Año IV
La Habana

24 - 30 de DICIEMBRE
de
2005

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Frémez: un artista incómodo
Odal Palma La Habana


“Me siento muy feliz por el Premio que se me ha concedido, aunque ello no signifique que tenga intenciones de cambiar. Quiero continuar siendo un artista incómodo, pues cuando de mi obra se trata no puedo convivir con medias tintas”, declaró el Premio Nacional de Artes Plásticas del año 2005, José Gómez Fresquet (Frémez), en exclusiva para La Jiribilla

A la altura de sus seis décadas de vida y con una inspiración que  parece no tener límites, a Frémez no le escasean temas para enriquecer su obra. En los tiempos actuales ha sabido servirse de la tecnología digital, pero no por ello  deja de sentir a veces cierta nostalgia de aquella etapa de su vida  "prehistórica" al decir de él mismo en que de las piedras impresoras emergían las serigrafías.

Un Premio suele implicar casi siempre un recuento de cuanto hemos realizado y que nos ha permitido llegar a obtenerlo. ¿Qué le parece, entonces, si comenzamos esta conversación por los inicios de la carrera artística de José Gómez Fresquet?

En mis inicios se produjo un pequeño episodio del que pienso ahora, haciendo un recuento de mi vida, fue útil. Por necesidad, para ganarme la vida de alguna manera y de mi interés por estar en algo que tuviera que ver con el arte aunque más que con el arte con la publicidad, trabajé en una empresa norteamericana que tenía en La Habana una sucursal muy modesta, pero que manejaba cuentas poderosas. En esa empresa comencé haciendo distintas actividades. Entre ellas figuraban la realización de encuestas, algunas de ellas dirigidas a conocer qué jabón era el preferido para bañarse, cuál era el detergente más importante para las amas de casa, qué novela escuchaban…

Compartía esas funciones en la empresa norteamericana con otras agencias de publicidad. Todo ello me dio un basamento de cómo entender determinados mecanismos de persuasión y el porqué se hacía cada cosa.

Con el transcurso del tiempo, en la empresa los retos se hacían cada vez mayores. En ella existía lo que podemos llamar ahora, en términos socialistas, un consolidado de todas las fábricas de fósforos que existían en Cuba. Es decir, estaba centralizada, y el control de todo lo tenía un hombre al que se le había dado tal concesión. Entonces allí existía un germen que bien pudiera considerarse como globalización en cierne.  

Las fosforeras eran de bencina, eran caras y, por tanto, se hacía difícil su adquisición. Esta situación provocó que se desatara una campaña liderada por el Partido Socialista Popular y a ella también se sumaron algunos partidos burgueses. Estos últimos, por supuesto, apoyaban la campaña para ver cómo ganaban algo en esa negociación. Hablo de este particular porque esas “lecciones” me enseñaron mecanismos de control de la opinión pública, de cómo la controlaban.

Atravesando por esos avatares de mi vida, se produce el triunfo de la Revolución y, por supuesto, abandono de inmediato el trabajo que venía realizando en la empresa y me vinculo entonces de forma más directa a la revista Vanguardia Obrera, porque desde antes colaboraba mientras estuvo en la clandestinidad.

Esta publicación se editaba por la rama obrera del Movimiento 26 de Julio. La propaganda que en ella se divulgaba la dirigía un pintor, que al propio tiempo era obrero porque poseía una pequeña tintorería. Recuerdo que lo primero que publiqué en ese órgano fueron unas ilustraciones sobre el asesinato en Pinar del Río de los Hermanos Saíz. Nadie se imagine que aquella publicación era como las de ahora, no se parecía a las actuales ni remotamente. Se trataba en realidad de un tabloide mal impreso que se hacía en una imprentica de barrio, pero que a mí de todos modos me venía muy bien, pues me permitía expresar, sino todas, al menos algunas inquietudes.  

A raíz del triunfo de la Revolución, empecé a trabajar en el periódico Revolución y a la vez en el periódico La Calle. Justo por aquellos tempranos días del triunfo, se decide crear un Semanario de humor, con la idea totalmente meditada de cambiar el humor cubano.

En ese momento el humor cubano era tarifado. Todo caricaturista que se respetara tenía cuatro o cinco de las llamadas botellas que daba el gobierno. Había algunos, incluso, que tenían más de 70 botellas. Si por cada una ganaba el salario mínimo que era de 85 pesos, ¿cuánto no ganaría entonces? Teníamos que enfrentarnos a aquella situación. Así se nucleó un grupo de personas muy jóvenes, aunque algunos no tan jóvenes, que integramos aquel Semanario. Esta publicación, después de algunos debates, quedó bautizada finalmente con el nombre de Pitirre. ¿Y por qué pitirre?, nos preguntamos algunos. Inmediatamente alguien aseguró: porque por mucho que el aura vuele, el pitirre la pica.

Entonces, con un concepto muy distinto del humor, mucho más intelectual, mucho más humano, con muchos más deseos de buscar el perfeccionamiento del hombre a través del humor, aquel Semanario, desde su propio surgimiento, se propuso sacar el humor cubano de aquel pantano de oportunismo, de chistes de mal gusto, de la procacidad, de la vulgaridad y de aquel carácter casi porno que llegó a tener en algunas publicaciones. 

El Semanario funcionó para mí como un modo de expresión hasta que comenzó a quedarme chiquito. Pasado un tiempo comencé a sentir que la caricatura no me alcanzaba para decir las cosas que yo realmente quería y empecé a realizar algunos colachs. En esta decisión fue determinante la participación de la revista Cuba.

Lisandro Otero, escritor y merecidamente Premio Nacional de Literatura, dirigía la revista INRA, que editaba el Instituto de Reforma Agraria. Esta publicación comenzó a tratar temas mucho más abarcadores y se llamó entonces Cuba. Lisandro, en un rasgo de temeridad y de audacia,  me llevó a trabajar a su revista y en ella me designó como director de fotografía y de diseño. En esa publicación empezó una de las aventuras editoriales más grandes que yo creo que se hayan hecho en la historia de este país. En Cuba se reunió lo mejor de la cultura cubana en colaboradores y además se formaron muchos intelectuales que hoy son prestigiosas personalidades de la cultura nacional. Entre los colaboradores puedo citar entre otros muchos a Alejo Carpentier, Eliseo Diego, Pablo Armando Fernández, Jorge Timossi y Eduardo Galeano. En la Plástica a Portocarrero, Servando Cabrera y Raúl Martínez.

En la revista Cuba permanecí hasta que Lisandro fue designado vicepresidente del Consejo Nacional de Cultura y me arrastró nuevamente con él, para comenzar los dos otro tipo de aventura. Por aquellos días nuestro país estaba envuelto en esa confrontación que se inició el Primero de Enero y que se mantiene hasta nuestros días. Fue por ello entre otras razones,  por supuesto que se decide hacer una reunión de intelectuales y artistas de todo el mundo.

En esa importante reunión teníamos que hacer una exposición que mostrara cómo era el sentir de los cubanos. Para ello  integramos un equipo muy profesional e inmediatamente nos dimos a la tarea de ver cómo podíamos condensar en el Pabellón Cuba una exposición que no tuviera que estar en diez o doce idiomas y que no fuera una carga aburrida de datos estadísticos. Así decidimos hacerlo todo con imágenes.

Considero que esa exposición, que tuvo una afluencia de público todavía no superada, fue el germen, fue la que marcó el nacimiento de mi obra, pues desde entonces he seguido esa línea de trabajo. Es decir, desde entonces vengo montado en el mismo caballo.

Una de sus primeras y más reconocidas obras es La modelo y la vietnamita. ¿Podría hablarnos de su concepción?

Aunque parezca mentira fue muy sencillo, porque esa obra se ha convertido en mi karma. Es una obra prácticamente de circunstancia. Como todos los cubanos, yo veía en los noticieros de la televisión las imágenes de la guerra en Viet Nam, las masacres que se cometían. Trabajaba todavía en la revista Cuba y estábamos preparando un número de esta publicación en idioma ruso. De pronto me dijo Lisandro:  hay que poner algo de la guerra en Viet Nam. La revista salía al otro día para Moscú. Me puse a pensar y a revolver papeles y esa misma noche realicé la modelo y la vietnamita. A la mañana siguiente la entregué a la revista, y Lisandro no tuvo tiempo de verla, tampoco contábamos con medios para sacarle copias. De modo que no pude mostrársela a nadie. Cuando la revista regresó impresa fue que se conoció la obra y que la gente empezó a interesarse por ella. Así tan simple nació la modelo y la vietnamita.

Otras obras son producto de algunos rejuegos que he hecho con el dólar. Hay una, por ejemplo que muestra una muchachita con aires de pureza, que su ropa está hecha de dólares. Esa es una obra interesante.

Otra obra es American Social Security. En ella represento una jaba, que es la bandera de Norteamérica, y de dentro de la misma salen, junto con algunos productos muy apetitosos, dos niños muertos de hambre.

American social segurity

Su obra ha sido muy celebrada por su lucido y renovador reflejo de la realidad social, ¿considera que justo por esa razón sus creaciones gozan de tanta vigencia?

No puedo hacer otra cosa que no sea reflejar la realidad y aseguro que me lo he planteado, pero realmente no puedo. Considero que mi obra puede ser muy trascendente, sin embargo, justo por lo que refleja y sobre todo por la forma tan directa en que lo hace, no tiene mercado. Pero eso nunca me ha preocupado tampoco. Hubo un momento en que muchos compañeros empezaron a decirme que eso estaba obsoleto, que el mundo había cambiado, que tenía que hacer otra cosa porque me estaba quedando atrás, que eso ya no le importaba a nadie. Pero como yo soy muy testarudo, sigo aferrado a esa necesidad de reflejar la realidad y en la cual fundamenté mi obra desde mis propios inicios.

Como ganador del Premio Nacional de Artes Plásticas debo montar una exposición para el próximo año. No quisiera bajo ningún  concepto hacer una retrospectiva, pero si tuviera que hacerla, quisiera poner algunas de las piezas que a mí me hacen feliz y presentar otro Frémez. Que será un Frémez nuevo, pero con lo mismo, porque pienso que el conflicto que he reflejado en casi todas mis obras no se va a resolver de aquí al año que viene. Es un conflicto que arrastramos desde hace muchos años, lo que sucede es que cada vez se vuelve más brutal. Y quiero ver cómo me acomodo a esa situación nueva y cómo le doy una visión mucho más efectiva. Ya vengo trabajando en ese sentido. Mis últimas obras, por ejemplo, tienen que ver con las culturas autóctonas porque como ya la guerra no es solo contra nosotros, sino contra el mundo puedo apelar a códigos que antes no me atrevía a tocar. 

De todos modos he desarrollado toda mi carrera y en sentido general mi vida, teniendo siempre muy presente  el único consejo que me diera  mi padre y que siempre he conservado: "nunca se olvide que todos los días usted se va a tener que mirar al espejo. Mañana, procure poder sostenerse la mirada". Yo, hasta ahora, he podido sostenerme la mirada.

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