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No me
formé en las Aventuras de televisión que han llenado un
importante rescoldo de ilusiones para mis
contemporáneos. En las veraniegas visitas a La Habana me
asomé a la épica de unos episodios que bajo el título de
Tierra o sangre llevaban de forma amena a
los muchachos con luz eléctrica una historia de dignidad
y pertenencia. Después estuve cerca del autor de aquella
serie producida en vivo, con humildes árboles de
utilería funcionando como bosque cubano. A la altura del
trago en el que Abraham Rodríguez contaba anécdotas de
este u otro espacio televisivo, yo volvía sobre los
encantos de Andoba, la mejor de sus obras
teatrales. El ingenioso mulato se marchó hace poco del
complicado mundo de los vivos y nunca le expliqué que si
no le seguía la rima sobre sus bien urdidas aventuras de
pequeña pantalla no fue por displicencia, sino por
ausencia de televisor. En sus últimos días, el laborioso
inquilino de la calle L escribió sin tregua una
telenovela que saldrá al aire dentro de unos meses.
Espero sentarme frente al televisor noche tras noche
como desquite por el viejo desencuentro.
Hace
unos días llegué a casa de mi hija Adriana a las siete
de la noche. Ella disfrutaba ―en su Panda que quedó como
único recuerdo tangible de un premio literario― de un
serial extranjero de muy buena factura y que parte de un
imaginativo argumento. A la riqueza de algunos diálogos
atribuí el lenguaje más o menos florido que la gordita
tiene, a pesar de que no logro trasmitirle el hábito de
la lectura. Inmediatamente después venía la reposición
de uno de los mejores programas de este tipo que se
hayan producido en nuestro país. Pero a sus doce años,
la Del Pino se desentendió de la historia de los dos
hermanos en pleno campo. Yo sí gasté con gusto la media
hora, nostálgico ante los buenos actores que han muerto
o se han ido lejos. Al final, anhelé que alguna serie
cubana de este tipo acapare la atención de niños y
adolescentes. En el último par de años los muchachos
prefieren el melodrama, los saltos súbitos, las pasiones
más o menos auténticas de la telenovela. La capa y
espada se les ha puesto distante de su sensibilidad.
Forma parte de la misma desdichada circunstancia
espiritual que los pone más cerca de reaggeton que de
las canciones infantiles.
En la
última película cubana ―Barrio Cuba―
aplaudí especialmente el desempeño de Mario Limonta.
Este actor de voz grave, conocido más bien por roles
humorísticos, compensó la orfandad de pantalla en mi
infancia con su protagonismo en La flecha de cobre,
una larga serie radial de peripecias que se extendió
durante años, siempre comenzando a las 12 y 36 minutos
del mediodía. Padura ―un escritor que leo y amigo que
frecuento al menos por teléfono― ha confesado que se
fugaba de algunas clases para seguir la trama escrita
por Daranas. ¡Y eso que él tenía televisor! Yo almorzaba
despacio y no me importaba― por tal de asistir a las
destrezas y la nobleza de Guaitabó― que el camino hacia
la Secundaria se tornara más soleado y que mi paso
rápido me hiciera llegar sudado, jadeante, pero con un
trozo de aventura, de ilusión en mi rural cabeza. |