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Cuando en la noche del domingo 18 de diciembre del 2005
se hizo evidente que de manera abrumadora Evo Morales
había arrasado en las elecciones y no requería la
deliberación del Congreso para ser investido como
presidente de Bolivia, no pude sustraerme a la evocación
de uno de esos latinoamericanos esenciales, cuya memoria
debe ser tomada en cuenta en las circunstancias del
proceso político que vive la nación andina: el peruano
José Carlos Mariátegui.
En la teoría y la práctica revolucionaria de América
Latina, la contribución de Mariátegui no debe ser
olvidada. Fue quien de manera más profunda y
orgánica planteó por primera vez, desde una
perspectiva marxista, el problema del indio en la
región y las vías de solución para su emancipación
social.
Nacido en 1894 en Moquegua, prematuramente fallecido en
1930, sorprende su temprana madurez para el análisis de
las coordenadas socioeconómicas de su país, su visión de
las fallas estructurales del sistema imperante, su
apropiación creadora del legado marxista y su incesante
vocación revolucionaria desplegada en pocos años de
vida, más si se considera que el último sexenio de su
existencia transcurrió en una penosa situación de
invalidez debido a un accidente sufrido en 1924.
El
presidente Augusto Bernardino Leguía lo exilió a Italia.
Era Mariátegui un tipo incómodo y había que mantenerlo
fuera. Pero no podía saber que en ese periplo por el
continente europeo conocería al pensador y luchador
italiano Antonio Gramsci, con quien formó una unidad
dual necesaria para entender las bases del socialismo
indispensable para este siglo XXI.
Al
fundar en 1926 la revista Amauta —maestro, guía
en quechua, apelativo que él mismo merecería—,
Mariátegui puso una piedra esencial en el ejercicio del
pensamiento marxista latinoamericano.
Al
romper con el populismo imperante como corriente
ideológica fundamental en su época, fundó un partido
marxista-leninista, del cual fue elegido secretario
general, aunque, con posterioridad, su rechazo a la
ortodoxia estalinista le llevaron al distanciamiento y
la crítica de la Internacional Comunista.
Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana
(1928) es, seguramente, su obra de mayor calado. Allí
abordó el problema del indio con una lucidez de
sorprendente vigencia: “Cualquier intento de resolverla
con medidas de administración o policía, con métodos de
enseñanza o con obras de vialidad, constituye un trabajo
superficial o adjetivo, mientras subsista la feudalidad
de los gamonales (latifundistas).”
Y
en su ensayo sobre el problema de la raza, escribió:
“Únicamente la lucha de los indios, proletarios y
campesinos, en estrecha alianza con el proletariado
mestizo y blanco contra el régimen feudal y capitalista,
pueden permitir el libre desenvolvimiento de las
características raciales indias (y especialmente de las
instituciones de tendencias colectivistas) y podrá crear
la ligazón entre los indios de diferentes países, por
encima de las fronteras actuales que dividen antiguas
entidades raciales, conduciéndolas a la autonomía
política de su raza”.
En
la perspectiva de Evo Morales todo parece apuntar hacia
la particularidad de la ciudadanía y no de la etnia como
factor integrador y movilizador de los cambios sociales
que necesita Bolivia.
El
Amauta está de nuevo en combate. No se trata de
convertir al indio de ente marginal en ombligo del
mundo, de sacralizar un etnocentrismo en detrimento de
una exclusión étnica, sino de interpretar la realidad y
transformarla desde una perspectiva integral.
Por eso sentí que el Amauta estaba regresando a la
Historia.
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