Año IV
La Habana

3 - 9 de DICIEMBRE
de
2005

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EL MÉGANO
A medio siglo de aquel acto de fe

Joel del Río La Habana


Mediante la entrega de la medalla que lleva el nombre el ilustre intelectual José Manuel Valdés Rodríguez, la Universidad de La Habana rindió homenaje a los creadores de El Mégano. A las puertas del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano es más que oportuno recordar aquel filme que ha venido alcanzando categoría de obra fundacional para el audiovisual cubano y latinoamericano.

En la tarde del 30 de noviembre, en el edificio que ocupaba el antiguo Retiro Odontológico, hoy Escuela de Economía, es decir en 21 y L, nos reunimos un grupo de críticos de cine, realizadores, periodistas y estudiantes universitarios, para celebrar los 50 años de la primera proyección de El Mégano, en la Sala Talía. Entre quienes consagraron la tarde al recuerdo, y a la reflexión que busca en el pasado para proyectar ideas al futuro, se encontraba Julio García Espinosa, guionista y director del filme fundacional, el también realizador José Massip, y el creador de efectos especiales y utilero Pedro García Espinosa, los tres directamente vinculados a la realización de una película que, al decir de Fernando Birri, también presente en el homenaje, tiene la belleza y la sencillez de los actos iniciáticos.

El recuento lo inició el crítico de cine, Pedro Noa, con destacada labor en Extensión Universitaria, recordando aquellos años en que se fraguaba el filme, los momentos previos a su proyección en la Sala Talía, así como a poner de manifiesto la relación de algunos de estos creadores con el crítico e investigador José Manuel Valdés Rodríguez, quien tanto hiciera por despertar el conocimiento, y la acción, cinematográficas en Cuba. Precisamente en este acto, el vicerrector de la Universidad, Mario Luis Rodríguez, hizo entrega de la Medalla honoraria que lleva el nombre de José Manuel Valdés Rodríguez, a Julio García Espinosa y a José Massip.

Fue precisamente Massip el primero en apelar a su memoria proverbial para rememorar aquel día de noviembre, de hace cincuenta años, en que el país vivía una convulsa situación política, y la tensión era muy grande, sublimada por la tremenda represión policial. En medio de tan complejo panorama, es que la primera, y única copia de El Mégano, llega a la Sala Talía, que había sido la segunda opción, pues realmente la proyección debió correr a cargo de la sociedad cultural Nuestro Tiempo. Sin el cardinal desempeño cultural, y político, de Nuestro Tiempo, insistió Massip, resulta imposible comprender cómo fue posible la realización de la película, pero sus miembros estaban demasiado asediados por la policía, y fue por eso que la realización, y la única exhibición que se realizó del filme, se desvinculó del nombre de la célebre sociedad cultural. Massip también hizo referencia a que en el momento de la proyección la Universidad estaba cerrada, pero la salita estaba llena de gente interesada en ver el filme, que de inmediato alcanzó una cierta fama al nivel de comentarios de boca a boca, por a los creadores los detuvo la policía, y les exigieron que entregaran la única copia, la misma que se mantuvo secuestrada hasta el triunfo de la Revolución.

El Mégano no ostenta solamente una importancia como honesto testimonio de una época, y del carácter del campesinado cubano, también es el primer filme donde se emplea un dolly, empleado por el fotógrafo Jorge Haydú para lograr un travelling a la cara de un personaje. Se realizó a lo largo de todo un año, pues el equipo principal (Julio, Gutiérrez Alea, Alfredo Guevara y Haydú) filmaban solo los fines de semana, de viernes a domingo, cuando regresaban a la capital luego de haber rodado este documental narrativo sobre la voluntad de algunos campesinos por imponerse a las terribles condiciones de los pantanos, y al duro trabajo como carboneros, en las proximidades al Surgidero de Batabanó.

Luego de disculparse por su mala memoria, Julio comenzó a reeditar en su mente aquellos días de hace más de cincuenta años: “Casi no me acuerdo de nada, por lo menos puedo decir que no recuerdo demasiados detalles, pero cada vez que hablo de El Mégano me viene a la mente una anécdota que me impresionó mucho. Cuando nos metió presos el SIM (Servicio de Inteligencia Militar), yo estaba en el vestíbulo de la estación y pasó el que era jefe de esa fuerza represiva. Me miró y me preguntó si era yo el que había hecho esa película de mierda. Le respondí preguntándole si él sabía lo que era el neorrealismo italiano, y de inmediato hice mi primera defensa importante del método neorrealista. El militar me interrumpió en algún momento diciéndome que yo no solo hacía una película de mierda, sino que hablaba mierda como loco. Ahí mismo me di cuenta que ese tipo no iba a saber nunca lo que era el neorrealismo italiano ni a entender nada de la posibilidad de tener cine en Cuba, un cine que era imposible sin que el país entero alcanzara antes la independencia”.

A continuación García Espinosa hizo referencia a sus primeros estudios de cine con el crítico Valdés Rodríguez, a su estancia luego en Italia, la metrópolis del neorrealismo, junto con Tomás Gutiérrez Alea, a su breve periodo de asistente de dirección de Luigi Zampa (un director importante de aquel momento) y a su encuentro con Chaplin, de quien guarda como acto de fe la frase que tanto le gusta emplear: “todo artista verdadero sigue siendo un aficionado”. Luego, llegó el momento de regresar a Cuba, a divulgar las ideas neorrealistas, pero muy pronto se cansaron de la teoría, y decidieron hacer algo práctico: rodar una obra que les permitiera aplicar lo aprendido en Italia. Cada uno hizo un guión, y fue elegido el de Julio porque era el que permitía practicar a fondo la estética y el credo neorrealista: contar una historia de gente sencilla, trabajadores, utilizar actores no profesionales y mostrar la realidad social sin maquillajes ni paliativos.

El Mégano no es un documental puro —continuó diciendo Julio— es un corto que narra una historia inventada, con actores no profesionales. Para mí, una de los elementos más importantes del neorrealismo era su propuesta de nuevo método de actuación, pues se buscaba a personas capaces de expresar emociones, y de convertirse en el personaje asignado. El neorrealismo marcó el Nuevo Cine Latinoamericano. Mientras nosotros filmábamos El Mégano en las ciénagas del sur de Cuba, desconocíamos que, más o menos por las mismas fechas, Fernando Birri estaba haciendo en Argentina Tire Dié, Nelson Pereira Dos Santos, en Brasil, realizaba Río 40 grados, Benito Alazraki, en México, dirigía Raíces, y Margot Benaceraf en Venezuela le daba forma al documental Araya”. 

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