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Se você disser que eu desafino amor…
Tom Jobim/Newton Mendonça
(Desafinado)
No, no me molesta,
puede permanecer sentado, por mí no se preocupe, de
todas formas tengo que barrer el salón y lo hago todos
los días, así es que figúrese usted si me voy a poner
impertinente porque alguien decide permanecer en la
butaca. Es cómoda, ¿no? ¡No! ¿Qué dice? Si me siento a
acompañarlo, ¿quién hará este trabajo? ¡Que va!, yo
continúo con mi escoba y usted ahí acomodado hasta
cuando le parezca. De todas formas, ya le dije, lo hago
todas las noches, y aquí entre usted y yo, saberme en
compañía no me viene mal. Disculpe si lo perturbo con mi
cháchara, es que, ¿sabe?, no es usual encontrar un alma
a estas horas. La gente normalmente escapa cuando
termina la función. Luego de los bis, los saludos, los
aplausos, y todas esas cosas, se entran a codazos en el
pasillo a ver quién sale primero. Yo siempre los miro y
me orino de la risa, porque sé que en un santiamén el
teatro quedará vacío. ¡Y mire qué cosa! Hoy resulta que
está usted ahí sentadito sin ninguna prisa, por mí no
tenga pena. Nadie va a venir a botarlo, porque soy yo
quien tiene las llaves, así es que disfrute. Yo lo
entiendo, ¿sabe?, usted conoce el secreto de los
sonidos. Me di cuenta porque cambió varias veces de
asiento hasta llegar a esta fila, y como sé de los
rincones de este lugar, le digo que en esa posición se
escucha todo perfectamente. Así es que no hay
problemas, puede terminar la función gozando del final
que la gente suele perderse, y disculpe si hasta ahora
lo he disturbado con mi perorata.
¡Ah! ¿No lo disturbo? Bueno, hombre, pues me da usted un
gran placer, que yo todas las noches suelo conversar con
las butacas, pero si por una vez las sustituyo por una
persona, no está mal, ¿no? ¡Ah, qué gracioso! No, las
butacas no se van a poner celosas, ellas nunca dicen
nada, pero saben más de lo que usted y yo podemos
imaginar. Figúrese que cuando nosotros nos vamos a la
cama ellas se quedan ahí, y durante las funciones pueden
asistir a los comentarios de todos los presentes, los
cuchicheos al oído, los apretones de mano. A veces hasta
las envidio, ¡sí señor! ¿Para qué decir una cosa por
otra?
¿Desde cuándo? Hace dos años que estoy en este teatro y
pienso permanecer por un buen tiempo. Antes trabajaba en
la ópera, sí, en el teatro de la ópera, y no me iba tan
mal. Ahí el público, usted sabe, algunos eran educados y
otros aparentaban serlo, el caso es que el trabajo era
más fácil, porque al menos no dejaban papelitos, ni
cucuruchos arrugados por toda la alfombra. Yo en
realidad terminaba de barrer en un segundo, pero no
andaba bien. Aquí me siento mucho mejor, aunque la gente
deje desperdicios por todas partes, y
los jóvenes no se preocupen porque sus zapatos estén
llenos de fango.
No, no, de ninguna manera, mire que si algo me gustaba
del teatro de la ópera era precisamente el espectáculo,
¡qué maravilla! La ópera es sublime, pero no es eso.
Aquí se presenta un poco de todo: un grupo de rock, una
cantante romántica, algún concertista, o una agrupación
con ritmos bailables, en fin, un poco para cada gusto.
En la diversidad está lo interesante, y por ahí viene mi
interés en este lugar. Piense que los artistas que se
presentan no son todos del mismo nivel, algunos son
menos profesionales, con menos experiencia ¿Me entiende?
En la ópera el espectáculo transcurría perfecto, unos
más bravos que otros, pero casi siempre dentro de los
límites de la majestuosidad. Era difícil para mí, digo,
para desarrollar mi verdadero oficio, que algo tiene que
ver con el hecho de barrer, pero no precisamente
inmundicias. ¡Ah! se sorprende. Le ruego que no piense
mal de mi persona, no crea que trabajo para
los servicios secretos de ningún país, ¿eh? Usted me
inspira confianza, por eso puedo revelarle mi secreto,
pero mejor me acerco un poco, no vaya a ser que alguna
de las butacas luego se encargue de propagarlo. Yo soy
el que barre las salas de los teatros cuando termina la
función, pero en realidad lo que me interesa… y claro
que esto lo hago con fines personales, nadie me lo ha
pedido nunca, ni me pagan un salario, es digamos un
oficio personal… yo soy quien recoge la notas falsas.
Sí, eso he dicho: las notas falsas. ¿Sabe? En palabras
pobres: los gallos. El sonido que sale un semitono más
bajo de la entonación, la cuerda mal presionada que
provoca suciedad en la melodía, un Si bemol al puesto de
un Si natural, una tercera mal colocada, una corchea con
puntillo que no tiene en cuenta el puntillo, cosas así.
¿Me entiende?
No. Creo que no me entiende. No me mire con esa cara,
hombre, que no soy un chiflado. Si le cuento es porque
sé que usted podrá entenderlo, no piense que le estoy
gastando una broma. De todas formas, disculpe si lo he
perturbado, no era realmente mi intención. Quizás sea
mejor que vuelva a la escoba en lugar de estarlo
llenando de chácharas inútiles. Le ruego que me perdone.
¿Qué dice? ¿Está hablando en serio? ¿De veras le
interesa? ¡Ah! Desde el principio usted me resultó
simpático. ¿No le molestaría cambiarse de fila y así
puedo barrer del otro lado mientras conversamos?
Pues sí, como le cuento, desde hace años vengo
practicando el oficio de recolectar notas falsas. Ya sé
que como ocupación no aparece en ningún registro, y es
por esto que debo enmascararme como barredor de salas,
¿comprende? Yo, como usted y como todos tengo un sueño
oculto. Y si me permite, prefiero decírselo al oído.
Aspiro a construir una sinfonía con todas las notas que
tengo en casa. Algo como el mundo, ¿se da cuenta? No,
no, no tiene nada que ver con
la
música
electroacústica, no me venga a decir que es usted de los
que piensa que aquello no es música. ¡Ah! Una broma,
claro, no faltaría más. Sí, continúo, le estaba diciendo
que pienso construir algún día una obra maestra con
todas aquellas notas que la gente desecha, con las que
provocan risa, las que son diferentes. En esos sonidos
está el secreto del mundo. Le pongo un ejemplo: usted va
por la calle y descubre a una mujer parada en una
esquina. La mira y ella le corresponde. Usted sigue
caminando y antes de doblar, gira el rostro para
contemplarla por última vez. Para usted todo será
perfectamente coherente: la desconocida, la mirada, y el
recuerdo. Una perfecta escala mayor. Suponga entonces
que la mujer no corresponda su mirada, o que antes de
doblar usted descubra a otro hombre que se le acerca. La
secuencia inicial sufriría alteraciones, ¿no es así?
Justamente una escala menor. Pero para seguir
especulando, digamos que después de su mirada
correspondida, en el justo momento en que gira el cuello
por última vez se percata de que la mujer corre a su
encuentro con los brazos abiertos. Usted, que
seguramente no se cree un don Juan, quedará petrificado,
¿no es cierto? Nunca se le ocurriría pensar que una
simple mirada por la calle podría traerle consecuencias
similares, ¿pero quién jura que no pueda suceder? Es
simplemente una hipótesis, claro está, lo curioso es que
usted no puede preverla, porque nada conoce de la mujer.
Y seguramente nunca se ha detenido a considerar cuán
importante es para ella todo cuanto le sucede. Usted es
uno que pasa simplemente y seguirá pasando si no
comienza a escuchar. ¿Me comprende? ¡Ah! veo que no lo
aburro, se está interesando, ¿eh? ¿Le molesta si nos
volvemos a cambiar de fila?
Pues como le iba diciendo, en un caso similar, una
persona cualquiera se limitará a pensar que la mujer
está loca, y habrá incluso quien será capaz de darle un
empujón antes de ser alcanzado por sus brazos. Lo que sí
parece improbable es que la actitud de la mujer sea
interpretada de forma natural. Ella está en la esquina
simplemente esperando, y nadie querrá detenerse a pensar
que quizás una mirada podrá salvarla de la espera. ¿Me
sigue? Llevado a términos musicales podemos interpretar
su gesto como una nota falsa, algo que se escapa de la
supuesta melodía. Desgraciadamente estas notas no son
apreciadas por el gran público, y con frecuencia,
créame, reciben a cambio chiflidos, insultos, y hasta
tomates si es época de cosecha. Algo similar a lo que
ocurriría con la mujer si usted le diera la espalda.
¿Comprende?
¡Pero no hable así, hombre! Era tan solo un ejemplo, no
me diga que ha perdido las ganas de mirar a las mujeres
que se le cruzan por la calle. Es que, ¿sabe? Hay una
gran diferencia entre mirar y observar, como entre oír y
escuchar. Diría que estos verbos funcionan como notas
enarmónicas, porque no me venga a decir que es lo mismo
Do sostenido que Re bemol, eso un músico no lo
permitiría nunca. Y así mismo ocurre con las personas.
Yo, que desde hace tanto tiempo trabajo en el teatro, he
descubierto que la gente ha tomado por costumbre oír.
Oyen
la
música que sale del piano, la voz de la cantante, el
estruendo de los aplausos, las palabras dedicadas al
público, y solo alzan la cabeza cuando se escapa un
feedback o alguna nota falsa. Entonces sí que se
molestan. Cuando algo se sale de la norma todos tienen
un dedo listo para apuntar, o un improperio a mano, o
toda una diatriba elaborada en casa. Solo entonces se
atreven a escuchar. ¿Se da cuenta? ¿Usted nunca se ha
preguntado adónde van a parar las malas notas?
No, no tenga pena de responderme. Sé que nunca se lo ha
preguntado, y no lo juzgaré mal por eso. Se lo digo yo
adónde van. Algunas se desvanecen en el aire. Otras van
cayendo de rebote en rebote para terminar olvidadas bajo
una butaca cualquiera. Hay de las que no pueden más y se
suicidan lanzándose con furia contra las paredes del
teatro. Otras, en cambio, llegan hasta la alfombra del
pasillo y ahí se dejan arrastrar, van siendo aplastadas
lentamente por todos los que pasan sin reparar en su
presencia. Y qué decir de las más obstinadas, esas que
resisten aferradas con violencia a las cortinas, o al
terciopelo de las butacas, soportan con la esperanza de
que cambie la tonalidad y su sonido no se pierda.
¿Quiere que continúe? Podría hacer todo un elenco de
finales tristes, de notas a quienes no ha sido dedicada
ninguna canción. ¿Y todo por qué? ¿Quiere que le diga el
por qué? Sencillamente porque forman parte de otra
melodía, sí señor, como le digo, no son mejores ni
peores, sino diferentes.
¡Ah! Disculpe. Creo que lo he asustado. Me está mirando
con una cara… No se alarme, por favor, disculpe si a
veces me exalto un poco, yo no quería agredirlo. ¿Que no
hay problemas? Muchas gracias, hombre, de cualquier
forma le ruego otra vez que me disculpe, es que yo,
¿sabe?, llevo muchos años, son muchos años ya en este
oficio.
¡Ah! Usted es muy simpático. ¿De veras quiere que
continúe? Le confieso que no suelo hablar de estas
cosas, ¿sabe?, lo primero que piensa la gente es: ¡ya
está el viejo loco de la escoba dando palique! Ya lo
dije antes, la gente prefiere oír y oír, en lugar de
escuchar, por eso no acostumbro a desarrollar estas
pláticas y mucho menos con desconocidos, pero usted es
diferente. ¿Nos cambiamos otra vez de fila?
En
verdad ahora sería muy difícil poder decirle exactamente
cuándo fue que empecé. Por la cantidad de notas que
conservo calculo más de cuarenta años. Sí, visto desde
su edad, podría decirse que es toda una vida. ¿Sabe?
Tengo la teoría de que todas las personas vamos
construyendo una obra sinfónica, sin casi proponérnoslo
la vida se va haciendo de etapas, movimientos que se
abren y se cierran con dinámicas variables, diversas
tonalidades, compases distintos. ¿Se imagina cuánto de
notas falsas producimos diariamente? Lo más curioso es
que al final, llega el momento de interpretar la
sinfonía y suena íntegra, pura armonía, porque quién
tiene derecho a decirle que su vida, y le hablo de toda
una vida, ¿eh? ha sido una sucesión de disonancias.
¿Quién puede jurar que la disonancia no es parte de
la
música?
¡Vaya! Saber que está de acuerdo me complace. No por el
simple hecho de la aprobación, sino porque significa que
me está escuchando, y el brillo en sus ojos demuestra su
curiosidad. La curiosidad tiene mucho que ver con la
observación, ¿sabe? Así es que si me acepta un elogio,
le diré que ya usted tiene un gran camino recorrido,
porque sabe escuchar y observar.
Quería saber y ya le dije que el comienzo justo no lo
tengo claro, el por qué, bueno… tiene que ver con el
amor. Al final el amor está en medio de todas las cosas,
créame. Sí, sí, no tenga pena, no se limite a una
sonrisa simplemente, puede reír todo lo que quiera,
usted ahora es jovencito, pero algún día dará razón a
las palabras de este viejo, que una vez no fue tan
viejo, claro está.
No, no se preocupe, sé perfectamente que no está riendo
de mí, su interés me halaga, créame. Además, ¿para qué
decirle una cosa por otra? Me agrada su compañía, y ya
que al parecer la mía no le molesta, seguiré contando.
Le decía que el por qué de mi oficio tiene que ver con
el amor, yo una vez me enamoré. Ella era una muchacha
muy hermosa, de esas que si usted encuentra por la
calle, bien le darían ganas de que se le viniera encima
para abrazarlo, sí señor, y además… era pianista, o es,
porque aunque hace mucho que no sé de su vida, imagino
que aún siga recorriendo con sus dedos las teclas del
piano, quizás no con la misma destreza de los primeros
tiempos, pero seguramente con igual pasión. Era
magnífica, créame, interpretaba a Chopin con la
magnificencia de una diosa y yo me enamoré. Pasaba horas
sentado en la butaca del teatro, así como está usted
ahora, escuchando sus arrebatos y bondades mientras se
preparaba para los conciertos. En aquella época yo no me
dedicaba a barrer, ¿sabe?, era un joven esbelto y mi
trabajo consistía en recoger las entradas en
la
puerta del teatro del barrio. Ella iba casi todas las
tardes para practicar, y así fue como poco a poco
comenzamos a saludarnos, hasta que finalmente aceptó mi
puntual compañía desde la primera fila de la sala. ¡Ah!
Usted no puede imaginar cuántos conciertos presencié,
¡cuánta maravilla! Yo de música no sabía casi nada, y
fueron sus dedos, el vaivén de su espalda, y aquella
¿cómo explicarle?, una especie de transmutación, como si
el piano formara parte de su cuerpo, y las teclas fueran
una extensión de las manos, los pedales el nexo con sus
pies, un circuito cerrado, ¿me entiende? Fue entonces
cuando comencé a interesarme por negras y corcheas, y
empecé a utilizar los oídos mucho más allá de la
involuntaria función física. Aprendí a escuchar. ¿Me
comprende? La música es el arte de combinar los sonidos
con el tiempo, piense en esta sala, por ejemplo. Usted
está ahí sentado y si no pone atención puede perder una
interpretación única, está la cadencia de mi voz y el
rumor de la escoba. Cuando mis palabras alcanzan más
intensidad, la escoba se acalla, yo dejo de barrer,
claro está, pero ese no es el punto. Lo interesante es
apreciar cómo se combinan estos ruidos, y si queremos ir
aún más allá no puede perder de vista, o de oídas,
el
reloj
en mi muñeca, que como un exacto metrónomo va marcando
su tiempo. Todo eso está sonando aquí, y qué decir si
por casualidad entra el viento: las puertas comenzarán
a batir, las cortinas emitirán un quieto murmullo, y
hasta crujirán los cucuruchos que aún están por el piso.
¿No le parece magnífico?
Genial, dice usted. No, yo no soy genial, o al menos no
lo era para ella. Con el tiempo, usted sabe, las
relaciones se van fortaleciendo, y yo pasé de ser un
simple espectador a alguien más íntimo. Como confesar mi
amor era algo que me provocaba vergüenza, entonces mi
estrategia fue el acercamiento lento. Eran mis manos las
que aplaudían cada interpretación, y mis palabras las
que consolaban su rabia cuando algún pasaje de la pieza
no le salía bien. Para no permitir su agotamiento
comencé a llevarle meriendas y ella agradecía sonriendo.
Era bellísima, no crea que exagero. Y yo era feliz,
porque mientras descansaba tomándose un refresco, yo
limpiaba el piano, pasaba un paño por las teclas bañadas
de su sudor y hasta me permitía aventurarme en
sugerencias, siempre positivas, claro está, porque ella
era una magnífica pianista. Así hasta que un día, visto
que era tarde, propuse acompañarla a casa ¿Y sabe qué?
Aceptó. Usted pensará que soy un viejo loco, pero le
juro que aquella primera vez, todos los árboles y
pájaros del barrio se pusieron de acuerdo para ejecutar
un nocturno fabuloso, sí señor. ¿Yo por qué le voy a
decir una cosa por otra? Y como si fuera poco, el inicio
se convirtió en costumbre. A partir de ese día apenas
cerraba el piano, yo sabía que tendría su compañía por
un cuarto de hora de regreso a casa. Mi presencia la
hacía sentirse segura, y aunque apenas hablábamos,
porque después de tanta práctica ella estaba agotada, yo
estaba allí. Caminaba junto a ella, ¿se da cuenta? Y no
puede imaginar la de cosas que pasaban por mi mente.
Sí, sí, estaba recordando, disculpe si me he quedado
callado. ¿Nos cambiamos de fila? No sé cuántos meses
duró la maravilla. Una vez anunciaron el concierto de
una orquesta de otro lugar, una orquesta importante,
decían algunos. Aunque me hubiera gustado estar entre
los espectadores, ya le dije, mi función era recoger las
entradas y por tanto presencié el espectáculo desde la
puerta del teatro. A ella no la vi llegar y tengo que
confesarle que me sentí en culpa, imaginé que tal vez no
tendría quién la acompañara y lamenté mil veces no tener
la noche libre. Cuando terminó la función me uní al
público que comenzó a aglomerarse afuera para ver la
salida de los músicos. A usted le parecerá una broma,
pero cuando salió el director de la orquesta y todos
comenzaron a aplaudir, ella iba de su lado. La gente
comenzó a gritar «bravo» mientras él saludaba tratando
de acercarse al carro que esperaba. Yo me sentí feliz
por verla a ella, ¿me comprende? Estaba allí, y entonces
me aproximé, quería saludarla, que me viera, que supiera
que aunque la noche fuera para la orquesta, ella era mi
pianista preferida. Me acerqué y apenas la toqué por el
brazo. Ella dio un brusco giro, mirándome con sorpresa.
Dije: «¿Cómo estás?, me alegra que hayas venido». En ese
momento el director de la orquesta reparó en mi
presencia y ella sonrió con embarazo. «Felicidades por
el concierto, maestro», agregué yo y volviéndome hacia
ella continué: «¿Te acompaño a casa?» Ella sonrió sin
mostrar los dientes y moviendo ligeramente la cabeza de
un lado a otro, giró la vista hacia su acompañante que
también sonreía. Él dio dos golpecitos en mi hombro,
dijo gracias, tomó el brazo de la pianista y me dio la
espalda. Yo no supe entender. Caminé siguiéndolos y fue
entonces cuando sentí la voz de ella, un momento antes
de entrar en el carro: «No hay de qué preocuparse, él es
como un Mi sostenido.» Ahí rompió la carcajada al
unísono, que fue fotografiada por un periodista. El
director de la orquesta y la pianista del barrio reían
juntos antes de abandonar el lugar.
Yo
permanecí de pie mientras la gente se alejaba. Luego
volví al teatro. El viejo que barría aún trabajaba, así
es que tuve tiempo de atravesar la sala y dirigirme al
escenario donde estaba el piano. Abrí la tapa y comencé
a tocar. No sé si usted conoce la disposición de las
teclas, es muy sencillo: las blancas son los sonidos
naturales, las negras las alteraciones. Do, Do
sostenido, Re, Re sostenido, Mi… Fa. Entre el Mi y el Fa
no hay ninguna tecla negra. Yo era para ella una tecla
inexistente, en el sentido físico, quiero decir. Yo no
estaba, no contaba para nada, no existía. ¿Se da cuenta?
¿Alguna vez se ha puesto a pensar en la tristeza que
deben sentir un Mi o un Si? Todas las teclas del piano
tienen su correspondiente tecla negra, con un diferente
sonido. ¿Se ha fijado? Todas excepto el Mi y el Si. Para
lograr un Si sostenido, por ejemplo, debemos tocar el
Do. ¿No le parece terrible? Por no renunciar a la
normalidad, el Si está obligado a traicionar su propia
naturaleza. Y todo para respetar las tonalidades y
armaduras de claves, porque si no lo hace entonces
vienen los chiflidos. ¿No se había percatado de esto?
Pues yo tampoco, hasta
el
día en que ella dijo que yo era el Mi sostenido del
piano.
Usted seguramente pensará que lo que acabo de contarle
es una historia triste. Sí, mire la cara que ha puesto.
Posiblemente dirá: «¡Pobre viejo! Se enamoró de la mujer
equivocada y mira cuánto se ha trastornado». Y si le
digo que no es como piensa, ¿me cree? Hace muchísimos
años, diría, casi instantáneamente comprendí que era la
mujer equivocada. Supe desde ese día que la escala de mi
amor andaba en un solo sentido, y ella no hacía más que
aprovechar mi buena disposición. Además, ya que estamos
en confianza y que yo de música entiendo bastante, puedo
confesarle que como pianista no era gran cosa. Era mi
amor quien la convertía en maravilla, porque el amor,
bien se sabe, tiene el don de hacer brillar las cosas.
Yo abandoné aquel teatro y luego supe que ella se casó
con el director de orquesta y se fueron a otro sitio.
Pero no es una historia triste, no señor, no me crea un
diletante. Yo no era un joven apuesto, no era músico,
era un don nadie, uno más entre las tantas personas que
pueblan este mundo, pero puedo decirle que este hecho me
hizo reflexionar. ¿Cómo explicarle? Entendí lo
importante que era mi vida. Yo no era un Do natural
cualquiera, era un Mi sostenido, y sin sostenidos no hay
música, no señor. A partir de ese momento comencé a
observar, y de ahí viene mi oficio de recoger las notas
falsas.
¡Ah! ¡Qué bonita sonrisa! Cuando la gente sonríe es
como si una flauta comenzara a sonar. Pues hágalo,
hombre, no tenga pena, usted sonríe y quién sabe si me
está entendiendo. ¿Ah, sí? ¿Que me entiende
perfectamente? Pues de veras que es usted una persona
agradable. ¿Sabe? A veces me pongo a pensar qué sería
del mundo si todos fuéramos notas naturales. Un poco
aburrido, digo yo. ¿Y para qué decirle una cosa por
otra? ¿No?
Después de aquella experiencia comencé a reconocer el
mundo con otros ojos. Basta simplemente salir a la
calle: mirar los rostros, ver la gente que camina,
tratar de observar, ir más allá de la simple ojeada.
Todos esconden una sinfonía personal, y a veces basta
colocar el dedo en la primera nota para que se desate el
concierto. Es como el ejemplo de la mujer que esperaba
en la esquina. ¿Recuerda? Yo no sé si usted piensa de
igual modo, pero vea, toda esa gente llena de complejos,
los que se sienten solos, los suicidas, la gente simple,
¿me entiende? Todos los que en lugar de aplausos,
reciben chiflidos, o prescripciones médicas o burlas,
como yo o como usted, seguramente, aunque no se atreva a
confesarlo. Toda esa gente son como las notas falsas.
¿Que tengo razón? De veras usted me halaga. Un día de
estos, si quiere, claro está, puedo invitarlo a casa.
Allí verá mi colección de notas. Tengo un estante
abarrotado, todas clasificadas, con fecha, lugar, y hora
de la recogida. Es mi tesoro. Los días se la pasan
reposando y apenas entro a casa comienzan a sonar.
Sinceramente creo que usted merece este espectáculo.
Ellas van construyendo melodías, acaso demasiado
anárquicas, no sé, van entretejiendo sonidos y saltan
de un lugar a otro. Las corcheas juegan a los
escondidos, mientras las blancas cansadas como siempre,
alargan los tiempos y enloquecen al metrónomo. Yo las
dejo hacer y equivocarse y volver a empezar, y sé que un
día, seguramente cuando ya no me quede tiempo para más,
asistiré al gran concierto. La última gran sinfonía de
las notas falsas. Pobrecitas notas escapadas de una
melodía cualquiera. Porque al final, yo le pregunto a
usted, ¿acaso no es con esas mismas notas que se
construyen las obras maestras?
Cuento
aparecido en la antología Conversación con el búfalo
blanco de la Editorial Letras Cubanas con edición y
corrección de Rogelio Riverón. |