Año IV
La Habana
2006

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El gallego que hablaba con su burrito
Amado del Pino
La Habana


Mi madre me espera con una tasa de café y una crónica medio escrita sobre un personaje de su infancia. Leo su buena letra de maestra y me percato de que —como es de esperar y de suponer— se ha convertido en mi mejor lectora. De este hombre, esta sombra, esta leyenda de nuestra tierra nunca le había oído hablar. El Gallego Vásquez vivía en la finca de los Sánchez, como mi abuelo y mi padre, en una casita colectiva, en una condición que no llegaba a ser estrictamente de criados. Mami no puede precisar si el Gallego que recuerda lo era en puridad o recibía su nombre por nuestra costumbre de decirle así a todos los españoles, sobre todo a aquellos que llegaron en masa alrededor de la década del veinte del siglo recién pasado

Como un Sancho sin Quijote a mano, el buen hombre hizo del borrico una de sus mejores amistades. ¿Quién sabe de cuánta soledad y melancolía, de cuánto dolor de emigrante se evadía este ser en las pláticas con el animal? A consecuencia de esos diálogos y de otras extravagancias, Vásquez fue a parar a Mazorra, el cuestionado hospital para enfermos mentales de esa época. De allá volvió quejándose de la comida que le daban y ofreciendo testimonio sobre las duchas a media noche en pleno invierno. Alguien, después de 1959, trató de darle a conocer un artículo de la revista Bohemia en el que se criticaba el estado de cosas reinante hasta esa fecha en Mazorra, pero nuestro personaje confesó, con entera naturalidad, que no sabía leer. A partir de ese momento el mejor amigo de su burro, se va de plano. Nadie recuerda cuándo murió y lo más seguro es que durante décadas no volviera a tener noticias de su tierra.

Otras personas también me sugieren crónicas y en el encargo hay algo siempre de caricia para el ego. Mi suegro quiere que vuelva a escribir sobre Justinito, aquel abnegado joven de mi Tamarindo que se dejaba dar pelotazos por tal de alcanzar la primera base en el momento crucial del partido de béisbol. Tamara —dulce “vecina” de puerta— quiere que le dedique unos cuantos párrafos a la manera tan tierna y elegante con que nuestro Pablo Milanés lleva la relación con sus hijas y con su arte, con su pueblo. Yo le cuento que pocas veces he estado detrás de los instrumentos en un concierto de Pablo, que mejor “lo cronican” otros que han disfrutado de su cercanía. Claro, que con la musicalidad, el encanto de su voz, podrían llenarse muchas páginas. Y hace rato quiero poner al centro de este espacio a Julia, una portera de teatro que resulta tan útil como una gran actriz o el responsable de las luces. Porque ella sabe sonreír, infundir confianza, intermediar entre el espectáculo palpitante y el público que lo necesita y a la vez lo completa. Muchos merecen ser recordados y evocados, que floten en palabras antes de perderse, como El Gallego Vásquez, que solo en apariencia, inculcaba disparates a su burro.

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