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Anette Delgado y
Rómel Frómeta |
Anette Delgado y
Rómel Frómeta estuvieron entre las primeras y los
primeros bailarines cubanos que, en la recién concluida
temporada de invierno del Ballet Nacional de Cuba (BNC),
consagrada íntegramente a El lago de los cisnes,
interpretaron los roles protagónicos de Siegfried y de
Odette-Odile.
Mirando al conjunto
de siete funciones que abarcó dicha temporada, la
frescura de Anette y el ascenso de Rómel, contribuyeron
a ofrecer una visión de diversidad, rica y plural, sin
perjuicio de la línea clásico-romántica de la obra.
El avance del trabajo
de la pareja se hizo evidente de modo particular en los
siempre esperados pas de deux del II y el III
actos.
En
el primero de ellos, el
pas de deux
del II acto, su danza fluyó con suavidad y delicadeza, y
logró transmitir el despertar y afianzamiento de la
comunicación entre Siegfried y Odette.
Así supieron proyectar la creciente y mutua atracción
entre ambas criaturas. La delicadeza y estupor del
príncipe, crecía por minutos ante el extraño
comportamiento de su interlocutora, un ser que, siendo
ave, de pronto se tornaba en mujer, y lo hacía de forma
convincente.
Igual supo afrontar la pareja la “amenaza” del pas de
deux del III acto, en especial la de la escena
final, en la que Odile, el cisne negro, engaña de medio
a medio al príncipe Siegfried y se burla de él.
Anette “Odile” Delgado supo ser una buena embustera, y
lo fue en la misma medida en que Rómel “Siegfried”
Frómeta supo expresar sorpresa y confusión.
LA
HORA DE LA ABSTRACCIÓN
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Rómel Frómeta |
¿Con cuál de sus ejecuciones de esos momentos cumbres
quedó usted más satisfecho? ―le preguntó al galán La
Jiribilla.
Me sentí mejor en el
pas de deux del II acto ―respondió―, lo había
trabajado más. Ahí el bailarín tiene que transmitir
diferentes estados anímicos. Se trata de un príncipe
aventurero, que ve pasar una bandada de cisnes y sale
con ímpetu a cazarlos. Lo que menos espera es
encontrarse con una princesa encantada, de la cual se
enamora y a quien le jura amor. No es fácil expresar el
contraste. El amor tendría que matizar el ímpetu
inicial.
De
bailar de nuevo El lago...,
¿dónde
pondría más brío?
Más que en el adagio
―reflexionó―, pondría cuidado en mi trabajo personal,
sea en las pantomimas o en ciertos percances técnicos.
Para el ballet la
pantomima es el habla misma.
Aún mis pantomimas no
son suficientemente fluidas ―agregó―, y eso puede
denotar cierta incapacidad de expresión corporal. Luego,
uno espera que algunos pasos técnicos le salgan mejor.
Los giros siguen siendo mi talón de Aquiles. No puedo
confiarme demasiado.
Se cuestionó la
capacidad del BNC para hacer siete Lagos..., ¿qué
piensa usted?
Al público le
preocupa la rapidez con que fueron preparadas las
parejas. El proceso se aceleró debido a la escasez de
primeras figuras. El saldo es positivo. Probar a la
gente joven, promoverla, darle oportunidad,
promocionarla, no solo es algo necesario, sino bueno.
Hay que sacar adelante a la gente joven, a los que
vienen detrás, ellos son la cantera, el futuro. No hay
otra opción. Hay que crecerse.
El BNC vive otra hora crucial, ¿y
Rómel Frómeta?
También atravesé
momentos decisivos, pero los voy superando. Lo
importante es que he bailado mucho, y voy a seguir
haciéndolo. El artista debe abstraerse de todo lo que le
rodea y centrarse en su carrera. No digo que sea fácil,
pero estoy intentándolo. Aún cuando todo diga que no, yo
quiero decir que sí, quiero salir al escenario y quemar
las naves, para eso cuento con Anette Delgado.
UN
CUERPO HERMOSO... DE BAILE
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Anette Delgado y
Cuerpo de Baile |
“Para eso cuento con
Anette Delgado”, diría Rómel Frómeta en la despedida,
sin sospechar que ella estaba cerca, que La Jiribilla
la había abordado, y que en la breve entrevista Anette
no perdió chance de defenderlo a él, a Rómel Frómeta.
¿Quizás en algún
momento, al salir de un giro o cambio de manos, su
compañero, sin quererlo, la atropelló a usted?
De ninguna manera
―se
precipitó―. Lo que sucedió fue que no tuvimos
oportunidad de ensayar con la orquesta, y la falta nos
creó incertidumbre, en ocasiones nos adelantamos o
atrasamos en relación con la música. Yo hubiese
preferido un ritmo más lento. Cada bailarín tiene su
propio ritmo. Rómel es un bailarín de grandes saltos y
el director de la orquesta, quienquiera que fuese,
debería de tenerlo en cuenta. Me gustaría haber hecho
otra función, para limar esos detalles.
Para que cada pareja
tuviese esa posibilidad, habría que alargar las
temporadas, extenderlas a unas 10 funciones.
Bueno
―insistió―, me
gustaría hacer no una, sino varias funciones, pero no es
menos cierto que la extensión de las temporadas
afectaría al cuerpo de baile. Las figuras que
interpretamos los roles protagónicos bailaríamos dos o
más veces, pero el resto bailaría diariamente.
Se tiende a pensar en las primeras
figuras y se olvida el cuerpo de baile.
Bailar en el cuerpo de baile ―concordó con nosotros― no
es coser y cantar. Si eres cabeza de fila, ya sabes la
responsabilidad que eso encierra, y si no, hay que
seguir la cabeza, estar atenta todo el tiempo, pendiente
de las filas, de las marcas, una equivocación tuya puede
arruinar el cuerpo de baile.
La crítica internacional siempre
alabó el cuerpo de baile del BNC.
Y
ese nivel se mantiene ―enfatizó―. Amanda Fuentes y
Olivia Quintana, ambas miembros del cuerpo de baile,
bailaron en esta temporada en el papel de los cuatro
cisnes junto a la primera solista Linnet González y a la
solista Betina Ojeda. Asimismo, Yanela Piñera, miembro
del cuerpo de baile, tuvo una actuación impecable junto
a la bailarina principal Sadaise Arencibia y el solista
Elier Bourzac en el pas de trois del I acto. Los
ejemplos prueban que el nivel de nuestro cuerpo de baile
no solo es alto, sino también parejo.
Una última pregunta, ¿en qué la
deja pensando esta última temporada del BNC?
Echando una mirada sobre el público, tengo la impresión
de que ya muchos no valoran en su justa medida los
valores histriónicos de la interpretación de un bailarín
y solo prestan atención a sus dotes o explosiones
técnicas. Hablando del Lago..., la bailarina
italiana Legnani introdujo la costumbre de realizar 32
fouettés en la coda del pas de deux del
III acto, cosa que el público ha venido exigiendo desde
entonces, y que a mí me parece muy bien. Pero del mismo
modo pareciera que el público dejó de admirar, por
ejemplo, los llamados pas de bourrée, marcha en
la que se avanza con una secuencia de pasos pequeños,
uniformes, dando la sensación de deslizamiento. Estos
son pasos básicos de la danza clásica, de gran valor
coreográfico, tienen que ser leves, rápidos, el
espectador no debe percibir la separación entre los pies
del intérprete. El público se olvidó de admirar tales
detalles. Es preciso contribuir con su rescate.
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Anette Delgado y
Rómel Frómeta |
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