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Cuando Evo Morales afirmó que “por primera somos
presidente”, al ser el ganador de las elecciones en
Bolivia, refería cómo el indio por vez primera en
América Latina tomaba posesión efectiva de su país. Si,
como decía Martí, mientras no eche a andar el indio no
echará a andar la América Latina, el triunfo de Morales
es histórico en varias dimensiones: por ser el primero
que surge con una definida base social indígena y porque
se erige sobre una articulación popular de las más
sólidas en todo el espectro de la resistencia social en
América Latina. El ingreso de Bolivia al mapa político
de la integración latinoamericana, que protagonizan, con
sus diferencias, Cuba, Venezuela, Brasil, Argentina y
Paraguay, marca, por el papel tradicional que ha jugado
Bolivia para la política continental, un enorme avance
de la posibilidad de construir una América Latina a
imagen y semejanza de sí misma.
El intelectual cubano Fernando Martínez Heredia, autor
de una vasta obra ensayística sobre los problemas de la
liberación, las revoluciones, el marxismo y América
Latina, responde con urgencia al pedido de La
Jiribilla para analizar el escenario creado por el
triunfo electoral de Evo Morales y sus diversos
significados.
¿Qué papel
ha jugado Bolivia para la política norteamericana en
relación con América Latina en el siglo XX?
Ya en tiempos de la
Guerra del Pacífico (1879-1883), por la que Bolivia
perdió todo su litoral a manos de Chile, Estados Unidos
trataba de controlar la explotación de recursos
naturales de la región, en competencia con Gran Bretaña.
Avanzado el ciclo del estaño, la banca norteamericana
hizo empréstitos y adquirió acciones de las compañías
mineras, y la Standard Oil obtuvo una enorme concesión
sobre el petróleo del sudeste del país. Esa compañía y
la Shell británica estuvieron detrás de la terrible
guerra por el Chaco, entre Bolivia y Paraguay, que costó
a ambos países 90 000 muertos entre 1932-35. Críticos
norteamericanos de la expansión imperialista de su país
habían estudiado tres casos seleccionados, a fines de
los años 20: Cuba, República Dominicana y Bolivia. Esta
última investigación, de Margaret A. Marsh, se llamó
Our Bankers in Bolivia, y fue compañera de las obras
de Nearing y Freeman, Jenks, Dunn y Knight.
La historia posterior
de las injerencias y el saqueo yanquis en Bolivia
--sobre todo desde que esta potencia imperialista obtuvo
la supremacía en América Latina y el Caribe, respecto a
los otros centros capitalistas--, es más conocida. Pero
no se puede comprender ningún caso de dominación
neocolonial sin manejar la historia interna y los
problemas fundamentales del país neocolonizado. Y yo no
puedo abordar ese tema aquí. Llamo al menos la atención
sobre la compleja acumulación que puede contener un país
que es casi diez veces del tamaño de Cuba, pero sin
salida al mar y con menos población que esta isla.
Hace cuarenta siglos,
la civilización de Tiahuanaco era la más avanzada de
Sudamérica. La comunidad tipo ayllu sostenía una
gran población con gran diversidad agrícola y
alimenticia, y técnicas desarrolladas. Hace mil años
eran capaces de organizarse en gran escala. Pero hoy el
Estado boliviano rige a la población con mayor
proporción de pobreza de Sudamérica, y en 180 años de
existencia independiente no ha tenido más que algunos
momentos de institucionalidad, estado de derecho y
gobiernos representativos de la voluntad popular. Hace
450 años el país poseía la mayor ciudad de América
–Potosí--, basada en una explotación de la plata que no
tenía igual en el mundo; sólo en el siglo XIX pudo
Buenos Aires aspirar a ser un polo más atractivo y
predominar sobre el Alto Perú. Pero la mita convertida
en el instrumento de la más cruel expoliación, la
deculturación, explotación feroz y humillación
permanente de la antigua población autóctona –que sigue
siendo con sus descendientes la gran mayoría de la
población de Bolivia— crearon una sociedad monstruosa en
que un grupo minoritario que posee rasgos europeos
monopoliza el poder, las grandes empresas, el bienestar
material, la educación y las formas de vida a las que se
asigna valor.
Colonialismo, viejo y
nuevo, es el concepto que permite calificar esta
realidad y ese resultado histórico del despojo a todo un
pueblo de su cultura y de sus medios de vida, de sus
derechos y sus valores. Capitalismo es el sistema
mundial que creó esta monstruosidad, como ha creado
tantas otras a lo largo y ancho del planeta, en aras de
la ganancia y del poder.
¿Qué factores han
hecho posible la elección de Evo Morales como presidente
de Bolivia, por tan amplio margen?
El crecimiento
acelerado de la combatividad y la movilización populares
durante los últimos cinco años, que han aportado
experiencias y cada vez más conciencia y autovaloración
a enormes sectores del pueblo. La conversión de las
identidades autóctonas –que nunca dejaron de existir--
en fuerza social popular, y en instrumentos de formación
de posiciones políticas y de exigencia de
reivindicaciones sociales opuestas al sistema de
dominación secular que ha tenido el país. Setenta años
de concientización y de actividades políticas que han
dado formas nacionales a las representaciones sociales y
arraigo en Bolivia prácticamente a todas las ideologías
y movimientos sociales y políticos de crítica o de
franca oposición a la dominación capitalista.
A la reunión de esos
tres factores se ha sumado el desgaste reciente de la
política económica de los gobiernos llamados
democráticos, y del sistema político en su conjunto,
después de más de veinte años de ejercicio. La cultura
política de los bolivianos --y de los latinoamericanos—
ha crecido a un grado descomunal respecto a la existente
hace una o dos generaciones, y ese es el gran logro que
estamos heredando de las luchas y los sacrificios
precedentes. Por eso el empobrecimiento del pueblo y el
entreguismo de los de arriba no es esta vez un episodio
más de una historia que se repite, y puede ser el
prólogo de una transformación profunda de la gente y del
país, es decir, de una revolución.
¿Qué reacción se
puede esperar del gobierno de EEUU ante la victoria
electoral de esta fuerza política?
Lo más probable es
una escalada de presiones sobre el nuevo gobierno, a
través de los medios y las instituciones que Estados
Unidos controla, para que modere cada vez más sus
propósitos, y permita la mediatización y el desgaste de
sus iniciativas y de las demandas populares. Es decir,
exigirle que sea “respetable”, para no perder
“legitimidad democrática” ni arriesgar la
“gobernabilidad”. Combinar esa estrategia con el
aprovechamiento de las diferencias internas, para tratar
de convertirlas en divisiones y en enfrentamientos
dentro del campo popular. En suma, debilitar y erosionar
el alcance y el contenido del gobierno popular, para
generar desconfianza y desilusión, conseguir si es
posible que se descalifique, y con el fracaso de esta
experiencia revertir el gran avance obtenido por el
pueblo boliviano, durante un período más o menos largo.
Esa estrategia parece
aún más lógica porque el imperialismo no cuenta con
cartas políticas de derecha o de centro en Bolivia para
una oposición eficaz. La victoria de Evo ha sido
aplastante, eliminando el espacio para los rejuegos
legislativos y los acuerdos obligados para lograr formar
gobierno, con sus consecuentes ataduras por compromisos
y por cuotas de poder. Los partidos del sistema se
agotaron durante décadas en los más variados pactos
polítiqueros, y practicaron la represión, la imposición
del neoliberalismo y la corrupción, sin ningún recato.
La masa en la calle desde el 2003 les anunció su
quiebra.
Sin embargo, no es
sano confiar demasiado en la lógica. La prepotencia ha
sido un componente histórico del comportamiento político
imperialista en casos como estos. La “misión”, el
antintelectualismo y la agresividad como política no son
anécdotas sino estrategia del grupo dominante en la
política norteamericana actual. Y más fríamente, ellos
ven el mismo escenario que nosotros: la victoria de Evo
es un tremendo refuerzo a la posible formación de un
frente de Estados latinoamericanos autonomizados del
control norteamericano, y es un hecho que alienta a todo
el campo rebelde a la dominación en el continente, y
estimula a los revolucionarios. Frente a esa realidad,
habría que estar atentos a la contraofensiva yanqui, y a
los medios y momentos que ella estime apropiados.
Por otra parte, el
racismo y los hábitos de mando de los que han dominado
en Bolivia, el odio que mueve a la violencia extrema a
los que sienten el temor de perder su poder, sus
privilegios y su pretendida superioridad a manos de los
humildes, ha sido siempre un factor importante en todos
los grandes procesos de cambios de una sociedad. Cuánto
pesen estos socios menores del imperialismo, pero que
son los que están sobre el terreno, pondrá también la
impronta de lo contingente, que es tan relevante en
todos los eventos históricos.
¿Qué significado
le atribuye al papel que puede jugar Bolivia en el nuevo
mapa de relaciones políticas de América Latina?
Ya empecé a
contestar esta pregunta en la respuesta anterior.
Agregaría algunos puntos a desarrollar. Un territorio
muy estratégico para el avance de una integración
económica sudamericana, que puede encontrar ayuda para
su viabilidad desde una formación económica débil y
mediterránea, y a la vez brindar una ayuda valiosa a la
conexión entre Venezuela, Brasil, Argentina y Uruguay, y
también con Paraguay, Perú y Chile, si avanza más la
integración; un país que cuenta con inmensas reservas de
gas, y que podría aprovechar más otros recursos suyos, e
intercambiar con ellos. Un gobierno popular que tiene
vocación y necesidad de aliarse con otros gobiernos
populares, para multiplicar sus fuerzas y fortalecer su
posición
Ideológica. Un campo
de prueba para las relaciones entre sociedad civil y
poder, entre un sistema político de predominio popular y
los movimientos sociales, en un país en que estos
últimos han sido la vanguardia de las protestas y el
cambio en la correlación de fuerzas. “Mandar obedeciendo
al pueblo”, ha recordado Evo, él mismo un hombre nacido
para vegetar en la miseria, que se formó en un
movimiento de lucha de gente humilde trabajadora. Bien,
obedeciendo, pero teniendo el gobierno y construyendo un
poder desde el gobierno, es decir, teniendo modos de
mandar.
Un líder aymara que
preside una nación latinoamericana significa una
victoria extraordinaria de los pueblos originarios, once
años después del alzamiento zapatista, en una época en
que estas identidades se han afirmado a lo largo del
continente y han generado organizaciones, conciencia y
presencia cívica, y han producido experiencias muy
notables, como es el caso de Ecuador. Esto fortalece y
concreta las nuevas formas de hacer política –con nuevos
contingentes de participantes--, tan necesarias para que
sea posible la liberación de las dominaciones, y el
potencial de vínculos internacionalistas diversificados,
que es indispensable. También enriquece el campo
cultural de la liberación, con ideas que deberán formar
parte de los nuevos proyectos socialistas. Ver, por
ejemplo, los Principios ideológicos acordados por el
Congreso del MAS en Cochabamba, hace cuatro años, y los
veintiún principios enunciados en el Congreso de Oruro,
en el 2003. No se trata meramente de un nuevo lenguaje,
se trata de nuevos contenidos –como el equilibro con la
naturaleza o el rechazo de los principios de la economía
occidental--, que se han venido enunciando por
movimientos indígenas, y que ahora deberán concurrir a
la creación de una nueva sociedad en Bolivia.
Bolivia puede llegar
a ser, en el desarrollo de un nuevo mapa político
latinoamericano y caribeño, otra experiencia y creación
cultural socialista del siglo XXI, como puede llegar a
serlo la revolución bolivariana. Son indicadores de que
este continente puede aportar –frente al riesgo mortal
que corre la humanidad—alternativas que concurran a la
superación del capitalismo.
¿Echará, por fin,
a andar el indio en Nuestra América, como quería Martí?
Lo que Martí
pensó del “indio”, y del echar a andar que le pedía,
sólo puede ser comprendido como un aspecto de su
concepción de nuestra América y de la necesidad del
cambio social revolucionario. A mi juicio,
Martí toma la especificidad de la América Latina y el
anticolonialismo como sus puntos de partida e
instrumentos intelectuales, inicia los análisis críticos
de la modernidad desde el mundo colonial y el
anticolonialismo, y hace una propuesta singular de
superación del colonialismo mediante procesos de
liberación que instituyan individuos más libres y
capaces, constructores de sociedades liberadas con
Estados nacionales, creaciones de ciudadanía y justicia
social. Por eso Martí es tan actual, y su propuesta no
ha sido superada todavía.
Más de
un siglo después, la región ha recorrido un prolongado
camino de modernizaciones bajo el capitalismo y el
neocolonialismo, que ha terminado por depauperar sus
sociedades y dejarla sin salida dentro de ese sistema.
Pero también ha sido un largo camino de acumulación
cultural favorable a un planteo muy superior de
liberación para las personas, los grupos sociales y las
naciones. Las vanguardias actuales de los pueblos
autóctonos hablan, en sus propios lenguajes, de
revolución, una revolución que acabe con el sistema de
dominación que se los niega todo, y que transforme las
relaciones entre las personas, y de ellas con la
naturaleza. Eso es una maravilla, porque están
proponiendo el único proyecto viable, no para ellos,
sino para todo el pueblo, y participando como
protagonistas en su puesta en práctica. |