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La Habana ha sido centro de dos importantísimas
exhibiciones cual sucesos internacionales en el panorama
de la plástica en la Isla, ambas en el mismo mes de
febrero, pero en años sucesivos: una la de la artista
franco-norteamericana Louise Bourgeois el pasado año y
otra, la más reciente, titulada Sagrado y Profano, de
una de las figuras del firmamento plástico neoyorquino,
el fotógrafo Robert Mapplethorpe que cerrará sus puertas
la próxima semana.
La vida y obra de Mapplethorpe ya era conocida en Cuba,
gracias a que hace un lustro se vendió a precios
asequibles en una Feria Internacional del Libro, la
biografía que escribiera sobre el artista Patricia
Morrisroe, en la que, conociendo ya que el afamado
artista se hallaba enfermo de SIDA, le pidió ser autora
de un libro donde él narrara su vida, atraída
esencialmente por el desconcertante hallazgo para ella,
según expresa en las primeras páginas, de “cómo un
muchacho católico de clase media procedente del barrio
de Queens había llegado a convertirse en el principal
documentalista del mundo del sadomasoquismo”.
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En la muestra de la Fototeca de Cuba se hallan 48 fotos
de sus modelos, entre ellos Lisa Lyon, así como de
actores conocidos como Susan Sarandon, Arnold
Schwarzenegger, o su ex novia Patty Smith, y otras
en las que se halla la sugerencia elegante e intensa de
la sexualidad en la forma de las flores que retrató.
También pueden apreciarse sus propios autorretratos, en
los que se observa el tránsito sufrido por él a causa de
la enfermedad.
A fines de los 80 ya Mapplethorpe era reconocido como
uno de los fotógrafos más importantes en su
manifestación a escala internacional. Pero su arte, que
tuvo el valor de no dejar indiferente a la crítica, ni a
las instituciones y que motivó a lo largo de su breve
vida, pues murió en 1989 a los 43 años, las más opuestas
y encendidas polémicas, tuvo su clímax promocional luego
de su muerte, cuando su exposición El Momento Perfecto
fuera cancelada en 1989 en la galería Corcoran de
Washintong —aunque se había presentado anteriormente en
Pensilvania, Boston y Nueva York sin embestida alguna—.
En esa ciudad fue atacada por la derecha más
conservadora y produjo todo un alboroto pleno de
procesos legales, al encauzar lo que fue considerado un
financiamiento de la Fundación Nacional para las Artes
hacia formas de arte que incitaban a la homosexualidad,
lo obsceno y lo pornográfico. Pero, además de palabras,
hubo hechos: Jesse Helms —por otras razones
lamentablemente bien conocido por los cubanos— no solo
fue uno de sus opositores más firmes, sino que promovió,
junto a otros senadores, una enmienda que facilitaba la
censura. Otras consecuencias fueron la acusación al
director del Centro de Arte Contemporáneo de Cincinnati
de obscenidad pública. El saldo favoreció, sin embargo,
a Mapplethorpe una vez más: ningún crítico de arte,
especialista o museólogo compareció para declarar como
degradante la obra del fotógrafo y el alza de precios de
sus obras se multiplicó diez veces, de 10 000 a 100 000
dólares el ejemplar, lo que hubiese disfrutado
particularmente su autor, que en variadas ocasiones
enfatizó la diferencia de cotizaciones entre la pintura
y la fotografía enmarcada en valiosos y exquisitos
trabajos de marquetería.
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Lo único que sí podía tener bien claro cualquiera que se
hubiese aproximado al caso Mapplethorpe entonces,
pienso, era que sus obras provocaban no solo
contradictorias sino ardientes opiniones a favor o en
contra de su arte. Incluso en los inicios de su carrera,
el conservador crítico de arte norteamericano René
Huyghes que lo visitara confesó (en su ensayo La
moral en sí misma: el arte y la falacia terapéutica)
que se había dicho a sí mismo que era un talento del que
no oiría hablar mucho: “si me hubiesen dicho entonces
que Robert Mapplethorpe llegaría a ser tan famoso como
Jackson Pollock al cabo de veinte años y que el
escándalo provocado por su obra amenazaría el equilibrio
global de las relaciones entre los museos y el gobierno
americano, hubiese pensado que estaban locos. ¡Para que
después los críticos se las den de videntes!”.
Por su parte Robert estimuló a la Morrisroe: “Mi vida
—le dijo el gran fotógrafo a Patricia cuando esta le
propuso escribir su biografía— resulta aún más
interesante que mis fotografías”.
Mapplethorpe nació en el seno de una familia católica,
hijo de un padre rígido, exigente, y poco afectivo y de
una madre con temperamento creativo mas sometida a los
rigores del trabajo doméstico y a la crianza de varios
hijos. Luego comienza a estudiar para cadete militar, y
después se convierte en uno de los alumnos más
extravagantes de la escuela de artes gráficas. Sin
embargo, la historia del artista no puede desvincularse
de la realidad y contexto de la Norteamérica de aquellos
años. Se inicia en la drogadicción, entonces un fenómeno
común de fines de los 60 y se relaciona con los
ambientes enajenantes que recreará en sus fotos, y con
acontecimientos escabrosos de los que él mismo formó
parte. Hechos indisolublemente ligados a las escenas
sadomasoquistas y gays que posteriormente
retratara. Tiene un romance más divulgado que extenso
con la famosa estrella del rock Patty Smith y frecuenta
el mundo de los bares gay, con toda su
parafernalia sádica y masoquista, su vestuario en
apariencia descuidado, mas minuciosamente escogido.
Por tanto, lo veo como a un artista que se halla en
medio de esa jungla de sucesos extravagantes y
existenciales que luego serían el surtidor para sus
principales obras, las que hallaría un mecenas en la
figura de Sam Wagstaff, una relación del artista que le
facilitó sus contactos con las galerías neoyorquinas.
Paralelamente el sofisticado, perverso, exigente y
sumamente competitivo mundo del arte allí en el centro
rector global también será el escenario de la dura lucha
de un joven fotógrafo que intentaba abrirse paso con su
arte.
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Es preciso subrayar que Mapplethorpe vive dos décadas
sumamente compulsivas en la cultura norteamericana: los
años 60, en los que la población homosexual reclamó
atención hacia sus derechos, los hippies inundaron
lugares céntricos, y se elevó como nunca antes el
consumo de drogas, en medio del auge del rock y de los
ambientes psicodélicos. Y los años ochenta, de especial
apogeo para el mercado de arte y los artistas, cuando
ante el auge de las cotizaciones en Wall Street, los
nuevos ricos y los yuppies necesitaron obras para
decorar sus lujosas mansiones y señalar su estatus
social.
Los temas que Mapplethorpe llevó a la fotografía fueron
no solo variados sino aparentemente opuestos, lo mismo
cuando se dedicó a fotografiar flores, personajes ricos
y aristocráticos del mundo de la opulencia, los negocios
y la moda, o el más recurrente y sostenido en su
quehacer, el de la homosexualidad, en sus atributos más
evidentes, exteriores y en sus acciones más recónditas y
oscuras. Él reflejó, entonces, como ninguno, la cultura
gay del sadomasoquismo y hacia el final trabajó
también la imagen de los negros y los blancos, con el
lente de un fotógrafo capaz de convertir los asuntos más
escabrosos en indiscutibles obras de arte.
Philippe Garner, de Sotheby's, afirmaba en una cita:
“Durante los años 60, Robert era el equivalente vestido
de cuero de los grandes dandis y decadentes del siglo
XIX: Beardsley, Oscar Wilde, Huysmans... Lo que hacía su
personalidad tan intrigante eran las mismas cualidades
contenidas en su obra: aquel escalofriante contraste
entre la depravación de su sexualidad y la gracia y
exquisitez de su estilo personal”.
Para Mapplethorpe, esta tendencia propia hacia la vida y
obra esencialmente sexual, en sus variantes menos
aceptadas socialmente, le hacían inclinarse hacia algo
más poderoso que rebasaba la instancia misma de su
orientación y lo que la mayoría consideró como
perversiones. “Pensé que si lograba trasladar aquel
elemento al arte, si conseguía retener de algún modo
aquella sensación, estaría haciendo algo única y
exclusivamente mío”.
En sus obras, la elegancia y el más delicado concepto de
la composición y el diseño, junto a una impecable
impresión “que nunca realizaba él mismo” no excluían las
más turbadoras imágenes. Ello convierte las
transgresiones del fotógrafo más que en escándalos
únicamente, en reflejo del contexto social de la
contemporaneidad que le tocó vivir y manifiesta la
capacidad del arte para dinamizar múltiples
significados, motivar el interés y hallar los cauces
para una nueva estética.
Tras sus enérgicas imágenes centradas en el sexo y sus
variantes más escabrosas, se halla una búsqueda
esteticista que traspasa la visión detenida en un mero
interés obsceno, esta además, se sitúa de manera
nítidamente transgresora ante la norma del american
way of life. “Robert adquirió celebridad por abrir
paso a todo un campo de especulación teórica en una
sociedad que nunca se había enfrentado abiertamente a la
iconografía del sexo” afirmó el crítico Paul Schmidt.
La expresión sadomasoquista, los atributos de vestuario,
la postura de los desnudos, las predilecciones
homosexuales y el esteticismo desbordantemente contenido
en la obra son, desde luego, una propuesta para
polemizar sobre su arte. Un debate motivado por una
exhibición de la cultura norteamericana en Cuba, que se
ha realizado excepcionalmente en la Isla, gracias al
apoyo de varias instituciones: la Fundación Mapplethorpe,
Cuban Artist Fund en Nueva York, los fondos de la Andy
Warhol Foundation for Visual Arts de esa ciudad, la
Fundación Ford en Ciudad México y la Fototeca de Cuba,
cuyos esfuerzos conjuntos han proporcionado la
oportunidad excepcional para el público cubano de ver la
obra de este creador.
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