Año IV
La Habana

24
- 30 de DICIEMBRE
de
2005

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Abascal en su laberinto
Bladimir Zamora Céspedes La Habana
 

A lo largo de la última década del siglo pasado Pedro Abascal (La Habana, 1960) acumuló las evidencias suficientes como para poder ser considerado como uno de los fotógrafos de mayor singularidad y consistencia estética en el contexto de la plástica cubano. El 25 de octubre de 2003 inauguró la exposición Documentos personales en la Fototeca de Cuba, que en esa misma oportunidad fue presentada en forma de libro.

Documentos personales, a mi juicio, dejaba definitivamente establecido el lugar propio que Abascal tiene en nuestra fotografía artística. Alejado de todo artificio y dispuesto de manera constante a dejarse sorprender por los resortes impensables de la cotidianidad, es un transeúnte empedernido que no se cansa de buscar a La Habana entre los espejos de su propio laberinto multisecular.

Cualquier mirada atenta a la exposición y libro del 2003 podría colegir que el noble forcejeo entre Abascal y su ciudad no se iba a quedar en ese tramo del camino. Hay por lo menos dos razones poderosas para ello. La Habana es una y mil ciudades a la vez, y la vida entera de un ser humano es muy fugaz para poder desentrañar todas sus aristas y el artista mantiene su hambre inapagable de llegar al más pleno conocimiento de sí mismo, a partir de la imagen que le devuelven el resto de los transeúntes de la urbe.

No es casualidad entonces que dos años después el fotógrafo se haya decidido a mostrarnos Nuevos Documentos. Una exposición que fue inaugurada el pasado 16 de diciembre en el Hostal Conde de Villanueva, enclavado en una de las esquinas del cruce de las calles Lamparilla y Mercaderes, en plena Habana Vieja.

Estas fotos son parientes legítimas de las que ya conocíamos y  en ellas también Abascal  se demuestra domador de las luces y las sombras que nos pueblan. Y como es natural, marcan la diferencia. Prueban que reiterando la andanza por las mismas calles,  el ojo y los sentimientos que lo animan pueden ver de manera diferente o necesitan acaso un segmento y no la totalidad del ambiente. Las fotos de Nuevos documentos la mayoría de las veces no persigue revelar grandes espacios. Más  bien incidir sobre un fragmento que funcione como metáfora de lo demás.

Un barbero afeitando en plena acera, como si estuviera en la intimidad de un salón. Una especie de mural con el transeúnte a pie de calle, el constructor sobre el andamio y los niños siempre en lo más alto, en la realidad de su balcón. Toda la luz y la ciudad en el espejo retrovisor. El juego de imágenes en los cristales en la cobija repetida de José Martí. La mirada buscadora del niño y el hombre mayor que cree estar seguro de su derrotero. Y en la transparencia del vidrio, la imagen misma del artista, con el vivo telón de fondo de la gente...

Son solo algunos de los acercamientos a La Habana que muestra Pedro Abascal en sus Nuevos documentos. Tal vez los que en una primera ojeada llamaron más mi atención. Tendré que volver por el Hostal Conde de Villanueva, y usted, mi lector posible, si por estos días tiene la suerte de andar por esta ciudad, que Gastón Baquero llamó buena para el hombre, acérquese también, porque como he expresado otras veces en el goce de la fotografía de  este creador, uno también puede conocerse más a sí mismo.

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