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En su última jornada,
a pesar del frío, la lluvia y el viento, la XV Feria
Internacional del Libro de La Habana
recibió una avalancha
de público desde el amanecer. El responsable fue el cantautor
español, en esta ocasión poeta, Joaquín Sabina, quien
hizo realidad su anunciada y muy
esperada visita con la presentación de su libro de
sonetos Ciento volando de catorce,
dentro
de una abarrotada sala Nicolás Guillén.
Allí, celebró su fiesta ante miles de cubanos que le
escucharon, esta vez, declamar sus sonetos y agotaron
los 3000 ejemplares de su libro. Sabina esperó hasta
firmar el último cuaderno, en una tarde memorable y
merecida que cerró las puertas de La Cabaña a la XV FILH.
Lo primero es pedirle a
Sabina que nos cuente de este libro.
Estamos muy
acostumbrados a su música, a la poesía que canta, pero
tal vez nos deba llevar en un recorrido por la poesía
que escribe.
Buenas noches, yo siempre digo
buenas noches, a la hora que sea. El mundo está lleno de
gente que, desde luego, canta mejor que yo, que escribe
mejor que yo, incluso que es más joven que yo, más guapa
que yo, tan alta como Abel Prieto, algunos. Incluso que
cogen mejor que yo. Pero creo que nadie ha elegido jamás
mejor que yo el sitio y la gente con quien celebrar mi
cumpleaños.
De jovencito, ustedes no habían
nacido, nunca, jamás soñé con cantar porque conocía mi
voz en la ducha. Siempre soñé con escribir, luego las
cosas vinieron de otro modo porque yo opino que los
poetas españoles de mi tiempo de juventud estaban
incumpliendo el reto de su tiempo, que era llegar a la
inmensa minoría, llegar a la gente, ser poetas
cantables, recitables, ser poetas que sirvieran para
enamorar a alguien, ser poetas que pusieran un hombro
donde llorar. En ese momento ese terreno lo estaba
ocupando, en mi opinión desmesuradamente, la música pop.
Así que yo, que siempre he sido un impostor y me ha
gustado mucho meterme en lugares donde no he estado
invitado, decidí que el modo de que mis palabras
cumplieran esa función era secuestrar, seducir,
sobornar, a dos músicos que hay por aquí: a Pancho
Varona y Antonio García de Diego, para que hicieran el
truco conmigo de volver a los orígenes de la poesía, que
fue siempre para ser cantada.
A aparte de eso quiero hablar del
milagro que me parece, incluso con las incomodidades que
supone, que haya esta especie de avalancha en un día de
tanto viento y tan mal tiempo, en una isla de la que los
periódicos del mundo hablan poco y mal, deberían saber
que aquí la gente hace avalanchas por oír sonetos, por
comprar libros, con mucho viento.
Este libro, Ciento volando de
catorce, está compuesto por sonetos, y habría que
preguntarle al poeta ¿por qué ese regusto por el
soneto?
Es por un cierto afán pedagógico.
Creo que, y eso en Cuba se entiende mejor que en
cualquier otro lugar porque en los periódicos
occidentales dicen: “sí, la educación y la sanidad,
pero…” y siempre incluyen el ‘pero’, en occidente
pensamos muchos que la principal revolución, la que
queda, y la única que nos va a salvar a todos, es la
educación, y eso aquí se sabe. Entonces, como creo que
quien se dirige al público tiene la obligación de
defraudarlo un poquito, como me decían siempre: ¿por qué
no escribes en lugar de cantar? —lo decían después de
oírme cantar, claro—, pensé: “sí, voy a escribir, pero
no lo que esperáis, voy a escribir sonetos”. Es verdad
que lo hice con palabras contemporáneas, porque
simplemente es mi obligación, pero sí con formas
clásicas y antiguas que creo que educan el oído, la
sensibilidad, la rítmica, la métrica.
Ciento volando de catorce,
dice el título. El catorce lo intuimos por el soneto,
pero ¿y el ciento volando?
Viene de un refrán, que dice: más
vale pájaro en mano…, pero los cubanos y yo preferimos
ciento volando.
En cuanto al contenido, ¿es el mismo que encontramos en las canciones, o
nos estás proponiendo otros temas además de otra
métrica?
No es igual escribir para cantar
que escribir sin saber si lo vas a cantar. Los temas son
no solo los míos de siempre sino, en mi opinión, los de
la poesía de siempre, que es mirar la vida con gafas
sutiles y tratar de sacar el subsuelo y elevarlo al
séptimo cielo. Es igual, pero requiere un poquito más de
atención. Me siento orgulloso de tener un público que
oye las cosas dos o tres veces en tiempos en que no hay
tiempo ni para oírlas media vez.
¿Se repetirá el
hábito de escribir poesía y publicarla en un cuaderno?
Sí, de hecho tengo un par de libros
en prensa. Uno es Cartas cruzadas en verso. No
son amables, es decir, secreto a voces: le escribo unas
décimas a Silvio Rodríguez contándole por qué ya no los
oímos a él y a Pablo cantar juntos, y él me contesta.
Hay un intercambio de cartas en verso, que es un género
epistolar completamente caduco y trasnochado, que
aparecerá pronto también en la editorial Visor. Luego
amenazo con escribir también unas memorias para ver si
al final me quedo sin un solo amigo.
¿Nos quiere regalar algún poema?
¿Tal vez de este libro?
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A los catorce, parece que fue ayer,
el rey Melchor se lo hizo bien conmigo y me trajo por
fin una guitarra. Aquel adolescente ensimismado que era
yo, con granos y complejo, en lugar de empollar física y
química, mataba las horas rimando en un cuaderno a
rayas, versos llenos de odio contra el mundo y los
espejos. El mundo, lejos de sentirse aludido, seguía
girando, que es lo suyo, desdeñoso, sin importarle un
carajo mi existencia. Y los espejos, cabrones, en vez de
consolarme con mentiras más o menos piadosas me
sostenían cruelmente la mirada. Vivía en sitio que se
llamaba Úbeda, algunas noches, mientras mis padres
dormían, me daban las diez y las once y la una,
practicando con sordina en mi flamante guitarra los
acordes de Blanca y radiante va la novia, o
iniciándome en el furtivo y noble arte de la
masturbación. O suspirando por mi vecina, una rubia de
bote que suspiraba por un idiota moreno que tenía una
bici de carreras y jugaba al baloncesto. Solo se me
ocurrían tres maneras de atraer su atención: triunfar en
el toreo, atracar un banco o suicidarme, lo malo era que
las tres exigían una sobredosis de valor que yo, hay de
mí, no poseía. Yo poseía mi cuaderno a rayas, cada vez
más lleno de ripios contra el mundo; mi guitarra, cada
vez más desafinada, y un plano del paraíso que resultó
ser falso, y la vida previsible y anodina, como una
tarde de lluvia en blanco y negro. Pero en la pantalla
del “ideal cinema” cuando no daban una de romanos, el
viento golfo de Manhattan le subía la falda a Marilyn, y
era domingo y no había clase, y los niños de provincias
soñábamos despiertos en technicolor con pájaros que
volaban y se comían el mundo. Y el mundo que querían
comerse los pájaros que anidaban en mi cabeza pongamos
que se llamaba Madrid. Así que un día me subí, sin
billete de vuelta, al vagón de tercera de uno de
aquellos sucios trenes que iban hacia el norte, me apeé
en la estación de Atocha y aprendí que las malas
compañías no son tan malas, y que se puede crecer al
revés de los adultos, y supe al fin a qué saben los
aplausos y los besos y el alcohol y la resaca y el humo
y la ceniza, y lo que queda después de los aplausos y
los besos y el alcohol y la resaca y el humo y la
ceniza. Tal vez por eso mis canciones quieren ser un
mapamundi del deseo, un inventario de la duda, siete
crisantemos con espina. Y cuando las cartas vienen
malas, y amenaza tormenta y los dioses se ponen
intratables, y los hoteles no son dulces, y todas las
calles se llaman Melancolía, todavía fantaseo con
debutar sin picadores o con desvalijar sucursales de
Banesto o con probar mi suerte a la ruleta rusa, pero
ahora, en lugar de tirarme en la plaza de toros de las
Ventas de espontáneo, o de remitirle una carta póstuma
al Juez Garzón, o de ahorrar para una Smith & Wesson del
especial, escribo en technicolor la canción de las
noches perdidas para vengarme de tantas tardes de lluvia
en blanco y negro, de tantos hombres de traje gris, de
tantas rubias de bote que se van con idiotas morenos que
juegan al baloncesto, de tantas bocas adorables que
nunca fueron mías, que nunca serán mías. Pero no me
quejo: tengo amigos y memorias y risas y trenes y bares
y una mala salud de hierro. Y de cuando en cuando una
rubia de bote me tira un beso desde el público
aprovechando un despiste de su novio, ese idiota moreno
que juega al baloncesto.
(Aplausos)
Víctor Manuel me dijo que hiciera
unos sonetos sobre canciones, como sabía que venía a
Cuba…, así que bueno:
Te debo una canción, te pido nada.
Canto porque respiro y porque muero
porque espero, maldita madrugada,
chaparrones de abril, cuestas de enero.
Semifusa e indolente, musa helada,
cuñada de Caín, daño a tercero
dos ocupas, soñando una almohada,
huérfana de carmín, chupa de cuero.
Qué Charlie, qué Rodríguez Milanés, qué swing
qué pas de deux con cinco pies
síndrome de Estocolmo del Caribe.
Una canción es todo y al revés,
Chucho Valdés y Bebo, ¡hay mamá Inés!
Y nos dieron las diez con quien suscribe.
(Aplausos)
Una canción es algo más que un
verso
loco por dar la nota destemplada
un lifting, en la chepa del Incerso
un hip-hop, un perreo de matinada.
Una canción es un dolor que cura,
una lengua de gato mal parido,
la lava de un volcán en miniatura,
un solo de domingo sin partido.
Puede ser himno, réquiem, melopea,
cita a ciegas del tímido y la fea,
consuelo al por menor, cielo pagano,
bálsamo, tragaluz, anfetamina,
una canción es una golondrina
que milagrosamente hace verano.
(Aplausos)
Tengo hecha una encuesta: el
estómago de un público medio altamente educado, entre el
cuarto y el quinto soneto, se levanta y se va.
(Lee los poemas “Benditos Malditos”, de Ciento volando de catorce)
Antes de leer lo
próximo, que se lo voy a
dedicar a Abel, que es mi amigo antes y después de ser
Ministro —yo solo me relaciono en España con ministras,
pero en Cuba hago esa concesión, además, no todos los
países tienen un Ministro tan buen escritor—, quiero
decir algo que Abel sabe, y es que mi relación con Cuba,
que viene de muchos años, es la historia de mi juventud,
es el sueño del pibe, es la historia de mi generación.
Hemos pasado por todo, Cuba mucho más que yo, pero allí
hemos gozado y hemos sufrido también los verdaderamente
amigos de la Revolución. Hay ahora una moda, en
Occidente: los que fueron novios de Cuba ahora tienen
con ella un matrimonio muy aburrido, se hacen paja ya
con rutina. No es mi caso, yo como sigo considerándome
amante apasionado de Cuba, me peleo con ella bastantes
veces:
La Habana es el pendón de las
Antillas,
un volcán con acuse de recibo,
mulata con Caribe en las rodillas,
perla de una corona verde olivo.
Fidel, Martí, Guevara, sangro y vivo,
barbas de plata, fotos amarillas.
Vedado, Malecón por donde arribo
al siglo veintiuno de puntillas.
Patio de columnatas, anteayeres
tan bella que hasta el ya del deterioro
le sienta como el nunca a las mujeres.
Lo mejor, tu crepúsculo de oro.
Lo peor, que no sabes lo que quieres.
La patria, no la muerte, dice el coro.
¿Cuándo
vendrá a cantar a Cuba?
Te va a parecer una respuesta para
salir del paso, y lo es, pero también es verdad. Le
tenemos, mis músicos y yo, tanto respeto a Cuba, que
vamos a hacer lo posible, es más, lo imposible, para
venir a hacerlo en serio, es decir, con el mismo
espectáculo que llevamos a México, a Madrid, no así.
Transcripción de la presentación del libro Ciento
volando de catorce, de Joaquín Sabina,
editorial Arte y Literatura, 2006. |