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Desde la conquista europea se pretendió que los pueblos
indios negaran su historia y distorsionaran su práctica.
Los dominadores impusieron modelos sociales que
legitimaron su poder, obligando a los autóctonos a
sobrevivir en las selvas, sierras y desiertos, o en su
caso utilizándolos como fuerza de trabajo de minas,
haciendas y plantaciones.
En algunos casos
la ocupación europea llevó al exterminio de la
población, como sucedió en ciertas latitudes del
Caribe antillano y del Uruguay. En el caso de
México, a la llegada de los peninsulares la
población sería de entre 25 a 30 millones. A solo 60
años de la conquista, el número de naturales se
redujo a tan solo 3 millones. (1)
En otras regiones, el
genocidio se combinó con el etnocidio (2) en el que sin
matar los cuerpos, se controló la conciencia de los
dominados.
Fue así como, ante la
magnificencia de 1 500 años de producción científica,
cultural y socioeconómica, los centros urbano-religiosos
fueron destruidos, los códices incinerados, la
estructura social desaparecida, el modelo de producción
readecuado y su fuerte religiosidad convertida en
sacrilegio.
Patrón “útil” de
aculturación lo constituyó la palabra “indio” con la que
fueron “bautizadas” más de mil culturas, encajonando de
la misma forma a pueblos que se diferenciaban en sus
contenidos y expresiones. Mayas, chibchas, caribes,
quechuas, aymaras, quichés, etcétera, fueron integrados
a una sola identidad, la de ser indios... sin
serlo.
Sin embargo, no
obstante el permanente asedio del que fueron víctimas,
las poblaciones indias, contra todo y contra todos,
lograron sobrevivir, las más de las veces por sus luchas
de resistencia o por haberse mantenido en el
ocultamiento, conservando algunos de sus principales
rasgos culturales dentro de los que sobresalen su lengua
y diversos aspectos de su organización socioeconómica,
algunos de ellos en la actualidad representan auténticos
modelos alternativos para alcanzar un mundo mejor. ¿Qué
decir, por ejemplo, del conuco indígena desarrollado
milenariamente por las culturas amazónicas y del que
reiteradamente los científicos han reconocido sus
virtudes en el equilibrio de las regiones selváticas?
Hoy nos encontramos
en un nuevo momento del movimiento indio
latinoamericano, en el que, bajo la antigua tradición
libertaria de Canek, Jerónimo, Tupaj Katari, Emiliano
Zapata y de tantos otros, los indios mexicanos, (los
zapatistas) le están planteando al mundo la crisis de
modelos sociales que se presumen “postmodernos” pero que
no son sino avasalladores del medio que les rodea,
colocándose los pueblos indios con sus tradiciones y
aportaciones como una opción para un mundo equitativo.
El indígena no es
solo, ni fundamentalmente, digamos una vivencia material
objetiva, sino también una postura, una definición, una
fuerza libertaria. Es la convicción de que nuestras
raíces son ecológicamente equilibradas, económicamente
igualitarias, políticamente solidarias, con una
cosmovisión sobre la familia, la salud, la vivienda, el
amor y la amistad fundada y sostenida en un
cooperativismo a toda prueba y en un constante refrendar
de lo humano que es capaz y con el cosmos.
La irrupción indígena
del sureste mexicano no representa un grito desesperado
de algún núcleo indio en particular, constituye más bien
el afianzamiento de una nueva conciencia étnica que
expresa la voz de más de cincuenta millones de “indios
latinoamericanos” que reconocen que sus derechos se
encuentran pendientes. De esta manera a más de
quinientos años de su negación “lo indio” ha adquirido
en el rostro de los zapatistas mexicanos, una nueva
expresión de la época de cambio que se aproxima hacia el
año 2000... a decir de los propios indios: “Ya se
avecina el siglo de las luces en el que los humanos
volveremos a encontrarnos con nosotros mismos”(3).
1.-Cook F. Sherboone, et al.
Ensayos sobre Historia de la Población,
México y el Caribe.
2.- Pierre Clastres advierte el etnocidio como la
destrucción sistemática de los modos de vida y
pensamiento diferentes a quien lleva a cabo la
destrucción. Cf. Clastres Investigación en Antropología
Política, Ed., Gedia México, 1984. p. 34.
3.- Tomado de Avendaño de Durand, El Combate de las
Luces, Los Tacuates, México 1993.
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Abogado agrarista. Profesor de la Universidad de
Chapingo, México. |