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De lo bueno, lo malo y lo feo
Espagueti Western del vaquero Bush,
rutina brutal en Washington
Pastor Valle-Garay
Toronto
Universidad de York


Estará que revienta el corral de la Casa Blanca. El estiércol de reveses se acumula día tras día. Apesta y se agolpa en el pórtico de la mansión presidencial tan previsible como la intermitente caída de la nieve en Washington este invierno. Con una diferencia: las tormentas políticas azotan duro y parejo todos los días del año.

Esta semana no fue diferente. Tampoco debería serlo. George W. Bush, ocupante del rodeo situado en la avenida Pensilvania, jinetea bestias políticas de su propia creación. Incontrolables también. Para peor de males, el vaquero presidencial desdice de la tradición tejana: monta mal. Junto con su séquito, Bush muerde el polvo una y otra vez en calamitosas caídas. Dan la impresión de proyectiles humanos desmontados por sus propios elementos, al por mayor. Se derrumban en picada.

Los desmadres se le vienen encima uno tras otro. Habría que catalogarlos para la posteridad, quizá en el orden de la película El bueno, el malo y el feo (1966), del director italiano Sergio Leone. Las peripecias del género espagueti western le caen como anillo al dedo al vaquero tejano, jactancioso, simplón, pistolero e incompetente.

Comenzó el sábado pasado cuando el vicepresidente Dick Tirofijo’ Cheney baleó a su amigo Harry Whittington mientras andaban de cacería en Texas. Transcurriría casi una semana antes de que Bush o Cheney se pronunciaran sobre el incidente. El miércoles, Cheney, un enajenado del control, por fin compareció ante la prensa. Su prensa. Hablando para el ultraderechista canal FOX, Cheney insistió en que el accidente ocurrió al oír “un revuelo (de perdices, supuso), disparé la escopeta, le pegué la andanada a Harry y este cayó herido”. Punto final. Tras breve investigación, la policía de Texas decidió no iniciar proceso criminal contra Cheney.

El jueves, durante la visita del mandatario colombiano Andrés Pastrana, Bush se mostró satisfecho con la versión de Cheney. Explicó el asunto como debía. Eso fue lo bueno del lamentable disparo, según Bush. Curioso comentario. De haber ocurrido al revés, de haber herido Whittington a Cheney por contingencia, la seguridad del Estado tendría a los Estados Unidos en emergencia elevada. El Congreso y el Servicio Secreto comenzarían sendas investigaciones de los hechos ¡Ah, los privilegios del poder! El incidente no pasará a más. Lo cual será lo bueno de darle balazos vicepresidenciales al amigo.

No corrió esa suerte el mismo día Kofi Annan, secretario general de las Naciones Unidas. Una comisión especial de la ONU dio a conocer en Ginebra los resultados de su investigación sobre las condiciones de los prisioneros en las ilegales cárceles militares yanquis de Guantánamo. El reporte de 54 páginas demanda que Estados Unidos cierre la prisión en Guantánamo sin mayor dilación. Condenó a las autoridades militares de los Estados Unidos por emplear métodos de tortura que incluyen el uso de fuerza excesiva contra los prisioneros, por alimentarles a la fuerza durante huelgas de hambre compeliendo tubos a través de la nariz, por mantenerles encapuchados y encadenados de pies y manos, por amenazarles con perros, por recluirles en celdas solitarias y por mantenerlos desnudos durante severos cambios de temperatura.

Según Amnistía Internacional, el reporte de la ONU es apenas la punta del iceberg. Por su parte, el secretario general Annan apoyó el reporte enfatizando que es inhumano del gobierno estadounidense mantener rehenes en perpetuidad a 490 personas, mientras se les niega representación legal y otros recursos judiciales y sin entablarles juicio en cortes públicas. De no cerrarse la prisión, Annan insiste en que los Estados Unidos pongan en libertad a los prisioneros inmediatamente. Esto es lo malo de Annan, sostiene Washington. El secretario general de la ONU no debería entrometerse en lo no le incumbe. Washington da por descontado que los secretarios de la ONU generalmente bailan al ritmo de la Casa Blanca. La justa crítica de Annan les cae como un latigazo. A pesar de ello, cualquier ser humano en nuestra civilización concurriría en que ya era hora de que la ONU condenara sin ambages a Bush por lo malo del salvaje tratamiento de los prisioneros políticos en las mazmorras de la ilegal base militar yanqui en Guantánamo.

Sin embargo cualquier ser humano se equivocaría en la civilizada apreciación del reporte. Washington oficialmente lo descarta señalando que al discutir los 490 rehenes “estamos hablando de peligrosos terroristas”. Según la reacción oficial lo malo del reporte es que confirma la sospecha universal del salvajismo yanqui en la violación de los derechos humanos de individuos indefensos. Lo malo, pues, no es el acto criminal —como el balazo de Cheney— sino que quede expuesto ante la opinión pública.

Lo feo, por otra parte, es la mera y más reciente coincidencia en la letanía de barbaridades, vejámenes y crímenes de las tropas gringas contra los rehenes en la prisión de Abu Ghraib. El miércoles, un día antes de hacerse público el reporte de la ONU, la televisión de Australia mostró nuevas imágenes de soldados yanquis torturando prisioneros. Lo feo, aparte del salvajismo de la soldadesca yanqui, es que las imágenes televisadas desde Australia vívidamente revelan que lo bueno que aseguró Cheney al declarar enfáticamente que los Estados Unidos “no torturan prisioneros”, no era más que otra colosal patraña. Lo malo para Bush de los eventos de la semana es que le desnudan una vez más ante el mundo por la hipocresía, por la doble moral y por la cruel y desmedida violencia de su gobierno.

Se dice que cuando ocurren situaciones desesperadas, la vida pasa frente a los ojos como una película. A diferencia del clásico espagueti western italiano Lo bueno, lo malo y lo feo, lo de Bush son episodios de la vida real. Nos presentan a los vaqueros de la Casa Blanca emborrachados por el poder y la prepotencia y transformados en indomables bestias. Esta es la película de la semana de Bush. No pasará inadvertida en el escenario mundial.

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