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posas a las puertas
del infierno
junto a un reloj que
a cada hora en punto anuncia
nunca saldrás
de aquí nunca
saldrás de
aquí…
Frágil, como el cisne
salvaje de Nogueras, Luis Yuseff Reyes no ignora. Todo
lo contrario, dirige su mirada atenta hacia todas
direcciones; observa, silencioso, los edificios
derrumbados, las calles transitadas por humanos,
animales y máquinas; el rostro de los ancianos en busca
de respuestas a la constante incertidumbre de estar
vivo. Luis Yuseff saca de sí sus angustias alegrías a
través de la forma sinuosa de los versos.
Con solo treinta
años, ha obtenido varios premios nacionales y
provinciales como el Pinos Nuevos 2004, el Alcorta 2003
y el Premio de la Ciudad de Holguín 2003. Entre sus
libros publicados se cuentan Los navíos de Pável
Horov (Ediciones La Luz, 1999), Esquema de la
impura rosa (Ediciones Vigía, 2004), Yo me
llamaba Antonio Broccardo (Ediciones Cauce, 2004) y
Golpear las ventanas (Letras Cubanas, 2004).
Hace diez años,
era un joven recién graduado de Química Pura. Hoy, el
nombre de Luis Yuseff Reyes va unido al epíteto de poeta
y comienza a reconocerse en todo el país. ¿Cambió algo
para usted?
Desde hace una década
me gradué de Química en la Universidad de Oriente y
todavía la ejerzo, nunca me he apartado del mundo
fascinante de las ciencias. Al respecto, siempre
recuerdo a Dulce María Loynaz y a José Martí. Él dijo
que no había encontrado mayor poesía que en los libros
de ciencias y la Loynaz, en Un verano en Tenerife,
escribió que la poesía y la ciencia tienen que aliarse
en un magno esfuerzo por acudir la una cuando a la otra
le haga falta.
Algo semejante ocurre
conmigo. He llevado ambas cosas, la poesía y la ciencia,
de una manera, quizás, pacífica. Ninguna le roba tiempo
a la otra. Como químico, además de trabajar en el
laboratorio de un hospital en Holguín, imparto docencia.
Como poeta, trato de publicar mis versos.
Claro, el hecho de
haber visto publicados libros míos en varias editoriales
del país, Cauce, de Pinar del Río, Letras Cubanas,
Ediciones Holguín, supone un compromiso estético. Como
exige mucho, es natural que cambie el destino. No es
igual la creación solitaria para unos pocos lectores,
por lo general amigos benévolos, de quienes se reciben
críticas muy complacientes, que publicar la obra. A
partir de ese momento se asume una responsabilidad
mayor, el libro se va a otras manos muy disímiles, las
de un público crítico que valorará la obra.
En dependencia de esa
valoración, la obra pasará a formar parte de la memoria
de la literatura cubana de estos tiempos o no. Tiempos
relativamente abundantes en publicaciones de todo tipo.
En el contexto de
la XV Feria Internacional del Libro de La Habana (FILH),
ha recibido uno de los premios Calendario de Poesía.
¿Qué le incentivó a participar?
Es un deseo de todo
poeta joven tenerlo entre sus lauros. Ante una vista
panorámica de los premiados por el Calendario durante
los últimos diez años, se nota que son los nombres de
quienes hoy definen la historia literaria del país.
Esto, sin menospreciar a otras figuras consagradas. Pero
me refiero a esa vanguardia que avanza desde la década
del 80 y casi siempre vincula su nombre al Premio
Calendario.
¿Tiene alguna
significación especial?
Cuando la Asociación
Hermanos Saíz (AHS) creó el concurso y se vieron las
primeras ediciones de la colección en Holguín, alguien
me sugirió participar. Sin embargo, yo me sentía muy
“verde” aún.
Solo hace dos años
vengo enviando. En esta ocasión he podido ganar. Al ser
tan codiciado por los autores jóvenes, la calidad es
alta, lo cual conlleva un elevado nivel competitivo.
He tenido la suerte
de que este libro, Salón de última espera,
escrito el año pasado, haya resultado ganador. Fue una
sorpresa muy grata.
El Calendario se
suma a una lista de premios ya acumulados por usted: el
Alcorta, el Pinos Nuevos, el Premio de la Ciudad de
Holguín, ¿es Luis Yuseff un cazador de premios?
Lo curioso de cazar
premios es que, al final, uno se convierte en el cazado.
Un premio implica casi siempre una publicación, algo
procurado por todo escritor porque de lo contrario no
tendría ningún sentido serlo. Escribir sin destinatarios
es como “escribirle cartas al silencio”. Por pura
vanidad esperamos que nuestra creación se lea. Quizás no
sea vanidad, sino querer enviar a la luz lo hecho en el
espacio privado. Obtener un premio es una manera
inequívoca de publicar un libro decorosamente.
Sin embargo, aunque
no alcanzan aún, hay otras alternativas de publicación.
Ser ganador de un certamen no es la única vía. Quizás la
calidad estética sea un móvil para enviar los libros a
los concursos, porque es superior de esa forma. Cazar
premios tiene esa ventaja: el libro publicado suele ser
hermoso.
Además, resulta una
manera de probarse. Vivimos en una isla donde, a pesar
de haber tantas convocatorias, son muchos más los poetas
y aunque la victoria dependa de juicios subjetivos,
ganar es alentador.
Pero tampoco lo tomo
como una búsqueda descarnada. Lo importante realmente es
ser leído. Aunque también se desee que el libro sea un
objeto bello. Es también un bien comerciable que la
gente consume y lleva a sus casas, donde todo el mundo
quiere tener algo bello.
¿Qué relaciona a Luis
Yuseff con la belleza?
Siempre que me hacen
una pregunta así, cito a Hipólito Taine, un filósofo
francés mencionado varias veces por Gastón Baquero.
Según él, era bello lo feo, pero más bello era lo bello.
Este es de alguna
forma mi credo a seguir: buscar la belleza. Aunque
también he dicho que el tratar de buscar la belleza no
significa que viva exactamente en la belleza. Eso es muy
difícil, soy un escritor de estos tiempos y tengo las
mismas inquietudes y los mismos desgarramientos que
todos. No vivo en una torre de marfil. Pero sucede que
en la historia de la Literatura y el Arte, aquello que
ha trascendido realmente ha sido lo asociado a los
cánones de belleza de cada época. Desde Miguel Ángel
Buonarroti, Da Vinci, hasta más Cosme Proenza, con una
poética plástica preciosista y conmovedora, en la cual
no prima la belleza fácil del ojo, esa que se refleja en
el iris y el cerebro se encarga de asimilarla
pasivamente. Es la belleza que enseña un falso camino al
hacer sentir como a las puertas del paraíso cuando
muestra un infierno. Tal es mi intención al defender la
tesis de que el Arte debe ser bello y no por ello banal.
Tampoco se trata de
una estética determinada. Al final, la importancia está
en lo dicho.
Recientemente, en
una entrevista, afirmó que en narrativa sus brazadas
eran de náufrago. Sin embargo, hace poco se alzó con el
Vértice, de cuentos cortos y el Celestino, también de
cuento. ¿Puede significar esto que comienza a bracear
mejor?
Lo curioso de esa
declaración es que fue hecha con posterioridad a esos
premios. Por lo tanto, mantengo esa opinión. Sigo
sintiendo mis brazadas de náufrago, aunque la frase es
literaria.
Sucede que comencé en
el mundo de la literatura escribiendo versos, por eso me
siento más cómodo con ellos. No soy un escritor que
necesite grandes espacios para expresarme, como lo
precisa la novela, por ejemplo. Pienso que, quizás,
alguna vez, pueda acercarme a esas difíciles costas de
la novela, pero no sé cuán cansado pueda llegar.
A eso me refiero al
hablar de mis brazadas de náufrago. Por ahora, mis
cuentos, parte de un libro inédito, duermen un dulce
sueño del cual no sé cuándo finalmente despertarán. De
hecho, no los he publicado nunca. Participé en estos
certámenes, pero el cuaderno se mantiene inédito y no
siento la seguridad de entregarlo a la editorial e irme
a casa con la misma paz que cuando entrego uno de
poesía.
En esa misma
entrevista, declaraba que “escribir es una maldición
inclaudicable”. Entonces, ¿por qué escribe Luis Yuseff?
Es una maldición,
pero una maldición bendita. Aunque esta también es una
expresión muy literaria. A veces uno se esmera por
impresionar al periodista y por eso dice frases que
parecen lapidarias y después tienen varias lecturas.
No es algo dicho por
primera vez esto de que al escribir y tomárselo en
serio, al escritor le es difícil renunciar. Es una
fuente en constante producción, liberando una energía,
un plasma, para alcanzar un fin. El acto de la creación
implica todo el trayecto, desde el origen de la idea
hasta la redacción en el papel.
La escritura es como
el envase de esa energía, y una vez abierto el canal, ya
no se puede cerrar. No se encuentra cómo detener esa
reacción en cadena. Quizás duerma, esté soterrada, pero
en un momento comienza otra vez. Es como el despertar de
un gran animal dentro de nosotros. Un animal de
creación. Y lo que digo no es un arrebato poético o una
simple metáfora, es algo que alimentamos constantemente
y al mismo tiempo se alimenta de nosotros.
Hay muchos escritores
que dicen necesitar divertirse para escribir. A mí no me
pasa exactamente lo mismo. Siento un gozo diferente. Al
escribir percibo el gozo de saber que voy a llegar al
final, pero mientras el momento de empezar a escribir
llega, es tortuoso. Son fuerzas iguales en sentidos
contrarios y quien está en el medio soy yo. Me
despedazan, me fragmentan, pero no me puedo negar. Por
eso es una maldición.
La muerte, el
amor, la isla y la emigración son temas recurrentes
dentro de su obra. ¿Por qué esos y no otros?
La Isla y la
Emigración confluyen, para mí, en uno. La muerte y el
amor son temas universales desde el inicio de los
tiempos. Desde la misma Biblia se habla de ellos. La
epopeya del Gilgamesh, escrita en tablillas de barro
hace miles de años, los aborda también.
Entonces no hago nada
nuevo. Solo acudo a lo que me hace, me conforma, me
delimita y de algún modo trato de ser coherente con eso
porque, entre otras cosas, no debemos hablar de lo que
no sabemos. Si de lo que mejor sé hablar es del amor, de
la muerte y de la isla, por qué entonces hablar de algo
ajeno.
Sin embargo, para mí
es muy importante la isla. En Cuba, en los años 90,
ocurrió un fenómeno social, político, que marcó todas
las artes, desde la plástica hasta la literatura,
pasando por la documentalística y el cine: el asunto de
los balseros. Al ser una criatura de isla y vivir en mi
país, porque quiero vivir en él, lo he asumido, está
también en mi poesía. Quiero que aparezca naturalmente.
Si no lo he logrado, al menos lo he intentado. Defiendo
posiciones no extremistas, no cómodas, aunque eso
conduzca al riesgo de la hoguera. Pero los poetas, de
algún modo, también estamos llamados a dejar constancia
de la época que vivimos.
Al final, es una
parte de nuestra historia vivida y no podemos adivinar
si dentro de un siglo alguien recordará lo sucedido en
Cuba en 1994, o si recordarán acontecimientos del año
2006 y quién sabe si en treinta años ya nadie recuerde
quién fue Luis Yuseff. |