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Nunca
pensamos ver morir así, de las manos de una demonia, a
los muy constituidos partidos AD y COPEI. Mueren las
fuerzas del bipartidismo que ocupó casi la segunda mitad
del siglo XX venezolano, y dejan en nuestra memoria las
escenas de Blanca Ibáñez en uniforme, del Retén de
Catia, del Caracazo y La Peste, de Cecilia Matos en New
York, la lista de RECADI… la mentira escenificada y
repetida que los llevó finalmente a perderse, a sostener
un mensaje sin destino.
Nunca
pensamos, cuando veíamos en Radio Róchela el skecht de
las familias, una adeca y otra copeyana, vecinas de un
condominio, que se turnaban en su opulencia, cada cinco
años, según estuvieran los adecos o los copeyanos en el
poder. Nunca pensé que vería el fin de la Guanábana.
AD y
COPEY no tendrán representación en la Asamblea Nacional.
Ellos, que todos los días utilizan su cajero
electrónico, pagan sus deudas por Internet, realizan
transferencias y operaciones de inversión vía ABBA, vía
telefónica, vía celular, o cualquier otro medio
electrónico, sin duda, sobre la privacidad de su
operación, ni sobre los montos y los resultados de la
misma. Confían en el fax, el e-mail y en los sistemas
automatizados de los bancos, allí depositan, a ojos
cerrados, sus ahorros, el futuro de sus hijos, su sueldo
y hasta las joyas de la abuela. Ellos se quitan los
zapatos, la correa, se despojan de su laptop y hasta de
las llaves de su casa, y al final, cuando ya el avión
está en la tierra prometida, en la aduana para entrar a
los propios United States, se someten dócilmente a los
capta-huellas (que allá, efectivamente, sí cruzan su
identidad contra una lista de lectores de Chomski, por
ejemplo). Los sistemas de seguridad están
computarizados, los parlamentos, la bolsa, la banca, el
número del ISBN, la entrega del pasaporte y la compra
del boleto aéreo. Ansiosos y mansos, ante la nación más
poderosa de la Tierra, ponen el pulgar y luego el dedo
índice. Sin chistar. Han entrado al primer mundo y qué
importa si le quitaron su yesquero y la pinza de las
cejas. Y hasta el hilo delantal de su maletín de mano.
No vaya a ser que se le ocurra ahorcar a la aeromoza…
AD y
COPEI, a pesar del harto conocimiento que tienen de la
tecnología contemporánea, se negaron ―así quedará en la
historia― a participar en un proceso electoral
automatizado. Sus exigencias son volver al pasado, y
hasta allí el CNE no puede llegar, por más buena
voluntad que tenga Jorge Rodríguez.
Nadie
nunca pensó verlos así, disminuidos, reducidos a la
nada, no saben si subir o bajar, si morir, o cómo morir.
Buscan el atajo porque se sienten sin aliento, sin
posibilidades. Nunca supuse que terminarían siendo
abiertamente el resto, tan menguado que agoniza, de esa
fuerza que una vez fue vanguardia y legó a la
venezolanidad figuras únicas: Rómulo Gallegos, Andrés
Eloy Blanco o Pérez Alfonso.
Es un
arte el bien morir. ¿Cómo calificaría usted la muerte de
AD y COPEI? ¿Muerte súbita o anunciada? ¿Eutanasia, a
decir de Jessi Chacón?, o la autoinmolación de un zombi.
Nunca
pensé que, después de haber ocupado todos los
protagonismos políticos y haber acaparado el ejercicio
del poder durante casi toda la mitad del siglo XX, AD y
COPEI terminarían así, siendo las cenizas que la
sacerdotisa de SÚMATE (bella sin alma, como diría
Cocciante) esparciría a placer, sobre el caos y la
confrontación que propician, atizan y vaticinan según
guión del Norte (no sabemos aún cuál es el “idiota” que
escribe esos parlamentos, pero lo imaginamos).
La
guerra, la confrontación y el desconocimiento
institucional de la V República son elementos del sueño
que sin descanso visita a Bush. Será mejor que le mande
su carta de navidad a Papá Noel, porque al niño Jesús
parecen gustarle mucho las hallacas.
Se va
la audición, que les vaya bien. Cantando muy bajito se
va la cruzada, el lunes volveremos con más humorada... |