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Estará
que revienta el corral de la Casa Blanca. El estiércol
de reveses se acumula día tras día. Apesta y se agolpa
en el pórtico de la mansión presidencial tan previsible
como la intermitente caída de la nieve en Washington
este invierno. Con una diferencia: las tormentas
políticas azotan duro y parejo todos los días del año.
Esta
semana no fue diferente. Tampoco debería serlo. George
W. Bush, ocupante del rodeo situado en la avenida
Pensilvania, jinetea bestias políticas de su propia
creación. Incontrolables también. Para peor de males, el
vaquero presidencial desdice de la tradición tejana:
monta mal. Junto con su séquito, Bush muerde el polvo
una y otra vez en calamitosas caídas. Dan la impresión
de proyectiles humanos desmontados por sus propios
elementos, al por mayor. Se derrumban en picada.
Los
desmadres se le vienen encima uno tras otro. Habría que
catalogarlos para la posteridad, quizá en el orden de la
película El bueno, el malo y el feo (1966), del
director italiano Sergio Leone. Las peripecias del
género espagueti western le caen como anillo al
dedo al vaquero tejano, jactancioso, simplón, pistolero
e incompetente.
Comenzó el sábado pasado cuando el vicepresidente Dick
‘Tirofijo’
Cheney baleó a su amigo Harry Whittington mientras
andaban de cacería en Texas. Transcurriría casi una
semana antes de que Bush o Cheney se pronunciaran sobre
el incidente. El miércoles, Cheney, un enajenado del
control, por fin compareció ante la prensa. Su prensa.
Hablando para el ultraderechista canal FOX, Cheney
insistió en que el accidente ocurrió al oír
“un revuelo (de
perdices, supuso), disparé la escopeta, le pegué la
andanada a Harry y este cayó herido”. Punto final. Tras
breve investigación, la policía de Texas decidió no
iniciar proceso criminal contra Cheney.
El jueves, durante la
visita del mandatario colombiano Andrés Pastrana, Bush
se mostró satisfecho con la versión de Cheney. Explicó
el asunto como debía. Eso fue lo bueno del
lamentable disparo, según Bush. Curioso comentario. De
haber ocurrido al revés, de haber herido Whittington a
Cheney por contingencia, la seguridad del Estado tendría
a los Estados Unidos en emergencia elevada. El Congreso
y el Servicio Secreto comenzarían sendas investigaciones
de los hechos ¡Ah, los privilegios del poder! El
incidente no pasará a más. Lo cual será lo bueno
de darle balazos vicepresidenciales al amigo.
No corrió esa suerte
el mismo día Kofi Annan, secretario general de las
Naciones Unidas. Una comisión especial de la ONU dio a
conocer en Ginebra los resultados de su investigación
sobre las condiciones de los prisioneros en las ilegales
cárceles militares yanquis de Guantánamo. El reporte de
54 páginas demanda que Estados Unidos cierre la prisión
en Guantánamo sin mayor dilación. Condenó a las
autoridades militares de los Estados Unidos por emplear
métodos de tortura que incluyen el uso de fuerza
excesiva contra los prisioneros, por alimentarles a la
fuerza durante huelgas de hambre compeliendo tubos a
través de la nariz, por mantenerles encapuchados y
encadenados de pies y manos, por amenazarles con perros,
por recluirles en celdas solitarias y por mantenerlos
desnudos durante severos cambios de temperatura.
Según Amnistía
Internacional, el reporte de la ONU es apenas la punta
del iceberg. Por su parte, el secretario general Annan
apoyó el reporte enfatizando que es inhumano del
gobierno estadounidense mantener rehenes en perpetuidad
a 490 personas, mientras se les niega representación
legal y otros recursos judiciales y sin entablarles
juicio en cortes públicas. De no cerrarse la prisión,
Annan insiste en que los Estados Unidos pongan en
libertad a los prisioneros inmediatamente. Esto es lo
malo de Annan, sostiene Washington. El secretario
general de la ONU no debería entrometerse en lo no le
incumbe. Washington da por descontado que los
secretarios de la ONU generalmente bailan al ritmo de la
Casa Blanca. La justa crítica de Annan les cae como un
latigazo. A pesar de ello, cualquier ser humano en
nuestra civilización concurriría en que ya era hora de
que la ONU condenara sin ambages a Bush por lo malo
del salvaje tratamiento de los prisioneros políticos en
las mazmorras de la ilegal base militar yanqui en
Guantánamo.
Sin embargo cualquier
ser humano se equivocaría en la civilizada apreciación
del reporte. Washington oficialmente lo descarta
señalando que al discutir los 490 rehenes “estamos
hablando de peligrosos terroristas”. Según la reacción
oficial lo malo del reporte es que confirma la
sospecha universal del salvajismo yanqui en la violación
de los derechos humanos de individuos indefensos. Lo
malo, pues, no es el acto criminal —como el balazo
de Cheney— sino que quede expuesto ante la opinión
pública.
Lo feo,
por otra parte, es la
mera y más reciente coincidencia en la letanía de
barbaridades, vejámenes y crímenes de las tropas gringas
contra los rehenes en la prisión de Abu Ghraib. El
miércoles, un día antes de hacerse público el reporte de
la ONU, la televisión de Australia mostró nuevas
imágenes de soldados yanquis torturando prisioneros.
Lo feo, aparte del salvajismo de la soldadesca
yanqui, es que las imágenes televisadas desde Australia
vívidamente revelan que lo bueno que aseguró
Cheney al declarar enfáticamente que los Estados Unidos
“no torturan prisioneros”, no era más que otra colosal
patraña. Lo malo para Bush de los eventos de la
semana es que le desnudan una vez más ante el mundo por
la hipocresía, por la doble moral y por la cruel y
desmedida violencia de su gobierno.
Se dice que cuando
ocurren situaciones desesperadas, la vida pasa frente a
los ojos como una película. A diferencia del clásico
espagueti western italiano Lo bueno, lo malo y lo
feo, lo de Bush son episodios de la vida
real. Nos presentan a los vaqueros de la Casa Blanca
emborrachados por el poder y la prepotencia y
transformados en indomables bestias. Esta es la película
de la semana de Bush. No pasará inadvertida en el
escenario mundial. |