Año IV
La Habana

4
- 10 FEBRERO de 2006

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Venezuela en la obra de Nicolás Guillén
Denia García Ronda La Habana
Fotos:
Alejandro Ramírez


Hace sesenta años, por estos mismos días de febrero, Nicolás Guillén andaba recorriendo Venezuela, ofreciendo conferencias, recibiendo homenajes, colaborando en el periódico El Nacional que dirigía su amigo Miguel Otero Silva, llenándose, sobre todo, del alma venezolana. No solo en Caracas, sino en Valencia, Cumaná, Ciudad

Bolívar, Barquisimeto, Mérida, en fin “desde el Orinoco hasta los Andes, desde Barlovento a Maracaibo”, como dijo el propio Guillén, sus impresiones jerarquizan la simpatía y la hospitalidad de los venezolanos, que al poeta se le antojan muy parecidos a los de los cubanos. Allí estuvo durante cuatro meses, en esa primera visita, cuando iba por un mes, como si una cordial energía, invisible pero potente, lo retuviera.

Su periplo empezaría por la capital. La primera impresión de Nicolás Guillén al llegar a Caracas se corresponde con lo que muchos de los que la han visitado sienten, sobre todo si se llega de noche: un cinturón de estrellas que rodea la ciudad, que a la luz del día resulta ser un anillo de pobreza, porque esos millares de luces parten, como dijo Guillén, de “el rebaño de casitas apiñadas en las faldas del Ávila, sobre la tierra amarillenta, con sus frentes rojos, con sus techos de tejas antiguas, en canal, y su enjambre de muchachos de todos colores en las puertas”. Y ello, en contraste con la “ciudad creciente”, que en 1946, cuando el poeta la visita, está ya en pleno auge petrolero. Pero Guillén, en el artículo “Ciudad en construcción”, que publicara en El Nacional, ve su belleza, aun de día, aun de pobres, y dice:

“Son las viviendas del pueblo, cuya ubicación envidian los ricos [...] Si es bello verlas allá arriba, como subidas por una grúa, más lo es aún contemplar Caracas desde ellas, encajonada entre montañas, en el fondo de un breve abismo. Por las noches, esas casitas se encienden, parpadean sobre la ciudad como estrellas próximas, como astros urbanos de utilidad municipal. ¡Espectáculo maravilloso, uno de los que más sorprenden al viajero que visita esta capital! [1]

Pero no se trata de que el poeta cubano solo se dejara entusiasmar por ese espectáculo, verdaderamente maravilloso en el sentido carpenteriano. Por los mismos días escribe el soneto “Los barrios pobres del Ávila”, que forma parte de los seis Poemas venezolanos de Nicolás Guillén, publicados en El Nacional, el 21 de abril de 1946, y en el que, utilizando el mismo contraste, es la pobreza de ese espacio la que, con el amanecer, se hace presente y estructuralmente rompe, con los tercetos, la resplandeciente ilusión nocturna de los cerros, dada en los cuartetos:

El Ávila de noche resplandece,
como un bazar de ingenua estrellería;
tierra cuya inmediata astronomía
la de un cielo más próximo parece.

Dios se asoma al abismo: lo enternece
tanta invención, esa juguetería;
detuviera la máquina del día,
pero el sol no hace caso, y amanece...

Entonces brota de aquel cielo, brota
de aquel mínimo cielo el alma rota,
donde su lumbre dan, postrera y mustia,

estrellas de existencias estrelladas,
cometas de hambre, lunas desahuciadas
y un fijo sol de rencorosa angustia.[2]

Va a ser precisamente el contraste de riqueza y pobreza uno de los temas que desarrollará Guillén en su obra poética y especialmente en su prosa, acerca de Venezuela. Cuando Guillén es invitado a recorrer el lago petrolero de Coquibacoa, sus impresiones, recogidas en el artículo “Petróleo venezolano”, establecen la diferencia: a los cientos de kilómetros de torres extractoras, al optimismo capitalista de su guía, a los lujosos clubes, se opone en su pensamiento “el otro lado de la moneda, donde un rostro dramático, ajado del trabajo diario, con los ojos vidriosos y la boca anhelante, mira fijamente el porvenir”[3]. Y se opone también, esta vez a través de la experiencia práctica, lo visto ―y relatado en el artículo del mismo nombre― en Lagunillas, donde viven obreros petroleros. Dice Guillén:

“Es Lagunillas, la cabecera urbana del campo petrolero de ese nombre [...] Las calles de tierra están llenas de anchas vetas como de nácar oscuro. Es petróleo. Pequeñas casas sórdidas, de madera; pequeños establecimientos de ropa, pequeños cafés... A un lado y otro, gentes foscas y mal vestidas.[4]

Sin embargo, refleja la combatividad de los obreros, que lo reciben no tanto como un poeta, sino como un compañero de luchas. “En medio de aquel pueblo muerto ―expresa Guillén― la agitación bulliciosa del sindicato es una implacable manifestación de vida. Estos hombres curtidos por el sol de los campos petroleros saben cuál es el camino del porvenir».[5]

También se demuestra en Son venezolano, donde, además, se establece un diálogo que sugiere la unidad, entre la cultura popular venezolana y la cubana. El primer verso lo dice: “Con mi tres o con su cuatro...”, refiriéndose a las variantes de la guitarra propias de cada país. El sujeto lírico se dirige a Juan Bimba, símbolo del personaje popular venezolano, como lo es Liborio para Cuba, o incluso algunos de los creados por el propio Guillén, como José Ramón Cantaliso o Juan Descalzo, y conforma, de ese modo, el estribillo del son: “cante, Juan Bimba / yo lo acompaño”. Las estrofas varían desde una estructura sonera, a una octava, a una décima, en voz de Juan Bimba, con acento y léxico popular venezolano y menciones, por ejemplo, al patriota Ezequiel Zamora, y siempre con la protesta por la situación de ambos países en ese momento, y la decisión de lucha.

Por su parte, el poema “Barlovento”, de gran musicalidad y ligereza, por su estructura en arte menor, contrasta con lo semántica, que refiere la miseria del negro barloventeño, e igualmente su voluntad de no dejarse vencer, mientras “la gorda luna” omnipresente, parece indiferente o hastiada.

Si estos dos poemas enfatizan lo social, Glosa es un poema de amor “―o desamor―, a partir de una de las Coplas del amor viajero, de Andrés Eloy Blanco. Cuatro décimas que, como pie forzado cada una tiene uno de los versos de la copla.

No sé si me olvidarás
Ni si es amor este miedo:
Yo solo sé que te vas,
Yo solo sé que me quedo.

En esta Glosa se demuestra el dominio guilleneano de la espinela, y el respeto y cariño por el amigo venezolano. Como ha expresado Ángel Augier, esas décimas “pueden considerarse como manifestaciones ejemplares del género en la poesía culta de habla española”.[6]

Además de los seis poemas aludidos, hay uno que, aunque su tema no es venezolano, tiene que ver con esa tierra hermana, porque allí se escribió. Se trata de: “Rosa tú, melancólica”, en el que el poeta, enfermo, añora a su esposa. Escrito en romance, es uno de los más tiernos poemas de Guillén, en el que se percibe la necesidad de la cercanía de su compañera y la nostalgia del hogar.

Quizás fuera esa nostalgia la que lo hizo ver a Caracas como “de temperatura amorosa, como de alcoba nupcial”, o quizás ese ambiente tibio, de perpetua primavera provocó su añoranza. Quién sabe. Lo que sí se sabe es el cariño con que describe a la ciudad, a la que trata como a una mujer:

Recogida y tímida, la capital venezolana no es todavía, “una perdida”, “una cualquiera”. Cuida bien sus pasos, y aunque se suele murmurar de su conducta, ella vigila a quien pueda vigilada [. . .] A las doce de la noche, a la una cuando más, Caracas duerme [. . .] Porque Caracas es alegre, pero a condición de que no se le obligue a trasnochar. . .[7]

Ese cariño se reconoce en el soneto “Despedida a Caracas”, en el que Guillén hace alarde de maestría en la utilización de la vuelta, o tornada, esa figura difícil de la poesía:

Hoy al partir, mi mano oscura suelta
triste paloma de asustado vuelo:
sus alas bate en torno a tu desvelo
blanca en el aire en que te ves envuelta.

Hacia ti la mirada siempre vuelta,
centinela de tierra, mar y cielo,
el Ávila me dio su verde hielo,
su túnica toqué de roca esbelta.

Vine, Caracas, de mi amargo suelo,
para traerte una canción, revuelta
con el azul que Cuba da en su cielo;
al aire puro en que te ves envuelta
triste paloma de asustado vuelo
hoy al partir mi oscura mano suelta.[8]

Creo que hoy estamos devolviendo un poco a Guillén a su Caracas, a su Venezuela, porque ya no es una triste paloma la que cualquier cubano suelta para que vuele en el aire venezolano; sino la paloma de vuelo popular, la que él creo para que volara libre por las tierras hermanas.

Intervención de Denia García Ronda en el Panel: Venezuela en Guillén

[1] Nicolás Guillén, “Ciudad en construcción”, Prosa de prisa, t.1, La Habana, Ediciones Unión, 2002.

[2] Nicolás Guillén, “Los barrios pobres del Ávila”, Obra poética, t.2, La Habana, Letras Cubanas, 2002.

[3] Nicolás Guillén. “Petróleo venezolano”, Prosa de prisa, ed. cit. p. 316.

[4] Nicolás Guillén. “Lagunillas”, Prosa de prisa, ed. cit. p. 319.

[5] Ibídem

[6] Ángel Augier, Nicolás Guillén: notas para un estudio biográfico, La Habana, UNEAC/ICL, 1971.

[7] Nicolás Guillén, “Junto al Ávila (1)”, Prosa de prisa, t.1, ed. Cit. p. 308.

[8] Nicolás Guillén, “Despedida de Caracas”, Obra poética, ed, cit, p. 122.

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