Año IV
La Habana

7
- 13 ENERO de 2006

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Entrevista con David Mitrani
Algunos seremos elegidos por la desmemoria
Rogelio Riverón
La Habana


El Cuento: El esclavo del pianista

Antes de ganar el Premio Alejo Carpentier, del Instituto Cubano del Libro, con el libro de relatos Los malditos se reúnen  ya David Mitrani (La Habana, 1966) había publicado Modelar el barro (1994), Santos lugares (1997), Robinson Crusoe vuelve a salvarse (1995, en coautoría con Alexis Díaz-Pimienta)  y Ganeden (1998). Había obtenido, además algunos premios de importancia, como el Anna Seghers, en Alemania y el Cucalambé de décima. Poeta y narrador, es capaz de teorizar sobre poesía, en particular sobre la décima, y, en tanto responsable de algunos de los textos más interesantes de nuestra narrativa actual, ostenta un estilo en el que se pone en entredicho hasta el propio acto de la escritura.

El lector masivo —y permíteme esta aproximación por la hipérbole— te conoce, sobre todo, a partir de que obtuvieras el premio Alejo Carpentier en el género de cuento. ¿Cuán importante es un premio como ese?

Un premio como este, más allá de asociarte a un ilustre nombre, garantiza lo que lamentablemente otros no garantizan: promoción. Ello marca, como debe ser, una diferencia. Es gratificante, y sorprendente a la vez, que nuevas personas te conozcan a partir de un libro. Tengo, sin embargo, un espíritu pesimista y comprendo, no sin cierto terror, que lo que tú llamas ser un escritor masivo, probablemente sea pasajero, por lo tanto, ni este ni otro homenaje deben tomarse muy a pecho, pronto mermarán. Ya hubo otro premio este año, y habrá otros, y, al final, de todos, quedarán uno o dos, porque con el tiempo, y no hablo de muchos años, algunos seremos elegidos por la desmemoria. Borges escribió: «La meta es el olvido», discernimiento demasiado traumático pero que lega una útil dosis de objetividad.

Se ha dicho —yo mismo lo admito— que nuestra profesión no es el ombligo del mundo. ¿Por qué insistimos en ser escritores?

Considero, contrario a ti, interesante comparar al escritor con el ombligo del mundo. A fin de cuentas el ombligo antes fue una tripa importante que, al ser amputada, dejó de ser conexión vital. A la huella de aquella tripa, pese a su céntrica ubicación, se le considera poco y, aunque se le nombre ombligo, es únicamente una mueca de lo que fue.  Solo los escritores, tal vez reconociendo a un igual, en ciertas descripciones sicalípticas resaltan el ombligo, lo cual es una trasgresión de la realidad porque más llamativos son, por ejemplo, el cabello, el cutis, las piernas, incluso las nalgas. Un ombligo hermoso no invalida la fealdad de un rostro, y al revés sí. Siguiendo con la metáfora, la mayoría de las veces un libro no deja siquiera la misma huella que un ombligo. Es algo que alimenta al ciudadano común y que luego suele perderse en la memoria y pocas veces se recomienza. Una canción, por ejemplo, remite a un pasado, a un momento feliz, por eso se escucha una y otra vez con el gozo de burlar la irrevocabilidad del tiempo. Una novela o un cuento carecen de similar magia. Un poema es algo distinto, cierto, pero solo para unos pocos. Todo tal vez sea porque la lectura, igual que la escritura, es algo que se disfruta a solas, y, entonces, solo puede recordarnos a nosotros mismos o, lo que es peor, nuestra soledad.

No sé exactamente por qué insisto en ser escritor, unas veces pienso que lo hago por vanidad, otras por liberar mi alter ego, otras porque simplemente ya empecé algo y deseo terminarlo aunque sea imposible. Lo único que puedo sacar en claro es el impulso. Algo me dice que voy a pasarla bien haciendo un texto y, entonces, procedo. Si algo me dijera que voy a pasarla bien saltando, igual lo haría, y si me gratifican por ello, mejor. Ahora, igual que saltar puede implicar una lesión, escribir, o mejor dicho, intentar escribir, afecta. No siempre la promesa de pasarla bien se cumple. Uno se sienta con una idea preconcebida, con todo ya pensado camino a casa y, de pronto, nada; las palabras se vuelven inútiles, todo el arsenal técnico procurado flaquea. Últimamente trato de preconcebir menos, parto de una vaguedad, y luego siento una satisfacción incomparable al darle forma.

En Los malditos se reúnen, premio Alejo Carpentier 2003, casi de cada cuento aflora una especie de reflexión sobre el propio acto de escribir. ¿Has llegado a alguna conclusión sobre el relato breve como  género?

No soy dado a las conclusiones, pero admito, al menos, que como creador disfruto más el cuento breve, me permite desarrollar mayor cantidad de anécdotas y dejar menos para otra existencia. El cuento concede menos oportunidades para el arrepentimiento, es una pieza pequeña que puede valorarse de un vistazo; su cadencia, su estructura, sus puntos débiles, se avizoran con rapidez. Por esta misma razón, tiende a la perfección en cuanto a lenguaje y anécdota, no tolera el deshecho. La novela, más larga, hace dudar al cabo de un tiempo y lo previsto puede no suceder. El lector que soy se inclina con igual preferencia tanto por el cuento como por la novela. Considero paradójico, sin embargo, que en época de tanta prisa todavía la novela perdure. Tal vez sea porque un cuento interesante deja con ganas de continuar leyendo y el lector luego siente la angustia de algo exquisito que se esfumó muy pronto; o tal vez, definitivamente los que andan aprisa nunca leen, y los pocos que tienen calma, demasiado capaces para sobreponerse a las urgencias, eligen las novelas.

A propósito de la novela, ¿eres de los que piensan en desplazarse a su territorio con carácter más o menos definitivo?

Por lo pronto, terminé una segunda novela y empecé otra, pero esto no significa que exclusivamente me desplace hacia el texto largo. Todavía soy incapaz de comprimir todas las historias, conceptos, técnicas, en una novela, y tampoco puedo esperar trescientas páginas para hacerlo, preciso de algo más veloz.

El Cuento: El esclavo del pianista

Entrevista aparecida en la antología de cuentos Conversación con el búfalo blanco de la Editorial Letras Cubanas con edición y corrección de Rogelio Riverón.

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