión,
capaz de suscitar la mayor parte de las simpatías del
público, alineado en contra de la patética pareja
homosexual (¿podía ser de otra manera?, ¿deja La cara
oculta de la luna un solo resquicio para que no
ocurra así?). Y mientras Luisa llora su desdicha y añora
al fauno que la hacía gozar bajo la ducha, los dos
hombres son retratados como personas aburridísimas y
latosas, incapaces de disfrutar su “pecado”, dos
culpables merecedores del castigo divino por su horrenda
falta contra la naturaleza y la sociedad. ¿Pero de qué
estamos hablando? ¿Puede alguien sorprenderse de ciertas
reacciones del público? ¿No es el tratamiento de los
personajes, mediante el elemental mecanismo de
identificación o rechazo, el que ha llevado a ciertos
espectadores inciviles a gritarles cosa a los actores, a
sus esposas y a sus hijos? Armando Tomey y Rafael Lahera
se han presentado absolutamente en todos los espacios de
la prensa, la radio y la televisión dejando bien claro
“la enorme distancia que guardan respecto a los
personajes”, como si tanta aclaración distanciadora no
fuera sintomática, también, de la homofobia y el
machismo que gobierna las conductas, incluso entre
intelectuales y artistas. ¿Se imagina alguien, en Cuba,
un actor o actriz, de comportamiento abiertamente
homosexual, que además reconozca en uno de esos foros
mediáticos que asumió un papel de ese corte porque lo
sentía, con cada fibra de su cuerpo e inteligencia,
estanilaskianamente cercano a sus vivencias personales?
No lo creo posible por el momento, pero igual estamos en
camino de alcanzar un punto así de autenticidad y
madurez.
Fresa y chocolate
marcó un parte aguas en el tratamiento del tema en Cuba.
El personaje de Diego (a diferencia de los protagonistas
de la teleserie) llegaba adornado por una serie de
virtudes que instauraron la reflexión, o al menos la
duda, entre centenares de personas que, antes de ver el
filme, detestaban a los homosexuales. Yo mismo fui
testigo de un acto de contrición, con lágrimas y todo,
en el lobby de la Cinemateca, por parte de una de esas
inquisidoras de tierno y represivo corazón, de las que
capitaneaba asambleas sumarias para expulsar a
homosexuales de la universidad en 1980. El filme de
Tomás Gutiérrez Alea, Juan Carlos Tabío, Senel Paz y
Jorge Perugorría estremeció los cimientos de la ya
tambaleante homofobia nacional. En cambio, el homosexual
interpretado por Armando Tomey, si bien reconoce con
autenticidad su inclinación sexual, también es
presentado a la sombra del estereotipo que le atribuye,
como inherentes a su naturaleza y a las personas de su
inclinación, la ligereza, el refinamiento, lo
acomodaticio y asertivo, la blandenguería, el regusto
por las actividades femeninas, el utilitarismo, la
cobardía, la promiscuidad... y además es presentado cual
homme fatale, tácitamente corruptor y destructor
de la paz hogareña, de la familia, y potencial trasmisor
de la enfermedad. El bisexual (asumido por Rafael
Lahera) es un verdadero “dechado” de fallas éticas,
practica todo tipo de mentiras, hipocresías y dañinas
indecisiones; miente todo el tiempo, nunca se sabe cuál
es su móvil ni dónde está su centro ético, conductual,
de principios. Nadie debe sorprenderse entonces conque
tales personajes muevan a un repunte de intolerancia, si
la teleserie no está haciendo otra cosa que reproducir
el anticuado y discriminador discurso que iguala el
homosexualismo con las tendencias más desintegradoras,
antisociales y viciosas del ser humano.
No pretendo negar ni
mucho menos la evidencia de que la mayor parte de las
personas infectadas con SIDA, según afirman cifras
confiables, lo contrajeron a través de un bisexual, pero
nunca es la inclinación en sí lo que ocasiona la
enfermedad (ya se sabe también que el VIH ha dejado de
ser una enfermedad que atañe solo a los homosexuales)
sino la ejecución de actos sexuales desprotegidos, un
asunto al cual ni siquiera se ha hecho referencia en
esta segunda parte de la serie. Por lo tanto, resulta
excesiva la demonización tal vez inconsciente del
bisexual y el homosexual que emprende La cara oculta
de la luna respecto a una inclinación que, si se
ejerciera de forma madura y responsable, resultaría tan
válida, incuestionable y legítima como cualquier otra.
En fin, es cierto que
el tratamiento y presentación de la homo(bi)sexualidad
resulta altamente cuestionable, pero por algún lugar
había que empezar, y La cara oculta de la luna abre
un camino, instaura una discusión que jamás se había
verificado con tanta fuerza y masividad ante un producto
de la pequeña pantalla. Esperemos que no sea este el
único ni mucho menos el último espacio que trate el
asunto sin sobredimensionarlo ni idealizarlo, sino como
un tema más que perturba, atañe e interesa a los cubanos
y cubanas de hoy mismo. |