|
“Me siento muy feliz por el
Premio que se me ha concedido, aunque ello no signifique
que tenga intenciones de cambiar. Quiero continuar
siendo un artista incómodo, pues cuando de mi obra se
trata no puedo convivir con medias tintas”, declaró el
Premio Nacional de Artes Plásticas del año 2005, José
Gómez Fresquet (Frémez), en exclusiva para
La Jiribilla
A la altura de sus seis décadas de
vida y con una inspiración que parece no tener límites,
a Frémez no le escasean temas para enriquecer su obra.
En los tiempos actuales ha sabido servirse de la
tecnología digital, pero no por ello deja de sentir a
veces cierta nostalgia de aquella etapa de su vida
―"prehistórica" al decir de él mismo― en que de las
piedras impresoras emergían las serigrafías.
Un Premio suele implicar casi
siempre un recuento de cuanto hemos realizado y que nos
ha permitido llegar a obtenerlo. ¿Qué le parece,
entonces, si comenzamos esta conversación por los
inicios de la carrera artística de José Gómez
Fresquet?
En mis inicios se produjo un pequeño
episodio del que pienso ahora, haciendo un recuento de
mi vida, fue útil. Por necesidad, para ganarme la vida
de alguna manera y de mi interés por estar en algo que
tuviera que ver con el arte
―aunque
más que con el arte con la publicidad―,
trabajé en una empresa norteamericana que tenía en La
Habana una sucursal muy modesta,
pero que manejaba cuentas poderosas. En esa empresa
comencé haciendo distintas actividades. Entre ellas
figuraban la realización de encuestas, algunas de ellas
dirigidas a conocer qué jabón era el preferido para
bañarse, cuál era el detergente más importante para las
amas de casa, qué novela escuchaban…
Compartía esas funciones en la
empresa norteamericana con otras agencias de publicidad.
Todo ello me dio un basamento de cómo entender
determinados mecanismos de persuasión y el porqué se
hacía cada cosa.
Con el transcurso del tiempo, en la
empresa los retos se hacían cada vez
mayores. En ella existía lo que podemos llamar ahora, en
términos socialistas, un consolidado de todas las
fábricas de fósforos que existían en Cuba. Es decir,
estaba centralizada, y el control de todo lo tenía un
hombre al que se le había dado tal concesión. Entonces
allí existía un germen que bien pudiera considerarse
como globalización en cierne.
Las fosforeras eran de bencina,
eran caras y, por tanto, se hacía difícil su adquisición.
Esta situación provocó que se desatara una campaña
liderada por el Partido Socialista Popular y a ella
también se sumaron algunos partidos burgueses. Estos
últimos, por supuesto, apoyaban la campaña para ver cómo
ganaban algo en esa negociación. Hablo de este
particular porque esas “lecciones” me enseñaron
mecanismos de control de la opinión pública, de cómo la
controlaban.
Atravesando por esos avatares de mi
vida, se produce el triunfo de la Revolución y, por
supuesto, abandono de inmediato el trabajo que venía
realizando en la empresa y me
vinculo entonces de forma más directa
a la revista Vanguardia Obrera, porque
desde antes colaboraba mientras estuvo en la
clandestinidad.
Esta publicación se editaba por la
rama obrera del Movimiento 26 de Julio. La propaganda
que en ella se divulgaba la dirigía un pintor, que al
propio tiempo era obrero porque poseía una pequeña
tintorería. Recuerdo que lo primero que publiqué en ese
órgano fueron unas ilustraciones sobre el asesinato en
Pinar del Río de los Hermanos Saíz. Nadie se imagine que
aquella publicación era como las de ahora, no se parecía
a las actuales ni remotamente. Se trataba en realidad de
un tabloide mal impreso que se hacía en una imprentica
de barrio, pero que a mí de todos modos me venía muy
bien, pues me permitía expresar, sino todas, al menos
algunas inquietudes.
A raíz del triunfo de la
Revolución, empecé a trabajar en el periódico
Revolución y a la vez en el periódico La Calle.
Justo por aquellos tempranos días del triunfo, se decide
crear un Semanario de humor, con la idea totalmente
meditada de cambiar el humor cubano.
En ese momento el humor cubano era
tarifado. Todo caricaturista que se respetara tenía
cuatro o cinco de las llamadas botellas que daba el
gobierno. Había algunos, incluso, que tenían más de 70
botellas. Si por cada una ganaba el salario mínimo que
era de 85 pesos, ¿cuánto no ganaría entonces? Teníamos
que enfrentarnos a aquella situación. Así se nucleó un
grupo de personas muy jóvenes, aunque algunos no tan
jóvenes, que integramos aquel Semanario. Esta
publicación, después de algunos debates, quedó bautizada
finalmente con el nombre de Pitirre. ¿Y por qué
pitirre?, nos preguntamos algunos. Inmediatamente
alguien aseguró: porque por mucho que el aura vuele, el
pitirre la pica.
Entonces, con un concepto muy
distinto del humor, mucho más intelectual, mucho más
humano, con muchos más deseos de buscar el
perfeccionamiento del hombre a través del humor, aquel
Semanario, desde su propio surgimiento, se propuso sacar
el humor cubano de aquel pantano de oportunismo, de
chistes de mal gusto, de la procacidad, de la vulgaridad
y de aquel carácter casi porno que llegó a tener en
algunas publicaciones.
El Semanario funcionó para mí como
un modo de expresión hasta que comenzó a quedarme
chiquito. Pasado un tiempo comencé a sentir que la
caricatura no me alcanzaba para decir las cosas que yo
realmente quería y empecé a realizar algunos colachs. En
esta decisión fue determinante la participación de la
revista Cuba.
Lisandro Otero, escritor y
merecidamente Premio Nacional de Literatura, dirigía la
revista INRA, que editaba el Instituto de Reforma
Agraria. Esta publicación comenzó a tratar temas mucho
más abarcadores y se llamó entonces Cuba.
Lisandro, en un rasgo de temeridad y de audacia, me
llevó a trabajar a su revista y en ella me designó como
director de fotografía y de diseño. En esa publicación
empezó una de las aventuras editoriales más grandes que
yo creo que se hayan hecho en la historia de este país.
En Cuba se reunió lo mejor de la cultura cubana
en colaboradores y además se formaron muchos
intelectuales que hoy son prestigiosas personalidades de
la cultura nacional. Entre los colaboradores puedo citar
entre otros muchos a Alejo Carpentier, Eliseo Diego,
Pablo Armando Fernández, Jorge Timossi y Eduardo
Galeano. En la Plástica a Portocarrero, Servando Cabrera
y Raúl Martínez.
En la revista Cuba permanecí
hasta que Lisandro fue designado vicepresidente del
Consejo Nacional de Cultura y me arrastró nuevamente con
él, para comenzar los dos otro tipo de aventura. Por
aquellos días nuestro país estaba envuelto en esa
confrontación que se inició el Primero de Enero y que se
mantiene hasta nuestros días. Fue por ello
―entre otras
razones, por supuesto―
que se decide hacer una reunión
de intelectuales y artistas de todo el mundo.
En esa
importante reunión teníamos que hacer una exposición que
mostrara cómo era el sentir de los cubanos. Para ello
integramos un equipo muy
profesional e inmediatamente nos
dimos a la tarea de ver cómo podíamos condensar en el
Pabellón Cuba una exposición que no tuviera que estar en
diez o doce idiomas y que no fuera una carga aburrida de
datos estadísticos. Así decidimos hacerlo todo con
imágenes.
Considero que esa exposición, que
tuvo una afluencia de público todavía no superada, fue
el germen, fue la que marcó el nacimiento de mi obra,
pues desde entonces he seguido esa línea de trabajo. Es
decir, desde entonces vengo montado en el mismo caballo.
Una de sus primeras y más
reconocidas obras es La modelo y la vietnamita. ¿Podría
hablarnos de su concepción?
Aunque parezca mentira fue muy
sencillo, porque esa obra se ha convertido en mi karma.
Es una obra prácticamente de circunstancia. Como todos
los cubanos, yo veía en los noticieros de la televisión
las imágenes de la guerra en Viet Nam, las masacres que
se cometían. Trabajaba todavía en la revista Cuba
y estábamos preparando un número de esta publicación en
idioma ruso. De pronto me dijo Lisandro: hay que
poner algo de la guerra en Viet Nam. La revista salía al
otro día para Moscú. Me puse a pensar y a revolver
papeles y esa misma noche realicé la modelo y la
vietnamita. A la mañana siguiente la entregué a la
revista, y Lisandro no tuvo tiempo de verla, tampoco
contábamos con medios para sacarle copias. De modo que
no pude mostrársela a nadie. Cuando la revista regresó
impresa fue que se conoció la obra y que la gente empezó
a interesarse por ella. Así tan simple nació la modelo y
la vietnamita.
Otras obras son producto de algunos
rejuegos que he hecho con el dólar. Hay una, por ejemplo
que muestra una muchachita con aires de pureza, que su
ropa está hecha de dólares. Esa es una obra interesante.
Otra obra es American Social Security. En ella
represento una jaba, que es la bandera
de Norteamérica, y
de dentro de la misma salen, junto con algunos productos
muy apetitosos, dos niños muertos de hambre.
|
 |
|
American social
segurity |
Su obra ha sido muy celebrada
por su lucido y renovador reflejo de la realidad social,
¿considera que justo por esa razón sus creaciones gozan
de tanta vigencia?
No
puedo hacer otra cosa que no sea reflejar la realidad y
aseguro que me lo he planteado, pero realmente no puedo.
Considero que mi obra puede ser muy trascendente, sin
embargo, justo por lo que refleja y sobre todo por la
forma tan directa en que lo hace, no tiene mercado. Pero
eso nunca me ha preocupado tampoco. Hubo un momento en
que muchos compañeros empezaron a decirme que eso estaba
obsoleto, que el mundo había cambiado, que tenía que
hacer otra cosa porque me estaba quedando atrás, que eso
ya no le importaba a nadie. Pero como yo soy muy
testarudo, sigo aferrado a esa necesidad de reflejar la
realidad y en la cual fundamenté mi obra desde mis
propios inicios.
Como ganador del Premio Nacional de
Artes Plásticas debo montar una exposición para el
próximo año. No quisiera bajo ningún concepto hacer una
retrospectiva, pero si tuviera que hacerla, quisiera
poner algunas de las piezas que a mí me hacen feliz y
presentar otro Frémez. Que será un Frémez nuevo, pero
con lo mismo, porque pienso que el conflicto que he
reflejado en casi todas mis obras no se va
a resolver de
aquí al año que viene. Es un conflicto que arrastramos
desde hace muchos años, lo que sucede es que cada vez se
vuelve más brutal. Y quiero ver cómo me acomodo a esa
situación nueva y cómo le doy una visión mucho más
efectiva. Ya vengo trabajando en ese sentido. Mis
últimas obras, por ejemplo, tienen que ver con las
culturas autóctonas porque como ya la guerra no es solo
contra nosotros, sino contra el mundo puedo apelar a
códigos que antes no me atrevía a tocar.
De todos modos he desarrollado toda
mi carrera y en sentido general mi vida, teniendo
siempre muy presente el único consejo que me diera mi
padre y que siempre he conservado: "nunca se olvide
que todos los días usted se va a tener que mirar al
espejo. Mañana, procure poder sostenerse la mirada". Yo,
hasta ahora, he podido sostenerme la mirada. |