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Cada edición
del Festival Internacional del Nuevo Cine
Latinoamericano significa, entre muchas otras cosas,
resumen, inventario, balance, y tal vez el premio, para
la vanguardia audiovisual cubana. Así ha funcionado
hasta ahora, con las máculas propias de toda empresa
humana. Para el próximo diciembre, durante diez días,
nuestros creadores (sobre todo los que han tenido el
privilegio de ser seleccionados para competir) tendrán
la oportunidad de cotejar sus obras con las que han
realizado recientemente sus homólogos no solo
latinoamericanos, sino europeos, norteamericanos y
asiáticos. Semejante coyuntura representa un buen
momento para reflexionar sobre lo que estamos haciendo y
acerca del nivel realmente alcanzado, a partir de la
ineludible comparación con otras naciones.
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Como en fecha
reciente se dio a conocer la lista completa de la
Selección Oficial, y también de las numerosas muestras y
homenajes, estamos en condiciones de poner en
conocimiento del ingente público festivalero algunos
matices respecto a la representación cubana. Muy pronto
iremos caracterizando, en lo posible, otros momentos de
este evento casi siempre inabarcable. Tal vez sea este
el momento, antes de sumergirnos en el imparable
trasiego de imágenes, para reiterar que si se pretende
continuar atrayendo masivamente al público, a todas y
cada una de las salas animadas por el evento, es preciso
simplificar, en el buen sentido de este término y
contando con la notable capacidad para jerarquizar de
los organizadores, la cantidad de muestras paralelas,
homenajes y exhibiciones diversas. Resulta obvio que hay
un buen número de muestras que muy bien podrían sumarse
a los ciclos posteriores o anteriores de la Cinemateca,
en vez de recargar una programación festivalera a punto
del abarrotamiento. Me refiero, por ejemplo, a muestras
como la del cine francés de la ocupación, de la
vanguardia alemana de los años 20, y los homenajes a
Pier Paolo Pasolini, o a Mario Altolaguirre, de
presencia más que justificada en nuestras pantallas,
pero no necesaria y obligatoriamente en las del
Festival.
Para comenzar el
recorrido, debemos dejar escrito que no existe
representación cubana en la competencia de óperas
primas, ni en la de corto y mediometrajes de ficción.
Fueron elegidos solamente dos documentales para la
competencia:
Montaña de luz,
dirigido por Guillermo Centeno, Rafael Solís, Alejandro
Gil y Alejandro Ramírez, y Un oficio curioso, que
codirigieron Bernabé Hernández y Tamara Castellanos.
Clasificamos solo un título para el
Panorama informativo
documental:
Dando poder a los
pobres, de
Luis Acevedo Fals, pero sí hay amplio espectro de
nuestras producciones en el segmento que se titula Hecho
en Cuba, concebido como una suerte de panorama muy
abarcador e irrestricto de los documentales realizados
en la Isla, ya sea por cubanos (la mayoría) o por
extranjeros. Este año concurren desde Bélgica, Brasil,
España, EE.UU., Finlandia, Gran Bretaña, Hungría y Suiza
los realizadores que han llegado a nuestro país, con la
cámara en la mano, dispuestos a dar su testimonio de
nuestra realidad. Acaso caben ciertas interrogantes
respecto a la escasa presencia del documental cubano en
competencia. ¿Se trata de crisis en la producción, o de
baja calidad en las obras presentadas, o acaso primó un
extremo rigor en la selección de la muestra cubana
documental en concurso? Contestar, parcialmente, estas
preguntas lleva un espacio del que no dispongo ahora, en
todo caso, valga aclarar que comparto la idea de que el
Festival mantenga muy alto el listón, de modo que se
conceda el mínimo espacio posible a las tentaciones del
paternalismo chauvinista.
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Ya se ha dicho lo
suficiente, como si fuera lo más importante del
Festival, pero reiteremos que en la competencia de
largometrajes de ficción nos representan dos filmes ya
vistos (Bailando chachachá, de Manuel Herrera, y
¡Viva Cuba!, de Juan Carlos Cremata) junto con el
estreno absoluto de Barrio Cuba, antes llamada
Gente de pueblo, y dirigida por Humberto Solás. No
pudieron concluirse a tiempo otros títulos que prepara
el ICAIC, y, por tanto, se optó por reducir la presencia
en el Festival, en vez de sacrificar la calidad final
del producto.
“Tan solo quería
hacer una película sincera —ha declarado Humberto Solás,
también presidente del Festival de Cine Pobre y Premio
Nacional de Cine— un testimonio de la época que vivimos,
donde lo más importante son los valores que se resaltan:
la solidaridad, la reunificación familiar, la unidad
nacional, en un momento en que estos valores se ven
amenazados. Mi gran reto estaba en realizar una película
tremendamente humanista, que revelara la idiosincrasia y
la realidad del cubano, sin caer en la sensiblería, pero
tampoco con miedo a enfocarme en lo emocional”.
En el Festival
podremos acercarnos, sobre todo aquellos que no han
accedido a ellas mediante copias piratas (¿acaso vale de
algo negarlo?), a otros dos largometrajes concentrados
en las dificultades, compraventas y crepúsculos de la
realidad contemporánea cubana. Se trata de Frutas en
el café, primer largometraje de Humberto Padrón
(aquel que estremeciera hace unos años el audiovisual
cubano con su Video de familia), que se programa
fuera de concurso, y la exitosa Habana Blues,
suerte de tragicomedia musical, benévola reflexión sobre
el decoro y la amistad, dirigida por el español Benito
Zambrano, uno de los más exitosos egresados de la
Escuela Internacional de Cine y Televisión de San
Antonio de los Baños, la cual toma parte, mediante un
grupo de celebrados cortos, de la Muestra dedicada a las
Escuelas de Cine latinoamericanas.
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En otros puntos
cardinales del Festival, siempre hablando de la embajada
audiovisual cubana, se presentarán diez animados en
competencia, mayormente cortos, incluidos algunos que
firman Mario Rivas, Tulio Raggi o Ernesto Padrón.
También merece destacarse la presencia de seis guiones
inéditos cubanos, enfrentados a 41 de Argentina, diez
mexicanos, diez peruanos y seis colombianos, por solo
mencionar a los países con más fuerte presencia
cuantitativa. Además, hay cuatro carteles en liza, e
igual cantidad procedente de Brasil y de Argentina;
Bolivia, Ecuador, Japón y México participan cada uno con
un cartel.
No quiero pasar por
alto a los jurados, esos que suelen recibir
imprecaciones y reproches, cuando se equivocan en la
difícil decisión, a un golpe de vista, sobre calidades y
trascendencia. En el de ficción está el realizador y
crítico Enrique Colina. En cuanto a óperas primas será
Tomás Piard quien participe en la elección de los
mejores. Juan Padrón forma el conjunto de quienes juzgan
sobre documentales, animados y carteles, mientras que el
mejor guión inédito será decidido por un grupo de
prestigiosos creadores, entre los cuales está el
dramaturgo y crítico Amado del Pino.
Un homenaje a Pastor
Vega, que incluye la casi desconocida En la noche,
el excelente documental ¡Viva la República! y la
polémica Retrato de Teresa, aparte de las
presentaciones especiales de los documentales Esther
Borja: Rapsodia de Cuba, de Pavel Giroud, Harold
Gramatges-La magia de la música, de René Arencibia,
e Iré Habana, codirigido por Jorge Perugorría y
Ángel Alderete, completan aproximadamente la nómina de
los delanteros dentro del audiovisual cubano que, en
diciembre, se apresta para hacer un buen papel en la
fiesta mayor. |