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Y hacía frío y hacía
poco la mamá se había muerto...
“Por eso es que papá
está triste” —pensaba el muchacho con sus nueve años
angustiados por tanto silencio...
¡Qué distinto era
todo!... El año pasado, en la casa su hermanita y él
comían dulces y gritaban y vinieron los amiguitos del
barrio y los compañeros de la escuela y todos hablaban y
se contaban cosas “del otro año” y de que habían visto
muchísimos juguetes, y dulces grandes, así “como casas
de muñecas, casi”... Todo había sido una alegría
tumultuosa esperando que al día siguiente, cuando
llegara la Nochebuena, todavía había de haber más
dulces, más avellanas, nueces, manzanas y turrones.....
Y traerían un puerquito asado, con su rabito tostado,
que se rompería como un caramelo... Y el pescado muy
grande con la salsa amarilla por encima, y las lechugas
y los rabanitos colorados. Y, luego, el arbolito de
Navidad, lleno de luces, de velitas azules, rosadas y
verdes y de bolas de cristal brillante, y muñequitos y
juguetes colgando de las ramitas del pino... ¡Ah!...
¡Pero entonces mamá estaba viva!... ¡Qué mamá!... ¡Mamá
sí que era alegre... más que un muchacho... era alegre
como la playa... como la arena y el agua que siempre
juegan!... Mamá siempre jugaba con nosotros y el
arbolito de navidad la ponía contenta, contenta... que
se sentaba en el suelo y le daba vueltas y hacía pasar
aprisa los juguetes... y los muñecos, con los brazos
abiertos, parecía que pedían auxilio de tan aprisa que
mamá los hacía dar vueltas... ¡Mamá era muy bonita, pero
tenía cosas de muchacho, de muchacho varón, como yo...!
Y al niño, al calor
de los recuerdos maternales, se le fue iluminando la
cara con una alegría triste, con una tristeza sonreída,
que acabó por sacar al padre de su melancólica
abstracción.
—¿En qué piensas? —le
preguntó.
—¡En mamá... la
pobrecita mamá! Si ella estuviera aquí tú estarías
alegre y mañana habría fiesta y cenaríamos con el
arbolito que ella preparaba todos los años... ¿Te
acuerdas el del año pasado qué bonito fue?
—Sí, me acuerdo, como
no... Pero este año, aunque estuviera mamá, no habría
fiesta... Ya yo no tengo nada... yo no tengo trabajo...
Todavía no sé si comeremos algo siquiera... ¡Es mejor
que se haya muerto, la pobre!...
—¡Eh!... ¿Cómo no iba
a haber nada?... ¡Mamá nunca estaba triste, como tú!...
Tú no debieras estar triste, callado ahí en el sillón,
que das miedo de hablar... Si mamá viviera no estaría
triste ahora, como tú... ¿Por qué no te ríes?... También
tú antes jugabas con nosotros y con ella, cuando nos
tirábamos todos en la cama, ¿te acuerdas?...
Al padre casi se le
escapa un sollozo por los recuerdos cariñosos del niño y
le dice muy serio, tratando de ser sereno, casi
infantil:
—Mira, tú eres un
niño todavía... Tú no puedes comprender ciertas cosas...
Yo estoy triste por muchas cosas... Precisamente porque
mamá era tan alegre yo estoy triste... ¿no
comprendes?... Además, yo estoy sin trabajo... no tengo
dinero... y me da vergüenza pedir prestado cuando sé que
no lo voy a poder pagar en mucho tiempo... Y me da pena
no poder hacer una cena alegre y bonita mañana y
regalarles cosas a ti y a tu hermanita...
El niño se quedó un
rato pensativo y después, sin parar, rompió a hablar,
rápido y contento:
—Eh, bobo, no estés
triste... Nosotros nada más que lo estamos porque lo
estás tú... ¡Claro! Si tú estás serio y callado y no
juegas ni nada, pues a nosotros nos da [tristeza] y nos
ponemos a pensar en cosas. Pero mira, si no hace falta
cenar ni nada, porque total, a Lila, como no hay
juguetes, pues le entra sueño enseguida...
Y tomando una actitud
cómicamente seria, prosiguió:
—...Y ya yo soy un
hombre que ni necesita juguetes ni le hace falta
cenar... Lo que no se debe es estar triste... Una vez
que yo vine llorando del colegio, porque me habían dado
una nota mala, mamá me dijo que “no era una esperanza,
sino una obligación, ser feliz, estar alegre”. ¿Tú no te
acuerdas cómo ella siempre lo decía?...
El padre, conmovido,
acarició la cabeza del hijo a quien la vida,
prematuramente transformaba en hombre, y aunque pensaba
en que Lila era muy pequeña aún para exigirle cualquier
sacrificio, una luminosa esperanza comenzaba a abrírsele
en el pecho, lleno de orgullo por el hijo alegre por el
buen recuerdo de la mamá muerta... Algo como una
inundación de alegría echaba a andar su antiguo jocundo
optimismo, y el hijo, como un sutil acompañante,
canturreaba una risueña canción infantil...
De pronto dijo:
—Ven, vamos a la
calle, vamos a pasear.
Y aunque la noche
estaba fresca y un viento de burla se llevaba los
sombreros, se fueron para la calle, a pasear, a mirar la
animación de todo, a contemplar los juguetes y los
dulces y las frutas... a ponerse alegres con la alegría
de los demás... ¡a recordar los recuerdos alegres y
dichosos de la otra Navidad!...
Un hombre pasó con
una canasta de manzanas que parecía una pirámide de
rosas: otro, en un carrito, hacía humear las tibias
castañas, y en un puestecito de cristales, tres
lechoncitos con muecas burlonas, como si no les doliera,
se dejaban picar en sabrosos pedazos... ¡De todo había
por las calles!
Un pobre pasó
ofreciendo mil pesos en un pedacito de billete...
Al chiquillo se le
abrieron los ojos:
—¡Oye, papá, mil
pesos... mil pesos...! ¡Oye, con eso sí que tendríamos
cosas!... ¿Qué tú harías si tuvieras mil pesos?
—¿Con mil pesos?...
Pues mira tú, mañana tendríamos la gran cena...
Compraríamos un lechoncito, y un pavo, y turrones y
frutas, dátiles, higos, almendras, dulces, membrillos,
un arbolito con juguetes y luces... la mar de cosas,
muchacho, y todavía sobraban muchísimos pesos... Mil
pesos son muchos pesos... Bueno... ¿y tú?... ¿Tú qué
harías si tuvieras mil pesos?...
—¿Con mil pesos?...
¡Muchísimas cosas!... Mira tú, yo también haría todas
esas compras, pero como nos iba a sobrar mucho dinero,
pues me compraba una finquita y allí iba a tener
lechones, y pavos, y gallinas... Y en un río que pasara,
muchísimos pescados y patos y un bote... ¡Ah, y una
vaquita con su ternero, y un chivito, y caballos también
y bastantes perros!... Y tendría sembradas lechugas y
rabanitos y de todo, y así, cuando llegara todos los
años la Nochebuena, pues tendríamos siempre con qué
celebrarla... Y habría allí pájaros de verdad y no de
cuerda y pinos verdes para los arbolitos... ¡De todo
habría! Y ni juguetes harían falta porque cuando
vivíamos en el campo con Tribilín, el carrito y el
chivito Ramón, teníamos de sobra y muchas veces lo
llenábamos de guayabas... ¿Te acuerdas?
Y así, de imaginación
en imaginación el padre y el hijo fueron haciendo
fantásticos repartos del dinero que no tenían,
realizando viajes, comprando cosas y distribuyendo una
parte que siempre les sobraba... Y tan contentos se
habían ido poniendo que al llegar a la casa los dos
dijeron: “La Nochebuena que viene sí que va a ser
alegre”...
Pero una duda le vino
al padre en el último momento y se le puso sombrío el
rostro:
—¿Y Lila? ¿Qué le
decimos a Lila si mañana no hay nada, si no tenemos
cena?...
El muchacho se quedó
un momento pensativo y, luego, resuelto, aseguró:
—Yo le diré que había
que matar animalitos y que a mamá nunca le gustaba
eso... ¡Ella también se acuerda de mamá!...
Y, alegres, entraron
pensando en lo alegre que iba a ser la Nochebuena del
año que viene...
* Publicado por primera vez en Ahora
(La Habana), Sección Dominical, domingo 23 de diciembre
de 1934, p. 8. |