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Dos nombres dominan la música cubana de alcance
sinfónico, de proyección universal, en los comienzos de
este siglo, situándose en plano paralelo al de Carlos
Chávez (en México), Blas Galindo, más adelante; y,
dentro de una tendencia que ilustró de una manera
particularmente genial, brillante, amplia, exhaustiva,
Heitor Villa-Lobos, de quien hemos hablado en charlas
anteriores. Esos dos hombres son Amadeo Roldán y
Alejandro García Caturla.
Podemos decir que una conciencia musical nueva nace con
estos dos compositores. Por haber sido contemporáneos,
por haber aparecido en un mismo momento, por haber
compartido ideas afines, se suele decir que esas dos
figuras resultan inseparables. Sin embargo, una cuestión
de tendencia y de cronología, no debe hacernos olvidar
que sus naturalezas sean absolutamente distintas y que,
si bien trabajaron en sectores paralelos, sus obras
ofrecen características diametralmente opuestas.
Amadeo Roldán, ya lo dijimos, se había formado en el
Conservatorio de Madrid, bajo otro tipo de enseñanza; en
tanto que Alejandro García Caturla recibió lecciones y
enseñanzas de quien era entonces director de la Orquesta
Filarmónica de La Habana, el maestro español Pedro
Sanjuán, y luego, de Nadia Boulanger. Nadia Boulanger es
una de las figuras más ilustres de la música europea.
Nadia Boulanger formó un número extraordinario de
compositores, entre ellos al norteamericano, harto
conocido, Aaron Copland.
Alejandro García Caturla llegó un día a París, ávido
de completar su formación musical. Inmediatamente me
pidió que lo pusiera en contacto con Nadia
Boulanger; y Nadia Boulanger era una persona que
dominaba cuanto pudiera saberse en materia de música
―y
ahí están “Los madrigales”, de Monteverdi, grabados
bajo su dirección, que resultan una de las
ejecuciones más hermosas que se han hecho de música
renacentista, para testimonio de ello―.
Nadia Boulanger, repito, le preguntó lo siguiente:
“¿Está usted dispuesto a venir a dar su primera
clase a las seis de la mañana? Pues yo tengo el
tiempo sumamente ocupado”. Caturla le dijo: “Sí, a
eso he venido; iré a las seis de la mañana a su
casa”. Y después Nadia Boulanger, con esa
generosidad maravillosa, esa mujer ejemplar, me
llamó por teléfono por la tarde y me preguntó: “¿Su
amigo Caturla tiene medios de pagarme las clases que
le voy a dar?” Y yo le digo: “Bueno, no es que tenga
muchos, pero creo que sí le puede pagar algo”. Dice:
“Bueno, dígale que no se preocupe absolutamente por
nada. Si él no tuviera medios de pagarme las clases,
yo se las daría exactamente de la misma manera...
Ahora, si él puede dar algo, que dé
exactamente lo que él pueda, porque, en fin de
cuentas, yo vivo de algo”.
Nadia Boulanger se encontró con Alejandro García
Caturla, ante uno de los temperamentos musicales más
fabulosos que haya producido nuestro continente. Un
día me confió que pocas veces en su vida había
encontrado un discípulo con semejante fibra. Es más,
ni siquiera se dedicó, diríamos, a ejercer una labor
pedagógica sobre él, sino que lo que hacía era muy
sencillo; le decía: “Compóngame un movimiento
sinfónico para la semana que viene y ambos vamos a
leer ese movimiento sinfónico, vamos a criticarlo y
vamos a ver qué fallas técnicas pueda tener”.
Alejandro García Caturla fue, además, uno de los
temperamentos más curiosos que yo he conocido en mi
vida. La primera vez que lo vi fue un día que me
llevó un tiempo de cuarteto de cuerdas que había
escrito, que se está ejecutando actualmente en todos
los conciertos conmemorativos de su obra y que es,
indudablemente, una página de una originalidad
extraordinaria para la época, por una especie de
inmovilidad, por una especie de ausencia total de
énfasis, de pathos, en ese sentido, que era
realmente una cosa excepcional en aquellos años
―y
me refiero ahora, probablemente, al año 1923 ó 1924.
Alejandro García Caturla estaba estudiando la
carrera de Derecho, con una inteligencia tal, que
pudo, “por la libre” como se llamaba entonces
―es
decir, sin seguir los cursos regulares, pero sí
presentando exámenes―,
realizar en unos meses lo que otros alumnos de la
Universidad, estudiantes de la Facultad de Derecho,
realizaban en años. Era un hombre superdotado. Pero,
a la vez, como un joven necesita llevar un poco de
dinero en el bolsillo, se dedicaba a tocar piano en
un cine de la esquina de Tejas por las noches. Y
allí, viendo él mismo la película
―película
que él desconocía―,
pues se ponía a tocar foxes, danzones, melodías;
improvisaba, exactamente como hacían algunos
pianistas de cine en la época, en el mismo ritmo de
la película.
Graduado de abogado, su familia, a modo de
recompensa por la rapidez con que había logrado la
carrera y desconfiando en cierto modo de su vocación
musical ―no
se veía que esa vocación musical, desde el punto de
vista de ellos, fuera una cosa que les interesara
enormemente―,
lo mandó a Europa, donde empezaron
―como
dije hace un momento―
sus estudios con Nadia Boulanger.
Generalmente, el joven latinoamericano que llega a
París se deja deslumbrar un poco por la capital.
Pierde tiempo; pasea; va a visitar distintos
monumentos; sube, incluso, a la Torre Eiffel.
Caturla fue todo lo contrario. Se instaló en un
pequeño hotel del barrio de Montparnasse, y se puso
a trabajar con una regularidad absolutamente
increíble, desde las ocho de la mañana hasta las
ocho o nueve de la noche. Esto le permitió responder
al encargo que le hiciera el joven director de
orquesta francés Marius François Gaillard, de
escribir una obra sinfónica para ser estrenada en la
Sala Gaveau. Esa obra fue su “Bembé”, obra
antológica, movimiento sinfónico de una fuerza, de
una energía, de una cohesión singular, con la cual
nuestra Orquesta Sinfónica Nacional inició sus
actividades hace tres años.
A Alejandro García Caturla se le podía decir:
“Escríbeme una obra sinfónica para dentro de dos
semanas”. Él, como artesano consciente, con un
espíritu artesanal admirable, se planteaba el
problema y trabajaba. En París tuvo grandes
amistades con los poetas del grupo surrealista. Hay
una carta de él que yo publiqué recientemente en la
Nueva
Revista Cubana,
donde se hace mención de su amistad con el poeta
surrealista francés, el gran poeta Robert Desnos
―después,
héroe de la resistencia francesa―,
y donde Caturla cuenta cómo va a salir con él una
noche para ir a ver una función del teatro yidish
que estaba actuando en aquel momento en París.
Entre los encargos que se le hicieron en aquel
momento, hubo el de dos melodías para voz femenina y
piano. Me pidió la letra de ambas
―mucho
habríamos de colaborar, Caturla y yo; incluso, él ha
dejado una ópera póstuma, que Erich Kleiber quería
estrenar en La Habana, con decoraciones de Wifredo
Lam, pero no se pudo realizar este proyecto por
haber tenido Kleiber que regresar a Europa―.
De ahí
surgieron nuestros dos “Poemas afrocubanos”, publicados,
desde entonces, por las ediciones de Maurice Sénart, de
París. En la versión que vamos a oír, desde el punto de
vista musical, es absolutamente perfecta
―la
canta la soprano Phillis Curtin―;
sin embargo, no diré que la letra sea del todo clara en
el sentido de que Phillis Curtin se está expresando en
un idioma que no es el suyo. Vamos a escuchar ahora los
dos “Poemas afrocubanos”, de Alejandro García Caturla.
MARI-SABEL
El solar se ha dormido
bajo su manta de tejas.
Sueño, calor y silencio...
En el patio una camisa ñáñiga
cuelga como un estandarte vencido.
Por la calle desierta
cruza la sombra de un aura
ebria de luz...
”¿Maní, maní... !”
Un pregón que se pierde
por la lejanía...
”¿Aé, aéee... !”
”¡Maní, maní... !”
Crujió
la
puerta azul
y en la quietud del mediodía
apareció la mulata Mari-Sabel
haciendo danzar su chal rojo
como un fuego de Bengala.
(1927)
JUEGO SANTO
Ecón y bongó,
atabal de timbal,
ecón y bongó,
timbal de arrabal.
Rumba en tumba,
tambor de cajón.
bogue le zumba!
Ecón con ecón,
timbal y bongó,
tambor de cajón.
Por calles de Regla
lleva la comparsa
juego santo
en honor de Ecoriofó.
Farola en alto,
anilla de oro,
chancleta ligera,
pañuelo bermejo...
Ataron el chivo,
mataron el gallo,
asaron cangrejos,
sacaron el diablo...
¡Baila, congo,
ya suena el empegó!
Son toques de allá
Los cantos de Eribó.
Ecón y bongó,
atabal de timbal,
rumba en tumba,
timbal de arrabal.
(1927)
Una de las obras capitales de Alejandro García Caturla
es, indudablemente, su movimiento sinfónico titulado “La
rumba”. El título no debe llevarnos a engaño. No se
trata, ni mucho menos, de un intento, diríamos, de
adaptación folclórica a la orquesta, de un determinado
giro popular. Lo que ha hecho Caturla, en esa obra de
proporciones considerables, es llevar el espíritu de un
género de música a los medios sinfónicos posibles. Se
trata de una partitura para un considerable aparato
orquestal, donde Caturla ha dado, realmente, su más alta
medida de sinfonista. Igualmente, debe citarse su
“Obertura cubana”, obra de un logro singular, donde
utiliza magistralmente los medios de la percusión.
Las principales obras de Caturla son: las “Tres danzas
cubanas”, para orquesta, breves, finas, admirablemente
escritas, que le fueron publicadas en París y que
constituyen la primera partitura de él que haya visto la
luz en la prensa de un gran editor internacional; el “Bembé”,
que yo he mencionado; “Yamba’ O”, movimiento
sinfónico; “La rumba”, de la que acabo de hablar; y una
serie de partituras corales, de composiciones musicales
sobre poemas escritos por Nicolás Guillén. Y, en
conjunto, la obra de él, que incluye una serie de obras
pianísticas ―él
era un excelente pianista―,
una serie de obras para diversos instrumentos, incluye,
también, aquello que seduce siempre y atrae al
compositor.
En una charla reciente oímos el “Chôros No. 7”, de
Villa-Lobos, que es una magistral solución de un
problema de escritura para un conjunto reducido. En
disco, apareció hace pocos años una versión dirigida por
Jorge Scipin, de la “Primera suite cubana”, de Alejandro
García Caturla, escrita para ocho instrumentos de viento
y piano. Esta versión en disco, que ha sido poco
escuchada hasta ahora, es la que vamos a oír, con dos de
sus movimientos: el segundo movimiento, titulado
“Comparsa”, y el tercer movimiento, titulado “Danza”.
Octubre de 1965
Notas
1 Alejandro García Caturla y Carpentier acariciaron la
idea de marcharse juntos a París, justamente por lo que
representaba de escuela para completar sus respectivas
formaciones profesionales. Las circunstancias hicieron
que Carpentier viajara primero, en marzo de 1928. Poco
después, se encontrarían en París (hecho al que alude
Carpentier).
2 Alejandro García Caturla: Dos poemas afrocubanos.
Mari-Sabel y Juego Santo, París, Éditions Maurice
Sénart, 1929.
3 Estas piezas que se escuchan provienen de un disco
titulado Afro-Cuban and Latinamerican Songs.
Phillis Curtin, soprano. Gregory Tucker, piano.
Cambridge CRS-203, 1953.
Tomamos los textos de Alejo Carpentier: Obras
completas. México, Siglo xx Editores, t.I, 1986,
pp.217-219. |