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“Prepara la sopa, que voy a pintar un
ángel más.”
(El Perugino, según Lezama)
Encuentro las pinturas
de José Adrián en una pequeña galería que da a un patio
interior, en los bajos de las oficinas de Eusebio, unos
pasos antes de llegar a la Plaza de la Catedral. Son las
dos y media de la tarde y, sin embargo, resulta muy
obvio que allí, en ese espacio, es otra la hora:
podríamos decir que siempre está anocheciendo entre
aquellas criaturas iluminadas a medias desde dentro,
sobre todo, y algo también desde fuera.
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Me aborda, primero, un
arcángel muy altivo y pálido, provisto de una corona
chispeante, turbulenta, como de pavo real, y un escudo
que parece caer diagonalmente como una cascada de hierro
o agua o viento, o de todo eso junto, y sólo más tarde
descubro, en primer plano, el ojo de un leviatán que
acompaña a la figura protagónica desde otra dimensión:
ni dialoga con ella ni se le opone; no es, sin dudas,
el-dragón-que-hay-que matar. (La espada del arcángel
está ahí pero resulta incierta, remota, casi
imperceptible, y es que en los cuadros de José Adrián,
aunque hay huellas de “literatura”, los conflictos han
sido afortunadamente pospuestos: predomina en estas
piezas un pacto, una tregua, un insólito equilibrio.)
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Después me detengo
ante una Ligeia, limpia en este caso de todo efectismo,
que atraviesa la penumbra con una lámpara, calladamente
(reina siempre el silencio en los cuadros de José
Adrián), y vuelvo a ver al “otro”, al hipotético
antagonista que no llega nunca a serlo: es ahora un
fantasma muy débil, muy suavizado, doliente, sí, pero
del modo más sobrio que pueda imaginarse, y
absolutamente inofensivo: no va a aterrorizar a la mujer
de la lámpara, ni a ella ni a nadie, ni provocaría jamás
los chillidos de la-película-del-sábado ni los
melodramáticos finales de Poe.
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Del mismo modo, los
dos personajes que conviven en la pieza “Insomnio”, en
ese pedazo mínimo de noche, no pueden tropezarse: aquel
que avanza, erguido, condenado a la vigilia eterna y a
la verticalidad, parece ligado además, por una
maldición, a su siniestro ramo de flores, mientras que
“el otro” habita una fluyente y blanquecina
horizontalidad durmiendo o fingiendo dormir su
sueño-muerte. En otras piezas, los retratados sólo se
aproximan entre sí muy relativamente, sin comunicarse:
se dedican más bien a posar para el artista: una niña
sostiene lo que podría ser un perrito, o un perrito-foca
quizás, con una ternura sutilísima, apenas sugerida (no
hay sentimentalismo en la pintura de José Adrián, no hay
lágrimas ni “gestos” ni el menor vestigio de
teatralidad), y en un trío oscuro, incomprensible, nos
sobresalta un animal jiráfico, o unicórnico, quién sabe,
salido de la mitología privada del artista o de aquella
visión (bellamente recogida también en una de las
piezas) que tuvo su tatarabuelo en medio de la
feijoosiana campiña del centro de Cuba.
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No hay dudas de que
José Adrián ha creado un mundo, un trasmundo,
personalísimo: hablo de esto con él, con Silvita y José
María, rodeados por la atmósfera prematuramente
anochecida y por aquellos personajes siempre un poco
borrosos, como abocetados. Hablo, hablamos, del peculiar
colorido de estos cuadros, de los tonos apagados, muy
parcos, que le son propios, del velo que amortigua
sabiamente cada una de las escenas, y de la relación
entre pintura y poesía, y recordamos a algunos
pintores-escritores nuestros, a Fayad, a Carlos
Enríquez, y además a Antonia Eiriz, a William Blake, y,
de pronto, José María señala un rostro redondo en el
cielo de una curiosísima pieza galáctica o planetaria y
dice que se le parece a alguno de los increíbles dibujos
de Rapi, y tiene razón. Luego salgo a la calle, a la
hora real (son casi las cuatro); pero en medio de la luz
quemante, el bullicio, el gentío, me escoltan durante el
resto de la tarde los personajes de José Adrián y sigo
escuchando sus mensajes susurrados, susurrantes, y
recordando (cómo evitarlo) el consejo que nos legó
Lezama a través del Perugino. Felicidades, José Adrián,
no pierdas ni un minuto: sigue pintando ángeles y
arcángeles y ligeias y valdemares y ushers y fantasmas
insomnes y también leviatanes, dragones, unicornios,
perros-focas y otros animales villareños o medievales.
15 de febrero de 2006 |