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Me alegro cuando se habla de la responsabilidad social
del intelectual y no de compromiso, que es el término
habitual. Cuando en España me invitan a mesas que
figuran sobre el compromiso del escritor, el debate se
pierde la mayor parte del tiempo en aspectos un poco
superfluos, en cuestiones terminológicas, en si el
escritor está comprometido como escritor o como persona,
si su compromiso debe ser con la propia escritura, con
el lenguaje, con la literatura o si es social. Al final
todo es una forma de distraer el tema, de aplazar una
toma de postura que para muchos sería incómoda y ese
tipo de discusiones terminológicas y bizantinas permite
a algunos intelectuales ganar tiempo y finalmente no
posicionarse como deberían.
Para mí el decir
responsabilidad en lugar de decir compromiso define
mucho mejor cuál es la posición del escritor, cuál
es la posición del intelectual. Cuando hablamos de
compromiso parece que nos referimos a algo
voluntario, algo que se elige, algo que depende de
la actitud del autor, de su generosidad, algo que
hay que agradecerle. Cuando hablamos de
responsabilidad se ilustra de un modo más claro que
es algo que obliga, algo que no se elige, que está
ahí. Hay bastantes actividades en la vida en las que
uno no se compromete sino tiene una responsabilidad
y no puede eludirla. La escritura es una de ellas.
No puede uno
alegremente mostrarse dadivoso y decir “me comprometo”.
Uno tiene una responsabilidad que asumir y aceptar. En
este caso creo que la responsabilidad del autor no es
algo que dependa de su actitud, de su militancia, de sus
intereses, de su elección, sino que es algo
consustancial al hecho de escribir, que le antecede al
escritor desde el momento en que se plantea el hecho de
la creación. Desde ese momento ya está obligado, porque
no depende del autor sino más bien del lector, de cómo
nos relacionamos con la palabra escrita, cómo nos
relacionamos con la literatura, cómo leemos, qué valor
le seguimos dando a esa palabra escrita, cómo seguimos
tomando de la lectura y de la literatura una
interpretación del mundo. Le seguimos confiando a la
escritura y a los autores, en definitiva, una cierta
interrelación entre la realidad y nosotros.
Por eso, cuando uno
escribe, tiene que ser consciente de esa actitud del
lector y debe asumir su responsabilidad. Quien no se
muestra crítico, quien no denuncia, quien no cuestiona
la realidad, la está dando por buena. Quien no impugna
el discurso dominante está reproduciéndolo también.
Habitualmente, cuando
hablamos de compromiso, solemos recordar a los autores
que con más o menos éxito se han propuesto cambiar el
mundo y transformar la sociedad. Pero no solemos decir
nada de los que, intencionadamente o no, se dedican a
conservar ese mundo y esa sociedad, los que la dan por
buena y la hacen soportable y necesaria para los
lectores.
Existen algunos
sectores en los medios europeos en los que, si no ofrece
ciertas firmas, si no participa en determinados eventos,
el intelectual se vuelve sospechoso. Hay periodistas que
te señalan si te pronuncias en un sentido u otro. Por
ejemplo, cuando hace un par de años se desarrollaron
manifestaciones de condena a Cuba se llegó hasta el
punto de que en su portada un periódico de derecha
llamaba por su nombre a los intelectuales que no habían
estado en esas manifestaciones, que no habían firmado
esos documentos. Los ponían en el punto de mira.
Por supuesto, aunque
te señalen hay otro tipo de cuestiones en las que uno
pierde, hay puertas que se cierran por pronunciarse
sobre ciertos temas, hay oportunidades que se pierden.
Hay también listas negras que funcionan y hay un cierto
miedo al vacío, a la invisibilidad que en cierto modo
son aspectos a tener muy en cuenta en una sociedad
mercantil como la que tenemos en España, en la que
cuenta mucho el aparecer, el que te vean, el tener un
espacio.
Pero si hurgamos más
allá de lo que sería la realidad española, creo que hay
asuntos internacionales que funcionan como medidor de la
forma en que puede ejercer su responsabilidad un
intelectual europeo, y lo colocan bajo el foco de esa
exigencia. Creo que Cuba, la situación cubana y todo lo
que tiene que ver con la Revolución, llega a ser ahora
mismo el medidor más grande para la intelectualidad de
izquierda española. Y no solo Cuba, sino también todo el
proceso que se está produciendo en América, todo el
movimiento de transformación ante el que los
intelectuales europeos todavía estamos un poco
descolocados. Todo lo que está sucediendo en
Latinoamérica nos sorprende con el pie cambiado, nos
coge con el discurso rendido de antemano, y eso hace que
muchos se desentiendan, que den por buenos los viejos
argumentos aunque los sepan falsos, aunque los sepan
manipulados; que den por buenas y reproduzcan además las
informaciones intoxicadoras; que asuman los prejuicios
tranquilizadores que circulan, y que en realidad se
desentiendan de esa labor del intelectual que, en
palabras de Chomsky, es una cuestión de decir la verdad
y denunciar la mentira, algo tan simple y de lo que
suelen desentenderse los intelectuales habitualmente.
En mi reciente viaje
a Venezuela, por ejemplo, me llamó al atención cómo
cierto vocabulario, ciertos términos que nos han dicho
que ya no sirven, que están viejos, que están caducos,
se siguen utilizando y están además llenos de sentido.
Se oye hablar de revolución, de derechos, de libertad,
de emancipación, de socialismo; que son ese tipo de
palabras que nosotros en Europa decimos con cierto
optimismo, con cierta condescendencia, con cariño a
veces, pero vacías de significado. Sin embargo, se están
empleando aquí.
En Latinoamérica todo
este proceso no tiene que ver solo con los intelectuales
locales, sino que nos señala también a los intelectuales
europeos, nos indica que el rumbo de la historia no
estaba tan decidido como nos habían dicho, como habíamos
dado por bueno, significa que no se acabó el tiempo de
la ideología emancipadora, que no está mitigada en
definitiva la posibilidad de la Revolución.
Para la izquierda
europea, tan templada, tan tranquila, tan educada; el
posicionamiento frente a situaciones como las que están
ocurriendo en Latinoamérica es realmente su prueba de
fuego. En concreto para la izquierda que realmente se
crea transformadora. En España hay muchos intelectuales
de izquierda para quienes Cuba es una molestia, es una
piedra en el zapato. Hay muchos intelectuales de
izquierda, que se dicen tales, que respirarían aliviados
si Cuba desapareciera como experiencia revolucionaria,
si Cuba cayera. Incluso lo esperan o lo desean para
poder continuar con ese discurso tranquilizador, sin
tener esa molestia que significa Cuba para muchos ahora
mismo.
Yo creo que uno no
puede pretender ser de izquierda o proclamarse como tal
y mirar para otro lado; uno no puede pretender ser de
izquierda y quedarse en lo estético olvidando lo ético;
uno no puede pretenderse y decirse de izquierda y dar
por buenos los límites que han impuesto a ese discurso
de izquierda, que supone que hay ideas que no pueden ser
discutidas, que hay cosas que debemos suponer
inamovibles antes de hacer nada, cuestiones que parecen
intocables —como la propiedad privada de los medios de
producción, como el sistema capitalista, la democracia
partidista—, temas que cuando debatimos en España se dan
por intocables y a partir de ahí debatimos. Hay cosas
que deben ser cuestionadas sin miedo porque uno no puede
decir revolución en vano, como si fuera una palabra
bonita desde la nostalgia, como un eslogan para llevarlo
en la camiseta, para tenerlo en el póster de tu
habitación, para cantar en las manifestaciones cuando se
va a ellas como quien va de paseo en un día soleado,
para luego irse a tomar unas cervezas. Para pasar el
rato en definitiva, para sentirse de izquierda.
No puede decirse
revolución en vano, con la boca chica, con una
sonrisita, cuando hay lugares como Venezuela y como
Cuba, donde esa revolución tiene verdadero significado.
Es una revolución cierta, real, a pie en tierra, que no
es una bonita construcción teórica y retórica; que no es
simpática porque está ahí, porque marcha, porque nos
exige, porque tiene sus contradicciones, porque nos
molesta, porque nos enfrenta a nuestras propias
objeciones, a nuestro entreguismo, a nuestro derrotismo,
y también a nuestra hipocresía. Ante esa revolución
posible que está sucediendo hoy no podemos permitir al
intelectual que se lave las manos, que se desentienda de
esa responsabilidad. Hay que exigirle, hay que obligarle
y hay que empujarle para cumplirla.
Intervención en la
Mesa Redonda:"La Cultura en
Defensa de la Humanidad: La responsabilidad social
del escritor", celebrada en la XV
Feria Internacional del Libro de La Habana, febrero de
2006. |