Año IV
La Habana

24 - 30 de DICIEMBRE
de
2005

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La ceiba de don Alejo, el rito de los herejes
Abel Díaz La Habana


Un domingo al centro de cada diciembre los creadores y artistas jóvenes cubanos, que pertenecen a la secta Asociación Hermanos Saíz (AHS), celebran su rito de amor en los montes de San José de las Lajas. Desde muy temprano en la mañana, vienen los conjurados con guitarras y poemarios desde diversos rincones, como imantados, hacia un montecito cercano a la carretera, donde una gigantesca ceiba espera silenciosa. No es una ceiba cualquiera  —si alguna lo es—, esta tiene el encanto especial de estar reseñada con especial acento en una de las novelas capitales de la literatura cubana La consagración de la primavera, de Alejo Carpentier. Novela, a propósito, que merece una relectura a la luz de estos días, pues, entre sus filosóficos misterios, está el de moverse en los escenarios de las grandes contiendas del siglo XX: la Revolución Rusa de 1917, la Guerra Civil Española y la Revolución Cubana como punto de confluencia de un mundo nuevo donde el ser humano encuentra las posibilidades de potenciar sus sueños. Siguiendo por el acote de misterios, quizás obedeciendo a vivencias reales —o quien quita que por anunciarnos algo—,  el país desde el cual se sigue la lucha de la Sierra Maestra, y por tanto antesala de esa consagración de la primavera, es Venezuela.

Pero nos espera la ceiba, majestuosa en su monte, con una tarja que recoge el profundo piropo que le hizo a ella Alejo Carpentier. A un costado empieza a oler la gran olla de caldosa; el público se acomoda a las sombras del árbol, como esperando. En efecto, la sacerdotisa principal de la ceremonia llega alrededor de las 11 de la mañana; guitarra en ristre observando su ceiba, Teresita Fernández.

Tras las palabras de bienvenida del poeta Jaime Gómez Tríana, se desenfundaron las guitarras. Los trovadores Pedro Beritan y Richard Gómez, ofrecieron sus canciones en descarga desalmidonada. La AHS entregó su beca de creación en investigaciones a Miriam Herrera y Mario Castillo. Me tocó el turno junto a Bladimir Zamora, y más que presentar la revista El Caimán Barbudo, recordamos la vinculación de Teresita a los orígenes de la publicación y aquel concierto en Bellas Artes, “Teresita y nosotros” donde la nueva trova tuvo su estreno en público. Motivada por el diálogo, la hereje mayor, nos puso a soñar y a pensar en el sentido de la vida. Como si la ceiba hablara por su boca, Teresita nos conectó con la ética humanista martiana, donde la naturaleza y el amor al prójimo se convierten en energía para el crecimiento espiritual; su charla dio paso a sus antológicas canciones como “El gatico Vinagrito” y otras menos conocidas como la primera que compusiera, donde le cuenta a la madre del amor a su guitarra.  

El narrador Lucas Nápoles, del proyecto “Te cuento” entabló con el público una especie de juego participativo, que dejó listo el escenario natural para su plena orgía.      

El trovador Eduardo Sosa retomó a nuestro José Martí, con versos que eran como un llamado a nuestros mejores fantasmas, esos que están en la esencia de nuestra creación común:

Verso, nos hablan de un dios
Adonde van los difuntos,
Verso, o nos condenan juntos,
O nos salvamos los dos.

Luego soneó con ese sabor de las tierras orientales, cantándole a su natal Contramaestre, desde el más auténtico trino. En el clímax de tanto vuelo poético, invitó a Héctor Gutiérrez y Aramís Padilla, dos de nuestros mejores repentistas, y dándole a su guitarrear el punto guajiro, propició una de las más auténticas controversias del guateque cubano. La poesía parecía brotar de las historias que contaba la ceiba, el sentido de la obra de don Alejo, de las canciones de Teresita, de los trovadores que habían pasado por sus raíces, convergieron en una especie de juramento de amor, de identidad, de búsqueda altruista en pos del mejoramiento humano, de la justicia plena, de la libertad.

Para que el rito se completara la sacerdotisa mayor convocó a una ronda en torno a la ceiba de Alejo, el árbol de la vida, y todos los presentes, tomados de las manos, con la pureza de la niñez a cuestas, lanzamos al tiempo el juramento de la cofradía:

Dame la mano y danzaremos
dame la mano y me amarás
como una sola flor seremos
como una flor y nada más.

Te llamas Rosa y yo Esperanza
pero tu nombre olvidarás
porque seremos en la danza
como una flor y mucho más.

Y pensaba que el guajiro cubano, al llamar “madre de todos los árboles” a la ceiba debía acaso a su ancestral sabiduría la noción de que con ello identificaba a la Mujer y el Árbol, alcanzando la esencia primordial de todas las religiones, donde Tierra y Madre —con cifras de tronco y retoño— son la ecuación significante de toda proliferación. Hay un mito del Árbol de la Vida, Árbol-centro-del-mundo, Árbol-del-Saber, Árbol-del-Ascenso, Árbol-Solar, según las viejas cosmogonías caribes. Y es aquí y no fuera —advierto yo— donde la tierra tiene un vocabulario que en alientos me llega, donde el agua de una cañada cercana acaba de devolverme una identidad olvidada, donde los espartos que estrujo entre los dedos me cuentan mi infancia; es aquí donde tengo, por primera vez, la impresión de formar parte de algo, de algo que vengo buscando desde hace años. Y me doy cuenta de que necesité de un largo periplo, de una suerte de viaje iniciado colmado de pruebas y de riesgos, para hallar la más sencilla verdad de lo universal, lo propio, lo mío y lo de todos —entendiéndome a mí mismo— al pie de una ceiba solitaria que antes de mi nacimiento estaba y está siempre, en un lugar más bien árido y despoblado, entre los Cuatro Caminos —¿premonición?— y las canteras de Camoa, a la izquierda, subiendo por el antiguo camino de Güines, Árbol-de-la-Necesidad-Interna. Tellus Mater, que empieza verdaderamente a hablarme aquí, fuera del Camino de Santiago, del Camino de Roma, del Camino de Lutecia, cerca de un estanque de aguas dormidas donde, al atardecer, el grito lúgubre de algún pavo real se mezcla con el pululante croar de las ranas-toros subidas, para afinar su coral nocturno, en anchas hojas flotantes. Hay aquí un Árbol-centro- del- Mundo, que abre para mí la boca de sus cortezas, a la izquierda del camino de Güines, donde me parece que empiezo a dar con la razón de ser de mí mismo.  

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