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En
1971 un adolescente indígena boliviano tuvo que dejar
la escuela para acompañar al padre a buscar comida.
Caminó por días y en una de esas jornadas le pasó un
autobús del que los viajeros tiraron peladuras de
naranja, “nosotros las recogimos y nos las comimos: ¡nos
parecía un manjar exquisito! A nuestra región llegaba
una naranja al año y los tres hermanos nos la
disputábamos. Desde entonces, mi gran deseo fue poder
viajar un día en aquellos autobuses, lanzando peladuras
de naranja por la ventana...”
Esa
anécdota la contó Evo Morales en una entrevista que
concedió hace dos años, cuando ya él y su partido, el
Movimiento al Socialismo, MAS, eran una fuerza política
de consideración en el país sudamericano. En esa misma
entrevista confiesa que le resulta raro contar con una
persona para que le ayude en la limpieza y que “a
veces me lavan la
ropa, allí en el Chapare (principal zona cocalera de
Bolivia) pero mis calzoncillos y mis calcetines me los
lavo yo sagradamente...”.
Ahora Evo es
presidente. Por primera vez un indio por nacimiento y
desarrollo humilde llega a mandatario. Y lo logró con el
voto de mayoría absoluta en una primera vuelta
electoral.
Y con Evo arriba al
poder en Bolivia una concepción distinta de gobierno,
la de los cocaleros, esos hombres y mujeres del campo,
explotados por siglos y que al fin se verán
representados en los poderes ejecutivo y legislativo.
Para ellos la coca no
es cocaína, sino una hierba que masticándola, desde la
época de los incas, estimula al cuerpo y adormece el
hambre. Y también quieren su petróleo, su gas,
reivindicar el idioma de los aymaras, de los quechuas.
Tener escuelas y médicos para esa mayoría ya no
silenciosa que llevó a Evo a la presidencia.
Es un despertar, no
solo en el pequeño país que el Che escogió en los 60
para desarrollar la guerra de guerrillas. Es un abrir
los ojos para toda América, la indígena, la pobre, la
humilde.
Tanto que no han
vacilado los del norte, los grandes negociantes de la
coca (ina), en aconsejar pragmatismo a Evo. Y cautela. Y
en fin, que se porte bien para ellos, no para los
aymaras y quechuas que lo eligieron.
Pero no es
fácil virar la rueda, detener el tiempo. Parece que
llegó la hora en la que la cultura de los incas reclame
su lugar en esta parte del mundo. Y como diría un
quechua: “¡Que
la tortilla se vuelva, definitivamente!”. |