Año IV
La Habana
2005

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El concierto de las fábulas
(tercera parte)
Alberto Garrandés La Habana


En los años finales de la década del 80 empezó a ocurrir algo sustancial: la paulatina revelación de un grupo de los entonces más jóvenes autores, nacidos entre 1960 y 1965 e, incluso, después de esa fecha. Pero lo importante no era su aparición en los premios literarios, o en las revistas culturales, sino que esgrimían un concepto de literatura muy determinado. Me refiero a un sistema de ideas que difundían y practicaban —estos verbos deberían conjugarse también en presente— quienes empezaron a publicar a inicios de los años 90 y también quienes vinieron a hacerlo a fines de esa década.

Para decirlo en pocas palabras: con ese sistema se volvía a las enseñanzas de la vanguardia —el término posmodernidad encabezaba la lista de ciertas plúmbeas y dudosas terminologías, entonces más propias de una indigestión semiológica que de asunciones auténticas—, a los textos de ciertos prosistas europeos, al universo del rock, al mundo de los sujetos “periféricos”, a los espacios imaginarios, al minimalismo poemático experimental, a las filosofías “descentradas”, a las llamadas sexualidades minoritarias y al mundo de la noche, juzgado útero del mito de la ocultación —los aconteceres marginales— y del secreto.

Algunos escritores-lectores de los 90, en quienes se dejaba presumir un interés plausible en la teoría literaria —en relación con el texto, la escritura y el pensamiento cultural contemporáneo—, estimaron que la literatura es, por usar un esquema, la facturación del texto desde su reflexión crítica. Así, pues, referentes o señales importantes del mundo cultural francés y anglosajón empezaron a ser custodiados, y un segmento de los más jóvenes narradores se afincó de momento en esa zona donde la tecnología cibernética, la cultura ciberpunk, lo fantástico y la ciencia ficción elaboran un espacio que se extiende desde la conjetura más atractiva y delirante hasta el realismo más inmediato.

El libro representativo e inicial de los novísimos cuentistas cubanos fue (era en aquel momento) una antología de intenciones predictivas: Los últimos serán los primeros, dada a conocer en 1993, cuando prácticamente ninguno de los antologados había publicado su primer libro. El profesor y crítico Salvador Redonet la perpetró y, en buena medida, fue quien enrumbó y dio forma, en el plano crítico-divulgativo, a un corpus textual provocador, conminatorio, notoriamente dispar, en cuyo seno hay, sin embargo, verdaderos hallazgos. Cuentos de Ronaldo Menéndez, Ángel Santiesteban Prats, Ena Lucía Portela, José Miguel Sánchez (Yoss), Ernesto Santana, Raúl Aguiar, Rolando Sánchez Mejías y algunos otros caracterizaron el segmento literario de los 90, gobernado por una especie de saludable diseminación temática y formal, congruente, acaso, con un proceso en el cual ese sujeto llamado escritor procura constantemente salvaguardar su individualidad creadora.

La diseminación a que he aludido se refiere a una suerte de búsqueda entrañada que nada tiene que ver con lo plural ni con la uniformidad didascálica. Incluso en la vertiente más realista de los novísimos no existe una pauta linguoestilística, ni una directriz compositiva. Los textos de Raúl Aguiar (La hora fantasma de cada cual, una colección de relatos que condiciona al lector para la lectura de La estrella bocarriba, devenida hoy novela de culto) hurgan, “realistas” o no, en contextos muy dispares, que no coinciden ni pretenden coincidir con los signos de lo real. Igual ocurre en los relatos de Yoss (W), José Manuel Prieto González (Nunca antes habías visto el rojo), y Atilio Caballero (El azar y la cuerda y Tarántula).  Sin embargo, no hay que hacer un examen detenido para darnos cuenta de que nadie se parece a nadie, y que todos han contribuido al desanquilosamiento sin escapar, por cierto, de la amenaza que se agazapa en la testificación.

Otras colecciones de relatos representativas, en tanto conjunto, de estos últimos años, son Cinco piezas narrativas, de Rolando Sánchez Mejías; El derecho al pataleo de los ahorcados, de Ronaldo Menéndez; La demora, de Waldo Pérez Cino; Último viaje con Adriana, de Rafael de Águila; Bad painting, Catálogo de mascotas, Limpiando ventanas y espejos e Imperio doméstico, cuatro cuadernos seriales de Anna Lidia Vega, quien ya es dueña de una gestualidad propia; Los amantes de Konarak, de Michel Perdomo; Una extraña entre las piedras, de Ena Lucía Portela; Manuscritos del muerto, de Amir Valle; Buenos días, Zenón y Otras versiones del miedo, de Rogelio Riverón; Sueño de un día de verano, de Ángel Santiesteban, y Blasfemia del escriba, de Alberto Guerra Naranjo.

Como he dicho en otros textos críticos, lo mejor y más sedicioso de la más reciente cuentística cubana ha aprendido las reglas del relato tradicional para después violarlas. Esa violación acontece de muy variadas maneras y con distintos grados de energía. Si me expreso así es para declarar de inmediato que las ventajosas mudanzas advertibles en algunos narradores de los 80 —quienes, por cierto, habían respetado dichas reglas no siempre con buenos resultados— se ha debido, entre otras cosas, a la lección que prodigaron los cuentistas de aparición más reciente. Y esa lección consiste en el reconocimiento de un hecho: el texto literario, más allá de toda otra idea, es un asunto del escritor en su descarnado diálogo con el mundo, y un problema de la imaginación y las palabras que ansían abolir el hábito de la percepción al intentar constituirse en mundos verbales “independientes”.

Francisco López Sacha habló una vez de los escritores iconoclastas y allí, en esa palabra, unió a aquellos que, cierta vez, un crítico definió en dos bandos: los violentos y los exquisitos. Sacha los juntó en una categoría más conceptuosa porque sabía que, en el fondo, la voluntad de romper las normas literarias defendidas por él y otros narradores de los 80 respondía a una idea distinta de lo literario, una idea mucho más amplia, con mayores horizontes adonde mirar. Y esa idea, como un agujero negro, atrajo no solo estructuras nuevas, juegos lingüísticos diferentes y más osados, sino, sobre todo, a personajes distintos, sin embozos. Personajes dramatúrgicamente totales o que intentaron serlo. En algunos asoma el cinismo y otros se desembarazan de una ética atada a las convenciones y paradigmas sociales, como sucede con los gays de Pedro de Jesús, autor de la novela Sibilas en Mercaderes y de una impactante colección de cuentos: Maneras de obrar en 1830. Pero también podría citarse a Alberto Garrido y sus cuentos de El muro de las lamentaciones, o Jesús David Curbelo, autor de la novela Inferno y de las piezas de Cuentos para adúlteros y Las (di)versiones de Eva.

Pedro de Jesús lleva el cuento gay de los años 90 en Cuba hasta fronteras muy precisas. Su narración “El retrato”, perteneciente al libro citado, es una suerte de epítome donde se juntan la buena prosa, un tema minoritario —en ese tema abrevan algunos escritores con fortuna cada vez más desigual— y una estructura inteligente. Amir Valle —pensemos en sus recientes novelas Las puertas de la noche, Si Cristo te desnuda y Los desnudos de Dios—, Raúl Aguiar y Alberto Guerra son auténticos rastreadores, en sus respectivos estilos y dentro de los asuntos que invaden con perentoriedad sus libros, del lenguaje realista y de los mundos oscurecidos de la urbe real. Garrido y Curbelo acorralan lo cotidiano con estilos concienzudos: el primero busca cierto lirismo sin parecer lírico, el segundo salpica su prosa de referencias culturales prestigiosas. Vega y Portela conforman, sin pretenderlo, un dúo muy tenso y mañoso. Son escritoras conscientes de que engendran textos en primera instancia atractivos y que lo hacen, además, desde una condición femenina que se diluye en las narraciones. Para comprobarlo bastaría con recorrer los cuentos-estocadas de Vega, radicados en el espacio doméstico, o visitar El pájaro: pincel y tinta china, La sombra del caminante y Cien botellas en una pared, novelas de Portela situadas entre las más importantes y cuidadosas que se hayan dado a conocer en la isla (y también fuera de ella) en estos años.

Se trata, en suma, de intervenir y reformular determinados iconos y mitos culturales desde la propia realidad y las situaciones que suministra la ficción. Ser iconoclastas, para el entorno de la narrativa cubana de los últimos años, equivale a apropiarse de un pensamiento cultural (y específicamente literario) distinto. Y cuando escribo distinto, pienso en una imperfecta noción de pesquisa, de indagación que no cesa.

Pero hablar del período que va desde los años 90 hasta hoy significa aludir, en Cuba, a la escritura en condiciones de realidad. Me explico enseguida.

Hasta fines de los 80 y principios de la década siguiente el referente social de la narrativa insular estaba situado casi exclusivamente en la realidad más inmediata, la realidad sociocultural cubana —sus emblemas y tipologías, sus “posibles narrativos” originados, sin embargo, en el reino de la presunción—, mientras que por otra parte el destinatario natural (y por lo general único) de las ficciones no era otro que el lector cubano y algunos lectores, de condición obviamente minoritaria, del mundo académico en otros países. Pero a inicios de los 90, con el colapso de las sociedades socialistas europeas, y después del inicio en Cuba del llamado Período Especial —con su carga de prostitutas, proxenetas, turistas, balseros y empresarios—, la narrativa se adentró inevitablemente en esos asuntos (o sus microflexiones más laterales) y el escritor empezó a darse cuenta, asediado por la “realidad real”, de que había un ente que lo manejaba todo con su perfecta ubicuidad: el mercado del libro. La fenomenología más viva de lo cubano de pronto se convirtió, ante muchos ojos en Cuba y sobre todo fuera de la Isla, en algo imprevisto, sorprendente, fuera de serie. Empezó a circular, luego de su despenalización, el mágico dólar norteamericano, y otra vez surgió en los narradores el deseo de testificar.

 De Pedro de Jesús y Amir Valle conocemos, ya lo dije, novelas como Sibilas en Mercaderes y Si Cristo te desnuda, respectivamente. Son obras muy disímiles pero devotas, en lo fundamental, del canon realista. La primera hurga con comicidad y precisión grandilocuente en el mundo gay habanero, la segunda emplea el thriller policial como pretexto de registro en un orbe que se nos revela ominoso y casi subterráneo. Pero junto a ellas también apareció El paseante Cándido, de Jorge Ángel Pérez, que es una vertiginosa travesía picaresca por La Habana “invisible” del día y de la noche, viaje que concluye en una verídica apoteosis barroca.

En otra dirección hallamos novelas de Raúl Capote, Atilio Caballero, Raúl Aguiar y Reynaldo González, quienes reverencian la condición alegórico-simbólica del lenguaje, o más bien la capacidad del lenguaje novelesco para construir sistemas alusivos que funcionan más allá de las circunstancias de la vida social (o más acá: son circunstancias muy pensadas), o que se asientan en las apócrifas lejanías de la historia. De estos escritores son El caballero ilustrado, Naturaleza muerta con abejas, La estrella bocarriba —a la que ya me referí— y Al cielo sometidos. En la primera topamos con una fábula extraña, sui géneris; un texto de entonación dramatúrgica, lleno de explosiones de color, ironía, y que consigue unir, dentro de un espacio imaginario, la tradición de la novela del Dictador con la tradición del desborde barroco —más bien neobarroco— en un estilo que recuerda el universo de Françoise Rabelais. La segunda se ajusta al dibujo de una alegoría del sometimiento humano, y, por el carácter integral de la impugnación que alcanza a hacer, su índole es distópica. En la tercera encontramos un mundo reconocible en el rock, la experiencia siconáutica y la reflexión “finisecular”, todo lo cual se teje en una red junto a los tics de la cultura ciberpunk y las nociones —a menudo en tela de juicio— de naturaleza, espíritu y artefacto. La cuarta retoma la tradición inaugurada por La Celestina y desarrolla un argumento barroco en la España de fines del siglo XV.

Como se ve, en los últimos quince años la narrativa cubana ha fluido de forma heterogénea en cuanto al temple de sus poéticas, pero con determinada homogeneidad en cuanto a su vocación exploratoria. El punto de giro dentro de la Isla, entre la aparición de los más jóvenes escritores y la actualidad, podría situarse alrededor de 1991 o 1992, si de fechas se trata. Pero de cualquier modo, ya sea dentro de la topografía insular o fuera de sus espacios físicos, desde entonces hasta el presente han aparecido novelas y colecciones de cuentos que, de maneras muy contrastantes, se arriesgan a apostar por la acreditación artística: Pájaros de la playa y Cocuyo, de Severo Sarduy; Árbol de la vida y La travesía, de Lisandro Otero; La hembra, el hambre y el hombre, de Daína Chaviano; Estación central y El hilo del ovillo; de Miguel Collazo; Puente en la oscuridad, de Carlos Victoria; Matarile y La saga del perseguido, de Guillermo Vidal; Mariel, Las penas de la joven Lila y Guanabo Gay, de José Prats Sariol; El polvo y el oro, de Julio Travieso; ¿Quién mató a Iván Ivanovich?, de Humberto Arenal; Pan de mi cuerpo y Voyeurs, de Andrés Jorge; Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez, libro determinante del interés mundial que se atrajeron las novelas siguientes de este escritor; la saga del policía investigador Mario Conde en la tetralogía Las cuatro estaciones, de Leonardo Padura, que alcanzó parecida resonancia; La última noche que pasé contigo, Como un mensajero tuyo y Púrpura profundo, de Mayra Montero; El Winchester de Durero, de Rafael Zequeira; Tuyo es el reino, de Abilio Estévez —considerada por algunos una obra maestra—; La noche del aguafiestas, de Antón Arrufat, y Las palabras perdidas, Dime algo sobre Cuba y Siberiana, de Jesús Díaz. Es imposible dejar de incluir aquí la trayectoria sinusoidal, pero exitosa, de un narrador experto en los embrollos e incógnitas del thriller y la novela de espionaje: Daniel Chavarría, quien acaba de dar a conocer su espectacular Viudas de sangre.

A la publicación de estos volúmenes vale adicionar la aparición de novelas de autores que pertenecen a generaciones muy distintas. Me refiero a libros tan reveladores, “obstinados” y desemejantes como La mujer sentada, de Efraín Rodríguez Santana; Silencios, de Karla Suárez; Memoria del silencio, de Uva de Aragón; Ave y nada, de Ernesto Santana; Misiones, de Reinaldo Montero; La falacia, de Gerardo Fernández Fe; Muchacha azul bajo la lluvia, de Amir Valle; La leve gracia de los desnudos, de Alberto Garrido; El fundidor de espadas, de Pedro Llanes; Ancora, de Alberto Ajón; Malevolgia, de Gina Picart, Allegro de habaneras, de Humberto Arenal; Un ciervo herido, de Félix Luis Viera; Sentada en su verde limón, de Marcial Gala; Fumando espero, de Jorge Ángel Pérez, o el singular acento que colocan, en el espectro de las fábulas de hoy, los cuentos de Alguien tiene que llorar, de Marilyn Bobes; Los hijos que nadie quiso; de Ángel Santiesteban; Mujeres en la cervecera, de María Liliana Celorrio; La carne de los insectos, de Ray Faxas; Luna Poo y el Paraíso, de Lázaro Zamora Jo; Niños de neón, de Michel Encinosa; Cable a tierra, de Mariela Varona; Mi mujer manchada de rojo, de Rogelio Riverón; El druida, de Gina Picart; La casa del herrero; de Abel González Melo; Rayo de luz, de Raúl Flores Iriarte, y Fragmentos encontrados en La Rampa, de Jorge Enrique Lage. Para mí resulta indudable que estos libros, situados algunos de ellos al inicio de la carrera literaria de sus autores, llaman la atención sobre la exigente arquitectura lingüística de un espacio poblado por criaturas en sintonía con el mundo todo —sus angustias, perplejidades y bellezas—, circunstancia esta que viene a constituir, en principio, un estupendo programa de escritura cuyo desenvolvimiento, al emanciparse de cualquier requisito —salvo el del rigor y el del compromiso con el credo de lo literario—, busca horizontes más interiores en la interlocución con la cultura y las tentaciones de la realidad.

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