Año IV
La Habana
2005

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La Nochebuena del año que viene*
Pablo de la Torriente Brau


Y hacía frío y hacía poco la mamá se había muerto...

“Por eso es que papá está triste” —pensaba el muchacho con sus nueve años angustiados por tanto silencio...

¡Qué distinto era todo!... El año pasado, en la casa su hermanita y él comían dulces y gritaban y vinieron los amiguitos del barrio y los compañeros de la escuela y todos hablaban y se contaban cosas “del otro año” y de que habían visto muchísimos juguetes, y dulces grandes, así “como casas de muñecas, casi”... Todo había sido una alegría tumultuosa esperando que al día siguiente, cuando llegara la Nochebuena, todavía había de haber más dulces, más avellanas, nueces, manzanas y turrones..... Y traerían un puerquito asado, con su rabito tostado, que se rompería como un caramelo... Y el pescado muy grande con la salsa amarilla por encima, y las lechugas y los rabanitos colorados. Y, luego, el arbolito de Navidad, lleno de luces, de velitas azules, rosadas y verdes y de bolas de cristal brillante, y muñequitos y juguetes colgando de las ramitas del pino... ¡Ah!... ¡Pero entonces mamá estaba viva!... ¡Qué mamá!... ¡Mamá sí que era alegre... más que un muchacho... era alegre como la playa... como la arena y el agua que siempre juegan!... Mamá siempre jugaba con nosotros y el arbolito de navidad la ponía contenta, contenta... que se sentaba en el suelo y le daba vueltas y hacía pasar aprisa los juguetes... y los muñecos, con los brazos abiertos, parecía que pedían auxilio de tan aprisa que mamá los hacía dar vueltas... ¡Mamá era muy bonita, pero tenía cosas de muchacho, de muchacho varón, como yo...!

Y al niño, al calor de los recuerdos maternales, se le fue iluminando la cara con una alegría triste, con una tristeza sonreída, que acabó por sacar al padre de su melancólica abstracción.

—¿En qué piensas? —le preguntó.

—¡En mamá... la pobrecita mamá! Si ella estuviera aquí tú estarías alegre y mañana habría fiesta y cenaríamos con el arbolito que ella preparaba todos los años... ¿Te acuerdas el del año pasado qué bonito fue?

—Sí, me acuerdo, como no... Pero este año, aunque estuviera mamá, no habría fiesta... Ya yo no tengo nada... yo no tengo trabajo... Todavía no sé si comeremos algo siquiera... ¡Es mejor que se haya muerto, la pobre!...

—¡Eh!... ¿Cómo no iba a haber nada?... ¡Mamá nunca estaba triste, como tú!... Tú no debieras estar triste, callado ahí en el sillón, que das miedo de hablar... Si mamá viviera no estaría triste ahora, como tú... ¿Por qué no te ríes?... También tú antes jugabas con nosotros y con ella, cuando nos tirábamos todos en la cama, ¿te acuerdas?...

Al padre casi se le escapa un sollozo por los recuerdos cariñosos del niño y le dice muy serio, tratando de ser sereno, casi infantil:

—Mira, tú eres un niño todavía... Tú no puedes comprender ciertas cosas... Yo estoy triste por muchas cosas... Precisamente porque mamá era tan alegre yo estoy triste... ¿no comprendes?... Además, yo estoy sin trabajo... no tengo dinero... y me da vergüenza pedir prestado cuando sé que no lo voy a poder pagar en mucho tiempo... Y me da pena no poder hacer una cena alegre y bonita mañana y regalarles cosas a ti y a tu hermanita...

El niño se quedó un rato pensativo y después, sin parar, rompió a hablar, rápido y contento:

—Eh, bobo, no estés triste... Nosotros nada más que lo estamos porque lo estás tú... ¡Claro! Si tú estás serio y callado y no juegas ni nada, pues a nosotros nos da [tristeza] y nos ponemos a pensar en cosas. Pero mira, si no hace falta cenar ni nada, porque total, a Lila, como no hay juguetes, pues le entra sueño enseguida...

Y tomando una actitud cómicamente seria, prosiguió:

—...Y ya yo soy un hombre que ni necesita juguetes ni le hace falta cenar... Lo que no se debe es estar triste... Una vez que yo vine llorando del colegio, porque me habían dado una nota mala, mamá me dijo que “no era una esperanza, sino una obligación, ser feliz, estar alegre”. ¿Tú no te acuerdas cómo ella siempre lo decía?...

El padre, conmovido, acarició la cabeza del hijo a quien la vida, prematuramente transformaba en hombre, y aunque pensaba en que Lila era muy pequeña aún para exigirle cualquier sacrificio, una luminosa esperanza comenzaba a abrírsele en el pecho, lleno de orgullo por el hijo alegre por el buen recuerdo de la mamá muerta... Algo como una inundación de alegría echaba a andar su antiguo jocundo optimismo, y el hijo, como un sutil acompañante, canturreaba una risueña canción infantil...

De pronto dijo:

—Ven, vamos a la calle, vamos a pasear.

Y aunque la noche estaba fresca y un viento de burla se llevaba los sombreros, se fueron para la calle, a pasear, a mirar la animación de todo, a contemplar los juguetes y los dulces y las frutas... a ponerse alegres con la alegría de los demás... ¡a recordar los recuerdos alegres y dichosos de la otra Navidad!...

Un hombre pasó con una canasta de manzanas que parecía una pirámide de rosas: otro, en un carrito, hacía humear las tibias castañas, y en un puestecito de cristales, tres lechoncitos con muecas burlonas, como si no les doliera, se dejaban picar en sabrosos pedazos... ¡De todo había por las calles!

Un pobre pasó ofreciendo mil pesos en un pedacito de billete...

Al chiquillo se le abrieron los ojos:

—¡Oye, papá, mil pesos... mil pesos...! ¡Oye, con eso sí que tendríamos cosas!... ¿Qué tú harías si tuvieras mil pesos?

—¿Con mil pesos?... Pues mira tú, mañana tendríamos la gran cena... Compraríamos un lechoncito, y un pavo, y turrones y frutas, dátiles, higos, almendras, dulces, membrillos, un arbolito con juguetes y luces... la mar de cosas, muchacho, y todavía sobraban muchísimos pesos... Mil pesos son muchos pesos... Bueno... ¿y tú?... ¿Tú qué harías si tuvieras mil pesos?...

—¿Con mil pesos?... ¡Muchísimas cosas!... Mira tú, yo también haría todas esas compras, pero como nos iba a sobrar mucho dinero, pues me compraba una finquita y allí iba a tener lechones, y pavos, y gallinas... Y en un río que pasara, muchísimos pescados y patos y un bote... ¡Ah, y una vaquita con su ternero, y un chivito, y caballos también y bastantes perros!... Y tendría sembradas lechugas y rabanitos y de todo, y así, cuando llegara todos los años la Nochebuena, pues tendríamos siempre con qué celebrarla... Y habría allí pájaros de verdad y no de cuerda y pinos verdes para los arbolitos... ¡De todo habría! Y ni juguetes harían falta porque cuando vivíamos en el campo con Tribilín, el carrito y el chivito Ramón, teníamos de sobra y muchas veces lo llenábamos de guayabas... ¿Te acuerdas?

Y así, de imaginación en imaginación el padre y el hijo fueron haciendo fantásticos repartos del dinero que no tenían, realizando viajes, comprando cosas y distribuyendo una parte que siempre les sobraba... Y tan contentos se habían ido poniendo que al llegar a la casa los dos dijeron: “La Nochebuena que viene sí que va a ser alegre”...

Pero una duda le vino al padre en el último momento y se le puso sombrío el rostro:

—¿Y Lila? ¿Qué le decimos a Lila si mañana no hay nada, si no tenemos cena?...

El muchacho se quedó un momento pensativo y, luego, resuelto, aseguró:

—Yo le diré que había que matar animalitos y que a mamá nunca le gustaba eso... ¡Ella también se acuerda de mamá!...

Y, alegres, entraron pensando en lo alegre que iba a ser la Nochebuena del año que viene...

* Publicado por primera vez en Ahora (La Habana), Sección Dominical, domingo 23 de diciembre de 1934, p. 8.

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