Año IV
La Habana

24
- 30 de DICIEMBRE
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Hermano indio
Carlos H. Durand* México


Desde la conquista europea se pretendió que los pueblos indios negaran su historia y distorsionaran su práctica. Los dominadores impusieron modelos sociales que legitimaron su poder, obligando a los autóctonos a sobrevivir en las selvas, sierras y desiertos, o en su caso utilizándolos como fuerza de trabajo de minas, haciendas y plantaciones.

En algunos casos la ocupación europea llevó al exterminio de la población, como sucedió en ciertas latitudes del Caribe antillano y del Uruguay. En el caso de México, a la llegada de los peninsulares la población sería de entre 25 a 30 millones. A solo 60 años de la conquista, el número de naturales se redujo a tan solo 3 millones. (1)

En otras regiones, el genocidio se combinó con el etnocidio (2) en el que sin matar los cuerpos, se controló la conciencia de los dominados. 

Fue así como, ante la magnificencia de 1 500 años de producción científica, cultural y socioeconómica, los centros urbano-religiosos fueron destruidos, los códices incinerados, la estructura social desaparecida, el modelo de producción readecuado y su fuerte religiosidad convertida en sacrilegio.

Patrón “útil” de aculturación lo constituyó la palabra “indio” con la que fueron “bautizadas” más de mil culturas, encajonando de la misma forma a pueblos que se diferenciaban en sus contenidos y expresiones. Mayas, chibchas, caribes, quechuas, aymaras, quichés, etcétera, fueron integrados a una sola identidad, la de ser indios... sin serlo.               

Sin embargo, no obstante el permanente asedio del que fueron víctimas, las poblaciones indias, contra todo y contra todos, lograron sobrevivir, las más de las veces por sus luchas de resistencia o por haberse mantenido en el ocultamiento, conservando algunos de sus principales rasgos culturales dentro de los que sobresalen su lengua y diversos aspectos de su organización socioeconómica, algunos de ellos en la actualidad representan auténticos modelos alternativos para alcanzar un mundo mejor. ¿Qué decir, por ejemplo, del conuco indígena desarrollado milenariamente por las culturas amazónicas y del que reiteradamente los científicos han reconocido sus virtudes en el equilibrio de las regiones selváticas?

Hoy nos encontramos en un nuevo momento del movimiento indio latinoamericano, en el que, bajo la antigua tradición libertaria de Canek, Jerónimo, Tupaj Katari, Emiliano Zapata y de tantos otros, los indios mexicanos, (los zapatistas) le están planteando al mundo la crisis de modelos sociales que se presumen “postmodernos” pero que no son sino avasalladores del medio que les rodea, colocándose los pueblos indios con sus tradiciones y aportaciones como una opción para un mundo equitativo.

El indígena no es solo, ni fundamentalmente, digamos una vivencia material objetiva, sino también una postura, una definición, una fuerza libertaria. Es la convicción de que nuestras raíces son ecológicamente equilibradas, económicamente igualitarias, políticamente solidarias, con una cosmovisión sobre la familia, la salud, la vivienda, el amor y la amistad fundada y sostenida en un cooperativismo a toda prueba y en un constante refrendar de lo humano que es capaz y con el cosmos.

La irrupción indígena del sureste mexicano no representa un grito desesperado de algún núcleo indio en particular, constituye más bien el afianzamiento de una nueva conciencia étnica que expresa la voz de más de cincuenta millones de “indios latinoamericanos” que reconocen que sus derechos se encuentran pendientes. De esta manera a más de quinientos años de su negación “lo indio” ha adquirido en el rostro de los zapatistas mexicanos, una nueva expresión de la época de cambio que se aproxima hacia el año 2000... a decir de los propios indios: “Ya se avecina el siglo de las luces en el que los humanos volveremos a encontrarnos con nosotros mismos”(3).

1.-Cook F. Sherboone, et al. Ensayos sobre Historia de la Población, México y el Caribe.

2.- Pierre Clastres advierte el etnocidio como la destrucción sistemática de los modos de vida y pensamiento diferentes a quien lleva a cabo la destrucción. Cf. Clastres Investigación en Antropología Política, Ed., Gedia México, 1984. p. 34.

3.- Tomado de Avendaño de Durand, El Combate de las Luces, Los Tacuates, México 1993.

* Abogado agrarista. Profesor de la Universidad de Chapingo, México.

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