Año IV
La Habana

3 - 9 de DICIEMBRE
de
2005

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ANETTE DELGADO Y RÓMEL FRÓMETA
Queman las naves en El lago
H. R. Silva
La Habana
Fotos: Nancy Reyes

 

Anette Delgado y Rómel Frómeta

Anette Delgado y Rómel Frómeta estuvieron entre las primeras y los primeros bailarines cubanos que, en la recién concluida temporada de invierno del Ballet Nacional de Cuba (BNC), consagrada íntegramente a El lago de los cisnes, interpretaron los roles protagónicos de Siegfried y de Odette-Odile. 

Mirando al conjunto de siete funciones que abarcó dicha temporada, la frescura de Anette y el ascenso de Rómel, contribuyeron a ofrecer una visión de diversidad, rica y plural, sin perjuicio de la línea clásico-romántica de la obra. 

El avance del trabajo de la pareja se hizo evidente de modo particular en los siempre esperados pas de deux del II y el III actos.  

En el primero de ellos, el pas de deux del II acto, su danza fluyó con suavidad y delicadeza, y logró transmitir el despertar y afianzamiento de la comunicación entre Siegfried y Odette. 

Así supieron proyectar la creciente y mutua atracción entre ambas criaturas. La delicadeza y estupor del príncipe, crecía por minutos ante el extraño comportamiento de su interlocutora, un ser que, siendo ave, de pronto se tornaba en mujer, y lo hacía de forma convincente. 

Igual supo afrontar la pareja la “amenaza” del pas de deux del III acto, en especial la de la escena final, en la que Odile, el cisne negro, engaña de medio a medio al príncipe Siegfried y se burla de él. 

Anette “Odile” Delgado supo ser una buena embustera, y lo fue en la misma medida en que Rómel “Siegfried” Frómeta supo expresar sorpresa y confusión. 

LA HORA DE LA ABSTRACCIÓN 

Rómel Frómeta

¿Con cuál de sus ejecuciones de esos momentos cumbres quedó usted más satisfecho? ―le preguntó al galán La Jiribilla

Me sentí mejor en el pas de deux del II acto ―respondió―, lo había trabajado más. Ahí el bailarín tiene que transmitir diferentes estados anímicos. Se trata de un príncipe aventurero, que ve pasar una bandada de cisnes y sale con ímpetu a cazarlos. Lo que menos espera es encontrarse con una princesa encantada, de la cual se enamora y a quien le jura amor. No es fácil expresar el contraste. El amor tendría que matizar el ímpetu inicial. 

De bailar de nuevo El lago..., ¿dónde pondría más brío? 

Más que en el adagio ―reflexionó―, pondría cuidado en mi trabajo personal, sea en las pantomimas o en ciertos percances técnicos. 

Para el ballet la pantomima es el habla misma. 

Aún mis pantomimas no son suficientemente fluidas ―agregó―, y eso puede denotar cierta incapacidad de expresión corporal. Luego, uno espera que algunos pasos técnicos le salgan mejor. Los giros siguen siendo mi talón de Aquiles. No puedo confiarme demasiado. 

Se cuestionó la capacidad del BNC para hacer siete Lagos..., ¿qué piensa usted? 

Al público le preocupa la rapidez con que fueron preparadas las parejas. El proceso se aceleró debido a la escasez de primeras figuras. El saldo es positivo. Probar a la gente joven, promoverla, darle oportunidad, promocionarla, no solo es algo necesario, sino bueno. Hay que sacar adelante a la gente joven, a los que vienen detrás, ellos son la cantera, el futuro. No hay otra opción. Hay que crecerse. 

El BNC vive otra hora crucial, ¿y Rómel Frómeta? 

También atravesé momentos decisivos, pero los voy superando. Lo importante es que he bailado mucho, y voy a seguir haciéndolo. El artista debe abstraerse de todo lo que le rodea y centrarse en su carrera. No digo que sea fácil, pero estoy intentándolo. Aún cuando todo diga que no, yo quiero decir que sí, quiero salir al escenario y quemar las naves, para eso cuento con Anette Delgado. 

UN CUERPO HERMOSO... DE BAILE
 

Anette Delgado y Cuerpo de Baile

“Para eso cuento con Anette Delgado”, diría Rómel Frómeta en la despedida, sin sospechar que ella estaba cerca, que La Jiribilla la había abordado, y que en la breve entrevista Anette no perdió chance de defenderlo a él, a Rómel Frómeta. 

¿Quizás en algún momento, al salir de un giro o cambio de manos, su compañero, sin quererlo, la atropelló a usted? 

De ninguna manera ―se precipitó―. Lo que sucedió fue que no tuvimos oportunidad de ensayar con la orquesta, y la falta nos creó incertidumbre, en ocasiones nos adelantamos o atrasamos en relación con la música. Yo hubiese preferido un ritmo más lento. Cada bailarín tiene su propio ritmo. Rómel es un bailarín de grandes saltos y el director de la orquesta, quienquiera que fuese, debería de tenerlo  en cuenta. Me gustaría haber hecho otra función, para limar esos detalles.  

Para que cada pareja tuviese esa posibilidad, habría que alargar las temporadas, extenderlas a unas 10 funciones. 

Bueno ―insistió―, me gustaría hacer no una, sino varias funciones, pero no es menos cierto que la extensión de las temporadas afectaría al cuerpo de baile. Las figuras que interpretamos los roles protagónicos bailaríamos dos o más veces, pero el resto bailaría diariamente. 

Se tiende a pensar en las primeras figuras y se olvida el cuerpo de baile. 

Bailar en el cuerpo de baile ―concordó con nosotros― no es coser y cantar. Si eres cabeza de fila, ya sabes la responsabilidad que eso encierra, y si no, hay que seguir la cabeza, estar atenta todo el tiempo, pendiente de las filas, de las marcas, una equivocación tuya puede arruinar el cuerpo de baile. 

La crítica internacional siempre alabó el cuerpo de baile del BNC. 

Y ese nivel se mantiene ―enfatizó―. Amanda Fuentes y Olivia Quintana, ambas miembros del cuerpo de baile, bailaron en esta temporada en el papel de los cuatro cisnes junto a la primera solista Linnet González y a la solista Betina Ojeda. Asimismo, Yanela Piñera, miembro del cuerpo de baile, tuvo una actuación impecable junto a la bailarina principal Sadaise Arencibia y el solista Elier Bourzac en el pas de trois del I acto. Los ejemplos prueban que el nivel de nuestro cuerpo de baile no solo es alto, sino también parejo. 

Una última pregunta, ¿en qué la deja pensando esta última temporada del BNC? 

Echando una mirada sobre el público, tengo la impresión de que ya muchos no valoran en su justa medida los valores histriónicos de la interpretación de un bailarín y solo prestan atención a sus dotes o explosiones técnicas. Hablando del Lago..., la bailarina italiana Legnani introdujo la costumbre de realizar 32 fouettés en la coda del pas de deux del III acto, cosa que el público ha venido exigiendo desde entonces, y que a mí me parece muy bien. Pero del mismo modo pareciera que el público dejó de admirar, por ejemplo, los llamados pas de bourrée, marcha en la que se avanza con una secuencia de pasos pequeños, uniformes, dando la sensación de deslizamiento. Estos son pasos básicos de la danza clásica, de gran valor coreográfico, tienen que ser leves, rápidos, el espectador no debe percibir la separación entre los pies del intérprete. El público se olvidó de admirar tales detalles. Es preciso contribuir con su rescate.

Anette Delgado y Rómel Frómeta

 

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