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2006

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Raúl Corrales
El soldado que sueña un anhelo postergado
Josefina Ortega
La Habana


La foto del guerrillero del triunfante Ejército Rebelde, que duerme el sueño viejo de meses y meses en la lucha, volteando el rostro al cuadro en la pared, siempre me pareció de esas fotografías que cambian las percepciones que se tienen de las cosas cotidianas, a veces invisibles.

Y el autor de la foto debió saberlo.

Como siempre sucede cuando los aforismos se hacen patentes de un modo inequívoco, uno no puede sustraerse a ciertas evidencias de lo misterioso. “La muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”, es un precepto que adquiere esa rara dimensión cuando hace coincidir en el tiempo y el espacio la vida y la obra.

Ha sucedido así con la muerte reciente del conocido fotógrafo cubano Raúl Corrales. Y la foto vuelve a darme la misma percepción. Cierto es que Cuba tiene una larga lista de aguzados y excelentes artistas de la lente, algunos de los cuales viven y colean como Liborio; otros han muerto en la flor de la obra, como Ahmed Velásquez. Y muchos están, bien cierto es, en el tiempo y el espacio de la obra inmensa que dejaron. De Constantino a Korda hay por medio unos cuantos puestos cubiertos.

Y la excelencia de todos estuvo —está— en saber lo que cada momento necesita. Solo que en el arte de la fotografía eso se reafirma muchos años después. Al parecer el maestro Raúl Corrales lo aprendió desde que por primera vez cargó con una enorme cámara marca Speed Graphic y, mientras se paseaba por la calle Obispo con toda la parafernalia, descubrió que había encontrado su lugar en este mundo después de largos años haciendo de todo un poco.

Abriles después han llovido interpretaciones sobre sus fotos más famosas. Los críticos ensayan conceptos y “sistematizan” —para hablar con términos vanguardistas— sobre ideas estéticas, razones éticas o arquetipos sociopolíticos.

“Yo solamente fui el cronista que sencillamente le hizo click a la cámara en el momento en que tenía que hacerlo” dijo una vez. Sin embargo, sigo pensado que el soldado rebelde sueña un anhelo postergado con una mujer como la del cuadro, algo que la vida, las armas —la lucha— han separado por razones obvias.

La muerte de Raúl Corrales ocurre en momentos de conmemoraciones de sucesos que él ayudó a hacer perdurables. Bien es cierto que la batalla de Girón le permitió elegir entre estar o no, pero decidió estar y hacer algo útil con ella, y esa fue quizá una de las etapas más importantes de su vida profesional, pero no la única.

“Soy un fotógrafo que ha tratado de retratar las cosas como he querido enseñárselas a los demás. Todo lo que pueda encontrarse en esas fotografías es una manera de ver la vida tal como la he mirado desde que tuve conciencia de ello”.

Vida y obra son en verdad intensas. Y es cuando las cosas adquieren esa magia que no siempre vemos y que, a mi juicio, es lo más valioso: hacer lo que corresponde sin pensar en el premio futuro, sino en el placer de hacer lo útil.

Cuando esas cosas se consiguen, haciendo una labor que, por demás, a uno le gusta, se cumple casi siempre con la obra de la vida, aunque tarden años en comprenderse. Los que hoy disfrutamos las excelentes fotografías de Raúl Corrales, además de la trascendencia del testimonio de una época, de una épica, o de una circunstancia fugaz —pero llena de mundo—, deberíamos apreciar también el sentido de hacer posible obra del modo más terrenal y sencillo.

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