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Un domingo al centro de cada diciembre los creadores y
artistas jóvenes cubanos, que pertenecen a la secta
Asociación Hermanos Saíz (AHS), celebran su rito de amor
en los montes de San José de las Lajas. Desde muy
temprano en la mañana, vienen los conjurados con
guitarras y poemarios desde diversos rincones, como
imantados, hacia un montecito cercano a la carretera,
donde una gigantesca ceiba espera silenciosa. No es una
ceiba cualquiera —si alguna lo es—, esta tiene el
encanto especial de estar reseñada con especial acento
en una de las novelas capitales de la literatura cubana
La consagración de la primavera, de Alejo
Carpentier. Novela, a propósito, que merece una
relectura a la luz de estos días, pues, entre sus
filosóficos misterios, está el de moverse en los
escenarios de las grandes contiendas del siglo XX: la
Revolución Rusa de 1917, la Guerra Civil Española y la
Revolución Cubana como punto de confluencia de un mundo
nuevo donde el ser humano encuentra las posibilidades de
potenciar sus sueños. Siguiendo por el acote de
misterios, quizás obedeciendo a vivencias reales —o
quien quita que por anunciarnos algo—, el país desde el
cual se sigue la lucha de la Sierra Maestra, y por tanto
antesala de esa consagración de la primavera, es
Venezuela.
Pero nos espera
la ceiba, majestuosa en su monte, con una tarja que
recoge el profundo piropo que le hizo a ella Alejo
Carpentier. A un costado empieza a oler la gran olla
de caldosa; el público se acomoda a las sombras del
árbol, como esperando. En efecto, la sacerdotisa
principal de la ceremonia llega alrededor de las 11
de la mañana; guitarra en ristre observando su ceiba,
Teresita Fernández.
Tras las palabras de
bienvenida del poeta Jaime Gómez Tríana, se
desenfundaron las guitarras. Los trovadores Pedro
Beritan y Richard Gómez, ofrecieron sus canciones en
descarga desalmidonada. La AHS entregó su beca de
creación en investigaciones a Miriam Herrera y Mario
Castillo. Me tocó el turno junto a Bladimir Zamora, y
más que presentar la revista El Caimán Barbudo,
recordamos la vinculación de Teresita a los orígenes de
la publicación y aquel concierto en Bellas Artes,
“Teresita y nosotros” donde la nueva trova tuvo su
estreno en público. Motivada por el diálogo, la hereje
mayor, nos puso a soñar y a pensar en el sentido de la
vida. Como si la ceiba hablara por su boca, Teresita nos
conectó con la ética humanista martiana, donde la
naturaleza y el amor al prójimo se convierten en energía
para el crecimiento espiritual; su charla dio paso a sus
antológicas canciones como “El gatico Vinagrito” y otras
menos conocidas como la primera que compusiera, donde le
cuenta a la madre del amor a su guitarra.
El narrador Lucas
Nápoles, del proyecto “Te cuento” entabló con el público
una especie de juego participativo, que dejó listo el
escenario natural para su plena orgía.
El trovador Eduardo
Sosa retomó a nuestro José Martí, con versos que eran
como un llamado a nuestros mejores fantasmas, esos que
están en la esencia de nuestra creación común:
Verso, nos hablan de
un dios
Adonde van los difuntos,
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos.
Luego soneó con ese
sabor de las tierras orientales, cantándole a su natal
Contramaestre, desde el más auténtico trino. En el
clímax de tanto vuelo poético, invitó a Héctor Gutiérrez
y Aramís Padilla, dos de nuestros mejores repentistas, y
dándole a su guitarrear el punto guajiro, propició una
de las más auténticas controversias del guateque cubano.
La poesía parecía brotar de las historias que contaba la
ceiba, el sentido de la obra de don Alejo, de las
canciones de Teresita, de los trovadores que habían
pasado por sus raíces, convergieron en una especie de
juramento de amor, de identidad, de búsqueda altruista
en pos del mejoramiento humano, de la justicia plena, de
la libertad.
Para que el rito se
completara la sacerdotisa mayor convocó a una ronda en
torno a la ceiba de Alejo, el árbol de la vida, y todos
los presentes, tomados de las manos, con la pureza de la
niñez a cuestas, lanzamos al tiempo el juramento de la
cofradía:
Dame la mano y
danzaremos
dame la mano y me amarás
como una sola flor seremos
como una flor y nada más.
Te llamas Rosa y yo
Esperanza
pero tu nombre olvidarás
porque seremos en la danza
como una flor y mucho más.
Y
pensaba que el guajiro cubano, al llamar “madre de todos
los árboles” a la ceiba debía acaso a su ancestral
sabiduría la noción de que con ello identificaba a la
Mujer y el Árbol, alcanzando la esencia primordial de
todas las religiones, donde Tierra y Madre —con cifras
de tronco y retoño— son la ecuación significante de toda
proliferación. Hay un mito del Árbol de la Vida,
Árbol-centro-del-mundo, Árbol-del-Saber,
Árbol-del-Ascenso, Árbol-Solar, según las viejas
cosmogonías caribes. Y es aquí y no fuera —advierto yo—
donde la tierra tiene un vocabulario que en alientos me
llega, donde el agua de una cañada cercana acaba de
devolverme una identidad olvidada, donde los espartos
que estrujo entre los dedos me cuentan mi infancia; es
aquí donde tengo, por primera vez, la impresión de
formar parte de algo, de algo que vengo buscando desde
hace años. Y me doy cuenta de que necesité de un largo
periplo, de una suerte de viaje iniciado colmado de
pruebas y de riesgos, para hallar la más sencilla verdad
de lo universal, lo propio, lo mío y lo de todos
—entendiéndome a mí mismo— al pie de una ceiba solitaria
que antes de mi nacimiento estaba y está siempre, en un
lugar más bien árido y despoblado, entre los Cuatro
Caminos —¿premonición?— y las canteras de Camoa, a la
izquierda, subiendo por el antiguo camino de Güines,
Árbol-de-la-Necesidad-Interna. Tellus Mater, que empieza
verdaderamente a hablarme aquí, fuera del Camino de
Santiago, del Camino de Roma, del Camino de Lutecia,
cerca de un estanque de aguas dormidas donde, al
atardecer, el grito lúgubre de algún pavo real se mezcla
con el pululante croar de las ranas-toros subidas, para
afinar su coral nocturno, en anchas hojas flotantes. Hay
aquí un Árbol-centro- del- Mundo, que abre para mí la
boca de sus cortezas, a la izquierda del camino de
Güines, donde me parece que empiezo a dar con la razón
de ser de mí mismo. |