Año IV
La Habana

11
- 17 FEBRERO de 2006

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Entrevista con Luis Yuseff , PREMIO CALENDARIO
Buscar la belleza es mi credo a seguir

Jennifer Piñero Roig La Habana
Fotos:
Alejandro Ramírez


posas a las puertas
del infierno
junto a un reloj que
a cada hora en punto anuncia
nunca saldrás
de aquí nunca
saldrás de
aquí…

Frágil, como el cisne salvaje de Nogueras, Luis Yuseff Reyes no ignora. Todo lo contrario, dirige su mirada atenta hacia todas direcciones; observa, silencioso, los edificios derrumbados, las calles transitadas por humanos, animales y máquinas; el rostro de los ancianos en busca de respuestas a la constante incertidumbre de estar vivo. Luis Yuseff saca de sí sus angustias alegrías a través de la forma sinuosa de los versos.

Con solo treinta años, ha obtenido varios premios nacionales y provinciales como el Pinos Nuevos 2004, el Alcorta 2003 y el Premio de la Ciudad de Holguín 2003. Entre sus libros publicados se cuentan Los navíos de Pável Horov (Ediciones La Luz, 1999), Esquema de la impura rosa (Ediciones Vigía, 2004), Yo me llamaba Antonio Broccardo (Ediciones Cauce, 2004) y Golpear las ventanas (Letras Cubanas, 2004).

Hace diez años, era un joven recién graduado de Química Pura. Hoy, el nombre de Luis Yuseff Reyes va unido al epíteto de poeta y comienza a reconocerse en todo el país. ¿Cambió algo para usted?

Desde hace una década me gradué de Química en la Universidad de Oriente y todavía la ejerzo, nunca me he apartado del mundo fascinante de las ciencias. Al respecto, siempre recuerdo a Dulce María Loynaz y a José Martí. Él dijo que no había encontrado mayor poesía que en los libros de ciencias y la Loynaz, en Un verano en Tenerife, escribió que la poesía y la ciencia tienen que aliarse en un magno esfuerzo por acudir la una cuando a la otra le haga falta.

Algo semejante ocurre conmigo. He llevado ambas cosas, la poesía y la ciencia, de una manera, quizás, pacífica. Ninguna le roba tiempo a la otra. Como químico, además de trabajar en el laboratorio de un hospital en Holguín, imparto docencia. Como poeta, trato de publicar mis versos.

Claro, el hecho de haber visto publicados libros míos en varias editoriales del país, Cauce, de Pinar del Río, Letras Cubanas, Ediciones Holguín, supone un compromiso estético. Como exige mucho, es natural que cambie el destino. No es igual la creación solitaria para unos pocos lectores, por lo general amigos benévolos, de quienes se reciben críticas muy complacientes, que publicar la obra. A partir de ese momento se asume una responsabilidad mayor, el libro se va a otras manos muy disímiles, las de un público crítico que valorará la obra.

En dependencia de esa valoración, la obra pasará a formar parte de la memoria de la literatura cubana de estos tiempos o no. Tiempos relativamente abundantes en publicaciones de todo tipo.

En el contexto de la XV Feria Internacional del Libro de La Habana (FILH), ha recibido uno de los premios Calendario de Poesía. ¿Qué le incentivó a participar?

Es un deseo de todo poeta joven tenerlo entre sus lauros. Ante una vista panorámica de los premiados por el Calendario durante los últimos diez años, se nota que son los nombres de quienes hoy definen la historia literaria del país. Esto, sin menospreciar a otras figuras consagradas. Pero me refiero a esa vanguardia que avanza desde la década del 80 y casi siempre vincula su nombre al Premio Calendario.

¿Tiene alguna significación especial?

Cuando la Asociación Hermanos Saíz (AHS) creó  el concurso y se vieron las primeras ediciones de la colección en Holguín, alguien me sugirió participar. Sin embargo, yo me sentía muy “verde” aún.

Solo hace dos años vengo enviando. En esta ocasión he podido ganar. Al ser tan codiciado por los autores jóvenes, la calidad es alta, lo cual conlleva un elevado nivel competitivo.

He tenido la suerte de que este libro, Salón de última espera, escrito el año pasado, haya resultado ganador. Fue una sorpresa muy grata.

El Calendario se suma a una lista de premios ya acumulados por usted: el Alcorta, el Pinos Nuevos, el Premio de la Ciudad de Holguín, ¿es Luis Yuseff un cazador de premios?

Lo curioso de cazar premios es que, al final, uno se convierte en el cazado. Un premio implica casi siempre una publicación, algo procurado por todo escritor porque de lo contrario no tendría ningún sentido serlo. Escribir sin destinatarios es como “escribirle cartas al silencio”. Por pura vanidad esperamos que nuestra creación se lea. Quizás no sea vanidad, sino querer enviar a la luz lo hecho en el espacio privado. Obtener un premio es una manera inequívoca de publicar un libro decorosamente.

Sin embargo, aunque no alcanzan aún, hay otras alternativas de publicación. Ser ganador de un certamen no es la única vía. Quizás la calidad estética sea un móvil para enviar los libros a los concursos, porque es superior de esa forma. Cazar premios tiene esa ventaja: el libro publicado suele ser hermoso.

Además, resulta una manera de probarse. Vivimos en una isla donde, a pesar de haber tantas convocatorias, son muchos más los poetas y aunque la victoria dependa de juicios subjetivos, ganar es alentador.

Pero tampoco lo tomo como una búsqueda descarnada. Lo importante realmente es ser leído. Aunque también se desee que el libro sea un objeto bello. Es también un bien comerciable que la gente consume y lleva a sus casas, donde todo el mundo quiere tener algo bello.

¿Qué relaciona a Luis Yuseff con la belleza?

Siempre que me hacen una pregunta así, cito a Hipólito Taine, un filósofo francés mencionado varias veces por Gastón Baquero. Según él, era bello lo feo, pero más bello era lo bello.

Este es de alguna forma mi credo a seguir: buscar la belleza. Aunque también he dicho que el tratar de buscar la belleza no significa que viva exactamente en la belleza. Eso es muy difícil, soy un escritor de estos tiempos y tengo las mismas inquietudes y los mismos desgarramientos que todos. No vivo en una torre de marfil. Pero sucede que en la historia de la Literatura y el Arte, aquello que ha trascendido realmente ha sido lo asociado a los cánones de belleza de cada época. Desde Miguel Ángel Buonarroti, Da Vinci, hasta más Cosme Proenza, con una poética plástica preciosista y conmovedora, en la cual no prima la belleza fácil del ojo, esa que se refleja en el iris y el cerebro se encarga de asimilarla pasivamente. Es la belleza que enseña un falso camino al hacer sentir como a las puertas del paraíso cuando muestra un infierno. Tal es mi intención al defender la tesis de que el Arte debe ser bello y no por ello banal.

Tampoco se trata de una estética determinada. Al final, la importancia está en lo dicho.

Recientemente, en una entrevista, afirmó que en narrativa sus brazadas eran de náufrago. Sin embargo, hace poco se alzó con el Vértice, de cuentos cortos y el Celestino, también de cuento. ¿Puede significar esto que comienza a bracear mejor?

Lo curioso de esa declaración es que fue hecha con posterioridad a esos premios. Por lo tanto, mantengo esa opinión. Sigo sintiendo mis brazadas de náufrago, aunque la frase es literaria.

Sucede que comencé en el mundo de la literatura escribiendo versos, por eso me siento más cómodo con ellos. No soy un escritor que necesite grandes espacios para expresarme, como lo precisa la novela, por ejemplo. Pienso que, quizás, alguna vez, pueda acercarme a esas difíciles costas de la novela, pero no sé cuán cansado pueda llegar.

A eso me refiero al hablar de mis brazadas de náufrago. Por ahora, mis cuentos, parte de un libro inédito, duermen un dulce sueño del cual no sé cuándo finalmente despertarán. De hecho, no los he publicado nunca. Participé en estos certámenes, pero el cuaderno se mantiene inédito y no siento la seguridad de entregarlo a la editorial e irme a casa con la misma paz que cuando entrego uno de poesía.

En esa misma entrevista, declaraba que “escribir es una maldición inclaudicable”. Entonces, ¿por qué escribe Luis Yuseff?

Es una maldición, pero una maldición bendita. Aunque esta también es una expresión muy literaria. A veces uno se esmera por impresionar al periodista y por eso dice frases que parecen lapidarias y después tienen varias lecturas.

No es algo dicho por primera vez esto de que al escribir y tomárselo en serio, al escritor le es difícil renunciar. Es una fuente en constante producción, liberando una energía, un plasma, para alcanzar un fin. El acto de la creación implica todo el trayecto, desde el origen de la idea hasta la redacción en el papel.

La escritura es como el envase de esa energía, y una vez abierto el canal, ya no se puede cerrar. No se encuentra cómo detener esa reacción en cadena. Quizás duerma, esté soterrada, pero en un momento comienza otra vez. Es como el despertar de un gran animal dentro de nosotros. Un animal de creación. Y lo que digo no es un arrebato poético o una simple metáfora, es algo que alimentamos constantemente y al mismo tiempo se alimenta de nosotros.

Hay muchos escritores que dicen necesitar divertirse para escribir. A mí no me pasa exactamente lo mismo. Siento un gozo diferente. Al escribir percibo el gozo de saber que voy a llegar al final, pero mientras el momento de empezar a escribir llega, es tortuoso. Son fuerzas iguales en sentidos contrarios y quien está en el medio soy yo. Me despedazan, me fragmentan, pero no me puedo negar. Por eso es una maldición.

La muerte, el amor, la isla y la emigración son temas recurrentes dentro de su obra. ¿Por qué esos y no otros?

La Isla y la Emigración confluyen, para mí, en uno. La muerte y el amor son temas universales desde el inicio de los tiempos. Desde la misma Biblia se habla de ellos. La epopeya del Gilgamesh, escrita en tablillas de barro hace miles de años, los aborda también.

Entonces no hago nada nuevo. Solo acudo a lo que me hace, me conforma, me delimita y de algún modo trato de ser coherente con eso porque, entre otras cosas, no debemos hablar de lo que no sabemos. Si de lo que mejor sé hablar es del amor, de la muerte y de la isla, por qué entonces hablar de algo ajeno.

Sin embargo, para mí es muy importante la isla. En Cuba, en los años 90, ocurrió un fenómeno social, político, que marcó todas las artes, desde la plástica hasta la literatura, pasando por la documentalística y el cine: el asunto de los balseros. Al ser una criatura de isla y vivir en mi país, porque quiero vivir en él, lo he asumido, está también en mi poesía. Quiero que aparezca naturalmente. Si no lo he logrado, al menos lo he intentado. Defiendo posiciones no extremistas, no cómodas, aunque eso conduzca al riesgo de la hoguera. Pero los poetas, de algún modo, también estamos llamados a dejar constancia de la época que vivimos.

Al final, es una parte de nuestra historia vivida y no podemos adivinar si dentro de un siglo alguien recordará lo sucedido en Cuba en 1994, o si recordarán acontecimientos del año 2006 y quién sabe si en treinta años ya nadie recuerde quién fue Luis Yuseff.

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