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2006

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SE DESPIDE LA EXPOSICIÓN
Mapplethorpe en La Habana
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Carina Pino Santos
La Habana


La Habana ha sido centro de dos importantísimas exhibiciones cual sucesos internacionales en el panorama de la plástica en la Isla, ambas en el mismo mes de febrero, pero en años sucesivos: una la de la artista franco-norteamericana Louise Bourgeois el pasado año y otra, la más reciente, titulada Sagrado y Profano, de una de las figuras del firmamento plástico neoyorquino, el fotógrafo Robert Mapplethorpe que cerrará sus puertas la próxima semana.

La vida y obra de Mapplethorpe ya era conocida en Cuba, gracias a que hace un lustro se vendió a precios asequibles en una Feria Internacional del Libro, la biografía que escribiera sobre el artista Patricia Morrisroe, en la que, conociendo ya que el afamado artista se hallaba enfermo de SIDA, le pidió ser autora de un libro donde él narrara su vida, atraída esencialmente por el desconcertante hallazgo para ella, según expresa en las primeras páginas, de “cómo un muchacho católico de clase media procedente del barrio de Queens había llegado a convertirse en el principal documentalista del mundo del sadomasoquismo”.

En la muestra de la Fototeca de Cuba se hallan 48 fotos de sus modelos, entre ellos Lisa Lyon, así como de actores conocidos como Susan Sarandon, Arnold Schwarzenegger, o su ex novia Patty Smith, y otras en las que se halla la sugerencia elegante e intensa de la sexualidad en la forma de las flores que retrató. También pueden apreciarse sus propios autorretratos, en los que se observa el tránsito sufrido por él a causa de la enfermedad.

A fines de los 80 ya Mapplethorpe era reconocido como uno de los fotógrafos más importantes en su manifestación a escala internacional. Pero su arte, que tuvo el valor de no dejar indiferente a la crítica, ni a las instituciones y que motivó a lo largo de su breve vida, pues murió en 1989 a los 43 años, las más opuestas y encendidas polémicas, tuvo su clímax promocional luego de su muerte, cuando su exposición El Momento Perfecto fuera cancelada en 1989 en la galería Corcoran de Washintong —aunque se había presentado anteriormente en Pensilvania, Boston y Nueva York sin embestida alguna—. En esa ciudad fue atacada por la derecha más conservadora y produjo todo un alboroto pleno de procesos legales, al encauzar lo que fue considerado un financiamiento de la Fundación Nacional para las Artes hacia formas de arte que incitaban a la homosexualidad, lo obsceno y lo pornográfico. Pero, además de palabras, hubo hechos: Jesse Helms —por otras razones lamentablemente bien conocido por los cubanos— no solo fue uno de sus opositores más firmes, sino que promovió, junto a otros senadores, una enmienda que facilitaba la censura. Otras consecuencias fueron la acusación al director del Centro de Arte Contemporáneo de Cincinnati de obscenidad pública. El saldo favoreció, sin embargo, a Mapplethorpe una vez más: ningún crítico de arte, especialista o museólogo compareció para declarar como degradante la obra del fotógrafo y el alza de precios de sus obras se multiplicó diez veces, de 10 000 a 100 000 dólares el ejemplar, lo que hubiese disfrutado particularmente su autor, que en variadas ocasiones enfatizó la diferencia de cotizaciones entre la pintura y la fotografía enmarcada en valiosos y exquisitos trabajos de marquetería.

Lo único que sí podía tener bien claro cualquiera que se hubiese aproximado al caso Mapplethorpe entonces, pienso, era que sus obras provocaban no solo contradictorias sino ardientes opiniones a favor o en contra de su arte. Incluso en los inicios de su carrera, el conservador crítico de arte norteamericano René Huyghes que lo visitara confesó (en su ensayo La moral en sí misma: el arte y la falacia terapéutica) que se había dicho a sí mismo que era un talento del que no oiría hablar mucho: “si me hubiesen dicho entonces que Robert Mapplethorpe llegaría a ser tan famoso como Jackson Pollock al cabo de veinte años y que el escándalo provocado por su obra amenazaría el equilibrio global de las relaciones entre los museos y el gobierno americano, hubiese pensado que estaban locos. ¡Para que después los críticos se las den de videntes!”.

Por su parte Robert estimuló a la Morrisroe: “Mi vida —le dijo el gran fotógrafo a Patricia cuando esta le propuso escribir su biografía— resulta aún más interesante que mis fotografías”.

Mapplethorpe nació en el seno de una familia católica, hijo de un padre rígido, exigente, y poco afectivo y de una madre con temperamento creativo mas sometida a los rigores del trabajo doméstico y a la crianza de varios hijos. Luego comienza a estudiar para cadete militar, y después se convierte en uno de los alumnos más extravagantes de la escuela de artes gráficas. Sin embargo, la historia del artista no puede desvincularse de la realidad y contexto de la Norteamérica de aquellos años. Se inicia en la drogadicción, entonces un fenómeno común de fines de los 60 y se relaciona con los ambientes enajenantes que recreará en sus fotos, y con acontecimientos escabrosos de los que él mismo formó parte. Hechos indisolublemente ligados a las escenas sadomasoquistas y gays que posteriormente retratara. Tiene un romance más divulgado que extenso con la famosa estrella del rock Patty Smith y frecuenta el mundo de los bares gay, con toda su parafernalia sádica y masoquista, su vestuario en apariencia descuidado, mas minuciosamente escogido.

Por tanto, lo veo como a un artista que se halla en medio de esa jungla de sucesos extravagantes y existenciales que luego serían el surtidor para sus principales obras, las que hallaría un mecenas en la figura de Sam Wagstaff, una relación del artista que le facilitó sus contactos con las galerías neoyorquinas. Paralelamente el sofisticado, perverso, exigente y sumamente competitivo mundo del arte allí en el centro rector global también será el escenario de la dura lucha de un joven fotógrafo que intentaba abrirse paso con su arte.

Es preciso subrayar que Mapplethorpe vive dos décadas sumamente compulsivas en la cultura norteamericana: los años 60, en los que la población homosexual reclamó atención hacia sus derechos, los hippies inundaron lugares céntricos, y se elevó como nunca antes el consumo de drogas, en medio del auge del rock y de los ambientes psicodélicos. Y los años ochenta, de especial apogeo para el mercado de arte y los artistas, cuando ante el auge de las cotizaciones en Wall Street, los nuevos ricos y los yuppies necesitaron obras para decorar sus lujosas mansiones y señalar su estatus social.

Los temas que Mapplethorpe llevó a la fotografía fueron no solo variados sino aparentemente opuestos, lo mismo cuando se dedicó a fotografiar flores, personajes ricos y aristocráticos del mundo de la opulencia, los negocios y la moda, o el más recurrente y sostenido en su quehacer, el de la homosexualidad, en sus atributos más evidentes, exteriores y en sus acciones más recónditas y oscuras. Él reflejó, entonces, como ninguno, la cultura gay del sadomasoquismo y hacia el final trabajó también la imagen de los negros y los blancos, con el lente de un fotógrafo capaz de convertir los asuntos más escabrosos en indiscutibles obras de arte.

Philippe Garner, de Sotheby's, afirmaba en una cita: “Durante los años 60, Robert era el equivalente vestido de cuero de los grandes dandis y decadentes del siglo XIX: Beardsley, Oscar Wilde, Huysmans... Lo que hacía su personalidad tan intrigante eran las mismas cualidades contenidas en su obra: aquel escalofriante contraste entre la depravación de su sexualidad y la gracia y exquisitez de su estilo personal”.

Para Mapplethorpe, esta tendencia propia hacia la vida y obra esencialmente sexual, en sus variantes menos aceptadas socialmente, le hacían inclinarse hacia algo más poderoso que rebasaba la instancia misma de su orientación y lo que la mayoría consideró como perversiones. “Pensé que si lograba trasladar aquel elemento al arte, si conseguía retener de algún modo aquella sensación, estaría haciendo algo única y exclusivamente mío”.

En sus obras, la elegancia y el más delicado concepto de la composición y el diseño, junto a una impecable impresión “que nunca realizaba él mismo” no excluían las más turbadoras imágenes. Ello convierte las transgresiones del fotógrafo más que en escándalos únicamente, en reflejo del contexto social de la contemporaneidad que le tocó vivir y manifiesta la capacidad del arte para dinamizar múltiples significados, motivar el interés y hallar los cauces para una nueva estética.

Tras sus enérgicas imágenes centradas en el sexo y sus variantes más escabrosas, se halla una búsqueda esteticista que traspasa la visión detenida en un mero interés obsceno, esta además, se sitúa de manera nítidamente transgresora ante la norma del american way of life. “Robert adquirió celebridad por abrir paso a todo un campo de especulación teórica en una sociedad que nunca se había enfrentado abiertamente a la iconografía del sexo” afirmó el crítico Paul Schmidt.

La expresión sadomasoquista, los atributos de vestuario, la postura de los desnudos, las predilecciones homosexuales y el esteticismo desbordantemente contenido en la obra son, desde luego, una propuesta para polemizar sobre su arte. Un debate motivado por una exhibición de la cultura norteamericana en Cuba, que se ha realizado excepcionalmente en la Isla, gracias al apoyo de varias instituciones: la Fundación Mapplethorpe, Cuban Artist Fund en Nueva York, los fondos de la Andy Warhol Foundation for Visual Arts de esa ciudad, la Fundación Ford en Ciudad México y la Fototeca de Cuba, cuyos esfuerzos conjuntos han proporcionado la oportunidad excepcional para el público cubano de ver la obra de este creador.

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