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Sentados frente al malecón habanero,
con sol de noviembre.
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Fue su participación
en Fotomentira, junto a Raúl Martínez y Mario García
Goya, lo que llevó a Luc Chessex a convertirse en un
hito dentro de la fotografía cubana de la década del 60.
Fue su sentido crítico hacia los mitos y su interés por
destruirlos lo que marcó su peculiar posición dentro del
gremio de fotógrafos cubanos de la época. Fue su otra
visión de cómo expresarse mediante la imagen lo que le
permitió convertir a la revista Cuba Internacional
en una posibilidad para hacer la diferencia en los
estrictos y monocromáticos años 70. Fue por eso que
mientras vivió en Cuba hasta 1975 realizó una obra
paradigmática que retomó como ejemplo otra generación en
los 80 para sacar de la inmovilidad a la fotografía
cubana y propiciar el cambio. Pero ahora que está de
vuelta en La Habana para recibir un homenaje justo en la
reapertura de la Fototeca de Cuba, podríamos
preguntarnos qué piensa ese deshacedor de mitos de su
propia historia y de paso aprovechar para actualizar la
mirada hacia un hombre que sigue haciendo fotos sin
cámara digital.
¿Luc Chessex, está
usted consciente de que su obra fotográfica en Cuba se
convirtió no solo en una escuela para algunos de sus
compañeros de trabajo, sino también en fuente para
otras generaciones de artistas cubanos?
En el momento de los
hechos, en la década del 60, yo llegué a Cuba con una
cultura y una escuela de fotografía que estaba muy al
tanto de lo que se hacía en el mundo, pero obviamente no
estaba seguro de cómo funcionaría aquí. Luego con Raúl
Martínez y Mayito decidimos impartir esos conocimientos
de fotografía. Pero cuando se están viviendo los hechos,
uno no puede pensar hasta dónde llegarán las cosas, y no
fue hasta hace unos años que empecé a leer algunos
artículos sobre valoraciones que se hicieron sobre la
exposición Fotomentira que comprendí lo que había
logrado aquí como fotógrafo.
De esa otra
generación de fotógrafos que le precedieron, ¿en cuáles
encuentra un mayor seguimiento de sus ideas sobre la
fotografía?
Enrique de la Uz y
Grandal son los más cercanos en cuanto al enfoque
fotográfico que tenía, luego hay mucha gente que no
conocía y ha seguido el camino, pero con quienes no
tengo una relación directa. Antes de este viaje solo
había estado en Cuba en 1985 como responsable de la foto
fija de una película y en el 2002 para un viaje corto
que la mayor parte del tiempo transcurrió en el
Escambray. En esa oportunidad tuve una charla breve con
algunos fotógrafos, pero lo que ha ocurrido con la foto
cubana en los últimos tiempos me ha llegado sobre todo
por publicaciones o sitios fotográficos en Internet.
Como he dedicado parte de mi vida también a la
enseñanza, me he estado informado sobre todo lo que se
está haciendo en cualquier lugar.
Y como profesor, ¿qué
opiniones tiene de la fotografía más contemporánea?
Estoy abierto a todos
los experimentos aún cuando no responden a mis
intereses prácticos. Pasa con la fotografía digital, la
cual no manejo mucho a no ser de forma un poco alusiva
porque tomo los negativos y luego los escaneo, pero no
he entrado en ese mundo a fondo y no uso cámaras
digitales.
¿El concepto de
Fotomentira que usted utilizó junto a Raúl y Mayito se
mantiene como un concepto para toda la vida?
Yo lo tenía de
antemano a mi llegada a Cuba, pero aquí había una
visión heroica y épica entre la fotografía y la
realidad, eso lo hacían Roberto Salas y Raúl Corrales.
Mi visión de la fotografía estuvo siempre más cercana a
la de Robert Frank que la de Cartier Bresson. He seguido
trabajando ese tipo de concepto, incluso, ahora que lo
difícil es probar la verdad de la foto. Mi actitud
responde a una escuela que en Europa se considera
fotografía de lo real, es decir, con los medios
fotográficos se interpretan las cosas, pero sin la ayuda
de la computadora. Los nuevos medios permiten ahora con
mayor facilidad lo que antes se hacía con el fotomontaje
porque siempre se han hecho trucos: desde el más simple
que puede considerarse la puesta en escena hasta con el
retoque sacar gente no deseada. Con lo digital, la
manipulación de la realidad a través de la fotografía es
muy fácil.
¿Cuáles
preocupaciones y temas trabaja hoy?
Siempre he tenido una
parte más comercial para ganarme la vida y otra más a
destiempo y personal donde soy yo mismo. En lo que
estoy haciendo para vivir sigo con reportajes, no tanto
periodísticos, pero sí para otros intereses editoriales
y exposiciones de museos y organismos internacionales.
Después de salir de Cuba empecé a trabajar con el Comité
Internacional de la Cruz Roja en África, cuatro años
estuve haciendo fotos para una exposición que buscaba
ayudar a captar gente en Suiza para trabajar en el
Comité. Ahora empecé un trabajo para la lucha de
Naciones Unidas contra las drogas. Por eso estuve en
Colombia y Afganistán.
Lo más personal está
en un trabajo sobre algo que en Europa se ve mucho más
ahora y es que cuando alguien muere en un accidente en
la carretera los familiares hacen pequeños monumentos
recordatorios. Es un poco de arte popular que en Suiza
es reciente y sobre ese tema he hecho una serie para
una exposición el año próximo.
¿Ha encontrado usted
de esta manera su inserción en el arte contemporáneo?
Esa pelea que puede
haber sobre lo que es contemporáneo no me interesa
mucho. Las diferencias las veo entre los que se dicen
todavía fotógrafos y trabajan con los equipos que sea y
otros que proceden generalmente de las escuelas de arte,
que se dicen artistas, y trabajan con la fotografía tal
vez hoy, y al día siguiente quizás usan el video o la
pintura o la instalación. Esos son dos mundos diferentes
que incluso generan circuitos de galerías, museos y
hasta precios de comercialización muy diferentes. No es
que los fotógrafos no sean artistas, pero se reivindican
de una manera diferente a los artistas plásticos,
sobre todo en Europa. Pero yo me siento más en el mundo
del fotógrafo de siempre.
¿Confía Luc Chessex
en esa fotografía ocasional hecha por el artista?
Hay público para eso
y no me molesta en lo absoluto, pero he visto en ferias
como Art Basel el valor de venta de esas fotografías y
me parece descomunal cuando recuerdo que he comprado
fotos de Cartier Bresson o Robert Frank por un precio
cien veces más barato. Pero esa es la ley de la oferta y
de la demanda del mercado más las modas que hacen las
altas y las bajas. Ahora la foto anda bien y en Art
Basel casi la mitad del trabajo plástico expuesto
provenía de la fotografía.
En su actual
exposición en La Habana hay fotos de Cuba, pero también
está la posibilidad de ver fotos tomadas en otros
lugares de Latinoamérica. ¿En ese recorrido por Nuestra
América encontró algún otro proceso que lo llevó o
provocó a realizar un trabajo ensayístico tan profundo e
innovador como el de Cuba?
Obviamente no, en
Cuba viví, por esos países transité. Aquí estuve desde
el 61 hasta el 69 sin salir, relacionándome con la vida
y la gente de aquellos años en medio de un movimiento
cultural y artístico muy fuerte tanto en el cine, como
en la gráfica, como en la fotografía. Fueron tiempos muy
dinámicos y de búsquedas.
¿Considera usted
determinante el haberse unido a Raúl Martínez para hacer
lo que hizo o lo hubiese hecho de todas maneras en
solitario?
No lo sé pero Raúl
fue muy importante, era ya un pintor hecho y derecho
cuando lo conocí y yo venía como un jovencito. Otro
importante fue Edmundo Desnoes, un crítico de arte que
se interesó mucho por la fotografía.
¿Entonces su decisión
de hacer otra fotografía le debe más a su relación con
el mundo del arte en Cuba que a su relación con el
gremio de la fotografía cubana?
Sí, sobre todo por la
relación con Edmundo y sus teorías y con Raúl que aunque
era pintor había hecho fotografía con seriedad.
¿No ha ocurrido otro
suceso en su vida de fotógrafo más importante que
aquellos años marcados por el proceso cubano?
Con la obra hecha en
Cuba y Latinoamérica hice un libro que ya está agotado.
Después hice una exposición y una película de animación
con el mismo fondo fotográfico. Luego hice un libro
bastante grande sobre una gira por el mundo que me tomó
seis meses de cada año durante ocho años. A cada etapa
de la vida le corresponde algo y están plasmados en
libros.
¿Y de verdad se fue
usted de Cuba o nunca se ha ido como alguien dijo por
estos días?
Ausencia quiere decir
olvido… Y así hay otras canciones que hablan de eso.
Pero ahora que estoy frente al Malecón con esta
temperatura cálida y recordando esa experiencia de los
catorce años que viví, pienso que mientras no estuve,
quizás no todos los días, pero a menudo he pensado en
Cuba. Además la mayor parte de mi trabajo fuera de esta
Isla se ha hecho en el Tercer Mundo (América Latina,
África y Asia). Así que, incluso, viajando por esos
otros países también de una forma u otra me acordaba de
Cuba.
Para cerrar esta
vuelta a La Habana, ¿ha encontrado motivos para a hacer
nuevas fotos cubanas?
Si me aseguran unos
25 años de vida más yo vuelvo, pero a esta edad no se
pueden hacer planes a largo plazo. No obstante, te diré
que una de las cosas que más me impactó es el trabajo de
Eusebio Leal en la Habana Vieja. Mi último año de vida
en esta ciudad transcurrió en esas calles que conozco
bastante. Ver ese trabajo de reconstrucción de la ciudad
merece que le hagan una estatua a Eusebio en el Parque
Central, así que si yo vuelvo vengo a hacerle un
monumento fotográfico a él y a la Habana Vieja. De
hecho, ya lo comencé. |