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Carmen abre sus ojos y el brillo solar impregna sus
pupilas. Un segundo atrás todo era calma, silencio, que
el mar poblaba sin término de letanías. Un segundo atrás
flotaba en penumbras, consciente a medias de la mañana,
con los párpados cerrados y las olas disolviendo en
laxitud el rumor de la calle. Ahora el día estalla en
los cristales y cae sobre las sábanas sacándola del
sueño, iluminando con intensidad inusitada esa otra
dimensión de su existencia.
Demasiado calor, piensa. Se ha cubierto la cara como
para retener un poco más la noche; y aunque el sudor
rueda por su piel y la incomoda, prefiere el calor a ese
brusco erguirse en la vigilia. Transitar de la paz a la
prisa en un instante, sin escalas, es dejar atrás una
parte de sí, piensa, e imagina un halo que se esfuma,
una estela sobre el verde oceánico donde su cuerpo flota
otra vez en plena calma. Pero el calor persiste y Carmen
rueda sobre el colchón, casi con furia deseando que este
despertar sea todavía otro sueño.
Se incorpora, aparta el cerquillo de su frente y mira
afuera. Un cielo incontestable y limpio como la
felicidad la acoge: ¿Qué es la felicidad?, se pregunta y
ese remanente de sonrisa en sus labios comienza a
borrarse en el hastío de amanecer de nuevo al mismo
ciclo: trabajar, trabajar, envejecer lentamente sin
esperanzas de cambio. ¿Y quién puso en ella la ilusión,
quisiera inquirir, no trajo Pandora en su caja también
la esperanza?
Ya basta, murmura recogiéndose el pelo en un moño. Mira
en el espejo esos vellos demasiado oscuros que han
empezado a crecerle en las aréolas. Con desgano se palpa
recordando su sueño: Algo, una mano tal vez, le
acariciaba los muslos desde abajo, el sol quemaba su
piel desnuda sobre el agua. Después la mano se hizo
diente, fue el oleaje y la confusión, su cuerpo
hundiéndose en profundidades de asfixia y esa sensación
de ser arrancada de golpe. Mientras recoge su bata
recuerda que hubo placer en ese ahogarse, su carne
maltratada por las olas, rota a dentelladas, llenándose
de un líquido cálido.
Con los pezones erectos, excitada a medias y a medias
harta, mira el bulto yacer sobre la cama. Hubo días en
que ese bulto sació su alma. Entonces el horizonte
parecía alcanzable, despertar era fundirse en un abrazo
largo con la vida. Se amaban y el tiempo fluía en
claridades estables, pero esos días pasaron.
Se viste, observa al bulto respirar ajeno y se va hasta
la cocina. Mecánicamente vierte el polvo en el filtro,
llena el tanque de la cafetera y enciende la hornilla.
Piensa en los años que ha perdido en esa inútil sucesión
de actos sin trascendencia, viviendo como sonámbula
entre paredes que el sol y la humedad cuartean, como
sonámbula viendo en la pantalla los rostros de los
actores saltar de una telenovela a la siguiente,
envejeciendo. Treinta y dos años, piensa y coloca la
cafetera sobre el fuego.
Tantea los bolsillos de su bata, extrae un cigarro y lo
prende. Se recuesta a la meseta, fuma achicando los
ojos, ansiosa, y mira la llama azul del gas quemar sin
humo. Treinta y dos años, y de ellos diez aquí,
soportando el embate de interminables tormentas, las
horas cayendo a su espalda como el mudo hilo de polvo en
un reloj de arena, muda ella misma, la carne ya apagada
en lento desconsuelo.
Un río negro mana por el ojo del surtidor y llena el
vaso. La habitación se carga de un aroma dulce. Carmen
sirve el café, sorbe de su taza e intenta no pensar.
¿Qué sentido tiene todo esto?, se pregunta apagando la
hornilla.
Sus ojos recorren el esmalte pringoso de la cocina, los
quemadores oxidados. En un gesto brusco abre al máximo
las llaves. Luego vuelve a recostarse, fuma y sorbe su
café dejándose ir. El reflejo de la bombilla irradia en
su taza. La vida es dura, se dice, demasiado dura, y
recuerda esa mole sobre el colchón, vencida y
lamentable, tan distinta hoy de aquel que alguna vez,
hace tanto, describiera para ella un futuro hermoso y
habitable. Quisiera no culparlo, pero el llanto anega
sus ojos y esa gota que baja por su mejilla lleva
concentrado en sí todo el cansancio, todo el desamor que
los aparta.
Dios juzga a los hombres por las lágrimas de sus
mujeres, piensa secándose los ojos, ¿pero a las mujeres
cómo las juzga? Sonríe con tristeza observando las
paredes despintadas, los platos amontonados en el
fregadero. ¿Y quién juzga a Dios?, murmura todavía.
El gas brota con un silbido leve. Carmen cierra los
párpados, apoya su cabeza mareada en las baldosas y
sueña un mar profundo, frío, solitario.
Despierta al fin. El brillo solar impregna sus pupilas
encegueciéndola. Un segundo atrás todo era calma,
silencio, que el gas poblaba de interminables letanías.
Ahora ese bulto yace a su lado en el colchón, exánime.
Ella se levanta sin ruido, pero el bulto gira sobre las
sábanas: ¿Qué hora es?, pregunta.
Carmen se viste sin mirarlo. Él se incorpora a medias,
bosteza y le sonríe: ¿Pasa algo? Silencio. Ella respira
hondo y termina de arreglarse, estudia su imagen en el
espejo, recoge sus llaves, su cartera, y se marcha. |