|
A lo
largo de la última década del siglo pasado Pedro Abascal
(La Habana, 1960) acumuló las evidencias suficientes
como para poder ser considerado como uno de los
fotógrafos de mayor singularidad y consistencia estética
en el contexto de la plástica cubano. El 25 de octubre
de 2003 inauguró la exposición Documentos personales
en la Fototeca de Cuba, que en esa misma oportunidad fue
presentada en forma de libro.
Documentos personales,
a mi juicio, dejaba definitivamente establecido el lugar
propio que Abascal tiene en nuestra fotografía
artística. Alejado de todo artificio y dispuesto de
manera constante a dejarse sorprender por los resortes
impensables de la cotidianidad, es un transeúnte
empedernido que no se cansa de buscar a La Habana entre
los espejos de su propio laberinto multisecular.
Cualquier mirada atenta a la exposición y libro del 2003
podría colegir que el noble forcejeo entre Abascal y su
ciudad no se iba a quedar en ese tramo del camino. Hay
por lo menos dos razones poderosas para ello. La Habana
es una y mil ciudades a la vez, y la vida entera de un
ser humano es muy fugaz para poder desentrañar todas sus
aristas y el artista mantiene su hambre inapagable de
llegar al más pleno conocimiento de sí mismo, a partir
de la imagen que le devuelven el resto de los
transeúntes de la urbe.
No es
casualidad entonces que dos años después el fotógrafo se
haya decidido a mostrarnos Nuevos Documentos. Una
exposición que fue inaugurada el pasado 16 de diciembre
en el Hostal Conde de Villanueva, enclavado en una de
las esquinas del cruce de las calles Lamparilla y
Mercaderes, en plena Habana Vieja.
Estas
fotos son parientes legítimas de las que ya conocíamos
y en ellas también Abascal se demuestra domador de las
luces y las sombras que nos pueblan. Y como es natural,
marcan la diferencia. Prueban que reiterando la andanza
por las mismas calles, el ojo y los sentimientos que lo
animan pueden ver de manera diferente o necesitan acaso
un segmento y no la totalidad del ambiente. Las fotos de
Nuevos documentos la mayoría de las veces no
persigue revelar grandes espacios. Más bien incidir
sobre un fragmento que funcione como metáfora de lo
demás.
|
 |
Un
barbero afeitando en plena acera, como si estuviera en
la intimidad de un salón. Una especie de mural con el
transeúnte a pie de calle, el constructor sobre el
andamio y los niños siempre en lo más alto, en la
realidad de su balcón. Toda la luz y la ciudad en el
espejo retrovisor. El juego de imágenes en los cristales
en la cobija repetida de José Martí. La mirada buscadora
del niño y el hombre mayor que cree estar seguro de su
derrotero. Y en la transparencia del vidrio, la imagen
misma del artista, con el vivo telón de fondo de la
gente...
|
 |
Son solo
algunos de los acercamientos a La Habana que muestra
Pedro Abascal en sus Nuevos documentos. Tal vez
los que en una primera ojeada llamaron más mi atención.
Tendré que volver por el Hostal Conde de Villanueva, y
usted, mi lector posible, si por estos días tiene la
suerte de andar por esta ciudad, que Gastón Baquero
llamó buena para el hombre, acérquese también, porque
como he expresado otras veces en el goce de la
fotografía de este creador, uno también puede conocerse
más a sí mismo. |