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Cuando me
invitaron a presentar este libro, realmente me sentí muy
honrada porque llevo muchos años compartiendo una
experiencia intelectual con Ángel Augier. Quería
permitirme, por esa razón, dar un retrato de todo lo que
él significa y en medio de ese retrato, ubicar la
aparición de este tomo titulado Cuba, una poesía de
la acción, presentado por la Editora Política.
Si entráramos al
patio del Palacio de los Capitanes Generales y nos
dirigiésemos hacia su lateral derecho, frente a la
famosa lápida que rinde cuentas sobre el arcabuzazo
que mató a la ilustre patriota María Cepero, justo
enfrente encontraríamos una placa de bronce fundido
que recoge un hermoso soneto: “A la luz de tu sombra
conmovida”, del joven Ángel Ibrahim Augier Proenza,
quien por la época recibiera su primer premio
literario en un concurso convocado en 1937 por el
municipio de la capital.
Ya para entonces
había comenzado a trabajar como auxiliar de Emilio Roig
de Leuschering, en la recién creada Oficina del
Historiador de la Ciudad. Su primer libro de versos, en
1932, recibió la admisión de críticos y lectores no solo
por sus bondades formales, sino por el prólogo con que
quiso acompañar la edición el poeta matancero Agustín
Acosta.
Más de 50 años
después, aquel humilde joven de Gibara recibiría en 1991
el Premio Nacional de Literatura. Quiero decir que
Augier, desde sus inicios y durante su larga e
ininterrumpida carrera, no ha abandonado nunca el
quehacer de la literatura concebida por él en una
multiplicidad de géneros y vertientes. En este escritor
latió esa rara vocación que no siempre escolta a todos
los autores y es la de su condición de hombre de letras.
A esa vocación añadió otra, hija de las mejores
tradiciones de nuestra lengua, la del Periodismo. Un
periodismo que lo convirtió en uno de los editores más
interesantes de la vida republicana y luego de las
plumas más comprometidas con la lucha popular cubana en
varios períodos.
En medio de aquellos
avatares, que no le impidieron ejercer su derecho a la
acción, Augier se convirtió en uno de los estudiosos más
tenaces del nicaragüense Rubén Darío, figura
emblemática, junto a José Martí, del Modernismo en
Hispanoamérica. Sus páginas sobre el autor del poema
“Sonatina” y sobre las características del proceso
literario que inició la independencia de nuestra
expresión, lo llevó a preferir la obra de los
modernistas y de sus más significativos representantes
en la Isla; en especial de la chinesca figura de Julián
del Casal, a quien dedicara Augier, muchos años después,
la conferencia magistral con la cual ingresara, en 1994,
a la Academia Cubana de la Lengua, presidida entonces
por su colega Dulce María Loynaz, Premio Cervantes 1992.
Compilador asimismo
de la producción literaria de clásicos cubanos,
principalmente de Martí y José María Heredia, su pluma
ha sido un surtidor que ha registrado con su juicio toda
la segunda mitad del siglo XX y aun del recién
comenzado. Su andar inusitado como crítico y paciente
investigador le granjeó virtudes para ejercer un oficio
rico en matices y tópicos.
Ese aporte de Augier
a la poesía cubana se refleja en este ensayo, cuya tesis
principal, a mi juicio, se adentra en la idea de que
Cuba ha tenido varios poetas nacionales. Un poeta
nacional no solo expresa una identidad, sino que lucha
por los mejores valores de su país. De tal modo,
encontramos en este volumen, Cuba, una poesía de la
acción, la tesis de que nuestros poetas nacionales,
para decirlo de alguna manera, son Heredia, nacido en
1803, luego José Martí, en 1853 y Nicolás Guillén, a
inicios del siglo XX, en 1902.
Expresa en estos diez
capítulos la historia de la poesía cubana que,
independientemente de haber comenzado en 1608 con
Silvestre de Balboa y su famoso Espejo de Paciencia,
lleva esa expresión nuestra de un quehacer
ininterrumpido y totalmente comprometido con las ideas
de independencia y con las ideas que han forjado la
Revolución Cubana de estos días.
A mí me importa mucho
decir aquí que, aunque a lo largo de los estudios sobre
la poesía cubana ha habido polos que han querido dividir
de alguna manera el quehacer literario y poético de
nuestro país, yo creo que ese quehacer está firmado por
un verso de José Martí: verso o nos salvamos juntos o
nos hundimos los dos. Esos poetas nacionales que he
mencionado han llevado esa máxima a su esplendor.
Es imposible pensar a
partir de este volumen que la poesía cubana no haya
estado de una forma más o menos explícita en el camino
de forjar nuestra identidad e independencia durante toda
nuestra historia. Vamos a encontrar aquí a estas tres
grandes figuras: Heredia, Martí y Guillén.
Sin embargo, me
remito a Martí por el hecho de que fue el autor
intelectual del asalto al Cuartel Moncada y quería citar
concretamente el texto inicial del octavo capítulo de
este libro. Dice así Augier: “…alzó Martí su refulgente
estrella el 26 de julio de 1953, año del centenario de
su nacimiento, cuando aquel día los jóvenes de la
generación del centenario, con Fidel Castro al frente,
asaltaban los cuarteles de Santiago de Cuba y Bayamo en
heroica hazaña histórica. Inscribieron el primer
capítulo de la epopeya que necesariamente habría de dar
continuidad a la revolución inconclusa en 1895 y en
1930. Fue certera y transparente la afirmación de Fidel
Castro de que era José Martí el autor intelectual de
aquel combate, el primero de una epónima gesta que no
habría de tardar en reanudarse en el ámbito legendario
de la Sierra Maestra y extenderse en breve tiempo y
amplio espacio hasta culminar victoriosamente en la
aurora del primer día de 1959. Pero fue más precisa y
conmovedora esa afirmación cuando en su defensa ante el
tribunal que lo juzgaba por la hazaña del 26 de julio,
en ese impresionante documento de la dignidad cubana que
es su viril alegato La historia me absolverá,
expresó
―y
cita Augier un fragmento que me permito citarles a
ustedes―
‘…parecía que
el Apóstol iba a morir en el año de su centenario, que
su memoria se extinguiría para siempre, tanta era la
afrenta, pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde,
su pueblo es digno, su pueblo es fiel a su recuerdo. Hay
cubanos que han caído defendiendo sus doctrinas. Hay
jóvenes que en magnífico desagravio vinieron a morir
junto a su tumba, a darle su sangre y su vida para que
él siga viviendo en el alma de la patria. Cuba, qué
sería de ti, si hubieras dejado morir a tu apóstol’.”
Augier, con una
amplitud de criterio y una gran honestidad intelectual,
hace un análisis de la gestación de la poesía cubana
entre poetas que pueden ser denominados formalistas o no
formalistas, o poetas que han tenido un compromiso y una
militancia política. Quiero decir con esto que tanto en
el siglo XIX como en el XX, él se detiene en aquellos
poetas que considera de la acción y yo considero los
poetas grandes de la independencia. Sin embargo, el
siglo XX, tan importante, donde se produce hacia la
mitad la Revolución Cubana, es un siglo que ve a otros
grupos como, por ejemplo, el de “los nuevos”, al cual
realmente se había afiliado Rubén Martínez Villena, que
de alguna forma también estaba relacionado con este
movimiento de la poesía cubana y de la acción de la
poesía en su historia.
Por otra parte,
estudia a los origenistas, a los poetas que de alguna
forma fueron independentistas, pero que tenían gran
influencia de la cultura europea. Y llega hasta la
generación de la que me honro representar de alguna
manera y la de los poetas más jóvenes. Termina su texto
afirmando lo siguiente y me voy a permitir citarlo:
“…que sea permanente en todos nosotros, en todos los
poetas que hasta hoy ejercemos la poesía, la invocación
al poeta de los Versos Libres, a Martí; de su
poema “Cuba, patria sin amo”, con que hemos saludado,
precisamente en sus endecasílabos hirsutos, el despuntar
de un nuevo siglo, primero del tercer milenio que
plantea a la humanidad supremas decisiones y a Cuba la
firmeza de conservar a plenitud su independencia
nacional conquistada por la Revolución. Martí no deja de
velar ni de escuchar ni de actuar
―y
cita―
‘…pero nos
enseñaste con tu ejemplo, con tu sangre, tus versos, tus
ideas, a resistir, luchar, vencer, por Cuba. De que
mientras más fiera sea la furia del águila rapaz, más
fuerte sea la unión de nuestro pueblo de mambises
decidido a vivir siempre sin amo en nuestro propio suelo
libre, donde frente al sucio invasor de nuestras costas,
nunca han sido pasivas ni las piedras, los árboles, el
viento, el mar’.”
Palabras de Nancy Morejón, Premio Nacional de Literatura
2001, en la presentación de Cuba, una poesía de la
acción, de Ángel Augier. |