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“Debido a causas desconocidas, en la Tierra se han
perdido los colores, o más bien, hemos dejado de
percibir la mayoría de ellos. Este raro fenómeno ha
suscitado diversas opiniones entre los científicos, los
cuales investigan para hallarle una explicación.”
Eso decía la primera
página del periódico que se vendía en el estanquillo de
la esquina, pero yo aún no lo había leído; acababa de
levantarme asombrado de que todavía fuera de noche
cuando mi despertador marcaba las siete de la mañana en
un día de primavera. Solo penumbras había en mi
habitación, así que verifiqué la hora y, efectivamente,
eran las siete.
Extrañado, abrí la
ventana y me asomé: el sol, como un gran disco negro,
yacía pegado a un cielo gris. ¿Se trataría de un eclipse
inesperado? Decidí encender la radio para oír las
últimas noticias. La voz del locutor me pareció un poco
alterada:
“Un inexplicable
fenómeno físico nos ha privado de la variedad de los
colores. Circulan diversos criterios entre los hombres
de ciencia, los cuales no logran salir de su asombro.
Unos opinan que la causa radica en la influencia de la
corriente El Niño, otros, en el deterioro de la capa de
ozono o en la contaminación ambiental que ha afectado a
la atmósfera. De momento, se sugiere no perder la calma.
Por otra parte, se recomienda a los vehículos
trasladarse con sus luces blancas encendidas y a
moderada velocidad, pues algunos medios de transporte se
perciben en negro, lo que puede originar accidentes en
la oscuridad. En cuanto a los peatones, se les orienta
salir vestidos de blanco a la calle, o más bien, con las
ropas que ellos vean de este color, así como ser
precavidos cuando atraviesen las avenidas, por lo cual
se les aclara que los semáforos tienen ahora luces
grises para la circulación de los vehículos; blancas,
para que estos doblen, y negras, para que crucen los
peatones. La Academia Nacional de Ciencias Físicas, el
Centro de Investigaciones Ópticas y los Institutos de
Meteorología y de Astronomía, informan que se encuentran
estudiando este fenómeno consistente, al parecer, en
una alteración del espectro solar debida a causas
desconocidas. En nuestra programación de la tarde
seguiremos informando.”
Comprendida la
situación, apagué la radio y me vestí para salir. Tenía
que apresurarme para llegar a tiempo al trabajo, la
única ventaja era que el vestuario combinaba con
facilidad: pantalón y camisa blancos, así como corbata
blanca con listas negras.
Salí a la calle. Todos
se movían despacio, con inseguridad. Al cabo de media
hora llegué a la oficina en un autobús negro colmado de
personas con semblantes grises y ansiosos que se
apretaban las unas contra las otras y habían perdido el
ánimo de hablar, aunque en el fondo estuvieran
convencidas de que se trataba de una situación
transitoria y de que la ciencia acabaría por hallar la
solución.
Yo trabajaba en una
casa editora. Llegué, marqué mi tarjeta puntualmente y
comprobé, para mi satisfacción, que los libros
continuaban teniendo las páginas blancas y las letras
negras. Las cubiertas variaban entre el negro, los
grises y distintos matices del blanco, pero ello no
constituía ninguna agravante, máxime si se tenía en
cuenta que esas eran la tonalidades preferidas por
nuestra editorial.
De regreso, ya de
noche —lo cual supe por el reloj—, acostado en mi cama y
mientras intentaba conciliar el sueño, me asaltaron unas
preocupaciones de carácter estético. ¿Qué sería del arte
en esta situación? Las esculturas en su mayor parte
suelen ser blancas, grises o negras según sus
materiales, pero, ¿en cuál color se percibirían los
metales? La cerámica, con su esmaltado colorido, se
vería afectada. Y qué decir de la pintura: los paisajes
con sus verdes y azules, los efectos de la luz sobre las
superficies transformando las tonalidades, las flores,
frutas y objetos de las naturalezas muertas, todo
perdería su intensidad. Una manzana roja y un apio verde
quedarían convertidos en una manzana negra y un apio
gris. Y qué decir de los retratos. Solo se salvarían los
dibujos a plumilla o los trabajos a creyón. Lo más
importante serían entonces la forma, el contorno y el
contraste. Únicamente aquellos pintores afines a las
sombras y a los mensajes tétricos estarían felices. Sin
embargo, la música triunfaría gloriosa; ella, por sus
vibraciones sonoras, sería envidiada. Entre estos y
otros curiosos análisis fue pasando el tiempo, hasta
que, agotado de tanto pensar, me dormí.
Ante una situación tan
incontrolable, muchos científicos perdieron sus
puestos, otros fueron trasladados o ascendidos según las
circunstancias, pero nadie pudo dar con la causa del
fenómeno.
El cine y la
televisión volvieron a ser en blanco y negro. Frente a
tal monotonía, alcanzaron auge la radio y los
espectáculos musicales. Compositores, músicos,
directores de orquesta, coros polifónicos, empresarios y
personal de las estaciones radiales, se enriquecieron. Y
en los grises atardeceres, en las oscuras noches, bajo
una mortecina luz artificial, los hombres solitarios
continuaron leyendo sus libros de páginas blancas y
caracteres negros sin descansar.
Al pasar las semanas,
llegaron las lluvias con su inconfundible olor a tierra
fresca aclarando la atmósfera. Entonces nos asaltó el
recuerdo de hojas de un verde tierno brotando húmedas de
los jugosos tallos, de cielos diáfanos como suspiros, de
un arco iris final.
Primero, empezaron a
caer unas pequeñas gotas grises desde las albas nubes,
golpeando las blancas aceras con un ritmo perpetuo.
Después, la naturaleza pareció ensartada por miles de
agujas que al chocar contra el piso se disolvían en
tenebrosos charcos negros donde los niños no querían
jugar. De hecho, todos nos quedamos en nuestras casas
temerosos y esperanzados a la vez.
Diluvió durante varios
días y, finalmente, escampó. Con cuánta expectación
salimos a la calle y, como siempre, ahí estaba el arco
iris, pero en las tonalidades del negro, el gris y el
blanco. Una frustración, muy parecida a la desesperanza,
nos golpeó.
Al cabo de los años,
una mortal apatía lo fue invadiendo todo. El amor se
transformó en morboso y degeneró en suicidios y pasiones
extrañas. Nos venció la inanición y mientras unos
fallecían por falta de interés en los alimentos, otros
lo hacían por no apetecer su color.
Gradualmente hemos
dejado de trabajar, de estudiar, de crear, de
investigar, de amar, porque todos nos sentimos grises
por dentro y nos percibimos en blanco y negro por fuera.
La humanidad se
encamina hacia la destrucción.
Yo, por mi parte, no
salgo a ningún lugar. Permanezco días y días acostado en
esta cama con el cuerpo desnudo, contemplando la
negritud del techo, que es la misma que me invade cuando
cierro los párpados. Nada me interesa. Nadie me reclama.
Mi vida está contada, es mi última decisión.
Y ahora, que ya no hay
esperanzas, que todo está a punto de terminar, llega de
improviso este rayo de luz que me golpea el rostro y me
hace abrir los ojos y ver, asomado a mi ventana, un sol
púrpura que me sonríe colgado en el telón de un cielo
intensamente azul. |