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El festival ya
es pasado. En el mismo instante en que, después de tanta
tensión y desvelo, iba despidiéndome de él sobre el
granito del Salón Rosado de La Tropical al ritmo
salvador de Los Van Van, asociaba precisamente el último
de los grandiosos estribillos de nuestra extraordinaria
orquesta a los propósitos y conquistas del Festival de
Teatro de La Habana 2005 y cuánto había podido reflejar
este los aires que corren por el teatro cubano.
Y perdóneseme la
intromisión. No corresponde a un organizador emitir
veredictos públicos sobre el resultado de un trabajo
todo que siente como suyo, estuviera o no fuera de su
radio de labor. Pero es que durante más de una década,
desde mi oficio de crítico, he tratado de ver a través
de los festivales de Camagüey y de La Habana —y en
algunos casos a través de otros eventos— el estado de la
creación teatral en la Isla, así como las
interrelaciones entre ella y las políticas
institucionales.
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Medea. Teatro Semio. Grecia. |
Sin embargo, el vivir
desde dentro las últimas ediciones, sobre todo del
festival internacional capitalino, en mi carácter de
coordinador de una de las comisiones del evento —sobre
la que guardaré silencio—, me ha impedido continuar como
quisiera esta saga reflexiva. Por contradicción, no es
que me falten criterios —ahora tengo una suerte de
visión doble que los aumenta—, sino que ante la
necesidad de un texto como este, me siento atrapado
entre todas las paradojas posibles del trabajo crítico y
organizativo. A pesar de todo, me voy a arriesgar.
Lo que me pareció más
significativo, desde un punto de vista interno, es que
en este festival confluyó la totalidad —si entendemos la
misma en un sentido de signos que revelan líneas de
trabajo— de la acción institucional del Consejo Nacional
de las Artes Escénicas. O dicho con mayor
particularidad, de la época de labor iniciada en 1999
con la presidencia de Julián González Toledo,
precisamente con su mirada de espectador al festival de
septiembre de aquel año, resultado de la anterior
dirección.
Nunca como hasta
ahora, en este ya dilatado lustro, un periodo tan corto
—15 al 25 de septiembre— permitió una síntesis como la
aquilatada en el evento.
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Charenton. Teatro Buendía. Cuba. |
La presencia de
puestas en escena nacionales de significativa
importancia en los últimos tiempos —Vida y muerte de
Pier Paolo Pasolini (Argos), La caja de los
juguetes y
La Virgencita
de Bronce (Teatro de las Estaciones),
Charenton (Buendía), Romelio y Juliana (Los
Cuenteros), Con ropa de domingo (Pálpito)—, o de
notables alcances en su diversidad estética —Ayé
N’Fumbi o Mundo de muertos (Estudio Teatral
Macubá), Morir del cuento (Compañía Hubert
de Blanck) y los proyectos por obra Penumbra en el
noveno cuarto y Marx en el Soho—, entre otras
ausentes por diversas causas, revelan el curso de una
creación teatral de la que nos quejamos con frecuencia
—y razón—, y que, sin embargo, en sus cotas más altas
muestran conquistas artísticas sólidas, caminos
diferentes, incisiva perspectiva crítica hacia la
sociedad, indudable vocación humanista y respaldo por
parte de los espectadores. Aunque ello es feliz
responsabilidad de los artistas, se ha facilitado en un
clima diáfano de libertad, de apoyo —amén de las fuertes
limitaciones de materiales y logística— y de jerarquía
en el reconocimiento, lo cual ha derivado en la
consolidación de un nuevo rostro del teatro cubano. Este
pudo verificarse, además, a partir de la más cuidada
selección nacional que recuerde, gesto valiente entre
tanta desmembrada horizontalidad de muchos de nuestros
eventos culturales. Clara señal en aras de la mencionada
e imprescindible jerarquía. Y también a partir de una
nueva imagen del festival, limpia y fresca, que
contribuyó a señalizar que el encuentro llegaba con
ganancias y cambios.
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Con ropa de domingo. Teatro Pálpito. Cuba. |
La apertura de nuevos
espacios —una sala para La Colmenita, un enorme sitio
para el Teatro Lírico Nacional—, la remodelación de
otros —la sede de Danza Contemporánea de Cuba—, resultan
demostrativos del impulso dado a las inversiones, más
con voluntad que con recursos, para ir pagando una vieja
deuda estatal con las infraestructuras del sistema,
todavía insuficientes y en mal estado.
La búsqueda y
selección de la muestra internacional, aparte de algún
disparate dimensionado por la programación, se movió en
marco razonablemente adecuado en cantidad y mejoró
también en cuanto a calidad y diversidad con respecto a
anteriores ediciones. Espectáculos como Ibericus/No
todos
los caminos conducen
a Roma
(Álvaro Solar/Alemania), Los nietos nos miran
(Graciela Dufau/Argentina), Cara de hereje (La
Mancha/Chile), El Polichinela de las gavetas (Chemins
de Terre/Bélgica), Sueño de una noche de verano (Yohangza/Corea
del Sur), La edad de la ciruela
(Tragaluz/Ecuador), Medea Material (Mini Teater
Ljubljana), Soffio (Post-Retroguardia/Francia),
Medea (Teatro Semio/Grecia) despertaron interés
en distintos segmentos de público, especialistas y
creadores. Aún así, esa zona sigue siendo, por las
razones obvias de que se trata de un evento
internacional, el gran desafío del festival. Hasta el
real magnetismo ejercido por Cuba, el desempeño de un
equipo técnico de preparación ya constituido, la
ganancia de un “saber hacer” de este Consejo dado por
los años de experiencia, aunque me consta que esta frase
conlleva más una aspiración que una realidad, y la
importancia ganada por el evento mismo, tendrán siempre
su valladar en la imposibilidad de asumir gastos que en
cualquier otro lugar corren a cargo de los anfitriones.
Para las condiciones cubanas bastan, en mi opinión, la
renuncia de los grupos a los honorarios y el
financiamiento de los boletos aéreos, hay que encontrar
vías estatales y alternativas de financiamiento para
asumir todos los gastos internos de los grupos. Solo eso
y un trabajo minucioso, responsable, paciente de diálogo
con los implicados, logrará el salto hacia otra
presencia internacional en el evento que se sume a la
que ya vamos teniendo.
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Sueño de una noche de verano. Yohangza. Korea
del Sur. |
Así va el tren del
teatro, aunque me faltan muchos vagones por registrar, y
así queremos que vaya. Ni un ciclón que coleteó sobre La
Habana lo pudo parar, si bien enseñó de forma más
contundente que muchos señalamientos y deseos críticos
—obedientes al clima y a otras tradiciones de mayor
realeza— que el evento ha de volver al más plácido
enero, en torno al Día del Teatro Cubano, así que nos
estaremos viendo principiando el 2008.
Este tren, es decir, tal conjunto de factores redundó en
lo que, sin duda, me parece más importante, aquello que
ha sido y debe ser la directriz esencial de cualquier
institución nacional en el teatro: luchar por la
valorización pública de esta manifestación y con ello
lograr su inserción en el tejido cotidiano de la vida
cultural y social del país. No otra es la utopía por la
que se viene luchando desde que hace 70 años se iniciara
la renovación teatral en Cuba, eje del homenaje de esta
duodécima edición del Festival de Teatro de La Habana,
impulsada de manera formidable por la Revolución y por
la persistencia indoblegable de nuestros teatristas. |