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La Habana

25 al 31 de MARZO
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Carlos Loveira: aquel joven desconocido
Leonardo Depestre Catony La Habana


Tres novelas, cuando menos, afianzan el nombre de Carlos Loveira en el panorama literario cubano del siglo XX: Los inmorales, 1919; Generales y doctores, 1920, y Juan Criollo, 1927. Las tres han sido publicadas y reeditadas, de manera que los lectores de entonces y también los de hoy, tienen acceso a un escritor cuya prosa no ha perdido frescura ni fuerza a lo largo de casi un siglo.

Si interesante es la obra de Loveira, tanto o más lo fue su vida, salpicada de situaciones que nos revelan la formación de una personalidad que supo por cuáles derroteros moverse y cómo hacerlo con pasos propios.

Varias veces se ha narrado la manera como Carlos Loveira irrumpió en la literatura impresa. La revista Cuba Contemporánea había creado en 1918 una empresa anexa con carácter de casa editorial. A ella llegó con su manuscrito original entre los dedos. ¿Estaría consciente de la bomba que llevaba en sus manos? Tal vez, lo cierto es que cuando volvió, al cabo de los días, recibió la nueva de que había sido aceptada y estaba camino de las prensas.

Los inmorales, como se tituló aquella primera obra, “tenía por objeto secundar la campaña de divorcio en Cuba”, según expresó su autor, y de inmediato alcanzó resonancia. La tesis de Loveira se resume en la contradicción entre la hipocresía y la doble moral de la sociedad de entonces —decenios iniciales del siglo XX— y los valores éticos esenciales. Es notable la manera profesional, el oficio que revela el autor en la estructuración narrativa y los conflictos que la conforman. Los convencionalismos son sometidos a intenso cuestionamiento, contrapuestos a los sentimientos verdaderamente nobles del ser humano.

A esta le sucedieron otras novelas. Generales y doctores es un retrato de los turbulentos comienzos de la era republicana, con frustraciones, desengaños y mucha corrupción administrativa, enmarcado ello dentro de un contexto histórico real, con marcada intención de crítica social.

Al igual que la anterior, su recepción por el público fue excelente, pues quienes al amparo de grados militares y títulos académicos obtenían beneficios, recibían el fustazo seco de Loveira.

Pero el ya no desconocido novelista no se detuvo ahí. Dio a la prensa Los ciegos, en 1922, Juan Criollo, en 1927, y una obra editada póstumamente, La última lección, en 1929.

En cuanto a Juan Criollo, Henríquez Ureña la califica como “la más descarnadamente naturalista” de sus novelas, “digna de especial atención por el vigor con que en ella se presentan tipos y caracteres”. De su lectura, áspera a veces, emana el lirismo agreste de una trama que no tiene la intención de halagar, sino de revelar.

Echar un vistazo a los datos biográficos de este autor nos explica algunos elementos de su personalidad. Nació en El Santo, un punto perdido de la geografía villaclareña, hacia el norte de la provincia, el 21 de marzo de 1881. Solo tres años contaba cuando su padre murió, entonces se mudó con su madre a Matanzas; ella, a su vez, murió cuando el futuro escritor tenía nueve años. Con la familia amiga donde su madre trabajaba emigró a Nueva York en 1895.

En Norteamérica estableció nexos con el movimiento revolucionario y pronto se enroló en una expedición comandada por el general José Lacret Morlot, que desembarcó al norte de la provincia de Camagüey. Prestó servicios en un hospital de sangre y terminó la contienda libertadora con el grado de subteniente. Obsérvese que por entonces todavía Loveira no había cumplido 20 años, si bien es grande su experiencia en vivencias y sinsabores de la guerra. El inglés aprendido en EE.UU. lo utilizó para trabajar como intérprete de las tropas de ocupación durante la intervención norteamericana.

Seguir el curso de las labores que desempeñó ofrece una idea de cómo Loveira se ganaba la vida: fue obrero ferroviario —retranquero, guardaequipajes, conductor de trenes de caña, maquinista, jefe de obras de construcción. De tales ocupaciones también dejó huellas en la zona del Canal de Panamá y en Costa Rica.

A Cuba regresó convertido en dirigente obrero y organizó en 1910 la Liga Cubana de Empleados de Ferrocarriles, que fracasó, al tiempo que fundaba el periódico El Ferrocarrilero.

El pensamiento político de Loveira, que se mueve dentro del trabajo con los sindicatos obreros, tiene influencias diversas. Sufre prisión por sus labores de agitación y organización de huelgas. También es un viajero incansable. Lo hace a Yucatán, después continúa hacia EE.UU. donde trabajó de secretario para los hispanohablantes de la Federación Americana del Trabajo. Espíritu inquieto, a partir de mediados del decenio del 10 al 20 se mueve por Centro y Sudamérica, también por Europa —Francia, Bélgica, Alemania, Austria, España e Italia—, siempre en función de la  propaganda sindical.

De regreso, en 1919, estrechó vínculos con la intelectualidad nacional, se dio a conocer entre ella, publicó en varias revistas y periódicos y su apellido comenzó a hacerse familiar dentro del ambiente literario. Llegó a ser miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras y de la filial cubana de la Real Academia de la Lengua Española, buena muestra de que no del todo mal le fueron las cosas.

Sobre su manera de escribir declaró: “La lucha por la vida me ha obligado, en mis primeros libros, a lanzarlos el mismo día en que ponía fin a las cuartillas hechas a lápiz, a pluma, a máquina de diversas marcas, sobre una silla, en el tranvía, en el trasatlántico...”

A las obras citadas súmese que escribió una comedia, El hombre es el hombre, aparecida en la revista Cuba Contemporánea, en 1920, y uno de los capítulos del libro Fantoches, editado por al revista Social con la particularidad de que los capítulos fueron escritos por autores diferentes.

Falleció tempranamente en Cuba, a los 47 años, el 26 de noviembre de 1928.

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