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Cuando Chucho Valdés, a las puertas del Festival
Internacional Jazz Plaza 2005, anunció el estreno de una
obra suya especialmente dedicada a la ciudad de Nueva
Orleans y a las víctimas del huracán Katrina, interpretó
los sentimientos de la inmensa mayoría de los jazzistas
cubanos.
Este año el foro jazzístico más importante
transcurre pocos meses después de que la tragedia se
abatiera sobre esa ciudad norteamericana, golpeada
tanto por el potente meteoro como por las secuelas
de un ineficaz sistema de protección de la población
civil, que dejó desamparados a los ciudadanos más
pobres, mayoritariamente negros y latinos.
Los jazzistas cubanos sintieron esos tristes
acontecimientos como si fuera en carne propia. Cuentan
los vínculos históricos entre La Habana y Nueva Orleans
—se ha dicho, con mucha razón, que el espacio Caribe
tiene allí su norte cultural—, el trasiego de músicas e
influencias artísticas recíprocas, y una cercanía que
los diferendos políticos no han podido borrar.
Otros cubanos, médicos y personal paramédico, se
ofrecieron para asistir desinteresadamente a los
damnificados del Katrina. El gobierno de EE.UU. no
respondió a esa vocación solidaria, como lo hizo después
Paquistán, donde las poblaciones que sufrieron el
terrible impacto del terremoto del último octubre, han
acogido al personal cubano de la salud.
Nuestros músicos, como el caso de Chucho, ofrecieron
música. A Chucho particularmente lo motivó la amistad
con la familia Marsalis y su sensible conocimiento de
cuántos tesoros musicales ha generado el Sur de los
EE.UU.
Otro importante convocatoria se ha dado a conocer en
estos días de Jazz Plaza 2005: la de realizar un
encuentro entre músicos de Cuba y EE.UU., dedicado en
Nueva Orleans, en un tercer país, al cual puedan tener
acceso los artistas norteamericanos, prácticamente
imposibilitados de viajar a Cuba debido a las fuertes
restricciones impuestas por Washington en su obcecada
política contra la Isla.
Desde ya están tratando de hacer realidad ese sueño el
próximo año. Lo conciben como un puente sonoro tendido
libremente entre las dos naciones, como un canto a la
amistad, la solidaridad y la comprensión humana.
También va tomando forma otra convocatoria, presentada
por el Jazz Café, uno de los más emblemáticos sitios de
La Habana de noche, a pocos metros del Malecón:
organizar una jornada de dos días para interpretar blues
dedicados a Nueva Orleans de forma ininterrumpida a lo
largo de más de 48 horas.
De un modo u otro, Nueva Orleans se ha hecho íntima
entre los jazzistas cubanos por estos días. Es como si
el espíritu de los ancestros levitara sobre la cadencia
del jazz.
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