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Al pie de la loma de
Báez, mi pueblo natal, vive, si no ha pasado a mejor
vida: Aureliana Ponte Zubizarreta, señora de moño virao
a toda hora. ¡Qué viejita pa` un llavero! Óigame, vejigo
que pasara por su patio y tuviera la audacia de
encaramarse a pelar una de sus tentadoras matas de
mamoncillo, vejigo al que Aureliana le enchujaba a
Sofrito, un perro gigantesco y de aspecto tan feroz como
el de la dueña. Yo mismo fui víctima de sus crueldades
cuando una vez estuve casi dos horas, entumido como un
pollo, sobre una de esas matas y Sofrito gruñendo abajo
como un demonio. Recuerdo, que siendo presa de tremendo
arrebato de llanto, Aureliana, conmovida en su
insondable sensibilidad femenina, se acercó y amarrando
al cancerbero lo suficientemente lejos, como para que yo
me confiase, me invitó a bajar del árbol con la promesa
de un dulce de toronja.
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Algo desconfiado, me
decidí a bajar de la mata. La mujer me tomó de la mano
gentilmente y en el trayecto a la cocina, fue dándome un
sinnúmero de lo que ahora sospecho, hayan sido consejos
referentes al trato y al respeto que se le debe a los
mayores. Por supuesto que en el estado de nervios en que
me hallaba, sus palabras me entraban por un oído y me
salían por el otro. No así, todo lo que me dijo algo más
tarde, luego de haber pelado por orden suya, veintipico
de toronjas.
Qué sinvergüenza,
―pensé― me ha invitado a un dulce, y la muy pilla de
contra, me pone a trabajar.
―Mira mijo ―me dice
socarronamente― al casco hay que sacarle toda la tripa y
dejarlo en agua clara de un día pa` otro, pa` que pierda
el amargo. Luego se le da un hervor, poca cosa. Si le
das mucha candela lo que queda es un vagazo y el sabor a
toronja se le va. Fíjate, estos están hervidos desde
ayer, prueba ―y tomando un casco en la mano, insiste en
que compruebe su textura y el sabor con tal denuedo que
casi me lo restriega en la cara.
― Sí, sí, ―le
respondo.
―Bien, ahora vamos a
ponerlo a la candela.
Aureliana agarra una
cazuela gorda, la pone al fuego y le zumba los cascos.
Inmediatamente le echa un chorro navegable de vino seco,
una rajita de canela, azúcar blanca y clavándome los
ojos como si me fuese a revelar un secreto muy grande,
me dice bajito:
―Esto es lo que nadie
se explica de mis casquitos y el quid de la cosa,
majadero.
Y sacando del
refrigerador un jarro de agua de coco, se pasea
marcialmente por delante de mí y se la espanta a la
cazuela.
La mujer agarra luego
dos clavos de olor y los tritura en un mortero
pequeñísimo que escoge entre muchos otros de una vitrina
abarrotada de implementos. El polvillo logrado, también
se lo deja caer a la preparación que bulle como una
fumarola.
―Muchacho, ahora te
voy a enseñar el punto.
Hace una pausa, mete
la espumadera en el almíbar y aireándola, la acerca a
sus labios y sopla. Por los huecos de la espumadera
asoman unos globitos que crecen algo y explotan
pastosamente.
―Punto globo,
perfecto. Mira cabezón, cuando tu veas que el almíbar
está así, ya puedes bajar el dulce.
La
brujita va al patio y pone a refrescar su cazuela
mientras yo me quedo consultando un reloj de péndulo que
cuelga en una pared de la cocina. Si tengo que esperar a
que ese dulce se enfríe, me cogen las cinco, me digo. En
esos pensamientos me sorprende Aureliana, que poniéndome
un platillo de cascos de toronja acabados de sacar del
refrigerador me espeta: ―Ahora te comes este que lo hice
ayer y te pierdes. Si te agarro otra vez encaramao en
una mata del patio, voy a dejar que Sofrito te
sazone.
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