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En los años finales de la década del 80 empezó a ocurrir
algo sustancial: la paulatina revelación de un grupo
de los entonces más jóvenes autores, nacidos entre 1960
y 1965 e, incluso, después de esa fecha. Pero lo
importante no era su aparición en los premios
literarios, o en las revistas culturales, sino que
esgrimían un concepto de literatura muy determinado. Me
refiero a un sistema de ideas que difundían y
practicaban —estos verbos deberían conjugarse también en
presente— quienes empezaron a publicar a inicios de los
años 90 y también quienes vinieron a hacerlo a fines de
esa década.
Para decirlo en pocas
palabras: con ese sistema se volvía a las enseñanzas de
la vanguardia —el término posmodernidad
encabezaba la lista de ciertas plúmbeas y dudosas
terminologías, entonces más propias de una indigestión
semiológica que de asunciones auténticas—, a los textos
de ciertos prosistas europeos, al universo del rock,
al mundo de los sujetos “periféricos”, a los espacios
imaginarios, al minimalismo poemático experimental, a
las filosofías “descentradas”, a las llamadas
sexualidades minoritarias y al mundo de la noche,
juzgado útero del mito de la ocultación —los aconteceres
marginales— y del secreto.
Algunos
escritores-lectores de los 90, en quienes se dejaba
presumir un interés plausible en la teoría literaria —en
relación con el texto, la escritura y el pensamiento
cultural contemporáneo—, estimaron que la literatura es,
por usar un esquema, la facturación del texto desde
su reflexión crítica. Así, pues, referentes o
señales importantes del mundo cultural francés y
anglosajón empezaron a ser custodiados, y un segmento de
los más jóvenes narradores se afincó de momento en esa
zona donde la tecnología cibernética, la cultura
ciberpunk, lo fantástico y la ciencia ficción
elaboran un espacio que se extiende desde la conjetura
más atractiva y delirante hasta el realismo más
inmediato.
El libro
representativo e inicial de los novísimos
cuentistas cubanos fue (era en aquel momento) una
antología de intenciones predictivas: Los últimos
serán los primeros, dada a conocer en 1993, cuando
prácticamente ninguno de los antologados había publicado
su primer libro. El profesor y crítico Salvador Redonet
la perpetró y, en buena medida, fue quien enrumbó y dio
forma, en el plano crítico-divulgativo, a un corpus
textual provocador, conminatorio, notoriamente dispar,
en cuyo seno hay, sin embargo, verdaderos hallazgos.
Cuentos de Ronaldo Menéndez, Ángel Santiesteban Prats,
Ena Lucía Portela, José Miguel Sánchez (Yoss), Ernesto
Santana, Raúl Aguiar, Rolando Sánchez Mejías y algunos
otros caracterizaron el segmento literario de los 90,
gobernado por una especie de saludable diseminación
temática y formal, congruente, acaso, con un proceso en
el cual ese sujeto llamado escritor procura
constantemente salvaguardar su individualidad creadora.
La diseminación a que
he aludido se refiere a una suerte de búsqueda
entrañada que nada tiene que ver con lo plural ni
con la uniformidad didascálica. Incluso en la vertiente
más realista de los novísimos no existe una
pauta linguoestilística, ni una directriz
compositiva. Los textos de Raúl Aguiar (La hora
fantasma de cada cual, una colección de relatos que
condiciona al lector para la lectura de La estrella
bocarriba, devenida hoy novela de culto) hurgan,
“realistas” o no, en contextos muy dispares, que no
coinciden ni pretenden coincidir con los signos de lo
real. Igual ocurre en los relatos de Yoss (W),
José Manuel Prieto González (Nunca antes habías visto
el rojo), y Atilio Caballero (El azar y la cuerda
y Tarántula). Sin embargo, no hay que hacer
un examen detenido para darnos cuenta de que nadie se
parece a nadie, y que todos han contribuido al
desanquilosamiento sin escapar, por cierto, de la
amenaza que se agazapa en la testificación.
Otras colecciones de
relatos representativas, en tanto conjunto, de estos
últimos años, son Cinco piezas narrativas, de
Rolando Sánchez Mejías; El derecho al pataleo de los
ahorcados, de Ronaldo Menéndez; La demora, de
Waldo Pérez Cino; Último viaje con Adriana, de
Rafael de Águila; Bad painting, Catálogo de
mascotas, Limpiando ventanas y espejos e Imperio
doméstico, cuatro cuadernos seriales de Anna Lidia
Vega, quien ya es dueña de una gestualidad propia;
Los amantes de Konarak, de Michel Perdomo; Una
extraña entre las piedras, de Ena Lucía Portela;
Manuscritos del muerto, de Amir Valle; Buenos
días, Zenón y Otras versiones del miedo, de
Rogelio Riverón; Sueño de un día de verano, de
Ángel Santiesteban, y Blasfemia del escriba, de
Alberto Guerra Naranjo.
Como he dicho en
otros textos críticos, lo mejor y más sedicioso de la
más reciente cuentística cubana ha aprendido las reglas
del relato tradicional para después violarlas. Esa
violación acontece de muy variadas maneras y con
distintos grados de energía. Si me expreso así es para
declarar de inmediato que las ventajosas mudanzas
advertibles en algunos narradores de los 80 —quienes,
por cierto, habían respetado dichas reglas no siempre
con buenos resultados— se ha debido, entre otras cosas,
a la lección que prodigaron los cuentistas de aparición
más reciente. Y esa lección consiste en el
reconocimiento de un hecho: el texto literario, más allá
de toda otra idea, es un asunto del escritor en su
descarnado diálogo con el mundo, y un problema de la
imaginación y las palabras que ansían abolir el
hábito de la percepción al intentar constituirse en
mundos verbales “independientes”.
Francisco López Sacha
habló una vez de los escritores iconoclastas y
allí, en esa palabra, unió a aquellos que, cierta vez,
un crítico definió en dos bandos: los violentos y
los exquisitos. Sacha los juntó en una categoría
más conceptuosa porque sabía que, en el fondo, la
voluntad de romper las normas literarias defendidas por
él y otros narradores de los 80 respondía a una idea
distinta de lo literario, una idea mucho más amplia,
con mayores horizontes adonde mirar. Y esa idea, como un
agujero negro, atrajo no solo estructuras nuevas, juegos
lingüísticos diferentes y más osados, sino, sobre todo,
a personajes distintos, sin embozos. Personajes
dramatúrgicamente totales o que intentaron serlo. En
algunos asoma el cinismo y otros se desembarazan de una
ética atada a las convenciones y paradigmas sociales,
como sucede con los gays de Pedro de Jesús, autor de la
novela Sibilas en Mercaderes y de una impactante
colección de cuentos: Maneras de obrar en 1830.
Pero también podría citarse a Alberto Garrido y sus
cuentos de El muro de las lamentaciones, o Jesús
David Curbelo, autor de la novela Inferno y de
las piezas de Cuentos para adúlteros y Las (di)versiones
de Eva.
Pedro de Jesús lleva
el cuento gay de los años 90 en Cuba hasta fronteras muy
precisas. Su narración “El retrato”, perteneciente al
libro citado, es una suerte de epítome donde se juntan
la buena prosa, un tema minoritario —en ese tema abrevan
algunos escritores con fortuna cada vez más desigual— y
una estructura inteligente. Amir Valle —pensemos en sus
recientes novelas Las puertas de la noche, Si
Cristo te desnuda y Los desnudos de Dios—,
Raúl Aguiar y Alberto Guerra son auténticos
rastreadores, en sus respectivos estilos y dentro de los
asuntos que invaden con perentoriedad sus libros, del
lenguaje realista y de los mundos oscurecidos de la urbe
real. Garrido y Curbelo acorralan lo cotidiano
con estilos concienzudos: el primero busca cierto
lirismo sin parecer lírico, el segundo salpica su prosa
de referencias culturales prestigiosas. Vega y Portela
conforman, sin pretenderlo, un dúo muy tenso y mañoso.
Son escritoras conscientes de que engendran
textos en primera instancia atractivos y que lo hacen,
además, desde una condición femenina que se
diluye en las narraciones. Para comprobarlo bastaría con
recorrer los cuentos-estocadas de Vega, radicados en el
espacio doméstico, o visitar El pájaro: pincel y
tinta china, La sombra del caminante y
Cien botellas en una pared, novelas de Portela
situadas entre las más importantes y cuidadosas que se
hayan dado a conocer en la isla (y también fuera de
ella) en estos años.
Se trata, en suma, de
intervenir y reformular determinados iconos y mitos
culturales desde la propia realidad y las situaciones
que suministra la ficción. Ser iconoclastas, para
el entorno de la narrativa cubana de los últimos años,
equivale a apropiarse de un pensamiento cultural (y
específicamente literario) distinto. Y cuando
escribo distinto, pienso en una imperfecta noción
de pesquisa, de indagación que no cesa.
Pero hablar del
período que va desde los años 90 hasta hoy significa
aludir, en Cuba, a la escritura en condiciones de
realidad. Me explico enseguida.
Hasta fines de los 80 y principios de la década
siguiente el referente social de la narrativa insular
estaba situado casi exclusivamente en la realidad más
inmediata, la realidad sociocultural cubana —sus
emblemas y tipologías, sus “posibles narrativos”
originados, sin embargo, en el reino de la presunción—,
mientras que por otra parte el destinatario natural (y
por lo general único) de las ficciones no era otro que
el lector cubano y algunos lectores, de condición
obviamente minoritaria, del mundo académico en otros
países. Pero a inicios de los 90, con el colapso de las
sociedades socialistas europeas, y después del inicio en
Cuba del llamado Período Especial —con su carga de
prostitutas, proxenetas, turistas, balseros y
empresarios—, la narrativa se adentró inevitablemente en
esos asuntos (o sus microflexiones más laterales) y el
escritor empezó a darse cuenta, asediado por la
“realidad real”, de que había un ente que lo manejaba
todo con su perfecta ubicuidad: el mercado del libro. La
fenomenología más viva de lo cubano de pronto se
convirtió, ante muchos ojos en Cuba y sobre todo fuera
de
la
Isla,
en algo imprevisto, sorprendente, fuera de serie. Empezó
a circular, luego de su despenalización, el mágico dólar
norteamericano, y otra vez surgió en los narradores el
deseo de testificar.
De Pedro de Jesús y
Amir Valle conocemos, ya lo dije, novelas como
Sibilas en Mercaderes y Si Cristo te desnuda,
respectivamente. Son obras muy disímiles pero devotas,
en lo fundamental, del canon realista. La primera hurga
con comicidad y precisión grandilocuente en el mundo gay
habanero, la segunda emplea el thriller policial
como pretexto de registro en un orbe que se nos revela
ominoso y casi subterráneo. Pero junto a ellas también
apareció El paseante Cándido, de Jorge Ángel
Pérez, que es una vertiginosa travesía picaresca por La
Habana “invisible” del día y de la noche, viaje que
concluye en una verídica apoteosis barroca.
En otra dirección
hallamos novelas de Raúl Capote, Atilio Caballero, Raúl
Aguiar y Reynaldo González, quienes reverencian la
condición alegórico-simbólica del lenguaje, o más bien
la capacidad del lenguaje novelesco para construir
sistemas alusivos que funcionan más allá de las
circunstancias de la vida social (o más acá: son
circunstancias muy pensadas), o que se asientan
en las apócrifas lejanías de la historia. De estos
escritores son El caballero ilustrado,
Naturaleza muerta con abejas, La estrella
bocarriba —a la que ya me referí— y Al cielo
sometidos. En la primera topamos con una fábula
extraña, sui géneris; un texto de entonación
dramatúrgica, lleno de explosiones de color, ironía, y
que consigue unir, dentro de un espacio imaginario, la
tradición de la novela del Dictador con la tradición del
desborde barroco —más bien neobarroco— en un estilo que
recuerda el universo de Françoise Rabelais. La segunda
se ajusta al dibujo de una alegoría del sometimiento
humano, y, por el carácter integral de la impugnación
que alcanza a hacer, su índole es distópica. En la
tercera encontramos un mundo reconocible en el rock, la
experiencia siconáutica y la reflexión “finisecular”,
todo lo cual se teje en una red junto a los tics
de la cultura ciberpunk y las nociones —a menudo en tela
de juicio— de naturaleza, espíritu y artefacto. La
cuarta retoma la tradición inaugurada por
La Celestina
y desarrolla un argumento barroco en la España de fines
del siglo XV.
Como se ve, en los
últimos quince años la narrativa cubana ha fluido de
forma heterogénea en cuanto al temple de sus poéticas,
pero con determinada homogeneidad en cuanto a su
vocación exploratoria. El punto de giro dentro de la
Isla, entre la aparición de los más jóvenes escritores y
la actualidad, podría situarse alrededor de 1991 o 1992,
si de fechas se trata. Pero de cualquier modo, ya sea
dentro de la topografía insular o fuera de sus espacios
físicos, desde entonces hasta el presente han aparecido
novelas y colecciones de cuentos que, de maneras muy
contrastantes, se arriesgan a apostar por la
acreditación artística: Pájaros de la playa y
Cocuyo, de Severo Sarduy; Árbol de la vida y
La travesía, de Lisandro Otero; La hembra, el
hambre y el hombre, de Daína Chaviano; Estación
central y El hilo del ovillo; de Miguel
Collazo; Puente en la oscuridad, de Carlos
Victoria; Matarile y La saga del perseguido,
de Guillermo Vidal; Mariel, Las penas de la
joven Lila y Guanabo Gay, de José Prats
Sariol; El polvo y el oro, de Julio Travieso;
¿Quién mató a Iván Ivanovich?, de Humberto Arenal;
Pan de mi cuerpo y Voyeurs, de Andrés
Jorge; Trilogía sucia de
La Habana,
de Pedro Juan Gutiérrez, libro determinante del interés
mundial que se atrajeron las novelas siguientes de este
escritor; la saga del policía investigador Mario Conde
en la tetralogía Las cuatro estaciones, de
Leonardo Padura, que alcanzó parecida resonancia;
La
última noche que pasé contigo,
Como un mensajero tuyo y Púrpura profundo,
de Mayra Montero;
El Winchester de
Durero, de
Rafael Zequeira; Tuyo es el reino, de Abilio
Estévez —considerada por algunos una obra maestra—;
La noche del aguafiestas, de Antón Arrufat, y Las
palabras perdidas, Dime algo sobre Cuba y
Siberiana, de Jesús Díaz. Es imposible dejar de
incluir aquí la trayectoria sinusoidal, pero exitosa, de
un narrador experto en los embrollos e incógnitas del
thriller y la novela de espionaje: Daniel Chavarría,
quien acaba de dar a conocer su espectacular Viudas
de sangre.
A la publicación de
estos volúmenes vale adicionar la aparición de novelas
de autores que pertenecen a generaciones muy distintas.
Me refiero a libros tan reveladores, “obstinados” y
desemejantes como La mujer sentada, de Efraín
Rodríguez Santana; Silencios, de Karla Suárez;
Memoria del silencio, de Uva de Aragón; Ave y
nada, de Ernesto Santana; Misiones, de
Reinaldo Montero; La falacia, de Gerardo
Fernández Fe; Muchacha azul bajo la lluvia, de
Amir Valle; La leve gracia de los desnudos, de
Alberto Garrido; El fundidor de espadas, de Pedro
Llanes; Ancora, de Alberto Ajón; Malevolgia,
de Gina Picart, Allegro de habaneras, de Humberto
Arenal; Un ciervo herido, de Félix Luis Viera;
Sentada en su verde limón, de Marcial Gala;
Fumando espero, de Jorge Ángel Pérez, o el singular
acento que colocan, en el espectro de las fábulas de
hoy, los cuentos de Alguien tiene que llorar, de
Marilyn Bobes; Los hijos que nadie quiso; de
Ángel Santiesteban; Mujeres en la cervecera, de
María Liliana Celorrio; La carne de los insectos,
de Ray Faxas; Luna Poo y el Paraíso, de Lázaro
Zamora Jo; Niños de neón, de Michel Encinosa;
Cable a tierra, de Mariela Varona; Mi mujer
manchada de rojo, de Rogelio Riverón; El druida,
de Gina Picart; La casa del herrero; de Abel
González Melo; Rayo de luz, de Raúl Flores
Iriarte, y Fragmentos encontrados en
La Rampa,
de Jorge Enrique Lage. Para mí resulta indudable que
estos libros, situados algunos de ellos al inicio de la
carrera literaria de sus autores, llaman la atención
sobre la exigente arquitectura lingüística de un espacio
poblado por criaturas en sintonía con el mundo todo —sus
angustias, perplejidades y bellezas—, circunstancia esta
que viene a constituir, en principio, un estupendo
programa de escritura cuyo desenvolvimiento, al
emanciparse de cualquier requisito —salvo el del rigor y
el del compromiso con el credo de lo literario—, busca
horizontes más interiores en la interlocución con la
cultura y las tentaciones de la realidad. |