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Hace sesenta años, por estos mismos días de febrero,
Nicolás Guillén andaba recorriendo Venezuela, ofreciendo
conferencias, recibiendo homenajes, colaborando en el
periódico El Nacional que dirigía su amigo Miguel
Otero Silva, llenándose, sobre todo, del alma
venezolana. No solo en Caracas, sino en Valencia, Cumaná,
Ciudad
Bolívar,
Barquisimeto, Mérida, en fin “desde el Orinoco hasta
los Andes, desde Barlovento a Maracaibo”, como dijo
el propio Guillén, sus impresiones jerarquizan la
simpatía y la hospitalidad de los venezolanos, que
al poeta se le antojan muy parecidos a los de los
cubanos. Allí estuvo durante cuatro meses, en esa
primera visita, cuando iba por un mes, como si una
cordial energía, invisible pero potente, lo
retuviera.
Su periplo empezaría
por la capital. La primera impresión de Nicolás Guillén
al llegar a Caracas se corresponde con lo que muchos de
los que la han visitado sienten, sobre todo si se llega
de noche: un cinturón de estrellas que rodea la ciudad,
que a la luz del día resulta ser un anillo de pobreza,
porque esos millares de luces parten, como dijo Guillén,
de “el rebaño de casitas apiñadas en las faldas del
Ávila, sobre la tierra amarillenta, con sus frentes
rojos, con sus techos de tejas antiguas, en canal, y su
enjambre de muchachos de todos colores en las puertas”.
Y ello, en contraste con la “ciudad creciente”, que en
1946, cuando el poeta la visita, está ya en pleno auge
petrolero. Pero Guillén, en el artículo “Ciudad en
construcción”, que publicara en El Nacional, ve
su belleza, aun de día, aun de pobres, y dice:
“Son las viviendas
del pueblo, cuya ubicación envidian los ricos [...] Si
es bello verlas allá arriba, como subidas por una grúa,
más lo es aún contemplar Caracas desde ellas, encajonada
entre montañas, en el fondo de un breve abismo. Por las
noches, esas casitas se encienden, parpadean sobre la
ciudad como estrellas próximas, como astros urbanos de
utilidad municipal. ¡Espectáculo maravilloso, uno de los
que más sorprenden al viajero que visita esta capital!
”
Pero no se trata de
que el poeta cubano solo se dejara entusiasmar por ese
espectáculo, verdaderamente maravilloso en el sentido
carpenteriano. Por los mismos días escribe el soneto
“Los barrios pobres del Ávila”, que forma parte de los
seis Poemas venezolanos de Nicolás Guillén,
publicados en El Nacional, el 21 de abril de
1946, y en el que, utilizando el mismo contraste, es la
pobreza de ese espacio la que, con el amanecer, se hace
presente y estructuralmente rompe, con los tercetos, la
resplandeciente ilusión nocturna de los cerros, dada en
los cuartetos:
El Ávila de noche
resplandece,
como un bazar de ingenua estrellería;
tierra cuya inmediata astronomía
la de un cielo más próximo parece.
Dios se asoma al
abismo: lo enternece
tanta invención, esa juguetería;
detuviera la máquina del día,
pero el sol no hace caso, y amanece...
Entonces brota de
aquel cielo, brota
de aquel mínimo cielo el alma rota,
donde su lumbre dan, postrera y mustia,
estrellas de existencias estrelladas,
cometas de hambre, lunas desahuciadas
y un fijo sol de rencorosa angustia.
Va a ser precisamente
el contraste de riqueza y pobreza uno de los temas que
desarrollará Guillén en su obra poética y especialmente
en su prosa, acerca de Venezuela. Cuando Guillén es
invitado a recorrer el lago petrolero de Coquibacoa, sus
impresiones, recogidas en el artículo “Petróleo
venezolano”, establecen la diferencia: a los cientos de
kilómetros de torres extractoras, al optimismo
capitalista de su guía, a los lujosos clubes, se opone
en su pensamiento “el otro lado de la moneda, donde un
rostro dramático, ajado del trabajo diario, con los ojos
vidriosos y la boca anhelante, mira fijamente el
porvenir”.
Y se opone también, esta vez a través de la experiencia
práctica, lo visto ―y relatado en el artículo del mismo
nombre― en Lagunillas, donde viven obreros petroleros.
Dice Guillén:
“Es Lagunillas, la
cabecera urbana del campo petrolero de ese nombre [...]
Las calles de tierra están llenas de anchas vetas como
de nácar oscuro. Es petróleo. Pequeñas casas sórdidas,
de madera; pequeños establecimientos de ropa, pequeños
cafés... A un lado y otro, gentes foscas y mal vestidas.”
Sin embargo, refleja
la combatividad de los obreros, que lo reciben no tanto
como un poeta, sino como un compañero de luchas. “En
medio de aquel pueblo muerto ―expresa Guillén― la
agitación bulliciosa del sindicato es una implacable
manifestación de vida. Estos hombres curtidos por el sol
de los campos petroleros saben cuál es el camino del
porvenir».
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También se demuestra
en Son venezolano, donde, además, se establece un
diálogo que sugiere la unidad, entre la cultura popular
venezolana y la cubana. El primer verso lo dice: “Con mi
tres o con su cuatro...”, refiriéndose a las variantes
de la guitarra propias de cada país. El sujeto lírico se
dirige a Juan Bimba, símbolo del personaje popular
venezolano, como lo es Liborio para Cuba, o incluso
algunos de los creados por el propio Guillén, como José
Ramón Cantaliso o Juan Descalzo, y conforma, de ese
modo, el estribillo del son: “cante, Juan Bimba / yo lo
acompaño”. Las estrofas varían desde una estructura
sonera, a una octava, a una décima, en voz de Juan
Bimba, con acento y léxico popular venezolano y
menciones, por ejemplo, al patriota Ezequiel Zamora, y
siempre con la protesta por la situación de ambos países
en ese momento, y la decisión de lucha.
Por su parte, el
poema “Barlovento”, de gran musicalidad y ligereza, por
su estructura en arte menor, contrasta con lo semántica,
que refiere la miseria del negro barloventeño, e
igualmente su voluntad de no dejarse vencer, mientras
“la gorda luna” omnipresente, parece indiferente o
hastiada.
Si estos dos poemas
enfatizan lo social, Glosa es un poema de amor
“―o desamor―, a partir de una de las Coplas del amor
viajero, de Andrés Eloy Blanco. Cuatro décimas que,
como pie forzado cada una tiene uno de los versos de la
copla.
No sé si me olvidarás
Ni si es amor este miedo:
Yo solo sé que te vas,
Yo solo sé que
me quedo.
En esta Glosa se
demuestra el dominio guilleneano de la espinela, y el
respeto y cariño por el amigo venezolano. Como ha
expresado Ángel Augier, esas décimas “pueden
considerarse como manifestaciones ejemplares del género
en la poesía culta de habla española”.
Además de los seis
poemas aludidos, hay uno que, aunque su tema no es
venezolano, tiene que ver con esa tierra hermana, porque
allí se escribió. Se trata de: “Rosa tú, melancólica”,
en el que el poeta, enfermo, añora a su esposa. Escrito
en romance, es uno de los más tiernos poemas de Guillén,
en el que se percibe la necesidad de la cercanía de su
compañera y la nostalgia del hogar.
Quizás fuera esa
nostalgia la que lo hizo ver a Caracas como “de
temperatura amorosa, como de alcoba nupcial”, o quizás
ese ambiente tibio, de perpetua primavera provocó su
añoranza. Quién sabe. Lo que sí se sabe es el cariño con
que describe a la ciudad, a la que trata como a una
mujer:
Recogida y tímida, la
capital venezolana no es todavía, “una perdida”, “una
cualquiera”. Cuida bien sus pasos, y aunque se suele
murmurar de su conducta, ella vigila a quien pueda
vigilada [. . .] A las doce de la noche, a la una cuando
más, Caracas duerme [. . .] Porque Caracas es alegre,
pero a condición de que no se le obligue a trasnochar. .
.
Ese cariño se
reconoce en el soneto “Despedida a Caracas”, en el que
Guillén hace alarde de maestría en la utilización de la
vuelta, o tornada, esa figura difícil de la poesía:
Hoy al partir, mi
mano oscura suelta
triste paloma de asustado vuelo:
sus alas bate en torno a tu desvelo
blanca en el aire en que te ves envuelta.
Hacia ti la mirada
siempre vuelta,
centinela de tierra, mar y cielo,
el Ávila me dio su verde hielo,
su túnica toqué de roca esbelta.
Vine, Caracas, de mi
amargo suelo,
para traerte una canción, revuelta
con el azul que Cuba da en su cielo;
al aire puro en que te ves envuelta
triste paloma de asustado vuelo
hoy al partir mi oscura mano suelta.
Creo que hoy estamos
devolviendo un poco a Guillén a su Caracas, a su
Venezuela, porque ya no es una triste paloma la que
cualquier cubano suelta para que vuele en el aire
venezolano; sino la paloma de vuelo popular, la que él
creo para que volara libre por las tierras hermanas.
Intervención de Denia García Ronda en el Panel:
Venezuela en Guillén
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