Año IV
La Habana

24
- 30 de DICIEMBRE
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2005

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El regreso del Amauta
Pedro de la Hoz La Habana


Cuando en la noche del domingo 18 de diciembre del 2005 se hizo evidente que de manera abrumadora Evo Morales había arrasado en las elecciones y no requería la deliberación del Congreso para ser investido como presidente de Bolivia, no pude sustraerme a la evocación de uno de esos latinoamericanos esenciales, cuya memoria debe ser tomada en cuenta en las circunstancias del proceso político que vive la nación andina: el peruano José Carlos Mariátegui.

En la teoría y la práctica revolucionaria de América Latina, la contribución de Mariátegui no debe ser olvidada. Fue quien de manera más profunda y orgánica planteó por primera vez, desde una perspectiva marxista, el problema del indio en la región y las vías de solución para su emancipación social.

Nacido en 1894 en Moquegua, prematuramente fallecido en 1930, sorprende su temprana madurez para el análisis de las coordenadas socioeconómicas de su país, su visión de las fallas estructurales del sistema imperante, su apropiación creadora del legado marxista y su incesante vocación revolucionaria desplegada en pocos años de vida, más si se considera que el último sexenio de su existencia transcurrió en una penosa situación de invalidez debido a un accidente sufrido en 1924.

El presidente Augusto Bernardino Leguía lo exilió a Italia. Era Mariátegui un tipo incómodo y había que mantenerlo fuera. Pero no podía saber que en ese periplo por el continente europeo conocería al pensador y luchador italiano Antonio Gramsci, con quien formó una unidad dual necesaria para entender las bases del socialismo indispensable para este siglo XXI.

Al fundar en 1926 la revista Amauta —maestro, guía en quechua, apelativo que él mismo merecería—, Mariátegui puso una piedra esencial en el ejercicio del pensamiento marxista latinoamericano.

Al romper con el populismo imperante como corriente ideológica fundamental en su época, fundó un partido marxista-leninista, del cual fue elegido secretario general, aunque, con posterioridad, su rechazo a la ortodoxia estalinista le llevaron al distanciamiento y la crítica de la Internacional Comunista.

Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928) es, seguramente, su obra de mayor calado. Allí abordó el problema del indio con una lucidez de sorprendente vigencia: “Cualquier intento de resolverla con medidas de administración o policía, con métodos de enseñanza o con obras de vialidad, constituye un trabajo superficial o adjetivo, mientras subsista la feudalidad de los gamonales (latifundistas).”

Y en su ensayo sobre el problema de la raza, escribió: “Únicamente la lucha de los indios, proletarios y campesinos, en estrecha alianza con el proletariado mestizo y blanco contra el régimen feudal y capitalista, pueden permitir el libre desenvolvimiento de las características raciales indias (y especialmente de las instituciones de tendencias colectivistas) y podrá crear la ligazón entre los indios de diferentes países, por encima de las fronteras actuales que dividen antiguas entidades raciales, conduciéndolas a la autonomía política de su raza”.

En la perspectiva de Evo Morales todo parece apuntar hacia la particularidad de la ciudadanía y no de la etnia como factor integrador y movilizador de los cambios sociales que necesita Bolivia.

El Amauta está de nuevo en combate. No se trata de convertir al indio de ente marginal en ombligo del mundo, de sacralizar un etnocentrismo en detrimento de una exclusión étnica, sino de interpretar la realidad y transformarla desde una perspectiva integral.

Por eso sentí que el Amauta estaba regresando a la Historia.

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