Año IV
La Habana
2005

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A las siete y media
Amado del Pino
La Habana


No me formé en las Aventuras de televisión que han llenado un importante rescoldo de ilusiones para mis contemporáneos. En las veraniegas visitas a La Habana me asomé a la épica de unos episodios que bajo el título de Tierra o sangre llevaban de forma amena a los muchachos con luz eléctrica una historia de dignidad y pertenencia. Después estuve cerca del autor de aquella serie producida en vivo, con humildes árboles de utilería funcionando como bosque cubano. A la altura del trago en el que Abraham Rodríguez contaba anécdotas de este u otro espacio televisivo, yo volvía sobre los encantos de Andoba, la mejor de sus obras teatrales. El ingenioso mulato se marchó hace poco del complicado mundo de los vivos y nunca le expliqué que si no le seguía la rima sobre sus bien urdidas aventuras de pequeña pantalla no fue por displicencia, sino por ausencia de televisor. En sus últimos días, el laborioso inquilino de la calle L escribió sin tregua una telenovela que saldrá al aire dentro de unos meses. Espero sentarme frente al televisor noche tras noche como desquite por el viejo desencuentro.

Hace unos días llegué a casa de mi hija Adriana a las siete de la noche. Ella disfrutaba ―en su Panda que quedó como único recuerdo tangible de un  premio literario― de un serial extranjero de muy buena factura y que parte de un imaginativo argumento. A la riqueza de algunos diálogos atribuí el lenguaje más o menos florido que la gordita tiene, a pesar de que no logro trasmitirle el hábito de la lectura. Inmediatamente después venía la reposición de uno de los mejores programas de este tipo que se hayan producido en nuestro país. Pero a sus doce años, la Del Pino se desentendió de la historia de los dos hermanos en pleno campo. Yo sí gasté con gusto la media hora, nostálgico ante los buenos actores que han muerto o se han ido lejos. Al final, anhelé que alguna serie cubana  de este tipo acapare la atención de niños y adolescentes. En el último par de años los muchachos prefieren el melodrama, los saltos súbitos, las pasiones más o menos auténticas de la telenovela. La capa y espada se les ha puesto distante de su sensibilidad. Forma parte de la misma desdichada circunstancia espiritual que los pone más cerca de reaggeton que de las canciones infantiles.

En la última película cubana ―Barrio Cuba aplaudí especialmente el desempeño de Mario Limonta. Este actor de voz grave, conocido más bien por roles humorísticos, compensó la orfandad de pantalla en mi infancia con su protagonismo en La flecha de cobre, una larga serie radial de peripecias que se extendió durante años, siempre comenzando a las 12 y 36 minutos del mediodía. Padura ―un escritor que leo y amigo que frecuento al menos por teléfono― ha confesado que se fugaba de algunas clases para seguir la trama escrita por Daranas. ¡Y eso que él tenía televisor! Yo almorzaba despacio y no me importaba― por tal de asistir a las destrezas y la nobleza de Guaitabó―  que el camino hacia la Secundaria se tornara más soleado y que mi paso rápido me hiciera llegar sudado, jadeante, pero con un trozo de aventura, de ilusión en mi rural cabeza.

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