Año IV
La Habana

11
- 17 FEBRERO de 2006

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A las altas horas junto a Teresa Melo
Elizabeth Mirabal La Habana
Fotos:
Alejandro Ramírez


Teresa es una poetisa que escribe despacio. Vive en una ciudad construida de espaldas al mar, devota de la conga Los Hoyos. Está añorando por estos días pasar algunas altas horas junto a su hija, descifrando cómo se escribe el nombre Daniela en idioma de agua. Cree que la fortuna la acompaña porque los que la aman lo hacen sin tapujos. Su premio son los ojos húmedos de quienes leen emocionados sus poemas y siente profundo respeto por aquellos que escriben por necesidad, para salvarse. Además del don de la poesía, posee el de la escucha. Una vez que le cuentas algo es muy difícil que lo olvide, y esto, claro está, halaga, aunque ella no lo conciba como privilegio, sino como deber. Quizá por eso asegura que sus poemas deben recitarse susurrando al oído. Los niños se fascinan misteriosamente con su presencia, la rodean pidiéndole caramelos, versos, palabras, cariños. 

Los Melo partieron hace ya mucho tiempo en largo peregrinaje desde las Minas de Matahambre para luego esparcir su nombre por el oriente del país. El explorador que haya decidido seguir su rastro encuentra el nombre del abuelo gallego de Teresa a 1226 metros sobre el nivel del mar, como prueba de que los peldaños de la Gran Piedra fueron posibles también gracias a sus manos. A Teresa se le enreda la vida en la memoria. Es entonces que necesita decir a través de la poesía y, para la dicha de todos, consigue hacerlo.

¿Por qué demoró hasta tener casi treinta años para editar su primer poemario?

Sin ánimo de criticar a poetas de mi generación que a mi edad ya tienen veintitrés, veintiséis libros publicados, siempre estoy muy insegura de lo que escribo. Del último libro que aún preparo solo me he atrevido a leer en público dos o tres poemas. Yo tenía muchos poemas en archivos desde mi adolescencia. Te confieso que no soy una poetisa que trabaje muchas veces sobre el mismo texto. Camino por el mundo y voy haciendo poemas en la cabeza y cuando los escribo sobre el papel —en los últimos tiempos sobre la pantalla de la computadora— se quedan tal y como los he escrito por primera vez. Son una especie de documento sobre el sentimiento. Al inicio, me dio mucho trabajo reunir esos documentos. A ello se dedicó mi gran amigo León Estrada, excelente poeta, viviendo yo aquí en La Habana. Por lo tanto, no tuve control sobre lo primero que iba a salir de Teresa Melo por Ediciones Caserón, de la UNEAC de Santiago de Cuba. Este primer volumen lo agradezco, porque en cierto modo me dio a conocer a los que trataban de entender qué era la promoción de los ochenta, qué pasaba en todo el país, por qué había un grupo de poetas que estaban escribiendo sobre los mismos temas. Entre mis libros siempre hay una gran extensión de tiempo.

Hay quienes opinan que su poesía vuelve a una perspectiva realista, dejando a un lado los "lugares comunes" de la poesía conversacional de los años 70. ¿Qué cree usted?

No sabría qué decirte. He oído a críticos referirse a una y otra cosa. Algunos dicen justamente eso, que mi poesía se metió en el realismo, y otros, que logré retomar la parte salvable del coloquialismo, que quedó tan mal parado en los años 70. No soy crítico literario, y no quiero estrenarme siendo crítico literario de mi propia poesía, porque sería demasiada vanidad. Quiero escribir sobre las personas, las historias de personas, y que sean ellas las que le pongan etiqueta a mi poesía. Yo no se la pongo, ni siquiera me interesa mucho la que le ponen los críticos, aunque uno siempre agradece que un crítico importante, gente que ha estudiado más detenidamente lo que escribo, decida ponerle un nombre. Por lo pronto, solo escribo como lo que soy: Teresa Melo, y no lo hago pensando en una corriente en específico.

¿La poesía es un don?

No sé. Creo en el trabajo, a pesar de que no construyo poemas. Por eso admiro a las personas que construyen casas, porque lo hacen con un esfuerzo diferente. Un día me di cuenta de que quería escribir y pude. Eso es lo único que nos diferencia a los que escribimos de los que también piensan, pero no escriben. Tal vez sea un don, cuando significa regalo.

¿Quiénes integran su propia "milicia invisible de la poesía"?

Es una frase de Roberto Manzano que hubiera querido decir en mi propia entrega del premio Nicolás Guillén, pero estaba tan nerviosa ese día que no podía hilar ni dos ideas que fueran coherentes. Mi milicia la forman personas importantes y personas comunes que son importantes para mí. La forman las personas que yo he visto leyendo mis poemas; la forma mi familia, que es una maravillosa familia; la forma la muchacha que estaba leyendo mi segundo libro en la escalinata de la Universidad. Estaba delante de ella y nunca supo que era yo quien había escrito aquellos poemas. Me daba cuenta de que se emocionaba, y entonces me emocioné triplemente al ver cómo la palabra propia influye en otra persona. Todos esos afectos arman mi milicia.

¿Por qué ha dicho que es la caminante de muchos caminos? ¿Tiene esta afirmación una connotación más allá de la geografía?

Va mucho más allá de la geografía, aunque es cierto que he recorrido muchos caminos geográficos. Durante un tiempo fueron senderos de mi país y ahora he tenido la fortuna, como dice Ambrosio Fornet, de visitar lugares raros: Bolivia, Panamá, Honduras. Pero también he tenido la fortuna de caminar por lugares raros del corazón. Soy una poeta graduada de Filosofía, que no trabajó nunca como profesora de Filosofía, sino como promotora en el Instituto Superior de Arte. Mi destino ha ido variando de una manera que me ha llevado a trabajar en sitios muy diversos, donde he conocido a personas que hacen cosas también distintas. Y eso de caminar por la senda de tantos, me enorgullece, porque cuando tengo una lectura de poemas en La Habana o mi ciudad Santiago de Cuba, pienso ¡qué maravilla!, el público no es solamente de poetas. Me escucha lo mismo un chofer, que un escritor, que un pintor, que un barman, o sea, personas de muy diversos oficios y caminos.

¿En qué se diferencia el punto de partida de Teresa Melo del que tuvo otra generación de poetisas como Nancy Morejón o Lina de Feria?

Pienso que no se diferencia en nada. Desde que existe la palabra escrita, y un poeta tuvo necesidad de expresarse, todos hemos partido de lo mismo, de las eternas preguntas que unen a periodistas, filósofos, poetas, pero también a la gente común, que son, a fin de cuentas, en quienes se sustenta la poesía. Admiro las obras de Lina de Feria y Nancy Morejón, y cada una de nosotras, viviendo su circunstancia propia, ha partido de lo mismo. Supongo que eso quiso decir Lezama cuando afirmó que la cultura cubana es una sola, ondulante y diversa, siempre siguiendo un hilo común.

¿Qué le inspiró a compilar la antología Estos otros argumentos?

Nancy Morejón es un caso curioso para mí. Viví mucho tiempo en La Habana, la mitad de mi vida, y tuve la oportunidad de conocer a poetas que luego obtuvieron el Premio Nacional de Poesía, que me hacían críticas buenas y malas, que me ayudaron mucho; pero a Nancy siempre la sentí cercana a mí, con ella nunca tuve miedo a cruzar límites. Es muy sencilla y muy sensible. Por tanto, no conformé este libro solo por la poesía de Nancy Morejón, sino por quién es Nancy Morejón. Lo hice al igual que cuando uno es joven y copia en una libreta los poemas que le gustan, solo que esta vez no quise que fuera una libreta que leyese yo sola. Tuve ese placer. Incluí poemas que ella ya no lee en sus encuentros con los lectores, pero que son muy importantes, y otros inéditos que ella me cedió muy gentilmente. En este libro están mis propios argumentos sobre la poesía de Nancy —a propósito de su libro Richard trajo su flauta y otros argumentos—. Son los poemas de toda su obra creativa, que me emocionan particularmente.

¿Cuáles son las obras narrativas en las que percibe con mayor fuerza la poesía?

No haría una lista, para no pecar y dejar fuera libros que para mí han significado mucho, pero digamos que la narrativa de Cortázar —ojalá pudiera escribir así— influyó en mí cuando era muy joven, y ahora la de Charles Bukowski. Este era un escritor norteamericano que escribía sobre la vida de su país en el bajo mundo. Sin embargo, después de escribir libros terribles, dio a conocer su último texto antes de morir, El pájaro azul. Te das cuenta entonces de que pasó toda su vida con ese pájaro azul encerrado en el corazón, que él cuenta que escuchaba llorar por las noches. Le decía que no saliese, que le iba a joder la venta de sus libros en Europa, y le echaba encima el humo del cigarro, la bebida, la vida de los bares, pero siempre tuvo ese pájaro azul, que representa para mí la poesía que fui encontrando en todo lo que leía de él. Algún día me atreveré a escribir narrativa, y ojalá pueda decir que en mi propia narrativa está mi poesía representada.

¿Qué significó para Teresa Melo haber conocido a Sergio Infante?

Sergio Infante no era un poeta, no era un artista. Era un amigo mío, el director de Cultura de mi provincia. ¿Por qué es importante para mí? Porque la cultura no se hace solamente con los artistas. Se hace también con quienes piensan y trabajan por los artistas. Pero muchas veces esas personas no trabajan por los artistas, ni para los artistas, y tienen una idea de la cultura muy distinta de quien la crea. En el caso de Sergio, lo que siempre admiré fue que a pesar de no tener dotes artísticas, tuviera tanta claridad para saber lo importante que era la cultura. Por eso decía que cuando nuestros enemigos de cualquier sitio querían hacer algo contra Cuba quemaban una obra de arte, como quemaron El Pavo Real, de Mendive. No se les ocurría quemar los documentos de los dirigentes, sino una obra artística, y que ya eso por sí solo sostenía la importancia del trabajo cultural. Ese trabajo lo hacen precisamente los dirigentes, no basta que exista la obra de arte. Tiene que haber alguien que la promueva, que la sustente a otros niveles que no sean los del artista. Por ideas como esa, por su amistad, siento tanto su partida.

Le teme a la muerte de sus seres queridos. ¿Y a la suya?

He tenido que sufrir la muerte de muchos seres queridos, la muerte del importante otro, y nunca había pensado en mi propia muerte, hasta que murió Sergio Infante. Yo siempre decía que quería morir antes que todas las personas queridas, para que no me doliese, y no había pensado en lo fácil que es. Como dice Mijail Bulgakov: “Lo peor no es que el hombre sea mortal, sino que sea mortal de repente”. Ese modo de estar y no estar al minuto siguiente ocurre con facilidad. Se quedan tantos sueños sin cumplir. Le he temido a mi propia muerte desde que Sergio murió.

Este año asistió a la Feria del Libro como una poetisa reconocida con el Premio Nicolás Guillén, ¿qué ha cambiado para usted?

Nada. Cuando recibí el premio dije que el verdadero Premio Guillén iba a ser el que me concedieran las personas que leyeran el poemario. Un premio siempre es importante, pero te lo otorga un jurado, y un jurado está formado por dos, tres personas. Tu libro les ha gustado solo a dos o tres personas que se lo han leído y han decidido, desde un criterio personal, sobre otros muchos libros que seguramente eran tan buenos como ese. El verdadero premio son los ojos húmedos de quienes leen tus poemas. Mi premio personal es ese. Soy la misma Teresa Melo dos años después.

¿Hay peligros en el éxito literario?

¡El éxito es una palabra tan breve! Supongo que dura lo mismo que decir la palabra. El éxito es medio raro, porque uno lee los clásicos y siempre debe suponer que al lado de esos grandes nombres que llegaron hasta aquí había otros treinta que escribían mejor o igual, sin contar los que escribían peor. Y las circunstancias son las que crean esa especie de colchón de agua en el que puede flotar un nombre, flotar, flotar hasta arriba y sobrevivir mucho tiempo. El éxito es demasiado efímero. Cualquier cantante de moda tiene más éxito que un escritor. Por tanto, uno nunca va a saber si ha tenido éxito.

Ángel Augier no distingue hoy a nadie que pudiese ser nombrado Poeta nacional después de Guillén. ¿Cuál es su opinión?

La cultura cubana tiene una gran fortuna. Este es un pequeño y pobre país; sin embargo, la cultura tiene un cuerpo muy esplendente y está formado por todo tipo de artistas. Respeto la palabra de Ángel Augier, estudioso además de la obra de Nicolás Guillén, pero yo tengo varios poetas nacionales propios, porque Cuba dio a Martí. Después de Martí debería ser difícil escribir, y sin embargo, uno insiste sobre el tema y escribe. Y Cuba dio a Lezama Lima, y a Ángel Escobar y a Hernández Novás. Cuba ha tenido esa fortuna: ha tenido grandes escritores.

¿El reconocimiento de los poetas en Cuba tiene su causa en la suerte, las oportunidades, el paso del tiempo…?

Tiene su causa en todo eso. Al dirigir el sello editorial de Ediciones Santiago estoy defendiendo la oportunidad de cualquier persona que escriba en cualquier lugar de Cuba. Acabo de presentar el primer libro escrito por un residente en el municipio de Mella. Es un muchacho muy sencillo, que vive en ese apartadísimo rincón que nadie sabría señalar en el mapa, y sin embargo ahí está su libro, que fue un suceso cultural en ese sitio. Por tanto, el saber que hay pequeñas editoriales en cada rincón de este país da un espectro de posibilidades, permite que vayas encontrando si sabes buscar. Esa es mi mayor fortuna: haberle editado ese libro a Calderín Campbell. Esa es la posibilidad que dan las Ediciones Riso, a pesar de sus libritos en blanco y negro.

Hábleme de su hija Daniela

Daniela es la fuente de lo que hago. Siempre pensé que no iba a tener hijos, y sin embargo, tuve ese regalo. El libro que escribí con las preguntas que ella comenzó a hacerme a partir de los tres años va a publicarse próximamente por las Ediciones Cauce de Pinar del Río. Ese libro tiene la peculiaridad de que las preguntas son iguales a las de los niños de todas partes, son eternas. Le agradezco a Daniela eso: haberme dado tantas ideas para mi poesía.

¿Cuáles son los abismos que tiene delante y que tiene dentro Teresa Melo? ¿Cómo se enfrenta a ellos?

Los abismos físicos no son tan importantes. A los que yo le temo son a los abismos que tiene el propio corazón. Pero, lamentablemente, a veces son insalvables. Creo que no soy una mala persona, por tanto, los sueños oscuros que tienen todos los seres humanos en mi caso no le hacen daño a nadie. Son oscuros porque se sueñan en la oscuridad. No hacerle daño al otro es ir salvando el abismo de nuestra mente. No tener abismos propios es posible que te salve de los abismos ajenos. No hay ninguno más profundo que el que encuentras cuando tratas de tocar un corazón y te das cuenta de que no hay nada. De eso trata el libro que estoy escribiendo: de esos abismos tan difíciles de tocar que son los del corazón del hombre. Tiendo puentes de palabras entre las personas. Tengo muchas personas que aman con sinceridad. Supongo que es porque también amo de esa manera. Esos son mis únicos escudos: los puentes de palabras, los puentes de sinceridad, los puentes de amor.

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