Año IV
La Habana
2005

Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

EL GRAN ZOO
NOTAS AL FASCISMO

PUEBLO MOCHO

CARTELERA

GALERÍA

LA OPINIÓN
MEMORIAS
LA CRÓNICA
APRENDE
EL CUENTO
POR EMAIL
LA MIRADA
EN PROSCENIO
LA BUTACA
PALABRA VIVA

LIBROS DIGITALES

LA CARICATURA
NÚMEROS ANTERIORES
LA JIRIBILLA DE PAPEL



RECIBIR LAS
ACTUALIZACIONES
POR CORREO
ELECTRÓNICO
Click AQUÍ

Todo es según el color del cristal
Esther Díaz Llanillo


“Debido a causas desconocidas, en la Tierra se han perdido los colores, o más bien, hemos dejado de percibir la mayoría de ellos. Este raro fenómeno ha suscitado diversas opiniones entre los científicos, los cuales investigan para hallarle una explicación.”

Eso decía la primera página del periódico que se vendía en el estanquillo de la esquina, pero yo aún no lo había leído; acababa de levantarme asombrado de que todavía fuera de noche cuando mi despertador marcaba las siete de la mañana en un día de primavera. Solo penumbras había en mi habitación, así que verifiqué la hora y, efectivamente, eran las siete.

Extrañado, abrí la ventana y me asomé: el sol, como un gran disco negro, yacía pegado a un cielo gris. ¿Se trataría de un eclipse inesperado? Decidí encender la radio para oír las últimas noticias. La voz del locutor me pareció un poco alterada:

“Un inexplicable fenómeno físico nos ha privado de la variedad de los colores. Circulan diversos criterios entre los hombres de ciencia, los cuales no logran salir de su asombro. Unos opinan que la causa radica en la influencia de la corriente El Niño, otros, en el deterioro de la capa de ozono o en la contaminación ambiental que ha afectado a la atmósfera. De momento, se sugiere no perder la calma. Por otra parte, se recomienda a los vehículos trasladarse con sus luces blancas encendidas y a moderada velocidad, pues algunos medios de transporte se perciben en negro, lo que puede originar accidentes en la oscuridad. En cuanto a los peatones, se les orienta salir vestidos de blanco a la calle, o más bien, con las ropas que ellos vean de este color, así como ser precavidos cuando atraviesen las avenidas, por lo cual se les aclara que los semáforos tienen ahora luces grises para la circulación de los vehículos; blancas, para que estos doblen, y negras, para que crucen los peatones. La Academia Nacional de Ciencias Físicas, el Centro de Investigaciones Ópticas y los Institutos de Meteorología y de Astronomía, informan que se encuentran estudiando este fenómeno consistente, al parecer,  en una alteración del espectro solar debida a causas desconocidas. En nuestra programación de la tarde seguiremos informando.”

Comprendida la situación, apagué la radio y me vestí para salir. Tenía que apresurarme para llegar a tiempo al trabajo, la única ventaja era que el vestuario combinaba con facilidad: pantalón y camisa blancos, así como corbata blanca con listas negras.

Salí a la calle. Todos se movían despacio, con inseguridad. Al cabo de media hora llegué a la oficina en un autobús negro colmado de personas con semblantes grises y ansiosos que se apretaban las unas contra las otras y habían perdido el ánimo de hablar, aunque en el fondo estuvieran convencidas de que se trataba de una situación transitoria y de que la ciencia acabaría por hallar la solución.

Yo trabajaba en una casa editora. Llegué, marqué mi tarjeta puntualmente y comprobé, para mi satisfacción, que los libros continuaban teniendo las páginas blancas y las letras negras. Las cubiertas variaban entre el negro, los grises y distintos matices del blanco, pero ello no constituía ninguna agravante, máxime si se tenía en cuenta que esas eran la tonalidades preferidas por nuestra editorial.

De regreso, ya de noche —lo cual supe por el reloj—, acostado en mi cama y mientras intentaba conciliar el sueño, me asaltaron unas preocupaciones de carácter estético. ¿Qué sería del arte en esta situación? Las esculturas en su mayor parte suelen ser blancas, grises o negras según sus materiales, pero, ¿en cuál color se percibirían los metales? La cerámica, con su esmaltado colorido, se vería afectada. Y qué decir de la pintura: los paisajes con sus verdes y azules, los efectos de la luz sobre las superficies transformando las tonalidades, las flores, frutas y objetos de las naturalezas muertas, todo perdería su intensidad. Una manzana roja y un apio verde quedarían convertidos en una manzana negra y un apio gris. Y qué decir de los retratos. Solo se salvarían los dibujos a plumilla o los trabajos a creyón. Lo más importante serían entonces la forma, el contorno y el contraste. Únicamente aquellos pintores afines a las sombras y a los mensajes tétricos estarían felices. Sin embargo, la música triunfaría gloriosa; ella, por sus vibraciones sonoras, sería envidiada. Entre estos y otros curiosos análisis fue pasando el tiempo, hasta que, agotado de tanto pensar, me dormí.

Ante una situación tan incontrolable, muchos cien­tíficos perdieron sus puestos, otros fueron trasladados o ascendidos según las circunstancias, pero nadie pudo dar con la causa del fenómeno.

El cine y la televisión volvieron a ser en blanco y negro. Frente a tal monotonía, alcanzaron auge la radio y los espectáculos musicales. Compositores, músicos, directores de orquesta, coros polifónicos, empresarios y personal de las estaciones radiales, se enriquecieron. Y en los grises atardeceres, en las oscuras noches, bajo una mortecina luz artificial, los hombres solitarios continuaron leyendo sus libros de páginas blancas y caracteres negros sin descansar.

Al pasar las semanas, llegaron las lluvias con su inconfundible olor a tierra fresca aclarando la atmósfera. Entonces nos asaltó el recuerdo de hojas de un verde tierno brotando húmedas de los jugosos tallos, de cielos diáfanos como suspiros, de un arco iris final.

Primero, empezaron a caer unas pequeñas gotas grises desde las albas nubes, golpeando las blancas aceras con un ritmo perpetuo. Después, la naturaleza pareció ensartada por miles de agujas que al chocar contra el piso se disolvían en tenebrosos charcos negros donde los niños no querían jugar. De hecho, todos nos quedamos en nuestras casas temerosos y espe­ranzados a la vez.

Diluvió durante varios días y, finalmente, escampó. Con cuánta expectación salimos a la calle y, como siempre, ahí estaba el arco iris, pero en las tonalidades del negro, el gris y el blanco. Una frustración, muy parecida a la desesperanza, nos golpeó.

Al cabo de los años, una mortal apatía lo fue invadiendo todo. El amor se transformó en morboso y degeneró en suicidios y pasiones extrañas. Nos venció la inanición y mientras unos fallecían por falta de interés en los alimentos, otros lo hacían por no apetecer su color.

Gradualmente hemos dejado de trabajar, de estudiar, de crear, de investigar, de amar, porque todos nos sentimos grises por dentro y nos percibimos en blanco y negro por fuera.

La humanidad se encamina hacia la destrucción.

Yo, por mi parte, no salgo a ningún lugar. Permanezco días y días acostado en esta cama con el cuerpo desnudo, contemplando la negritud del techo, que es la misma que me invade cuando cierro los párpados. Nada me interesa. Nadie me reclama. Mi vida está contada, es mi última decisión.

Y ahora, que ya no hay esperanzas, que todo está a punto de terminar, llega de improviso este rayo de luz que me golpea el rostro y me hace abrir los ojos y ver, asomado a mi ventana, un sol púrpura que me sonríe colgado en el telón de un cielo intensamente azul.

SUBIR


Página principal

Enlaces Añadir a Favoritos Enviar correo

Suscripción

© La Jiribilla. La Habana. 2005
 IE-800X600