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Mi madre
me espera con una tasa de café y una crónica medio
escrita sobre un personaje de su infancia. Leo su buena
letra de maestra y me percato de que —como es de esperar
y de suponer— se ha convertido en mi mejor lectora. De
este hombre, esta sombra, esta leyenda de nuestra tierra
nunca le había oído hablar. El Gallego Vásquez vivía en
la finca de los Sánchez, como mi abuelo y mi padre, en
una casita colectiva, en una condición que no llegaba a
ser estrictamente de criados. Mami no puede precisar si
el Gallego que recuerda lo era en puridad o recibía su
nombre por nuestra costumbre de decirle así a todos los
españoles, sobre todo a aquellos que llegaron en masa
alrededor de la década del veinte del siglo recién
pasado
Como un
Sancho sin Quijote a mano, el buen hombre hizo del
borrico una de sus mejores amistades. ¿Quién sabe de
cuánta soledad y melancolía, de cuánto dolor de
emigrante se evadía este ser en las pláticas con el
animal? A consecuencia de esos diálogos y de otras
extravagancias, Vásquez fue a parar a Mazorra, el
cuestionado hospital para enfermos mentales de esa
época. De allá volvió quejándose de la comida que le
daban y ofreciendo testimonio sobre las duchas a media
noche en pleno invierno. Alguien, después de 1959, trató
de darle a conocer un artículo de la revista Bohemia en
el que se criticaba el estado de cosas reinante hasta
esa fecha en Mazorra, pero nuestro personaje confesó,
con entera naturalidad, que no sabía leer. A partir de
ese momento el mejor amigo de su burro, se va de
plano. Nadie recuerda cuándo murió y lo más seguro
es que durante décadas no volviera a tener noticias de
su tierra.
Otras
personas también me sugieren crónicas y en el encargo
hay algo siempre de caricia para el ego. Mi suegro
quiere que vuelva a escribir sobre Justinito, aquel
abnegado joven de mi Tamarindo que se dejaba dar
pelotazos por tal de alcanzar la primera base en el
momento crucial del partido de béisbol. Tamara —dulce
“vecina” de puerta— quiere que le dedique unos cuantos
párrafos a la manera tan tierna y elegante con que
nuestro Pablo Milanés lleva la relación con sus hijas y
con su arte, con su pueblo. Yo le cuento que pocas veces
he estado detrás de los instrumentos en un concierto de
Pablo, que mejor “lo cronican” otros que han disfrutado
de su cercanía. Claro, que con la musicalidad, el
encanto de su voz, podrían llenarse muchas páginas. Y
hace rato quiero poner al centro de este espacio a
Julia, una portera de teatro que resulta tan útil como
una gran actriz o el responsable de las luces. Porque
ella sabe sonreír, infundir confianza, intermediar entre
el espectáculo palpitante y el público que lo necesita y
a la vez lo completa. Muchos merecen ser recordados y
evocados, que floten en palabras antes de perderse, como
El Gallego Vásquez, que solo en apariencia, inculcaba
disparates a su burro. |