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Mediante la entrega de la medalla
que lleva el nombre el ilustre
intelectual José Manuel Valdés
Rodríguez, la Universidad de La
Habana rindió homenaje a los
creadores de El Mégano. A las
puertas del Festival del Nuevo Cine
Latinoamericano es más que oportuno
recordar aquel filme que ha venido
alcanzando categoría de obra
fundacional para el audiovisual
cubano y latinoamericano.
En la tarde del 30 de
noviembre, en el edificio que ocupaba el antiguo Retiro
Odontológico, hoy Escuela de Economía, es decir en 21 y
L, nos reunimos un grupo de críticos de cine,
realizadores, periodistas y estudiantes universitarios,
para celebrar los 50 años de la primera proyección de
El Mégano, en la Sala Talía. Entre quienes
consagraron la tarde al recuerdo, y a la reflexión que
busca en el pasado para proyectar ideas al futuro, se
encontraba Julio García Espinosa, guionista y director
del filme fundacional, el también realizador José
Massip, y el creador de efectos especiales y utilero
Pedro García Espinosa, los tres directamente vinculados
a la realización de una película que, al decir de
Fernando Birri, también presente en el homenaje, tiene
la belleza y la sencillez de los actos iniciáticos.
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El recuento lo inició
el crítico de cine, Pedro Noa, con destacada labor en
Extensión Universitaria, recordando aquellos años en que
se fraguaba el filme, los momentos previos a su
proyección en la Sala Talía, así como a poner de
manifiesto la relación de algunos de estos creadores con
el crítico e investigador José Manuel Valdés Rodríguez,
quien tanto hiciera por despertar el conocimiento, y la
acción, cinematográficas en Cuba. Precisamente en este
acto, el vicerrector de la Universidad, Mario Luis
Rodríguez, hizo entrega de la Medalla honoraria que
lleva el nombre de José Manuel Valdés Rodríguez, a Julio
García Espinosa y a José Massip.
Fue precisamente
Massip el primero en apelar a su memoria proverbial para
rememorar aquel día de noviembre, de hace cincuenta
años, en que el país vivía una convulsa situación
política, y la tensión era muy grande, sublimada por la
tremenda represión policial. En medio de tan complejo
panorama, es que la primera, y única copia de El
Mégano, llega a la Sala Talía, que había sido la
segunda opción, pues realmente la proyección debió
correr a cargo de la sociedad cultural Nuestro Tiempo.
Sin el cardinal desempeño cultural, y político, de
Nuestro Tiempo, insistió Massip, resulta imposible
comprender cómo fue posible la realización de la
película, pero sus miembros estaban demasiado asediados
por la policía, y fue por eso que la realización, y la
única exhibición que se realizó del filme, se desvinculó
del nombre de la célebre sociedad cultural. Massip
también hizo referencia a que en el momento de la
proyección la Universidad estaba cerrada, pero la salita
estaba llena de gente interesada en ver el filme, que de
inmediato alcanzó una cierta fama al nivel de
comentarios de boca a boca, por a los creadores los
detuvo la policía, y les exigieron que entregaran la
única copia, la misma que se mantuvo secuestrada hasta
el triunfo de la Revolución.
El Mégano
no ostenta solamente una importancia como honesto
testimonio de una época, y del carácter del campesinado
cubano, también es el primer filme donde se emplea un
dolly, empleado por el fotógrafo Jorge Haydú para lograr
un travelling a la cara de un personaje. Se
realizó a lo largo de todo un año, pues el equipo
principal (Julio, Gutiérrez Alea, Alfredo Guevara y
Haydú) filmaban solo los fines de semana, de viernes a
domingo, cuando regresaban a la capital luego de haber
rodado este documental narrativo sobre la voluntad de
algunos campesinos por imponerse a las terribles
condiciones de los pantanos, y al duro trabajo como
carboneros, en las proximidades al Surgidero de
Batabanó.
Luego de disculparse
por su mala memoria, Julio comenzó a reeditar en su
mente aquellos días de hace más de cincuenta años: “Casi
no me acuerdo de nada, por lo menos puedo decir que no
recuerdo demasiados detalles, pero cada vez que hablo de
El Mégano me viene a la mente una anécdota que me
impresionó mucho. Cuando nos metió presos el SIM
(Servicio de Inteligencia Militar), yo estaba en el
vestíbulo de la estación y pasó el que era jefe de esa
fuerza represiva. Me miró y me preguntó si era yo el que
había hecho esa película de mierda. Le respondí
preguntándole si él sabía lo que era el neorrealismo
italiano, y de inmediato hice mi primera defensa
importante del método neorrealista. El militar me
interrumpió en algún momento diciéndome que yo no solo
hacía una película de mierda, sino que hablaba mierda
como loco. Ahí mismo me di cuenta que ese tipo no iba a
saber nunca lo que era el neorrealismo italiano ni a
entender nada de la posibilidad de tener cine en Cuba,
un cine que era imposible sin que el país entero
alcanzara antes la independencia”.
A continuación García
Espinosa hizo referencia a sus primeros estudios de cine
con el crítico Valdés Rodríguez, a su estancia luego en
Italia, la metrópolis del neorrealismo, junto con Tomás
Gutiérrez Alea, a su breve periodo de asistente de
dirección de Luigi Zampa (un director importante de
aquel momento) y a su encuentro con Chaplin, de quien
guarda como acto de fe la frase que tanto le gusta
emplear: “todo artista verdadero sigue siendo un
aficionado”. Luego, llegó el momento de regresar a Cuba,
a divulgar las ideas neorrealistas, pero muy pronto se
cansaron de la teoría, y decidieron hacer algo práctico:
rodar una obra que les permitiera aplicar lo aprendido
en Italia. Cada uno hizo un guión, y fue elegido el de
Julio porque era el que permitía practicar a fondo la
estética y el credo neorrealista: contar una historia de
gente sencilla, trabajadores, utilizar actores no
profesionales y mostrar la realidad social sin
maquillajes ni paliativos.
“El Mégano no
es un documental puro —continuó diciendo Julio— es un
corto que narra una historia inventada, con actores no
profesionales. Para mí, una de los elementos más
importantes del neorrealismo era su propuesta de nuevo
método de actuación, pues se buscaba a personas capaces
de expresar emociones, y de convertirse en el personaje
asignado. El neorrealismo marcó el Nuevo Cine
Latinoamericano. Mientras nosotros filmábamos El
Mégano en las ciénagas del sur de Cuba,
desconocíamos que, más o menos por las mismas fechas,
Fernando Birri estaba haciendo en Argentina Tire Dié,
Nelson Pereira Dos Santos, en Brasil, realizaba Río
40 grados, Benito Alazraki, en México, dirigía
Raíces, y Margot Benaceraf en Venezuela le daba
forma al documental Araya”. |